| El moviment obrer (1939-1978) |
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"Los que vinisteis a Cataluña desde Andalucía"
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Yo te vi cuando llegabas. Venías con una mirada lejana..., buscando. Detrás quedaba tu tierra, verde de olivos, dorado de trigo. Aquella primavera que nunca podrás olvidar. La tierra de tus mayores. Tu casa blanca. Las casas blancas de los amigos y vecinos, en el llano, junto a onduladas colinas, cerca de la sierra, como velas blancas abiertas al viento. Aquel viento, aquella brisa suave que acariciaba tu rostro cuando volvías a casa. Pero siempre sudor y polvo. Tal vez hambre. Esclavo de una tierra que te habían arrebatado. Y tuviste que abandonar. No había pan. No había futuro, ni para ti ni para tus hijos. Sólo paro. Te hablaron de otras tierras. Y emprendiste la larga marcha en búsqueda de otro pan y de otra tierra. Allí quedó tu corazón, junto a tu mujer y a tus hijos. Pero no perdiste la esperanza y pensabas: «¿podrán alguna vez seguir mis pasos? ¿cuándo?» Todo esto estaba dentro de tu mirada honda, lejana, temblorosa cuando te vi llegar. Y contigo otros hermanos de la tierra, del otro pueblo, del otro valle. Y otros y otros que ni tú ni yo podemos recordar. ¡Cuántos trozos de tierra y de alma quedaban allá! El silencio del poniente rojo. El paisaje sereno que te vio crecer. La mirada ansiosa, seca y dulce de tu mujer y de tus hijos. Te vi. Os vi llegar a esta tierra. ¿Te acuerdas? Ruido en la ciudad. Cuántos pasan a tu lado. No te miran. Estás solo. Quisiste ocultar una lágrima furtiva, de rabia, de impotencia. Pero que no la vean tus hijos. Para ellos el futuro... Encontraste donde dormir. Una pensión en la calle baja y oscura de la ciudad. 0 una barraca compartida en la ladera de Montjuïc. Y a buscar. ¡Trabajo! ¡Trabajo!... A eso viniste. Tienes que enviar pan a tus hijos antes que acercarlo a tu misma boca. Pero ¿dónde hay trabajo? ¿Te habrán engañado? Ahí están tus manos. Es tu único tesoro. De puerta en puerta, de taller en taller, de obra en obra. Has estado días, tal vez semanas. Ibas a la ciudad y nadie te miraba, estabas solo. Peor que una hormiga. Despreciado. Pisoteado. Y tú buscando: es el pan de tus hijos, es tu vida. El trauma de tu paisaje. El trauma de tu trabajo. El trauma de tu corazón. El trauma de tu mirada. El trauma de tu palabra que nadie escucha. Sólo tú y tu soledad. Allá lejos tu mujer, tus hijos, allí en la casita blanca, pobre pero llena de sol. Por fin, arriba en el andamio. Un peón más del capital que especula con tu pobreza y tu soledad. Pero alguien canta a tu lado. ¿Lo recuerdas? Es tu compañero. Tu camarada. No estás solo. Es uno de tu tierra. Tal vez fue tu primera sonrisa. Esa sonrisa, leve, agradecida, que una y otra vez quedaba quebrada por el ruido ronco de la máquina, de la grúa, de la sirena. Pero pensaste de nuevo en tu mujer, en tus hijos. Pronto vendrían, tu corazón sonrió... Ya se acabó aquel trabajo. No había trabajo en aquella obra. Eras un simple peón eventual, como los jornaleros de tu tierra. No hay trabajo. A otra obra. Cuántas veces cambiaste de trabajo. Por fin la fábrica... Lejos está la ciudad. Detrás de la muralla de humo, de cien murallas de cemento sucio y gris, de los mil bloques fríos que te rodean. Sabes, sabemos que allí, en la ciudad, hay luces, las luces frívolas, lejanas a la oscuridad de nuestro barrio. Allí se habla, se ríe, se baila, se ignora. Pero tú piensas: mañana la fábrica. Y en la penumbra húmeda y fría de la madrugada vas a pisar, por fin, el umbral de la fábrica. Uno más. Dos más. Cien. Mil. Todos son compañeros tuyos. Somos nosotros: una misma historia. Es otra etapa en tu vida: la máquina, el polvo de hierro y azufre, el mismo ruido. El mismo gesto una y otra vez. El pico, la pala. Hoy, mañana, mañana ¿hasta cuándo? ¡Huelga! ¿Qué pasa? ¡Hoy vamos a la huelga! Has dicho ¡basta! Es nuestra huelga. Hemos dicho ¡basta! Es la huelga de los tuyos, de tus mayores. ¿Te acuerdas? Te lo había contado tu padre, tu abuelo. Las luchas campesinas de los jornaleros del campo que murieron por su tierra, la tierra de todos. No estás solo. Paras las máquinas. Sales a la calle. Es el grito de muchos que forman el cortejo de la libertad. Y tu grito se confunde con el eco de hace cien años, con las huellas de los campesinos de Loja y de Jerez, con los cantos de lucha y de protesta de los aceituneros de Córdoba, de Jaén... Ahora quieres escuela para tus hijos, quieres que aprendan de dónde vinieron. Quieres libertad y dignidad. Quieres cantar con tu guitarra, gritar tu poesía, cantar a tu Andalucía... Y también cantar «Els Segadors» con los hermanos de lucha de tu otra tierra. Que nadie se atreva ya a arrebatar lo que es tuyo y de tus hijos. Y ahora sí. En un rinconcito de tu bloque de cemento, en tu casa, no en la casita blanca, te está esperando, por fin tu mujer. También ella grita libertad. Junto a ella, tus hijos, tu futuro. Has aguantado. Y vamos a continuar luchando. Hasta siempre. Yo te vi llegar... Tal vez te vea regresar, con el grito de libertad en tus labios y en tu corazón. En los labios y en el corazón de tus hijos. Es la mejor herencia que les dejas. Tal vez te quedes en esta tierra, con todos tus otros hermanos de lucha, con los nuevos hermanos de tus hijos, con los hijos de tus hijos, nacidos ya aquí. Otra familia. Otra tierra. Pero la lucha continúa siendo la misma. No ha terminado. Te quieren arrebatar el puesto de trabajo, como antes a tus mayores arrebataron la tierra. La amenaza del paro. Tus hijos no encuentran trabajo. Pero tienen la herencia de un padre y de una madre que supieron luchar. Ni tú ni yo vamos a abandonar. Caminamos de nuevo juntos. Hasta siempre. Juan N. García-Nieto París Cornellà de Llobregat 1963-1985 |
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Col·lecció Descobrim el Baix Llobregat, núm. 4 |
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