La ciutat en la segona meitat del segle XX
Cuando el campo se vacía se llenan las ciudades. El mundo de la segunda mitad del siglo xx se urbanizó como nunca. Ya a mediados de los años ochenta el 42 por 100 de su población era urbana y, de no haber sido por el peso de las enormes poblaciones rurales de China y la India, que poseen tres cuartas partes de los campesinos de Asia, habría sido mayoritaria {Population 1984, p. 214). Hasta en el corazón de las zonas rurales la gente se iba del campo a la ciudad, y sobre todo a la gran ciudad. Entre 1960 y 1980 la población urbana de Kenia se duplicó, aunque en 1980 sólo alcanzase el 14,2 por 100; pero casi seis de cada diez personas que vivían en una ciudad habitaban en Nairobi, mientras que veinte años antes esto sólo ocurría con cuatro de cada diez. En Asia, las ciudades de poblaciones millonarias, por lo general capitales, aparecieron por doquier. Seúl, Teherán, Karachi, Yakarta, Manila Nueva Delhi, Bangkok, tenían todas entre 5 y 8,5 millones de habitantes en 1980, y se esperaba que tuviesen entre 10 y 13,5 millones en el año 2000. En 1950 ninguna de ellas (salvo Yakarta) tenía más de 1,5 millones de habitantes aproximadamente (World Resources, 1986). En realidad, las aglomeraciones urbanas más gigantescas de finales de los ochenta se encontraban en el tercer mundo: El Cairo, Ciudad de México, Sao Paulo y Shanghai, cuya población alcanzaba las ocho cifras. Y es que, paradójicamente, mientras el mundo desarrollado seguía estando mucho más urbanizado que el mundo pobre (salvo partes de América Latina y del mundo islámico), sus propias grandes ciudades se disolvían, tras haber alcanzado su apogeo a principios del siglo xx, antes de que la huida a suburbios y a ciudades satélite adquiriese ímpetu, y los antiguos centros urbanos se convirtieran en cascarones vacíos de noche, al volver a sus casas los trabajadores, los comerciantes y las personas en busca de diversión. Mientras la población de Ciudad de México casi se quintuplicó en los treinta años posteriores a 1950, Nueva York, Londres y París fueron declinando o pasando a las últimas posiciones entre las ciudades de primera división.
Pero, curiosamente, el viejo mundo y el nuevo convergieron. La típica "gran ciudad" del mundo desarrollado se convirtió en una región de centros urbanos interrelacionados, situados generalmente alrededor de una zona administrativa o de negocios reconocible desde el aire como una especie de cordillera de bloques de pisos y rascacielos, menos en donde (como en París) tales edificios no estaban permitidos 3. Su interconexión, o tal vez la disrupción del tráfico de vehículos privados provocada por la ingente cantidad de automóviles en manos de particulares, se puso de manifiesto, a partir de los años sesenta, gracias a una nueva revolución en el transporte público. Jamás, desde la construcción de las primeras redes de tranvías y de metro, habían surgido tantas redes periféricas de circulación subterránea rápida en tantos lugares, de Viena a San Francisco, de Seúl a México. Al mismo tiempo, la descentralización se extendió, al irse desarrollando en los distintos barrios o complejos residenciales suburbanos sus propios servicios comerciales y de entretenimiento, sobre todo gracias a los "centros comerciales" periféricos de inspiración norteamericana.
En cambio, la ciudad del tercer mundo, aunque conectada también por redes de transporte público (por lo general viejas e inadecuadas) y por un sinfín de autobuses y "taxis colectivos" desvencijados, no podía evitar estar dispersa y mal estructurada, aunque sólo fuese porque no hay modo de impedirlo en el caso de aglomeraciones de veinte o treinta millones de personas, sobre todo si gran parte de los núcleos que las componen surgieron como barrios de chabolas, establecidos probablemente por grupos de ocupantes ilegales en espacios abiertos sin utilizar. Es posible que los habitantes de estas ciudades se pasen varias horas al día yendo de casa al trabajo y viceversa (ya que un puesto de trabajo fijo es valiosísimo), y es posible que estén dispuestos a efectuar peregrinaciones de la misma duración para ir a centros de ritua-les públicos como el estadio de Maracaná en Río de Janeiro (doscientos mil asientos), donde los cariocas adoran a los dioses del futebol; pero, en realidad, las conurbaciones tanto del viejo mundo como del nuevo eran cada vez más amasijos de comunidades teóricamente -o, en el caso de Occidente, a menudo también formalmente- autónomas, aunque en los países ricos de Occidente, por lo menos en las afueras, gozaban de muchísimas más zonas verdes que en los países pobres o superpoblados de Oriente y del Sur. Mientras que en las chabolas y ranchitos los seres humanos vivían en simbiosis con las resistentes ratas y cucarachas, la extraña tierra de nadie que se extendía entre la ciudad y el campo que rodeaba lo que quedaba de los "centros urbanos" del mundo desarrollado fue colonizada por la fauna salvaje: comadrejas, zorros y mapaches.
Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, páginas 296 i 297