2005-15
10è ANIVERSARI

titol

EL RETO DE LA «HUMANIDAD»

Sobrevivir como especie y avanzar, progresar, en el proceso de humanización.

Cuando el hambre aprieta, el pan es lo prioritario. A pesar de ello conviene no olvidar el alimento de nuestro espíritu. Pongámonos, pues, en disposición.

En un diminuto punto azul perdido en el seno de la inmensidad cósmica transcurre nuestra frágil, vulnerable, necesitada, dependiente, fugaz, efímera existencia, envuelta en sus interminables y permanentes cuitas. La humanidad tiene ante sí un doble reto de fondo: sobrevivir como especie y avanzar, progresar, en el proceso de humanización.

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En los tiempos presentes podemos distinguir dos grandes tipos de «miradas» entre nuestros contemporáneos:  una mirada corta, miope, estrecha, de corto alcance, epidérmica, superficial, apegada a lo concreto, a la nimiedad, conformista y acomodaticia, que ve poco más allá de sus narices … y una mirada amplia, extensa, de gran angular, de anchos horizontes, curiosa, abierta a lo inesperado, a lo incierto, mirada existencial, penetrante, inquieta, que se interroga, que busca, abierta al misterio… Adquirir un grado superior de conciencia es vital si no se quiere ahogar uno en la rutina y la mediocridad.

Nimiedad de nuestra existencia en el seno de la inmensidad cósmica

Nuestro mundo es un insignificante punto perdido en medio de la inmensidad cósmica…

Somos una pequeñita mota de polvo en medio del Universo. Nuestro mundo es un insignificante punto perdido en medio de la inmensidad cósmica… La evolución cósmica ha posibilitado que, en este insignificante punto, el planeta Tierra, se dieran unas condiciones muy determinadas que han hecho posible que apareciera, emergiera, aflorara esa forma de existencia multiforme que llamamos «vida», con su complejidad, multiplicidad, variedad y diversidad.

En ese insustancial punto cósmico ha transcurrido la vida de nuestros antepasados, de todos los que nos han precedido, y en él continúa transcurriendo la endeble, quebradiza, frágil, fugaz, efímera existencia humana. En él transcurre la vida humana, la vida de cada uno de nosotros con nuestras inquietudes, nuestros desvelos, nuestros amores y desamores, nuestras querencias, nuestras filias y nuestras fobias, nuestros anhelos e inquietudes, nuestros sueños, nuestros proyectos y nuestras aspiraciones, con nuestras alegrías y nuestros sufrimientos… A pesar de los pesares es propio de bien nacidos estar agradecidos por el don que se nos ha dado, por la existencia, por la vida, por la oportunidad que se nos ha brindado.

Nuestra situación actual

El hecho de ser un «homo sapiens» no me convierte necesariamente en «humano».

¿Y qué diagnóstico hacer de esta nuestra situación? Para una terapia adecuada será preciso partir de un buen diagnóstico. No parece que nuestra situación esté clara. Nuestro futuro cósmico, si excluimos el apoyo de la fe, incierto. Pero mientras tanto, el desafío de la humanidad es doble: escoger el camino adecuado para nuestra supervivencia sorteando los posibles peligros de desviación y avanzar en el grado de «humanización» como especie. Por una parte, la «humanidad» como sujeto, es la protagonista y responsable de su propia trayectoria, de ella depende el rumbo (certero o errático) de su historia. Por otra, nuestra meta evolutiva es desarrollar y alcanzar nuestra plena «humanidad». El hecho de ser un «homo sapiens» no me convierte necesariamente en «humano». Nuestro desafío como especie es sobrevivir en medio de la inmensidad cósmica, aunque no a cualquier precio. Nuestro reto para progresar en «humanidad»: crecer en la comprensión del mundo, de la vida, de las acciones de los hombres, crecer en la comprensión de nosotros mismos.

Nuestro mundo va tirando, caminando hacia adelante, aunque no está claro que siempre progresando. En gran parte somos dueños y responsables de nuestro propio destino. En la errática historia humana se van alternando épocas con rumbo claro, otras parece que algo perdidos y desorientados, caminando entre brumas, como a tientas... En el mundo actual se habla de todo, con todo lujo de particularidades, pormenores y detalles, pero a menudo se obvia lo esencial. La mente humana no siempre se ocupa de lo nuclear, a veces pierde el norte y deambula sin rumbo por periferias banales. A menudo atrapados por lo urgente, desatendemos lo esencial. Nuestra civilización vive según el principio de los sofistas atenienses denunciados por Platón, a saber: tener los deseos más violentos posibles y encontrar el medio de satisfacerlos.

En el mundo actual se habla de todo con todo lujo de detalles, pero a menudo se obvia lo esencial.

Los problemas de nuestro tiempo no sólo se dan, ni principalmente, en el terreno de la economía, en la falta de trabajo, en la desigual distribución de la riqueza, en las desigualdades sociales, en la falta de oportunidades, en los sangrantes conflictos internacionales… Hoy parece que nos encontremos en una época axial. En nuestro tiempo se ha producido una grave trasmutación de unos valores que han sostenido nuestra civilización durante milenios (algunos de ellos, esenciales, se han prostituido) como el derecho a la vida, el concepto de familia, el concepto de «libertad» o de «progreso». Nos falta una conciencia clara de que nuestro rumbo debe orientarse no solo a crecer materialmente y mejorar las condiciones de vida materiales (cuestión a la que se ciñen nuestros representantes políticos) sino a desarrollarnos «humanamente», creciendo interiormente. Y ello en parte es debido a que como decía Chesterton: la raíz de muchos de los males de este mundo es una concepción errónea sobre lo que es el «hombre», el «ser humano». Una cuestión esencial invisibilizada por una cultura cegada por el logro, obcecada por la consecución del bienestar material, el éxito social, la inmediatez, la satisfacción compulsiva del deseo… Cuestión que desborda cualquier otro análisis económico, político o estructural: el ocaso, decadencia, declive, de nuestro conocimiento de lo que somos.

[…] «A muchos nos preocupa la extinción de todas las especies que el mundo occidental está exterminando. Pero casi nadie se da cuenta de lo más extraordinario de todo: de la extinción de nuestro conocimiento de lo que somos» (M. CABALLE, filósofa). Vivimos en un mundo preocupado por la extinción de la más nimia especie de nuestra flora o de nuestra fauna, un mundo que clama con razón contra la violencia machista… al tiempo que socialmente ensalzamos y enaltecemos la violencia contra la vida humana naciente y obviamos el desvelo por la extinción de nuestro conocimiento sobre lo que somos nosotros mismos y lo que podemos llegar a ser como «humanos».

Estos son algunos de nuestros problemas de fondo como hombres del siglo XXI, sin referentes claros, desarraigados antropológica y culturalmente, desorientados, inconsistentes, sin capacidad de aclararnos sobre lo mejor de nosotros mismos y nuestra civilización. Andamos vagando, vegetando, distraídos, envueltos en nuestras interminables y sempiternas cuitas. Y es que como afirmaba Saint-Exupéry sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos… Una de las revoluciones pendientes, pues, una revolución necesaria: hacer frente a la disolución de lo «humano».

Recuperar la conciencia en torno a lo que es el hombre, su origen y destino.

El ser humano necesita aprender a ser lo que es, aprender aquello que por esencia está llamado a ser.

Recuperar en la conciencia de la sociedad occidental las certezas básicas en torno a lo que es el hombre, su origen y destino, superando lo que se ha venido en llamar las «patologías de la razón» y «las patologías de la modernidad», típicas del actual momento social es una imperiosa necesidad de nuestro tiempo. Para dialogar y hablar acerca de uno mismo, antes es necesario conocerse y entenderse. Comprender al hombre, consiste en profundizar y descubrir el lugar y la función del ser humano en el universo. El ser humano necesita aprender a ser lo que es, aprender aquello que por esencia está llamado a ser. Sören Kierkegaard, el gran filósofo danés, hablaba de una de las enfermedades mortales de nuestra época: estar vivo para el mundo, pero muerto para el espíritu. ¿Cuántos morirán ahogados en tan terrible tesitura? Una ardua tarea en la que muchos, desde los más diversos ámbitos, andamos empeñados: que todas las personas vivan en condiciones materiales dignas, pero también contribuyendo a elevar su condición y dignidad «humana», afianzando el verdadero ser del hombre y el «progreso» en lo que de verdad constituye lo específicamente, esencialmente, humano. Quién conozca a fondo lo que es el ser humano evitará ciertos experimentos antropológicos hechos con gaseosa por la «modernidad» y sabrá cómo tratarlo correctamente, con una gran delicadeza e infinito respeto para su esencia, para lo que él es.

Ello pasa en primer lugar por el redescubrimiento y la percepción de lo esencialmente humano. La ética puede ayudarnos a recuperar el norte y orientarnos hacia un auténtico «progreso», aquel que nos permite avanzar hacia un mayor grado de «humanización» y nos encamina hacia una vida más digna y plena, en busca de la auténtica «felicidad».

VMC