La textura.

   
 
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Normalmente las primeras informaciones que tenemos de las cualidades de los objetos, nos las proporciona el sentido de la vista.
Los primeros análisis son ópticos, posteriormente, si queremos reafirmar esas primeras percepciones recurrimos a otros sentidos como el del tacto. En el primer análisis tenemos una percepción clara de la forma y del color, y una intuitiva de la textura.

La textura está relacionada con la composición de la materia del objeto en cuestión. Para confirmar estas cualidades que le suponemos a un objeto, recurrimos al sentido del tacto.
La información percibida la primera vez, se asocia en todas las visiones posteriores del mismo objeto o similares a la cualidad tactil experimentada. De tal manera que, a las texturas, con el fin de poder evocarlas sin verlas ni tocarlas, se les ha descrito por medio del lenguaje hablado, para que nuestro cerebro procese las mismas y tengamos una idea exacta de esa cualidad diferencial que confiere identidad a cualquier objeto.
Así podemos decir que la seda es suave, el papel de lija es áspero o el tronco de un árbol es rugoso, hablar de la lisura de un espejo, de la aterciopelada piel de un melocotón, del brillo refulgente y suavidad de una porcelana o del mate y rasposa superficie de un cacharro de barro.

La textura es una cualidad abstracta, añadida a la forma concreta para personificarla y distinguirla entre las demás. La textura, por lo tanto, es una cualidad diferencial que ayuda a distinguir y reconocer los objetos, por ejemplo, un muro puede ser igual a otro en forma, superficie, color y simplemente distinguirse por su textura. Todo lo que percibimos por el sentido de la vista esta compuesto por formas, colores y texturas.
Con todo, la mayor parte de nuestra experiencia en la percepción de la textura es óptica, no tactil. Mucho de lo que percibimos como textura está pintado, fotografiado, filmado... simulando una materia que realmente no está presente y por lo tanto no podemos comprobar por medio del tacto, pero si tenemos información por la luz que recibe y refleja, por las sombras y por archivado en nuestro cerebro. Es un hecho que se da también en la naturaleza, ya que muchos animales adoptan o tienen aspecto de lo que les rodea adoptando los colores y las texturas de lo que les rodea con el fin de camuflarse en el contexto y pasar desapercibidos de sus predadores.

¿Cómo añadir textura a la pintura? para ello solamente habremos de conocer las cualidades de todos los útiles y recursos que tenemos a nuestro alcance como el papel, los pigmentos, y la técnica.
Pensad por un momento en la textura que presentaría una calle reseca, llena de polvo, o después de una tormenta.
Imaginaos un paisaje urbano rural con sus viejos tejados de teja en la que habitan ciertos líquenes y musgos o esos muros con piedras de distintos colores y materias que confieren a los muros una textura rugosa y áspera.
En la mayor parte de las ocasiones no es necesario incidir mucho en este aspecto simplemente es necesario insinuar utilizando un pincel plano y la acuarela seca. También podemos aplicar un ligero raspado con una cuchilla con el fin de sacar luces y brillos, algún frotado con el trapo o la esponja al fin de aclarar un color, rascados, toques con el dedo ...etc.

También con el color podemos aprovechar algunos comportamientos de los pigmentos, por ejemplo: el negro marfil, al ser mezclado con cualquier color, tiende a producir no sólo un color diferente, sino también una textura distinta.

El papel juega un papel muy importante a la hora de concretar una textura. El grado de satinado que posea el papel, la superficie más o menos lisa, o más o menos granulosa y rugosa son cualidades que debemos aprovechar.

Por último advertir que no debemos confundir textura con detalle.
   
   
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