La globalització
No sólo es que cada parte del mundo forme, cada vez más, parte del mundo, sino que el mundo como todo está cada vez más presente en cada una de sus partes. Eso se verifica no sólo en las naciones y los pueblos sino también en los individuos.(...)
De este modo, el europeo despierta cada mañana conectando su radio japonesa y recibe de ella los acontecimientos del mundo; erupciones volcánicas, temblores de tierra, golpes de estado, conferencias internacionales llegan hasta él mientras toma su té de Ceilán, India o China, a menos que no se trate de un moka de Etiopía o un arábica de Iberoamérica; se sumerge en un baño de espuma hecho con aceites tahitianos y utiliza una loción para después del afeitado con aromas exóticos; se pone su camiseta, sus calzoncillos y su camisa hechos de algodón de Egipto o de la India; se viste con una chaqueta y un pantalón de lana de Australia, tratada en Manchester y, luego, en Roubaix-Tourcoing, o un chaquetón de cuero procedente de China con unos tejanos de estilo USA. Su reloj es suizo o japonés. Sus gafas son de concha de tortuga de las Galápagos. Su cartera es de pécari del Caribe o de reptil africano. Puede encontrar, en su mesa invernal, fresas y cerezas de Argentina o Chile, judías verdes del Senegal, aguacates o piña tropical de África, melones de Guadalupe. Tiene, a discreción, ron de la Martinica, vodka ruso, tequila mejicano, burbon americano, whisky irlandés de malta. Puede escuchar, en su casa, una sinfonía alemana dirigida por un músico coreano, a menos que asista ante su pantalla de video a una representación de La Bohème, con la negra Barbara Hendricks como Mimí y el español Plácido Domingo como Rodolfo.
El africano, en su barrio de barracas, no forma parte de ese circuito planetario de la comodidad, pero está igualmente en el circuito planetario. Sufre en su vida cotidiana los altibajos del mercado mundial que afectan las cotizaciones del cacao, el azúcar, las materias primas que su país produce. Fue expulsado de su poblado por procedimientos mundializados nacidos en Occidente, especialmente los progresos del monocultivo industrial; era un campesino autosuficiente y se ha convertido en un suburbano en busca de un salario; sus necesidades se traducen ya en términos monetarios. Aspira al bienestar. Utiliza vajilla de aluminio o de plástico, bebe cerveza o coca-cola. Duerme sobre planchas recuperadas de espuma de poliestireno y lleva camisetas estampadas a la americana. Baila músicas sincréticas donde los ritmos de su tradición forman parte de una orquestación procedente de América, y que vehicula la memoria de lo que aportaron sus antepasados esclavizados. Este africano, convertido en objeto del mercado mundial, se ha convertido también en súbdito de un estado formado de acuerdo con el modelo occidental.
Así, para lo mejor y lo peor, todos nosotros, ricos o pobres, llevamos en nosotros mismos, sin saberlo, el planeta entero.
Edgar Morin, Tierra Patria