ÀREA D'ECONOMIA I ORGANITZACIÓ D'EMPRESES
MAESTRO
mhontori@pie.xtec.es
  Inici   Presentació   Educació   Mestres  Guerra i pau  Articles economia  ètica  Enllaços
Relac.  a l'entorn de treball
 CFGM de Gestió Administrativa
CFGS d'Administració I finances
 Economia (BATX.)
EOE I/II  (BATX.)
Crèdits variables (ESO)

 
QUERÍA MUCHO A ESOS CHICOS
LA FLOR ROJA
LA EDUCACIÓN DE LA HUMANIDAD
LA AVENTURA DE SER MAESTRO

"El maestro explica lo que sabe y enseña lo que es"


QUERÍA MUCHO A ESOS CHICOS

Un profesor universitario envió a sus alumnos de sociología a las villas miserias de Baltimore para estudiar doscientos casos de varones adolescentes. Les pidió que escribieran una evaluación del futuro de cada chico.  En todos los casos, los estudiantes escribieron: "No tiene ninguna posibilidad".

Veinticinco años más tarde, otro profesor de sociología se encontró con el estudio anterior.

Envió a sus alumnos a que hicieran un seguimiento del proyecto para ver qué les había pasado a aquellos chicos.  Exceptuando a veinte de ellos que se habían ido o  habían muerto, los estudiantes descubrieron que casi todos los restantes habían logrado un éxito más que modesto como abogados, médicos y hombres de negocios.

El profesor se quedó pasmado y decidió seguir adelante con el tema.  Por suerte, todos los hombres estaban en la zona y pudo hablar con cada uno de ellos.

"¿Cómo explica su éxito?", les preguntaba.  En todos los casos, la respuesta, cargada de sentimiento, fue: "Hubo una maestra".

La maestra todavía vivía, de modo que la buscó y le preguntó a la anciana, pero lúcida mujer, qué fórmula mágica había usado para que esos chicos salieran de la villa y tuvieran éxito en la vida.

Los ojos de la maestra brillaron y sus labios esbozaron una agradable sonrisa.  "En realidad es muy simple -dijo-.  Quería mucho a esos chicos".

(Desconozco el autor)


LA FLOR ROJA

Una vez un pequeño niño fue a la escuela.

El era en verdad un pequeño niño y  aquella, sí era una gran escuela.

Pero cuando el pequeño niño descubrió que  podía llegar a su salón caminando desde la puerta de  entrada, se sentía feliz y  la escuela ya no se veía tan grande.

Una mañana, su maestra le dijo:

"Hoy vamos  a dibujar".

 Qué bien, pensó el pequeño. A él le encantaba dibujar. Podría  pintar muchas cosas: Leones y tigres, pollos y vacas, trenes y barcos. Así fue  que sacó su cajita de crayolas y empezó a dibujar.

 Pero la maestra le dijo:

 "Vamos a dibujar flores".

 Qué bien, pensó el pequeño. A él le encantaban las flores, y comenzó a dibujar algunas con sus crayolas rosadas, naranja, azul.

Pero la maestra dijo: "Espera, hasta que yo te muestre cómo".

Esa era roja con tallo verde.

 "Aquí está", dijo la maestra.

"Ahora puedes comenzar".

El pequeño miró la flor de la maestra, luego miró la suya.
 A él le gustaba su flor más que la de la maestra, pero él no dijo nada.

 Tan solo volteó su hoja e hizo su flor similar a la de la maestra.
 Era roja con tallo verde.

Otro día, cuando el pequeño abría la puerta por sí solo, desde afuera la maestra le dijo:
 "Hoy vamos a trabajar con plastilina".
Qué bien, pensó el niño. "Me encanta la plastilina". El podría hacer muchas cosas con plastilina: culebras y hombres de nieve, elefantes y caminos. Comenzó a hablar y a pellizcar su bola de plastilina.

Pero la maestra la dijo: "Espera, aún no es la hora de comenzar"
y ella esperó a que todos los demás estuvieran listos...

 Entonces sucedió que su familia se mudó a otra casa en otra ciudad, y el pequeño tuvo que ir a otra escuela. Esta escuela era aún mas grande que la otra y no había puerta de afuera a su clase. Tenía que subir algunas escaleras grandes y pasar por un corredor largo para llegar a su salón.

 El primer día que el pequeño estaba en la escuela, la maestra dijo:
"Hoy vamos a dibujar".

Qué bien, pensó el niño, y esperó hasta que la maestra le dijera qué hacer, pero ella no dijo nada. Tan solo caminaba por el salón.

Luego ella se acercó al pequeño y le dijo:.

 "No quieres dibujar?".

Claro que si,"qué vamos a hacer?".

 "No sé hasta que lo dibujes", dijo la maestra.

"Cómo lo haré?", preguntó el niño.

"Como gustes", respondió la maestra.

 Si todos dibujan lo mismo y usan los  mismos colores, Cómo sabré quién hizo qué y cuál es cuál?.

 "No sé", dijo el niño. Y comenzó a dibujar una flor roja con un tallo verde.

(Desconozco el autor)


LA EDUCACIÓN DE LA HUMANIDAD Y LA LUZ DIVINA.

Sin duda, uno de los momentos más difíciles en la vida de todo estudiante, es cuando intenta poner en práctica las enseñanzas que está recibiendo, sus propias ideas y conceptos se ven de pronto cuestionadas por las ideas de la nueva enseñanza que está aprendiendo. Esto me recuerda lo que pasó en una antigua escuela de Grecia: En aquellos años, el gran Pitágoras había levantado una gran institución a donde asistían únicamente aquellos que, después de haber sido probados en sus intenciones, en sus capacidades y en sus virtudes, se hacían merecedores a un lugar junto al gran Maestro; inclusive, llegar a ser aspirante, representaba en sí una gran tarea.

La controversia en la mente del estudiante.

Un discípulo que se acercó a esta escuela, tenía grandes problemas para adecuar las enseñanzas a su forma de vida. No es posible que todo el mundo esté equivocado, pensaba el discípulo; esta escuela enseña que los seres humanos son buenos en lo más interno de sus corazones, pero yo he visto, no una sino multitud de veces, cómo hay personas que se aprovechan de otras, cómo hay gentes que sin importar los derechos de los demás, los pisotean con tal de alcanzar un beneficio para ellos mismos. ¿Cómo es posible que en esta escuela se enseñen cosas que a todas luces son contrarias a lo que vemos día con día?

Y sucedió que un día, el gran Pitágoras se hizo presente ante el foro, la ocasión era especial, se celebraba una de esas audiencias públicas en donde la escuela abría sus puertas y el pueblo entero acudía a llenarse, un poco, de esa sabiduría que, como luz divina, parecía iluminar los rostros de tan prestigiados mentores.

El discípulo, sumergido en sus propios conflictos, decidió aprovechar la ocasión para interpelar al gran Pitágoras y en la primera oportunidad se dirigió a él diciéndole:

- Maestro: ¿Cómo es posible que dentro de esta institución se enseñe que los seres humanos son buenos en los corazones, todos sin excepción, cuando día con día vemos, sin tener que viajar mucho, que existen personas que se aprovechan de las bondades de otros, cuando vemos la injusticia imperar en cada rincón de nuestras vidas, cuando vemos lo difícil que es hacer lo correcto?, ¿cómo es posible que se enseñen tales cosas, si nosotros podemos observar lo contrario?.

La ignorancia frente a la luz.

Pitágoras era un gran lector de las almas de los hombres, inmediatamente adivinó que el muchacho que lo estaba cuestionando era uno de los novicios recién llegados, adivinó inmediatamente los conflictos que habían surgido dentro de su alma y queriendo aprovechar la ocasión en que el pueblo entero estaba reunido, le contestó así:

- Bien has dicho, los seres humanos buscan por todos los medios su propio beneficio, pero, ¿estarás de acuerdo conmigo en que cada una de las acciones que emprenden los seres humanos lo hacen pensando que obtendrán algún beneficio de eso?.

El discípulo asintió con la cabeza y Pitágoras continuó:

- Estarás entonces de acuerdo, que si un ser humano sabe a ciencia cierta que alguna acción le traerá complicaciones en su futuro, se abstiene de hacerlas; y el discípulo volvió a asentir.

- ¿Tú piensas, que las acciones injustas emprendidas por algún ser humano en perjuicio de otro, afecta a los seres que las están haciendo?

Y el discípulo se vio obligado a contestar:

- Pues de acuerdo a las Leyes divinas, está claro que toda persona que hace una mala acción, recibirá un castigo tarde o temprano.

- Yo te pregunto, continuó Pitágoras: ¿Si esos hombres injustos conocieran esa Ley que acabas tú de mencionar, si supieran que es cierta con plena confianza, crees tú que seguirían actuando mal?

Y el discípulo, después de meditar unos momentos, contestó:

- En verdad no, si todo el mundo supiera que las acciones injustas traerán daños a ellos mismos, definitivamente nunca las harían.

- Entonces, continuó Pitágoras, no es la maldad lo que impulsa a los hombres a ser injustos, sino la ignorancia, ¿estamos de acuerdo?

El discípulo asintió con la cabeza y el pueblo entero empezaba a darse cuenta de porqué Pitágoras era Maestro.

(Desconozco el autor)


LA AVENTURA DE SER MAESTRO

José M. Esteve, catedrático de Teoría de la Educación, de la Universidad de Málaga.

Tras veinticinco años de recorrido profesional, el autor afirma que se aprende a ser profesor por ensayo y por error. En el camino deben sortearse distintas dificultades, como elaborar tu propia identidad profesional, dominar las técnicas básicas para ser un buen interlocutor, resolver el problema de la disciplina y adaptar los contenidos al nivel de conocimiento del alumnado.

La enseñanza es una profesión ambivalente. En ella te puedes aburrir soberanamente, y vivir cada clase con una profunda ansiedad; pero también puedes estar a gusto, rozar cada día el cielo con las manos, y vivir con pasión el descubrimiento que, en cada clase, hacen tus alumnos.

Como casi todo el mundo, yo me inicié en la enseñanza con altas dosis de ansiedad; quizás porque, como he escrito en otra parte, nadie nos enseña a ser profesores y tenemos que aprenderlo nosotros mismos por ensayo y error. Aún me acuerdo de mi primer día de clase; toda mi seguridad superficial se fue abajo al oír una voz femenina a mi espalda: «¡Qué cara de crío! ¡A éste nos lo comemos!». Aún me acuerdo de mi miedo a que se me acabara la materia que había preparado para cada clase, a que un alumno me hiciera preguntas comprometidas, a perder un folio de mis apuntes y no poder seguir la clase... Aún me acuerdo de la tensión diaria para aparentar un serio academicismo, para aparentar que todo estaba bajo control, para aparentar una sabiduría que estaba lejos de poseer...

Luego, con el paso del tiempo, corrigiendo errores y apuntalando lo positivo, pude abandonar las apariencias y me gané la libertad de ser profesor: la libertad de estar en clase con seguridad en mí mismo, con un buen conocimiento de lo que se puede y lo que no se puede hacer en clase; la libertad de decir lo que pienso, de ensayar nuevas técnicas para explicar un tema, de cambiar formas y modificar contenidos.

Y con la libertad llegó la alegría: la alegría de sentirme útil a los demás, la alegría de una alta valoración de mi trabajo, la alegría por haber escapado a la rutina convirtiendo cada clase en una aventura y en un reto intelectual.

Pensar y sentir

El camino y la meta me los marcó Unamuno en una necrológica de Giner de los Ríos, leída por azar en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza: «Era tan hombre y tan maestro, y tan poco profesor -el que profesa algo-, que su pensamiento estaba en continua y constante marcha, mejor aún, conocimiento... y es que no escribía lo ya pensado, sino que pensaba escribiendo como pensaba hablando, pensaba viviendo, que era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir».

«Era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir»... Miguel de Unamuno y su preocupación por enlazar pensamiento y sentimiento... Nunca encontré una mejor definición del magisterio: dedicar la propia vida a pensar y sentir, y a hacer pensar y sentir; ambas cosas juntas. Casi todos los colegas que escriben a continuación coinciden en este punto. Mari Carmen Díez expresa así su visión actual de la enseñanza: «Ahora entiendo la escuela como un sitio adonde vamos a aprender, donde compartimos el tiempo, el espacio y el afecto con los demás; donde siempre habrá alguien para sorprenderte, para emocionarte, para decirte al oído algún secreto magnífico». Fernando Corbalán, tras hablarnos de que en clase tenemos que divertirnos, buscar el ansia de saber y propiciar una atmósfera de investigación, concluye: «Y no se piense que sólo se abre la mente a los alumnos. También la del profesor se expande y se llena de nuevos matices y perspectivas más amplias, y funciona la relación enriquecedora con los dos sentidos. Mi experiencia, al menos, me dice que algunos de los juegos y problemas con los que he disfrutado, y que sigo utilizando, han tenido su origen en la dinámica de la clase... Y cuando se crea esa atmósfera mágica en clase, con los fluidos intelectuales en movimiento, pocas actividades hay más placenteras».

Hace tiempo, descubrí que el objetivo es ser maestro de humanidad. Lo único que de verdad importa es ayudarles a comprenderse a sí mismos y a entender el mundo que les rodea. Para ello, no hay más camino que rescatar, en cada una de nuestras lecciones, el valor humano del conocimiento. Todas las ciencias tienen en su origen a un hombre o una mujer preocupados por desentrañar la estructura de la realidad. Alguien, alguna vez, elaboró los conocimientos del tema que explicas, como respuesta a una preocupación vital. Alguien, sumido en la duda, inquieto por una nueva pregunta, elaboró los conocimientos del tema que mañana te toca explicar. Y ahora, para hacer que tus alumnos aprendan la respuesta, no tienes otro camino más que rescatar la pregunta original. No tiene sentido dar respuestas a quienes no se han planteado la pregunta; por eso, la tarea del docente es recuperar las preguntas, las inquietudes, el proceso de búsqueda de los hombres y las mujeres que elaboraron los conocimientos que ahora figuran en nuestros libros. La primera tarea es crear inquietud, descubrir el valor de lo que vamos a aprender, recrear el estado de curiosidad en el que se elaboraron las respuestas. Para ello hay que abandonar las profesiones de fe en las respuestas ordenadas de los libros, hay que volver las miradas de nuestros alumnos hacia el mundo que nos rodea y rescatar las preguntas iniciales obligándoles a pensar.

Cada día, antes de explicar un tema, necesito preguntarme qué sentido tiene el que yo me ponga ante un grupo de alumnos para hablar de esos contenidos, qué les voy a aportar, qué espero con seguir. Y luego, cómo conectar lo que ellos saben, lo que han vivido, lo que les puede preocupar, con los nuevos contenidos que voy a introducir. Por último me lanzo un reto: me tengo que divertir explicándolo, y esto es imposible si cada año repito la explicación del tema como una salmodia, con la misma gracia en el mismo sitio y los mismos ejemplos. Llevo veinticinco años oyéndome explicar los temas, en algunas ocasiones, repitiéndolos dos o tres veces en distintos grupos; he calculado que me jubilo el año 2021 y estoy seguro de que moriré de aburrimiento si me oigo año tras año repitiendo lo mismo, con mis papeles cada vez más amarillos y los rebordes carcomidos. La renovación pedagógica, para mí, es una forma de egoísmo: con independencia del deseo de mejorar el aprendizaje de mis alumnos, la necesito como una forma de encontrarme vivo en la enseñanza, como un desafío personal para investigar nuevas formas de comunicación, nuevos caminos para hacer pensar a mis alumnos... «Pensaba hablando, pensaba viviendo, que era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir»... Desde esta perspectiva, la enseñanza recupera cada día el sentido de una aventura que te rescata del tedio y del aburrimiento, y entonces encuentras la libertad de expresar en clase algo que te es muy querido. Inmediatamente recibes la respuesta: cien alumnos pican el anzuelo de tu palabra y ya puedes dejar correr el sedal, modulas el ritmo de tu explicación a la frecuencia que ellos emiten con sus gestos y sus preguntas, y la hora se pasa en un suspiro -también para ellos-. Y entonces descubres la alegría: ese momento de magia te recompensa las horas de estudio y te hace sentirte útil en la enseñanza.

No hay mejor regalo de los dioses que encontrar un maestro. A veces tenemos la fortuna de encontrar a alguien cuya palabra nos abre horizontes antes insospechados, nos enfrenta con nosotros mismos rompiendo las barreras de nuestras limitaciones; su discurso rescata pensamientos presentidos que no nos atreveríamos a formular, e inquietudes latentes que estallan con una nueva luz. Y, curiosamente, no nos sentimos humilla dos por seguir el curso de un pensamiento ajeno; por el contrario, su discurso nos libera y nos ensancha creando en nosotros un juicio paralelo con el que reestructuramos nuestra forma de ver la realidad; y luego, extinguida la palabra, aún encontramos los ecos que rebotan en nuestro interior obligándonos a ir más allá, a pensar por nuestra cuenta, a extraer nuevas conclusiones que no estaban en el discurso original. Éste es el objetivo: ser maestros de humanidad... a través de las materias que enseñamos, o quizás, a pesar de las materias que enseñamos; recuperar y transmitir el sentido de la sabiduría; rescatar para nuestros alumnos, de entre la maraña de la ciencia y la cultura, el sentido de lo fundamental permitiéndoles entenderse a sí mismos y explicar el mundo que les rodea.

Las dificultades

He hablado de mis precarios inicios en la enseñanza, y de mi visión actual tras veinticinco años de recorrido profesional; pero, para ayudar a otros a recorrer el mismo camino, tengo ahora que hablar del proceso intermedio e, inevitablemente, de las dificultades que hay que sortear.
Identidad profesional

El primer problema consiste en elaborar tu propia identidad profesional. Esto implica cambiar tu mentalidad, desde la posición del alumno que siempre has sido hasta descubrir en qué consiste ser profesor. Y aquí aparecen los primeros problemas, por que hay enseñantes que no aceptan el trabajo de ser profesor. Las dificultades de los profesores de Primaria suelen ser distintas a las de los profesores de Secundaria.

Entre los de Primaria el peor problema es la idealización: la formación inicial que han recibido suele repetir con insistencia lo que el buen profesor «debe hacer», lo que «debe pensar» y lo que «debe evitar»; pero nadie les ha explicado, desde el punto de vista práctico, cómo actuar, cómo enfocar los problemas de forma positiva y cómo eludir las dificultades más comunes. Han aprendido contenidos de enseñanza, pero no saben cómo organizar una clase, ni cómo ganarse el derecho a hacerse oír. Así, se les ha repetido hasta la saciedad la importancia de la motivación para el aprendizaje significativo -«el buen profesor debe motivar a sus alumnos»-, pero nadie se ha preocupado de que aprendieran de forma práctica diez técnicas específicas de motivación. Pese a que una de las principales tareas que desarrollar en su trabajo será la enseñanza de la lectura y la escritura, muy pocas diplomaturas de maestro incluyen un curso de lectoescritura, mientras que es frecuente que se dediquen cursos enteros al aprendizaje de la fonética.

Por estos caminos, al llegar al trabajo práctico en la enseñanza, el profesor novato se encuentra con que tiene claro el modelo de profesor ideal, pero no sabe cómo hacerlo realidad. Tiene claro lo que debería hacer en clase, pero no sabe cómo hacerlo. El choque con la realidad dura dos o tres años; en ellos el profesor novato tiene que solucionar los problemas prácticos que implica entrar en una clase, cerrar la puerta y quedarse a solas con un grupo de alumnos.

En este aprendizaje por ensayo y error, uno de los peores caminos es el de querer responder al re trato robot del «profesor ideal»; quienes lo intentan descubren la ansiedad de comparar, cada día, las limitaciones de una persona de carne y hueso con el fantasma etéreo de un estereotipo ideal. Desde esta perspectiva, si las cosas salen mal es porque yo no valgo, porque yo no soy capaz de dominar la clase; y, de esta forma, los profesores novatos se cuestionan a sí mismos y, a veces, cortan los canales de comunicación con los compañeros que podrían ayudarles: ¿Cómo reconocer ante otros que yo tengo problemas en la enseñanza, si el «buen profesor» no «debe» tener problemas en clase? Como señala el artículo de Fernández Cruz, la identidad profesional se alcanza tras consolidar un repertorio pedagógico y tras un período de especialización, en el que el profesor novato tiene que volver a estudiar temas y estrategias de clase, ahora desde el punto de vista del profesor práctico y no del estudiante de magisterio.

Entre los profesores de Secundaria, el problema de la identidad profesional es mucho más grave. Como señalaba Fernando Corbalán: «La in mensa mayoría de los profesores de Secundaria nunca tuvimos una vocación clara de enseñantes... Estudiamos una carrera para otra cosa (matemático profesional, químico, físico...)». En efecto, nuestros profesores de Secundaria se forman en unas faculta des universitarias de Ciencias y Letras que, ni por asomo, pretenden formar profesores. En ellas predomina el modelo del investigador especialista. Como resultado de este modelo, el profesor que llega al instituto para explicar geografía e historia, y, con un poco de mala suerte un curso suelto de ética, se identifica a sí mismo como «medievalista», ya que, durante los últimos cinco años de su vida, la Universidad le ha insistido en la necesidad de estudiar paleografía, epigrafía y numismática, latín y árabe para acceder a los documentos medievales, y le ha iniciado en el trabajo de archivo, centrándole en una época histórica muy determinada y permitiéndole olvidar el resto de la historia. Al parecer, nadie se ha puesto a pensar en el problema de identidad que sobreviene a nuestro medievalista cuando se enfrenta a una clase bulliciosa de treinta adolescentes en una zona rural o en un barrio conflictivo. El sentimiento de error y de autoconmiseración se apodera de nuestro nuevo profesor. Él es un investigador, un medievalista, ha pasado dos veranos en el archivo de Simancas preparando su tesina entre documentos originales que él es capaz de descifrar... ¿Por qué le obligan ahora a enseñar historia general, que no es lo suyo, y de paso geografía y ética? Y, además, descubre horrorizado que los alumnos no tienen el menor interés por la historia, y que temas clave de su especialidad -como el apasionante tema de su tesina- se despachan con dos párrafos en el libro de texto.

Para colmo, nuestro futuro profesor de Secundaria se da cuenta de que no sabe cómo organizar una clase, cómo lograr un mínimo orden que permita el trabajo y cómo ganarse la atención de los alumnos. Aquí, el problema de perfilar una identidad profesional estable requiere un auténtico proceso de reconversión, en el que el elemento central consiste en comprender que la esencia del trabajo del profesor es estar al servicio del aprendizaje de los alumnos. ¡Qué duro le resulta a la mayor parte de nuestros profesores de Secundaria y de Universidad comprender esto! Ellos son investigadores, especialistas, químicos inorgánicos o físicos nucleares, medievalistas o arqueólogos... ¿Por qué van ellos a rebajar sus ni veles?, gritan exaltados, y ello significa, en la práctica, que dan clases para dos o tres privilegiados, mientras el resto de los alumnos van quedando des colgados. Y además, hasta el fin de sus días, vivirán la enseñanza rumiando la afrenta de que la sociedad les obligue a abandonar el Olimpo de su investigación para mantener contacto con un grupo de adolescentes.

Por contra, algunos profesores consiguen estar a gusto en su trabajo, y descubren que esto requiere, necesariamente, una actitud de servicio hacia los alumnos, el reconocimiento de la ignorancia como el estado inicial previsible, aceptar que la primera tarea es encender el deseo de saber, aceptar que el trabajo consiste en reconvertir lo que sabes para hacerlo accesible a un grupo de adolescentes... Un viejo maestro me decía que enseñar al que no sabe está catalogado, oficialmente, entre las obras de misericordia; y, en efecto, hace falta un cierto sentido de la humildad para aceptar que tu trabajo consiste en estar a su servicio, en responder a sus preguntas sin humillarlos, en esperar algunas horas en tu despacho por si alguno quiere una explicación extra, en buscar materiales que les hagan asequible lo esencial, y en recuperar lagunas de años anteriores para permitirles acceder a los nuevos conocimientos. Lo único verdaderamente importan te son los alumnos. Esa enorme empresa que es la enseñanza no tiene como fin nuestro lucimiento personal; nosotros estamos allí para transmitir la ciencia y la cultura a las nuevas generaciones, para transmitir los valores y las certezas que la humanidad ha ido recopilando con el paso del tiempo, y advertir a las nuevas generaciones del alcance de nuestros grandes fracasos colectivos. Ésa es la tarea con la que hemos de llegar a identificarnos.

Comunicación e interacción

El segundo problema por solucionar para ganarse la libertad de estar a gusto en clase hace referencia a nuestro papel de interlocutor. Un profesor es un comunicador, es un intermediario entre la ciencia y los alumnos, que necesita dominar las técnicas básicas de la comunicación. Además, en la mayor parte de los casos, las situaciones de enseñanza se desarrollan en un ámbito grupal, por lo que exigen de los profesores un dominio de las técnicas de comunicación grupal. Por tanto, ese proceso de aprendizaje inicial, que ahora se hace por ensayo y error, implica entender que una clase funciona como un sistema de comunicación e interacción.

Una buena parte de las ansiedades y los problemas de los profesores debutantes se centran en ese ámbito formal de lo que se puede y lo que no se puede decir o hacer en una clase. El profesor novato descubre enseguida que, además de los contenidos de enseñanza, necesita encontrar unas formas adecuadas de expresión, en las que los silencios son tan importantes como las palabras, en las que el uso de una expresión castiza puede ser simpática o hundirnos en el más espantoso de los ridículos. El problema no consiste sólo en presentar correcta mente nuestros contenidos, sino también en saber escuchar, en saber preguntar y en distinguir clara mente el momento en que debemos abandonar la escena. Para ello hay que dominar los códigos y los canales de comunicación, verbales, gestuales y audiovisuales; hay que saber distinguir los distintos climas que crean en el grupo de clase los distintos tonos de voz, etc.

Los profesores experimentados saben qué lugar físico deben ocupar en una clase, dependiendo de lo que ocurra en ella; saben interpretar las señales gestuales que emiten los alumnos para regular el ritmo de clase, y el dominio de éstas y otras habilidades de comunicación requiere entrenamiento, reflexión y una constante actitud de autocrítica para depurar nuestro propio estilo docente. Al final, conseguimos ser dueños de nuestra forma de estar en clase, conseguimos comunicar lo que exactamente queremos decir, y logramos mantener una corriente de empatía con nuestros alumnos.

Disciplina

Otro obstáculo serio por superar, quizás el que genera en los novatos la mayor ansiedad, es el problema de la disciplina. En realidad, es un problema muy unido a nuestros sentimientos de seguridad y a nuestra propia identidad como profesores. En este tema he visto de todo: desde colegas que entran el primer día en clase pisando fuerte, con aires de matón de barrio, porque alguien les ha dado el viejo consejo de que no pueden sonreír hasta Navidad, hasta colegas desprotegidos e indefensos incapaces de soportar el más mínimo conflicto personal. Entre esos dos extremos que van desde la indefensión hasta las respuestas agresivas, el profesor tiene que encontrar una forma de organizar a la clase para que trabaje con un orden productivo. Y, en cuanto comienza a hacerlo, descubre que esto tampoco se lo han enseñado. Se supone que el «buen profesor» debe saber organizar la clase, pero en pocas ocasiones se le ha contado al futuro profesor dónde está la clave para que el grupo funcione sin conflictos.

El viejo supuesto según el cual «para enseñar una asignatura lo único realmente importante es dominar su contenido» encuentra en este campo su negación más radical. Entonces, el profesor descubre que debe atender otras tareas distintas a las de enseñar: tiene que definir funciones, delimitar responsabilidades, discutir y negociar los sistemas de trabajo y de evaluación hasta conseguir que el grupo trabaje como tal. Y esto requiere una atención especial, a la que también hay que dedicar un cierto tiempo. El razonamiento y el diálogo son las mejores armas, junto con el convencimiento de que los alumnos no son enemigos de quienes te tienes que defender. Mi experiencia me dice que los alumnos son seres esencialmente razonables; es posible que, si te dejas, intenten llevarte al huerto y bajar algo tus niveles de exigencia, pero si la razón te asiste y en ella fundas tu propia seguridad, los alumnos saben descubrir muy bien cuáles son los límites.

Contenidos y niveles

Por último, nos queda el problema de adaptar los contenidos de enseñanza al nivel de conocimientos de los alumnos. El profesor novato tiene que en tender que ha dejado la Universidad, tiene que des prenderse de los estilos académicos del investigador especialista, y adecuar su enfoque de los conocimientos para hacerlos accesibles a su grupo de clase. Yo también protesto por el bajo nivel con el que me llegan mis alumnos, pero protestar no sirve de nada; tienes los alumnos que tienes, y con ellos no hay más que una alternativa: o los enganchas en el deseo de saber, o los vas dejando tirados conforme avanzas en tus explicaciones. Hay quien, en salvaguarda del nivel de enseñanza, adopta la segunda opción; pero a mí siempre me ha parecido el reconocimiento implícito de un fracaso; quizás porque, como dije antes, hace tiempo que descubrí que, en cualquier asignatura, lo único importante es ser maestro de humanidad.

El orgullo de ser profesor

Y ahora, ya, el tiempo corre en mi contra. No es pero nada nuevo del futuro: he hecho lo que quería hacer, y estoy donde quería estar. Es posible que mucha gente piense que ser profesor no es algo socialmente relevante, pues nuestra sociedad sólo valora el poder y el dinero; pero a mí me queda el desafío del saber y la pasión por comunicarlo. Me siento heredero de treinta siglos de cultura, y responsable de que mis alumnos asimilen nuestros mejores logros y extraigan consecuencias de nuestros peores fracasos. Y, junto a mí, veo a un nutrido grupo de colegas, en las zonas rurales más apartadas y en los barrios más conflictivos, orgullosos de ser profesores, trabajando día a día por mantener en nuestra sociedad los valores de la cultura y el progreso... Entre ellos hay valiosos maestros de humanidad: hombres y mujeres empeñados en enseñar a sus alumnos a enfrentarse consigo mismos desde la Educación Infantil hasta la Universidad.


  Inici   Presentació   Educació   Mestres  Guerra i pau  Articles economia  ètica  Enllaços
Relac.  a l'entorn de treball
 CFGM de Gestió Administrativa
CFGS d'Administració I finances
 Economia (BATX.)
EOE I/II  (BATX.)
Crèdits variables (ESO)