Ciudadanos del Universo
En nuestro camino evolutivo para empezar lo lógico es que nos convirtamos en verdaderos ciudadanos de nuestro propio planeta, ello implica una mínima ética común compartida y en nuestro caminar juntos unos horizontes de protección y conservación de nuestra casa común, de respeto y fraternidad entre los pueblos, búsqueda de la paz, de justicia, solidaridad, reducción de las desigualdades, reparto equitativo de las riquezas, etc., pero al tiempo, como bien experimentaron y expresaron los astronautas del Artemis II en su viaje a la luna, el aumento de nuestra consciencia planetaria contribuye también al incremento de nuestra consciencia cósmica al contemplarnos desde fuera y percatarnos de nuestra insignificancia cósmica así como de nuestra unidad con el resto del universo.
Deleite en la actividad contemplativa. A medida que progresamos en nuestro nivel de consciencia, elevamos la mirada, nos vemos más interconectados con todo cuanto nos rodea, nos sentimos en comunión con la realidad entera, y ensanchamos nuestra consciencia cósmica. Ya lo dijo C. Sagan: el cosmos es nuestro hogar. El cosmos es una maravilla para contemplar. A lo largo de la historia humana enfrentarse a la vastedad de lo que hay ahí fuera ha constituido una marca de nuestra especie. Desde siempre, el ser humano se ha interesado por conocer y comprender el Universo y las leyes que lo rigen.
Elevar la mirada puede resultar altamente beneficioso para nuestro desarrollo personal. La contemplación perseverante del cielo en una noche estrellada suele ser una intensa experiencia emotiva, estética y especulativa: contribuye nada menos que a la oxigenación de nuestro espíritu y a una expansión de nuestra consciencia cósmica y produce una serie de impactos neuropsicológicos. La contemplación de la inmensidad y la grandeza cósmica activa en nuestra mente una actitud interna que ayuda a expandir nuestra consciencia. Su valor es tal que miembros de la comunidad científica y académica, así como representantes de agencias y organizaciones internacionales, consideran que la opción a un cielo nocturno inmaculado que permita disfrutar la contemplación del firmamento en todo su esplendor debe considerarse un derecho inalienable de la humanidad. Es necesario que ensanchemos nuestra consciencia y alcancemos lo que se ha venido en llamar «consciencia cósmica». Una expansión de la conciencia que puede reportarnos beneficios incluso capaces de transformar nuestra propia concepción de la existencia.
Ciudadanos del mundo, habitantes terrícolas, pobladores del cosmos, ciudadanos del Universo. Alineados con el hálito vital que permea vigorosamente la realidad entera, vida inteligente bajo forma humana, configurada y moldeada de forma antropomórfica, adaptada a los condicionantes cósmicos de nuestra región local dentro de nuestro sistema solar, deseosos de sintonizar con otras posibles formas de vida cósmica inteligente, no necesariamente con forma antropomórfica, también como nosotros hijos e hijas de las estrellas, y en su esencia seguramente no demasiado distintas de nuestra identidad más esencial (interconectadas amorosamente, orientadas al bien, seguramente también en proceso evolutivo, libres y por tanto responsables de sus actos, temporales…), comprometidos en la construcción de un más digno y noble mundo humano y planetario, agradecidos por participar del hilo de la Vida cósmica, disfrutando del don gratuito de la existencia, por un lapso temporal acotado en este mundo terrenal, abiertos quizás a otras posibilidades existenciales insospechadas por nosotro aún desconocidas y por consiguiente esperanzados...
Del recomendable blog citado más abajo de Fernando Bermúdez López, entresacomos un extracto de su postal "Ciudadanos del Universo"
¿Habrá creado Dios infinitos universos? ¿Es posible que seamos "Ciudadanos" del Universo?
En este tan inmenso universo nuestro, ¿es creíble, razonable, pensable, imaginable que estemos solos, que seamos los únicos seres inteligentes en el Cosmos?
¿Qué es el hombre?, se preguntaba Martin Buber. Sin embargo, no estamos solos. Los seres humanos y todos los seres vivos que pueblan el planeta Tierra salimos de las entrañas del Universo. Somos hijos e hijas de las estrellas"
"Los humanos en el universo sienten la presencia de Dios acariciando la creación. 'Y vio Dios que todo era bueno'” (Gn 1,10)
Por Fernando Bermúdez López (*)
Las fotos recogidas por el telescopio James Webb sobre la inmensidad del Universo me llevan a experimentar la pequeñez y soledad del ser humano en el cosmos. ¿Qué es el hombre?, se preguntaba Matin Buber. Sin embargo, no estamos solos. Los seres humanos y todos los seres vivos que pueblan el planeta Tierra salimos de las entrañas del universo. Somos hijos e hijas de las estrellas.
Al contemplar las fotos del telescopio James Webb me estremecieron de tal manera que reviví el Himno del Universo de Teilhard de Chardin: “Las profundidades astrales se dilatan en un receptáculo cada vez más prodigioso de soles reunidos…Nuestra percepción se acrecienta sin fin con las potencias secretas que duermen y con las inmensidades que se nos escapan porque no vemos más que un punto de ellas. El místico saca una alegría sin mezcla de todos estos descubrimientos, cada uno de los cuales le sumerge un poco más en el Océano de la Energía… Solo Dios agita con su Espíritu la masa del Universo en fermentación”.
Parafraseando a san Juan de la Cruz
La belleza de infinidad de estrellas flotando en el universo refleja la sombra de Dios, diría Gabriela Mistral. Un día me encontraba solo en la inmensidad del desierto del Sahara. Era una noche estrellada. Me tendí sobre la arena y contemplé la bóveda del cielo. En el desierto se perciben las estrellas con una claridad imponente. Me quedé absorto contemplándolas. Me detuve en una de ellas y en espíritu viajé a más velocidad que la luz hasta una de ellas. Y parafraseando a san Juan de la Cruz, llegué a proclamar en mi interior:
Mil gracias derramando
pasó por estos universos con presura
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.
El hermano sol
Asimismo, Francisco de Asís quedó ensimismado contemplando la belleza de la creación en el Cántico de las criaturas, conocido como el Cántico del hermano sol. Una bella expresión lirica del alma humana. Es un canto a los astros y a toda la naturaleza. En él, el poverello de Asís interpretó el silencioso canto que toda la creación le tributa a Dios y la silenciosa melodía que Dios canta en la creación:
Altísimo y omnipotente buen Señor
Alabado seas en todas tus criaturas,
especialmente en el hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas
y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas...
Junto a esa sabia y amorosa presencia del Misterio de Dios está la existencia del ser humano que puede percibir la belleza cósmica a través de su inteligencia. Los humanos, en el universo, sienten la presencia de Dios acariciando la creación. “Y vio Dios que todo era bueno” (Gn 1,10).
El "superátomo"
Todo comenzó cuando Dios llamó a la nada y ésta dejó de ser nada para transformarse en una infinita condensación de materia. En un principio el Universo se encontraba condensado en un átomo primordial, un “superátomo” que se fue desarrollando más y más. Era como una inmensa bombona de gas concentrado, denso, y a temperatura infinitamente alta, hasta que explotó. Es lo que conocemos como el Big Bang, hace 15.000 millones de años. Después de esta explosión cósmica surgieron ondas gravitacionales que se condensaron en forma de nubes de hidrógeno y polvo, dando lugar a las estrellas y galaxias. Y desde entonces, el Universo no ha dejado de expandirse. ¿De dónde surgió el átomo primordial? ¿Acaso puede surgir del azar algo tan portentoso? ¿Qué dice la ciencia? ¿Qué dice la filosofía? ¿Qué dice la teología?
Dicho de una forma poética, retomo el pensamiento del místico, revolucionario y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal: "Del matrimonio de protones con neutrones vino la gran explosión del Big Bang y la expansión cósmica. Todo era una masa de hidrógeno flotando en el espacio, danzando en el universo. Y el gas se condensó hasta que apareció una masa incandescente de luz y calor de la que, en su expansión, surgieron millones de galaxias y de estrellas. Y empezaron a brillar. Y de una pequeña estrella de la periferia de una galaxia, amaneció nuestro sol con sus planetas y entre éstos nuestra Tierra, desprendida del sol hace 4.500 millones de años. Ahí estábamos lo que hoy somos los seres humanos. Venimos de las profundidades del Universo. Todos los elementos de nuestro cuerpo estuvieron en las entrañas de una estrella. Somos polvo de estrellas. Somos ciudadanos del Universo, de donde salimos". Y apareció el planeta Tierra danzando alrededor del sol, y la luna plateada girando alrededor de la Tierra. La gran sorpresa y maravilla del Universo es la vida en la Tierra. Y la vida evolucionó hasta aparecer la inteligencia y el amor, que es lo más bello de la creación. Hace años escribí:
Trasciendo lo que ven mis ojos,
y sueño despierto
vagando por las estrellas
de cuyo polvo incandescente formo parte
y desde ahí me elevo en mi pensamiento
hasta la partícula primordial
que dio origen al Big Bang
del cual procedemos todos
y todo cuanto existe,
árboles y plantas,
animales y personas,
montañas y mares,
constelaciones y galaxias,
todo y todos y todas,
vivificados por el Espíritu,
Fuente de Energía y de Vida
y de toda Sabiduría,
Belleza y Amor,
el corazón de Dios
en el cual existimos.
Solo en el silencio logramos ver la vida con los ojos y el corazón del Espíritu cósmico que late en el Universo y contemplar la vida con un sentido de trascendencia. No podemos excluir de la eternidad a la Tierra ni la vida de los seres humanos. Una belleza infinita culmina en un amor infinito. Me atrevería a decir que el sentido del Universo es el amor. Con Espinosa Arce proclamo que esas “estrellas y galaxias que están a miles de años luz de distancia nos hablan de la perfección de un Creador que es Padre-Madre y que las ha creado desde el amor”. Asimismo, Ernesto Cardenal en sus Salmos describe con astronómica belleza el modo en el que las galaxias y estrellas cantan a su Creador:
“Las galaxias cantan la gloria de Dios
y Arturo 20 veces mayor que el sol
y Antares 487 veces más brillante que el mismo sol.
Sigma de la Dorada con el brillo de 300.000 soles
y Alfa de Orión que equivale a 27.000.000 de soles…
anuncian la obra de sus manos” (Salmo 18 y 19).
Las imágenes del telescopio James Webb nos muestran la presencia de Dios y su infinita sabiduría. La mística y la espiritualidad, pueden ser otros telescopios que nos permiten mirar asombrados, agradecidos y extasiados el universo en su armonía y belleza, como dice asimismo, Espinosa Arce. Y con Francisco de Asís, Juan de la Cruz, Teilhard de Chardin y Ernesto Cardenal cantamos también nosotros hoy las maravillas de la Creación. Es necesaria la contemplación serena y agradecida de los espacios infinitos del Universo para escuchar la música del silencio que irradian las estrellas y, de esta manera, entender y abrazar su belleza, que es la belleza de la vida de cada ser humano y la belleza de Dios.
Siempre nos queda un interrogante: ¿Es posible que haya otros universos? Esta posibilidad del pluriuniverso plantea preguntas filosóficas y teológicas muy complejas. Si Dios, a quien consideramos el creador, es eterno, que siempre ha existido porque Él es la Existencia, -Yo Soy el que Soy (Ex 3,14)-, no podemos imaginárnoslo inactivo. Para Dios no existe el tiempo. Él existe en un Hoy eterno. ¿Habrá creado infinitos universos? Posiblemente. Es un misterio. Sin embargo, los humanos nos centramos en el Universo que conocemos y del que salimos.
Creando un paraíso cósmico de amor y fraternidad
Esta contemplación no nos evade de la realidad, al contrario, nos reta a hacer de esta Tierra un paraíso cósmico de amor y fraternidad. Sentirnos ciudadanos del universo nos exige vivir como ciudadanos de este mundo. Y salir al encuentro de la humanidad sufriente con un corazón compasivo, para aliviar sus sufrimientos y construir un mundo feliz para todos y todas. La contemplación del Universo nos hace ver el absurdo de los imperios, la locura de las guerras, las ambiciones económicas y la codicia de acaparar riqueza a costa de hundir a otros en la miseria.
- Nos exige luchar por otro modelo de sociedad justo y fraterno, alternativo al capitalismo neoliberal que es el principal causante de la injusticia, la pobreza y las guerras que campean por el mundo.
- Nos exige crear conciencia de que es urgente el desarme de las naciones y que el dinero que se invierte en armamento se destine al desarrollo de todos los pueblos.
- Nos exige fomentar el diálogo entre las religiones, buscando contribuir juntos a la paz y a la humanización de este mundo.
- Nos exige superar los nacionalismos fanáticos. Porque Dios creó un mundo sin fronteras. Éstas dividen, discriminan, excluyen y hacen que la vida de las personas valgan según el lugar donde han nacido. Las fronteras deben ser lugar de encuentro y de acogida. Porque antes de ser ciudadanos de este o aquel país somos ciudadanos del mundo, ciudadanos del universo, ciudadanos del reino de Dios.
- Nos exige tomar conciencia de que el clamor de los pobres es también el clamor de la Tierra , como señala el papa Francisco en la encíclica Laudato Si. De ahí surge el compromiso con la justicia climática y el cuidado del Planeta, que es nuestra casa común.
Fuente: Blog Por un mundo más humano, Fernando Bermúdez
(*) Fernando Bermúdez es Licenciado en Ciencias Religiosas y en Teología, Diplomado en Medicina y Cirugía, Máster en Bioética.
Ver también:
El cosmos: una maravilla a contemplar
Manifiesto sobre la consciencia planetaria
Secció: EIXAMPLANT LA NOSTRA CONSCIÈNCIA CÒSMICA
Per a «construir» junts...
«És detestable aquest afany que tenen els qui, sabent alguna cosa, no procuren compartir aquests coneixements».
(Miguel d'Unamuno, escriptor i filosof espanyol)
Si el que aquí se t‘ofereix ho trobes interessant…
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Junts podem contribuir a ampliar la consciència «global»
Para «construir» juntos...
«Es detestable ese afán que tienen quienes, sabiendo algo, no procuran compartir esos conocimientos».
(Miguel de Unamuno, escritor y filósofo español)

