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Doce "Las Leyes de la
vida"
Cuando somos criaturas creemos y estamos convencidos de que la vida consta en decir lo que
sentimos; llorar si estamos tristes, reír si la alegría nos invade. Sin miedo
fortalecemos ese maravilloso espíritu de
juegos y canciones.
A medida que vamos creciendo el miedo y el desamparo nos invaden y es ahí cuando
comenzamos a refugiarnos en "imágenes". Entonces nos convertimos en espejos de
aquellos que consideramos "mejores"
Mi ley de vida primera es la ley de la valoración de la "UNICIDAD". Esta
unicidad esta profundamente relacionada con nuestro ser y hace que nuestra presencia sea
un obsequio para el mundo. Unicidad no de egocentrismo sino en el sentido de dejar de
buscar nuestra luz fuera sino más bien, abrir nuestra alma para que el sol
resplandeciente que
allí se halla pueda iluminar con su propio color nuestra vida.
El ser único y ser consciente de ello nos abre las puertas a la mayor conquista; nuestro
continuo y eterno crecimiento interior. Solo reconociendo nuestro infinito valor podemos
reconocer el de otros y a su vez, con valentía e inteligencia, aceptar nuestras propias
limitaciones. Nadie verá como nosotros vemos, nadie sentirá como nosotros sentimos y
ésta es precisamente nuestra riqueza personal.
Valorándonos llegamos a conocernos más y de ésta forma descubrir y realizar nuestros
sueños más profundos, que quizá también sean los más ocultos. Descubrir ésto
constituye el verdadero significado de la vida y vale la pena vivir para encontrarlo. El
momento y la forma de descubrirlo depende de cada uno y cuando se halla dentro nuestro ya
nunca más se vuelve a perder, porque en realidad estuvo siempre allí y lo seguirá
estando. La unicidad y su valoración tienen que ver con encontrar este camino que nos
conduce a ese sueño o misión que cada uno de nosotros tiene en este mundo.
Solo así dejaremos una huella que pertenece a una serie de huellas que forman nuestro
recorrido y que están inmersas en un camino cuya dirección es el fantástico proceso de
hacerse persona . Cada una de estas huellas será inigualable porque son de alguien que se
animó a ser quien era y que dejo de lado la confusión externa y abrió su alma a la
claridad eterna.
El que recorre este camino se encuentra con la autenticidad y lucha por las cosas en las
que cree. Y de esta forma tiene un presente pleno y un futuro pleno tambien.
En este proceso de transformación personal nos encontramos con el amor. Esta última es
mi segunda ley. El amor es una de las sensaciones más formidables de la vida. Podemos
sentir amor y dar amor. Él todo lo puede
porque con su magia trasciende las barreras de todo corazón y llega hasta donde él solo
puede llegar. Sentir amor es no sentirse solo; por el contrario es sentirse entero y
completo. Sin embargo de nada sirve si
no es expresado porque carece de sentido alguno. Si lo expresamos somos capaces de
transmitir nuestra poca o mucha sabiduría desinteresadamente y por el solo hecho de amar.
Quizás una de las cosas mas importantes que encierra el amor es que es infinito y su
remuneración es maravillosa; cuanto más amamos más amor recibimos.
La mejor muestra de amor que se puede hacer es procrear o sea continuar y fomentar la
acción de este magnifico sentimiento.
La ley de la valoración de la unicidad y la ley del amor son para mi dos de las leyes
más importantes de la vida, porque son trascendentes.
Su riqueza quizá no pueda verse en apariencia, pero si dejamos las imágenes de lado y
miramos mas allá nos daremos cuenta de que son precisamente aquellas cosas que no se ven
las que más importancia tienen. Porque sirven para crecer y para poder soñar con un
mañana mejor que aunque por momentos no parezca aproximarse sabemos y tenemos la certeza
de que es posible lograrlo.
Nombre: Romina Dziovenas
Edad: 18 años
Munro-Buenos Aires-República Argentina
Escuela: Escuela de Educación Media N º8
Profesora: Liliana Chobabindegui
Trece "Las leyes de
la vida"
De chiquita me recuerdo como una nena con el pelo negro todo lleno de rulos, la cara sucia
y trepando a los árboles como otro varoncito más entre mis primos.
Hoy sé que cambié, y hay muchas cosas que ya no siento, como las ganas de volver a
trepar algún árbol o el miedo a que mi mamá descubriera que le había cortado el pelo
al perro o que había jugado con sus cosméticos. Son cosas que no siento, pero que
extraño. Pensar todo lo que maduré en tan poco tiempo, 17 años... y ahora que debo
afrontar a las complicaciones de la vida...
Sin embargo, mi corazón no deja de sentir los cambios, de madurar ante tantos
sentimientos, de crecer. Y ésa, para mí, es la ley de la vida más importante; aprender
a aceptar los cambios, que nada dura para siempre y que, por consecuencia, todo llega a su
final.
¿Pero cómo crecer sin que duela en el corazón? ¿Cómo es más fácil aceptar que algo
se termina?
Hace tan sólo una semanas terminé una amistad con una persona a quien quería mucho y
sentía que la conocía desde siempre. Pero me equivoqué, y me costó mucho aceptar que
se había terminado, hasta que caí en la cuenta de que no valía la pena derramar más
lágrimas en ello, porque de algún modo el que se hubiera terminado significaba que algo
nuevo iba a comenzar en su lugar.
Así como me sucedió a mí, a todos nos ocurre que hay tropiezos en la vida que nos hacen
sentir que ya no importa nada más, que da lo mismo seguir viviendo o morir, y hasta en
algunos casos nos hacen creer que lo más seguro es aislarse del mundo y sobrevivir solos
el resto de nuestras vidas. Sin embargo, siempre hay una luz al final del túnel, y en
este
caso quienes ofician como esa luz son los seres queridos, los amigos, la familia. Porque
no hay nada más hermoso que sentir todo ese cariño y esa contención que ellos nos
brindan ante nuestro llanto, y esa sensación de desahogo que se experimenta luego de
haberse sacado ese "peso" de encima.
Ahora; parece ilógico decir que me peleé con un amigo y recurrí precisamente a otro,
por ello debo retractarme y decir que no terminé una amistad, sino que culminé una etapa
de mi vida y "crecí un poquito más". Y en consecuencia, una de las formas en
que se crece es viviendoetapa a etapa (una por vez, claro).
Es difícil aceptar que se envejece, que el tiempo pasa y que algún día todo se
terminará; pero igual de complicado es vivir los desafíos diarios de la vida, como el
miedo ante un examen, el desengaño ante una persona en especial, o la muerte de un ser
querido; pero son situaciones que el mismo paso del tiempo nos ayuda a superar. Sería
hipócrita si
dijera que no le temo a morir, pero la verdad es que le temo a todos los finales en
general; y sin embargo la vida no se detiene a consolar mi llanto, sino que continúa su
curso y no me espera; situándome ante la elección de dejar que se aleje y quedarme
estancada en ese contratiempo que ya no puedo solucionar o seguir peleándola y llegar
hasta el final,
cueste lo que cueste.
Con esto no pretendo decir que sea sencillo, puesto que el grado de dificultad de un
problema va de acuerdo a la predisposición y voluntad de uno mismo para solucionarlo. Por
otro lado, no es bueno darle más importancia de la que merece como tampoco lo es el
quitársela; a veces, se llega a un punto de angustia tal que hubiese sido de menor grado
si
se hubiera tratado en el momento y con la importacia debida.
Comprendí con el tiempo que lo importante no es el porqué de las cosas, sino que lo que
verdaderamente vale es el hecho de vivir, de conocer el magnífico milagro que significa
pensar, sentir y crecer. Por último, quisiera aconsejar a aquellos que alguna vez han
pasado por alguna situación penosa o complicada: lo que verdaderamente sirve no es
lamentarse de lo sucedido, puesto que el pasado ya se apoderó de ello tal cual está;
sino que lo valioso es rescatar por sobre todo qué nos sirvió del inconveniente y
aprender de los errores, pues en ello se esconde el arte de crecer...
Nombre: Sabrina Cecilia González
Edad: 17 años
Florida - Buenos Aires - República Argentina
Escuela : Escuela de Educación Media N º8
e-mail: esflorida@ciudad.com.ar
Profesora : Liliana Chobadindegui
Catorce ¿QUEDA ALGUNA
ESPERANZA?
No cabe duda que durante las últimas décadas de este siglo los avances tecnológicos y
científicos han sido múltiples y variados. Tampoco se puede negar que todo esto nos ha
proporcionado un sin número de comodidades y ventajas.
El rápido desarrollo de los medios de comunicación y transporte han convertido al mundo
en una aldea global.
Pero también es cierto que la humanidad se ha vuelto más fría y calculadora. En medio
de una profunda crisis social, cada individuo atiende su propio juego, sin
importarle lo que le sucede a los demás. Es así como muchas veces pasamos por alto la
gran injusticia que se comete con numerosas cantidades de seres humanos, que, sin tener
ninguna
diferencia con nosotros, deben padecer innumerables calvarios.
Un ejemplo claro sería la historia contada por Waris Dirie, ahora convertida en una
conocida modelo somalí. En ese país, al este de Africa, se practica sistemáticamente la
ablación a las niñas: les cortan el clítoris, los labios menores y mayores. Luego les
cosen los muñones dejando una mínima abertura. El 98 % de las mujeres somalíes
son víctimas de esta mutilación, quienes la sufren sin quejarse, a pesar de las
infecciones, las esterilidades y las muertes. Esto se realiza con el fin de negarles
el placer, amparados bajo la creencia de que las mujeres tienen entre las
piernas cosas muy malas y sucias y que deben ser suprimidas.
En otros lugares del mundo reina la guerra. Kosovo está poblado en un 90 % de
kosovares de cultura albanesa y un 10 % de cultura serbia. El presidente Milosevic
decidió cambiar el modelo comunista por los nuevos hábitos del nacionalismo serbio y
optó por convertir a Kosovo en la cuna de la nación serbia. Pero para lograr su objetivo
debía
expulsar al 90 % de la población. Los kosovares albaneses fueron alejados de la
administración, la policía y la educación. Se convirtieron en ciudadanos de
segunda y aparecen letreros, como en un hotel, que dicen Prohibida la entrada a
perros y albaneses. En Marzo de 1998 los serbios comenzaron a incendiar aldeas y a
asesinar mujeres y
niños. Ahora, Abril 1999, todos tememos el estallido de una tercera guerra mundial.
Tal es la situación actual del mundo, que se puede llegar a la conclusión de que ya no
existe la esperanza y que hay un dominio absoluto de la violencia, la discriminación y la
falta de respeto y consideración por el prójimo.
Pero no todo está acabado. Waris Dirie, la modelo somalí, se animó y contó toda la
verdad sobre su suplicio en un programa de televisión norteamericano. La ONU la eligió
como embajadora para llevar la bandera de combate contra la ablación; para convencer a la
gente de que esta práctica, que afecta a más de 120 millones de mujeres en el mundo, es
una verdadera barbarie.
Sally Becker, una inglesa de 37 años y 1,60 metros de estatura, fue la primera occidental
que pasó el sitio serbio, incluso antes de que la ONU decidiera intervenir. Su misión:
salvar a mujeres y niños de la muerte, sin tener en cuenta que, para lograrlo, corría
peligro su propia vida.
Los nombres de estas mujeres quizás no son los más escuchados en los medios de
comunicación, como lo son los avances tecnológicos y científicos. Sería bueno que le
demos igual importancia a ambos, ya que tiene la misma relevancia. Tomando como ejemplo a
estas dos mujeres, cada ser humano sería capaz de aportar una pequeña ayuda que, por
más
pequeña que sea, contribuiría a la restauración de la paz, la esperanza y la armonía
entre los seres humanos.
Valeria Jones.
IPPI
Gaiman, Chubut, Argentina.
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