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Diógenes el cínico (413 - 324 a.C.) La secta del perro Diversas son las anécdotas que de este filósofo cínico nos han llegado fundamentalmente a través del historiador Diógenes Laercio. Éste retrata fielmente el talante y el modo de vida de este filósofo provocador que nos incita constantemente a reflexionar sobre las complicaciones inútiles a las que la vida en sociedad a veces nos arrastra. |
La crítica a la religión y la superstición
"Viendo en cierta ocasión cómo los sacerdotes custodios
del templo conducían a uno que había robado una vasija perteneciente
al tesoro del templo, comentó: «Los ladrones grandes llevan preso
al pequeño.»”
“Cierto día observó a una mujer postrada ante los dioses
en actitud ridícula y, queriendo liberarla de su superstición,
se le acercó y, de acuerdo con la narración de Zoilo de Perga,
le dijo: « ¿No temes, buena mujer, que el dios esté detrás
de ti (pues todo está lleno de su presencia) y tu postura resulte entonces
irreverente? »”
“A los que se inquietaban por sus sueños, les censuraba que descuidaran
lo que hacían despiertos y se preocuparan en cambio tanto de lo que imaginaban
dormidos.”
“Alguien muy supersticioso le amenazó: « De un solo puñetazo
te romperé la cara »”; Diógenes replicó: «
Y yo, de un solo estornudo a tu izquierda te haré temblar »”.
“Al ser iniciado en los misterios órficos, como el sacerdote aseguraba
que a los admitidos en los ritos les esperaban innumerables bienes en el Hades,
le replicó: « ¿Por qué, entonces, no te suicidas?
»”
“A quien le decía que la vida era un mal, lo corrigió: «
No la vida, sino la mala vida »”
Desprecio de las convenciones sociales y de todas las diferencias
que se fundan en ellas
“Solía hacerlo todo en público, las obras de Deméter
y las de Afrodita. Y lo justificaba argumentando que si comer no es un absurdo,
no es absurdo hacerlo en la plaza pública; y como resulta que comer es
natural, también lo es hacerlo en la plaza pública. Se masturbaba
en público y lamentaba que no fuera tan sencillo verse libre de la otra
comezón del hambre frotándose las tripas.”
“Habiéndole uno invitado a entrar en su lujosa mansión,
le advirtió que no escupiese en ella, tras lo cual Diógenes arrancó
una buena flema y la escupió a la cara del dueño, para decirle
después que no le había sido posible hallar lugar más inmundo
en toda la casa”
“Solía decir, como sabemos por Hecatón en sus Sentencias,
que es preferible la compañía de los cuervos a la de los aduladores,
pues aquéllos devoran a los muertos; éstos, a los vivos.”
“Afirmaba también que las cosas de mucho valor tenían muy
poco precio, y a la inversa: una estatua llega a alcanzar los tres mil dracmas
mientras que un quénice de harina se vende a dos ochavos”
La búsqueda de la felicidad y la vuelta a la naturaleza
“Relata Teofrastro en su Megárico que, observando en cierta
ocasión a un ratón que correteaba sin rumbo fijo, sin buscar lecho
para dormir, sin temor a la noche, sin preocuparse de nada de lo que los humanos
consideran provechoso, descubrió el modo de adaptarse a las circunstancias.
Fue el primero, dicen algunos, que dobló su manto al verse obligado a
dormir sobre él; que llevó alforjas para poner en ellas sus provisiones,
y que hacía en cualquier lugar cualquier cosa, ya fuese comer, dormir
o conversar. Así solía decir, señalando al pórtico
de Zeus y al Pompeyon, que los atenienses le habían provisto delegares
para vivir.
Bastón, al principio, no lo usó sino estando enfermo. Pero posteriormente
lo llevaba a todas partes, no sólo por la ciudad, sino también
por los caminos, juntamente con la alforja. Así lo atestigua Olimpiodoro,
magistrado de Atenas y Polieucto, el orador, y Lisanias, el hijo de Escrión.
Encargó a uno que le buscase una choza donde vivir, pero como éste
se demorara, se alojó en un barril del Metrón, según él
mismo narra en sus Cartas. En verano se revolcaba en la arena ardiente y en
el invierno abrazaba las estatuas cubiertas de nieve, ejercitándose ante
todo tipo de adversidades”
Observando cierta vez un niño que bebía con las manos, arrojó
el cuenco que llevaba en la alforja, diciendo: « Un niño me superó
en sencillez.» Asimismo se deshizo de su escudilla cuando vio que otro
niño, al que le se había roto el plato, recogía sus lentejas
en la cavidad de un pedazo de pan”
Proclamaba que los dioses habían otorgado a los hombres una vida fácil, pero
que éstos lo habían olvidado en su búsqueda de exquisiteces, afeites, etc. Por
eso, a uno que estaba siendo calzado por su criado, le dijo:«No serás
enteramente feliz hasta que tu criado te suene también las narices, lo que ocurrirá
cuando hayas olvidado el uso de tus manos».
A los que le aconsejaban salir en persecución de su esclavo fugitivo, les replicó:
"Sería absurdo que Manes pudiera vivir sin Diógenes y Diógenes, en cambio,
no pudiese vivir sin Manes".
La sabiduría y la filosofía
“A uno que le reprochó: «Te dedicas a la filosofía
y nada sabes», le respondió: «Aspiro a saber, y eso es justamente
la filosofía.»”
Preguntado acerca de qué beneficio había obtenido de la filosofía,
contestó: «Como mínimo, estar preparado para cualquier contingencia.»
Preguntándole uno de dónde era, respondió: «Ciudadano
del mundo.»”
“A uno que le manifestó el deseo de filosofar junto a él,
Diógenes le entregó un atún y le ordenó seguirle.
Aquél, avergonzado de llevarlo, se deshizo del atún y se alejó.
Diógenes se encontró con él al cabo de un tiempo y, riéndose,
exclamó: «Un atún ha echado a perder nuestra amistad. »”
La filosofía como provocación
“Se acercó a Anaxímenes, el orador, que era extremadamente
obeso, y le propuso: «Concede a nosotros, mendigos, parte de tu estómago;
nosotros saldremos ganando y para ti será un gran alivio.» Cuando
el mismo orador peroraba, Diógenes distrajo a su audiencia esgrimiendo
un pescado. Irritado aquél, Diógenes concluyó: «Un
pescado de un óbolo desbarató el discurso de Anaxímenes».”
“Se comportaba de modo terriblemente mordaz: echaba pestes de la escuela
de Euclides, llamaba a los diálogos platónicos pérdidas
de tiempo; a los juegos atléticos dionisíacos, gran espectáculo
para estúpidos; a los líderes políticos, esclavos del populacho.
Solía también decir que, cuando observaba a los pilotos, a los
médicos y a los filósofos, debía admitir que el hombre
era el más inteligente de los animales; pero que, cuando veía
a intérpretes de sueños, adivinos y a la muchedumbre que les hacía
caso, o a los codiciosos de fama y dinero, pensaba que no había ser viviente
más necio que el hombre. Repetía de continuo que hay que tener
cordura para vivir o cuerda para ahorcarse”
“Cierta vez que nadie prestaba atención a una grave disertación
suya, se puso a hacer trinos. Como la gente se arremolinara en torno a él,
les reprochó el que se precipitaran a oír sandeces y, en cambio,
tardaran tanto en acudir cuando el tema era serio. Decía que los hombres
competían en cocearse mejor y cavar mejor las zanjas, pero no en ser
mejores. Se extrañaba asimismo de que los gramáticos se ocuparan
con tanto celo de los males de Ulises, despreocupándose de los suyos
propios; de que los músicos afinaran las cuerdas de sus liras, mientras
descuidaban la armonía de sus disposiciones anímicas; o de que
los matemáticos se dieran a observar el sol y laguna, pero se despreocuparan
de los asuntos de aquí; de que los oradores elogiaran la justicia, pero
no la practicaran nunca; o de que, por último, los codiciosos echasen
pestes del dinero, a la vez que lo amaban sin medida. Reprochaba asimismo a
los que elogiaban a los virtuosos por su desprecio del dinero, pero envidiaban
a los ricos. Le irritaba que se sacrificase a los dioses en demanda de salud
y, en el curso del sacrificio, se celebrara un festín perjudicial a la
salud misma. Se sorprendía de que los esclavos, viendo a sus dueños
devorar manjares sin tregua, no les sustrajeran algunos.”
“Elogiaba a los que, a punto de casarse, se echaban atrás; a los
que, yendo a emprender una travesía marítima, renunciaban al final;
a los que proyectaban vivir junto a los poderosos, pero renunciaban a ello.”
“Decía imitar el ejemplo de los maestros de canto coral, quienes
exageran la nota para que los demás den el tono justo.”
“En otra ocasión, gritó: « ¡Hombres a mí!»
Al acudir una gran multitud les despachó golpeándolos con el bastón:
«Hombres he dicho, no basura».”
Su mendicidad
“Estaba en una ocasión pidiendo limosna a una estatua. Preguntándole
por qué lo hacía, contestó: «Me ejercito en fracasar.»
Para mendigar –lo que hacía a causa de su pobreza- usaba la fórmula:
«Si ya has dado a alguien, dame también a mí; si no, empieza
conmigo.»”
“« ¿Por qué –se le preguntó- la gente
da dinero a los mendigos y no a los filósofos?» «Porque –repuso-
piensan que, algún día, pueden llegar a ser inválidos o
ciegos, pero filósofos, jamás.»”
“Pedía limosna a un individuo de mal carácter. Este le dijo:
«Te daré, si logras convencerme.» «Si yo fuera capaz
de persuadirte –contestó Diógenes- te persuadiría
para que te ahorcaras».”
“En un banquete algunos le echaron huesos, como si fuera un perro: Diógenes,
comportándose como un perro, orinó allí mismo”
Fecha de creación: 23
Agosto, 2002
Fecha de la última actualización:
11 Julio, 2009