2005-15
10è ANIVERSARI

titol

El ser humano es antropológicamente «religioso»

  • La búsqueda de sentido, consustancial con la naturaleza humana.
  • El fundamento «antropológico» de la dimensión espiritual o religiosa.
  • El lugar de la «religiosidad» y la «religión» en la historia humana, desde una perspectiva antropológica.
  • La formación de ciudadanos auténticos, verdaderos sujetos morales, dispuestos a obrar bien imprescindible para una sociedad democrática de alta calidad.

El hombre actual, un ser humano entretenido, distraído, desentendido, disociado de su más intimo fundamento.

Los árboles a menudo nos impiden ver el bosque. El mundo no se acaba ni en la economía, ni en el espectáculo televisado de la política, ni en el mercadeo público de la vida privada de los famosos, ni en la crónica rosa de sucesos trágicos, como a veces nos inducen a pensar determinados medios. Las preocupaciones cotidianas, las congojas del día a día, las ansiedades, la bulla ambiental, la cantinela mediática, el estrepitoso ruido circundante, la murga existencial atenazan al hombre actual, nos corroen y nos impiden elevarnos por encima de nuestras desventuradas contingencias. Andamos desenfrenados tras la diversión, la distracción, el entretenimiento, el activismo incontrolado o el espectáculo, a través de los cuales, convertidos ya en endémicos de nuestro tiempo, pretendemos escapar de nosotros mismos intentando escurrir el bulto, distrayéndonos de lo esencial… al tiempo que, contaminado nuestro espíritu de tal guisa, descuidamos la búsqueda de la tranquilidad, la serenidad, la calma, el sosiego, la paz interior, el cultivo de la interioridad, el encuentro sincero con uno mismo. Por otra parte los medios, con sus intereses mediáticos en primer plano, coartan nuestra existencia más de lo que nos imaginamos. Su influencia a veces llega a extremos insospechados. Intentan seducirnos y captar nuestra atención, la cantinela mediática atraernos hacia sus querencias, sus variopintos tópicos condicionar la orientación de nuestras mentes, sus sórdidas trivialidades convertirlas en nuestros personales desvelos, sus impactantes reclamos entretener nuestro cerebro, a veces con todo tipo de insoportables soporíferos… Tanta algarabía existencial nos aturde, nos distrae, abduce nuestra mente, difumina la paz, la calma, el necesario sosiego interior, satura nuestro ánimo y nos obnubila para una contemplación lúcida de la realidad. Esta sería la cuestión: purificar nuestra mente para ayudar a renacer, reverdecer, florecer, ennoblecer nuestro espíritu.

Por su parte, el ser humano está programado para vivir con sentido. El sin sentido nos lleva al desasosiego, la inquietud, la desesperación y en último extremo hasta la locura. El ser humano se pregunta por la realidad, intentando encontrar sentido a la misma. No se contenta con lo «dado», los datos en bruto de la realidad. Necesita encontrar un sentido, una respuesta, una explicación a todo cuanto existe. ¿La realidad tiene sentido en sí o es el ser humano quien necesita encontrarle algún tipo de sentido?¿Cuál es el sentido de la vida humana en el mundo? ¿Qué hemos venido a hacer aquí?

Sobreponernos al estadio de indigencia moral en el que a menudo da la impresión de encontrarnos atrapados

La búsqueda de sentido, uno de los grandes retos personales de cada uno de nosotros. En la medida en que no se encuentra sentido a la existencia aumenta la desesperación. Y eso mientras entre nosotros, desde un laicismo beligerante o determinados sectores sociales, hay quienes se empeñan en acallar, obstaculizar, oponerse al laboreo, cultivo y fomento en el espacio educativo público (ámbito adecuado para la formación «integral» del ciudadano) de una tan antropológica dimensión. El profesional de la educación bien formado habrá descubierto que «educar» también consiste en ayudar a encontrar sentido a todo cuanto se vive, a la vida. Se podrá discutir el estatus académico, contenido, amplitud sociológica y metodología adecuada, pero no la finalidad última que debería perseguir tan vertebradora dimensión, si queremos sobreponernos al estadio de indigencia moral en el que a menudo da la impresión de encontrarnos socialmente atrapados. La inteligencia espiritual, la interioridad, la espiritualidad, la religiosidad constituyen «caminos» en la búsqueda de sentido. La «religiosidad» es la encarnación de la «espiritualidad», su manifestación externa. La «religión» es una socialización de la espiritualidad y un intento de explicarla, de racionalizarla. El Absoluto, la Realidad última, la Realidad suprema, el Infinito, la Fuente del ser, la Energía Originaria, el Misterio, lo Inefable, ese «algo» que lo trasciende todo, aquello que denominamos «Dios» demasiado grande para nuestra minúscula, pequeñita, insignificante mente, un misterio insondable, intuible aunque no plenamente comprensible para las limitadas capacidades de la razón humana.

La necesaria implicación de la «política» y de la «religión» en la promoción holística de un ser humano integral

La connivencia entre poder «civil» y poder «religioso o eclesiástico» una constante en gran parte de la historia humana. La separación entre ambos poderes un hito en la historia. Una cosa es la dimensión «espiritual o religiosa» del ser humano y otra muy distinta cómo se ha utilizado históricamente la «religiosidad» y la «religión» a lo largo de la historia por parte de las diversas civilizaciones y culturas. Aquí vamos a centrarnos en el fundamento «antropológico» de la religiosidad humana.

El ámbito de la «política» y el de la «religión» deben permanecer separados, lo cual no significa ni oposición ni menos aún exclusión o marginación unilateral del uno sobre el otro. Ambos deben implicarse y complementarse en la promoción holística de un ser humano integral. Deben ponerse al servicio de un ser humano que necesita mejorar sus condiciones de vida y requiere de progreso y bienestar material sí, pero también de fortalecimiento, de rejuvenecimiento, de impulso moral, de cultivo y enaltecimiento de su espíritu.

La «acción política» entendida como la gestión de la cosa pública imprescindible, pero antropológicamente parcial, fragmentaria e insuficiente.

En toda sociedad verdaderamente avanzada el fomento de los más preciados valores, el cultivo y fortalecimiento del espíritu, deberían constituir, como en los mejores tiempos de la época clásica, uno de sus principales ejes vertebradores. La formación de ciudadanos auténticos, verdaderos sujetos morales, dispuestos a obrar bien imprescindible para una sociedad democrática de alta calidad (paradigmático el nivel de corrupción en el que estamos instalados socialmente).

Determinados sectores de la sociedad operan en la vida pública y comunitaria, con una pobre, empequeñecida «concepción antropológica», con una concepción reduccionista, deficiente, parcial, incompleta del ser humano.

La dimensión «espiritual o trascendente», una dimensión denostada y largamente vilipendiada y velada por determinadas ideologías, pero no definitivamente enterrada y en este s. XXI deseosa y ardientemente floreciente.

En busca de sentido

El ser humano está hecho para vivir con sentido. Por eso se interroga ante la realidad, intentando encontrar justificación a la misma. El ser humano no se contenta con lo «dado», los datos en bruto de la realidad. Necesita encontrar un sentido, una respuesta, una explicación, una justificación a todo cuanto existe. ¿La realidad tiene sentido en sí o es todo un absurdo y es el ser humano quien necesita encontrarle algún tipo de sentido?

En la medida en que no se encuentra sentido a la existencia la desesperación del ser humano va en aumento.

En el origen una sórdida, borrosa, difuminada, aunque profunda inquietud humana, no abordada ni satisfecha por una decadente «acción política» al uso que absorta en la consecución del progreso material y abducida por el mantenimiento del poder se desentiende del cultivo y fomento de los más preciados valores del espíritu humano, pero permanentemente presente: ¿qué somos, quiénes somos, cuál es el sentido de nuestra vida y cuál es nuestro destino?”.

En la medida en que no se encuentra sentido a la existencia aumentan la desesperación. La inteligencia espiritual, la interioridad, la espiritualidad, la religiosidad, caminos en la búsqueda del sentido. Más allá de la diversidad cultural en las formas concretas de religiosidad, la búsqueda del sentido «transcendente» de la existencia constituye una de las funciones primordiales de la «religión».

El ser humano es antropológicamente “religioso”

Los análisis estructurales y fenomenológicos modernos están destacando que el ser humano es “naturalmente religioso", aunque a veces pueda parecer "culturalmente" ateo. El ser humano necesita creer en algo, así está constituido. La inquietud religiosa algo consustancial con el ser humano. La dimensión espiritual/religiosa parece ser inherente a la misma naturaleza humana. El ser humano parece ser “naturalmente” religioso, no ateo.

La percepción por parte del ser humano de una cierta inconsistencia ontológica constituye desde siempre el fondo de la búsqueda religiosa.

La búsqueda de sentido, la dimensión “espiritual o religiosa” constituye una respuesta a las más profundas aspiraciones e inquietudes del “alma” humana, del “espíritu” humano. La conciencia del riesgo de "absurdo” que conlleva toda existencia conscientemente percibida, experimentada, vivida, sigue “pesando” y "penando" en la interioridad humana. La percepción por parte del ser humano de una cierta inconsistencia ontológica constituye desde siempre el fondo de la búsqueda religiosa. Parece, pues, que la «religión» constituye una dimensión inherente a la antropología misma.

Frente a determinadas concepciones reduccionistas del ser humano (homo económicus, faber, ludens…) hoy emerge nuevamente con fuerza una dimensión eclipsada y largamente denostada y vilipendiada por determinadas ideologías. El hecho religioso, la “religiosidad”, aunque en ocasiones históricamente perversamente encarnada, una dimensión antropológicamente relevante e ineludible en toda sociedad que se precie de civilizadamente avanzada.

La «religiosidad» entendida como encarnación de la «espiritualidad», como su manifestación externa, constituye un aspecto central de la cultura de todos los pueblos. La religión fue el centro de las antiguas civilizaciones, hasta la llegada de la época racionalista. Fue entonces cuando Dios fue, aparentemente, perdiendo terreno, siendo éste ocupado cada vez más por la Razón y la Ciencia tecnológica moderna. La sustitución de la antigua cosmovisión mítico-religiosa por la cosmovisión moderna y el proceso de "secularización", es decir, la progresiva independencia del poder político respecto al poder eclesiástico un producto de la cultura occidental. Por influencia de occidente se ha ido configurando a nivel mundial un proceso de “globalización” cultural cada vez más marcado por el pragmatismo y el enaltecimiento del utilitarismo, el materialismo y la eficiencia tecnológica a costa de menguar el cultivo del espíritu, desdeñando la búsqueda de sentido y la dimensión espiritual o religiosa.

Occidente, en las antípodas

Desde esta perspectiva, en estos últimos siglos en este aspecto Occidente se ha situado en las antípodas del resto de la civilización humana. La cosmovisión tradicional pre-moderna se ha visto rebasada por la nueva cosmovisión moderna predominantemente de carácter racional y científico-técnico. En occidente nos hallamos, pues, en las antípodas de la situación cultural religiosa de la antigüedad y de buena parte del mundo oriental y meridional.

Este "homo tecnicus" no parece ser, sin embargo, más feliz que el "homo religiosus".

El hombre secularizado no parece haber sido capaz de construir un mundo y una existencia con más "sentido" que el hombre pre-moderno.

Muchos occidentales consideran la “religión” como una etapa mítico-ritual correspondiente a la cosmovisión pre-moderna, superada por la cosmovisión moderna. Este "homo tecnicus" no parece ser, sin embargo, más feliz que el "homo religiosus". El hombre secularizado no parece haber sido capaz de construir un mundo y una existencia con más "sentido" que el hombre pre-moderno.

El riesgo del "absurdo” y de “vacío” continúa acechando al alma humana: la conciencia del riesgo de "absurdo” sigue "pesando" en el interior del individuo, sin que la ciencia y la técnica puedan hacer nada contra ello. Y es que el “vacío” continúa provocando vértigo. Da la impresión de que los nuevos y constantes aportes de la tecnología resultan como una especie de "soporíferos" para sacar de la conciencia humana la sensación insalvable de "vacío". Así, el ser humano siente disfrutar de autonomía propia, aunque siempre amenazada por la posibilidad de inconsistencia a consecuencia de la fragilidad, la contingencia y la vulnerabilidad humanas. La conciencia de esa inconsistencia ontológica constituye desde siempre el fondo de la búsqueda religiosa. De esta manera la historia de las religiones coincide con la historia del hombre, una tenaz carrera en búsqueda de su propio fundamento.

La propia inconsistencia radical, con la angustia que conlleva, determina en el ser humano los intentos de evasión, de huida de esa situación, tratando de refugiarse en todo tipo de alienaciones. Pero al final el ser humano continúa encontrándose enfrentado consigo mismo y teniendo que reconocer la contingencia y vulnerabilidad de su tan preciada autonomía y la fragilidad inherente a la precaria realidad del ser humano. Tal experiencia le obliga a optar: o se resigna a la desesperación frente a la contingencia de la propia autonomía, o se abre a la esperanza de la transcendencia.

La opción del hombre moderno

El hombre antiguo, y quizá el de siempre, no pone en duda la verdad de la intuición positiva de la propia naturaleza humana hacia el Ser -y no hacia la nada-.

Históricamente sólo el hombre moderno parece en ocasiones haber optado por la desaparición del sentido transcendente de la propia existencia. El hombre antiguo, y quizá el de siempre, no pone en duda la verdad de la intuición positiva de la propia naturaleza humana hacia el Ser -y no hacia la nada-, optando siempre por la esperanza de transcendencia. Y es que el ser humano no puede quizá vivir sin sentirse radicalmente fundado en su ser.

De ahí el concepto mismo de lo “sagrado”, como la fundamentación transcendente de la realidad “profana".  El ser humano es, pues, un "homo religiosus", abierto espontáneamente a lo "sagrado" desde su existencia profana misma.

Las “religiones” representan las formas más elaboradas llevadas a cabo por las distintas culturas para mostrar cómo el ser humano, a través de sus diversos contextos culturales, ha ido elaborando la búsqueda porfiada, y a la vez, confiada, del sentido transcendente de su  existencia.

Las principales búsquedas religiosas, las grandes tradiciones religiosas, representan pues una respuesta a los grandes interrogantes que más o menos conscientemente se plantea todo ser humano, un buen exponente de las inquietudes más profundas del ser humano.

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Elaboración propia a partir de A. BENTUÉ: Historia de las religiones.Introducción.


Ver también la sección: LA DIMENSIÓ TRASCENDENT