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INTERNACIONAL     EL PAÍS, jueves 3 de abril de 2003

GUERRA EN IRAK. La opinión de los expertos

Los verdaderos costes de la guerra

Mientras los estadounidenses debatían sobre la guerra que ahora se desarrolla en Irak, siete premios Nóbel se unieron a otros 140 economistas de Estados Unidos (yo incluido) para pedir que se estudiaran sus costes. ¿Qué queríamos decir exactamente? Están, ante todo, los costes presupuestarios- gasolina, equipamiento y explosivos. Éstos parecen rondar los 100.000 millones de dólares. La cifra se basa en la suposición de que la guerra va a ir bien. Si la suposición es errónea, las cifras aumentarán rápidamente. La historia de la guerra —desde la europea en 1914 hasta la de Vietnam en la década de 1960— está plagada de subestimaciones presupuestarias.

También nos referimos a los costes materiales, que a veces se sobrevaloran en la guerra; las bombas pueden caer en campos vacíos o sobre escombros; los daños pueden parecer peores de lo que son. Sin embargo, en Irak, la población civil ya está en un momento difícil. Hasta el más leve daño material, al agua, a las redes eléctricas y al sistema sanitario, podría provocar un desastre humano. Hay riesgos de sabotaje, sobre todo en los campos petrolíferos. E inevitablemente se produciran algunos daños en el patrimonio arqueológico, y especialmente en Bagdad.

Los costes humanos se salen de todo cálculo. Independientemente del número de bajas, cada soldado muerto de ambos bandos, cada civil muerto, es un ser humano que podría haber disfrutado de una vida productiva y quizá feliz durante más tiempo. Cada persona herida será portadora de una carga de dolor. No necesitamos degradar las desgracias que se avecinan intentando darles un valor monetario.

Los costes de la incertidumbre son más prosaicos, pero igualmente difíciles de calcular. ¿Cuánta inversión empresarial, cuánta producción, cuánto comercio hemos perdido ya —no sólo «n la economía estadounidense,' sino en la mundial— por el temor y la incertidumbre que rodean a esta guerra? ¿Qué efecto tendrá la contienda en la toma de decisiones económicas mundial, en la confianza de los mercados y de los consumidores y en los precios mundiales de la energía? ¿Cuánto queda por venir?

Los costes de la reconstrucción son imponderables. El cálculo de lo que costará reconstruir Irak ronda los dos billones de dólares. ¿Pero de verdad vamos a encargarnos de la tarea? ¿Qué pasa sí hacen falta dos años y 100.000 soldados? ¿Cinco años y 200.000? ¿Qué pasa si mientras tanto se cierran los campos petrolíferos?

Los costes de seguimiento se derivan de la situación militar a la que podríamos tener que enfrentarnos después de que esta guerra termine. ¿Se proclamarán la paz y la democracia en Irak? ¿Conducirá la guerra a la paz, la democracia y la desmilitarización de Oriento Próximo, como algunos afirman? ¿O habrá rebeliones, asesinatos de represalia y nuevas guerras, en Irak, Siria, Irán, Arabia Saudí e incluso Egipto? Por no mencionar Israel y Palestina.

Los costes diplomáticos radican en el daño ya causado —y quizá el que aún está por venir— a nuestras relaciones con Europa, Rusia y otros países. Se podría tener en cuenta también el coste de la desilusión con el ideal estadounidense en buena parte de la población mundial.
Los costes en oportunidades son los que surgen cada vez que tomamos la decisión de hacer una cosa y no otra. Al decidir ir a la guerra, estamos escogiendo hacer menos por resolver los problemas que tenemos en Estados Unidos. Nos enfrentamos a una crisis en el presupuesto de cada Estado y cada municipio de este país; en cada colegio, en cada programa de bienestar y en cada segmento de la sanidad pública. Nos enfrentamos a una crisis de confianza en nuestras empresas, y a una crisis de confianza en él futuro económico. Los hogares estadounidenses se enfrentan, a cámara lenta, a una crisis de deudas domésticas. Poco se puede hacer a este respecto si estamos ocupados con la guerra.

Por último, deberían tenerse en cuenta los costes apocalípticos. Existe el riesgo, en camino, de que Corea del Norte empiece a producir bombas atómicas. Existe el riesgo de que Irán siga el ejemplo, o compre unas pocas a Corea del Norte. Existe el riesgo de que pronto nos enfrentemos a una, dos, o quizá más potencias nucleares que nos consideran —y no del todo sin razón— una amenaza mortal para su existencia. Existe el riesgo de que podamos cometer un error catastrófico en respuesta.

Una vez considerados los costes reales, la conclusión económica no es controvertida. Es que la seguridad colectiva —la clase de seguridad que proporcionan las alianzas firmes, el sistema de Derecho y el Consejo de Seguridad de la ONU— es la única verdadera que existe. Es ciertamente la única clase que nosotros, o cualquier otro país, podernos permitimos.
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James K. Galbraith es presidente de Economistas Aliados para la Reducción de Armamento, que encabezó la Declaración de los economistas estadounidenses sobre Irak, disponible en www.ecaar.org. Es profesor de la Universidad de Tejas en Austin. Traducción de News Clips
 
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