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El amor que nos cura

El relato como factor de resiliencia

El «relato» que construimos de nuestra propia existencia, como factor clave en el proceso de resiliencia.

La «resiliencia» se fundamenta en dos grandes pilares: el «vínculo» y el «sentido» asumido del relato de nuestra existencia que nos construinos.

Todos nosotros nos construimos en los encuentros con personas realmente importantes para nosotros, en los «auténticos encuentros».

El «relato» que construimos de nuestra propia existencia: la idea que nos hacemos de nosotros mismos puede modificarse por efecto del conjunto de los «relatos» con los que tratamos de comprender nuestra existencia.

No hay actividad más íntima que la labor de construcción del sentido de nuestra existencia.

Hay salida. El mundo no se hunde bajo nuestros pies. De las trizas y cenizas de nuestros despojos puede resurgir un nuevo fuego ardiente. Personas que se han sabido sobreponerse a grandes dificultades han existido siempre. La resiliencia es una realidad humana experimentada por determinadas personas en situaciones difíciles. Se trata de una capacidad para sobreponerse a las dificultades y de crecer sobreponiéndose a las mismas. Esta capacidad se apoya en una serie de elementos positivos como la amistad, el proyecto de vida, una trabajada interioridad... que permitan la construcción o la reconstrucción de la vida de una persona. Se presenta bajo la forma de un proceso de reestructuración de la propia vida que se construye con el apoyo de otras personas del entorno, y comprende la responsabilidad –a veces pequeña pero siempre bien real- de la víctima para con su propio futuro. La realidad humana de la resiliencia es verdaderamente un proceso de crecimiento, una evolución positiva a veces a través de grandes dificultades, un crecimiento hacia una nueva etapa de vida, y no únicamente un simple reajuste vital.

Una persona que se encuentra en una situación muy dolorosa y difícil busca normalmente una solución, una salida que funcione por ella misma sin causar más daños para otros. Sin embargo, no siempre es fácil recorrer el camino de autorecuperación solo. En muchos de los casos la resiliencia se fundamenta en el vínculo y el sentido.

  • Todos nosotros nos construimos en los encuentros con personas realmente importantes para nosotros, en los verdaderos encuentros. He aquí un elemento clave de resiliencia: la resiliencia tiene un componente relacional en el pleno sentido del término, un tipo de vínculo con otra persona o grupo que deviene fecundo (esta aceptación interpersonal toma las formas más variadas: el otro me ama, me escucha, me dedica tiempo, o todavía más: no me deja caer, incluso si yo hago tonterías, cree verdaderamente en mí…).
  • La capacidad para descubrir un sentido, he aquí un segundo elemento clave para la resiliencia. En el fondo, mientras tenemos –el sentimiento inconsciente- que existe un vínculo positivo en nuestra vida y que la corriente de la vida fluye junto a nosotros, tenemos el sentimiento que nuestra vida tiene sentido. Es ahí donde quizá se sitúa la importancia del perdón, no como un sentimiento, si no como una voluntad de reanudar la vida para si mismo o para otro.
  • Otros elementos para construir la resiliencia: La autoestima, la actitud constructiva, un cambio en nuestra mirada sobre el mundo…
Traumas, narraciones, discurso, relato y resiliencia. Hoy sabemos que los que han padecido un trauma obtienen un beneficio indudable al proceder a una construcción de sentido a posteriori, pero el modo en que generalmente suelen juzgar los acontecimientos guarda relación con la escara que sigue clavada en su historia. Lo que ha quedado impregnado por el trauma real alimenta sin cesar una serie de representaciones y de recuerdos y tiñe la propia vivencia. No hay actividad más íntima que la labor de construcción del sentido de nuestra existencia. Esa reconstrucción puede llevarse a cabo a través de lo que nos narramos a nosotros mismos en nuestra más recóndita intimidad, a través de la construcción del "relato" sobre lo que hemos vivido, sobre nuestras vivencias. Unos recuerdos que conforman nuestra identidad más íntima. Este sentido persiste en nosotros y da forma temática a nuestra vida, condicionando nuestra existencia.

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  1. Quienes en su vida han experimentado una situación traumática el modo en que juzgan los acontecimientos guarda relación con la escara que sigue clavada en su historia.
  2. Lo que ha quedado impregnado por el trauma alimenta sin cesar una serie de representaciones mentales y de recuerdos que constituyen nuestra identidad.
  3. Dado que todos somos capaces de representación, no podemos evitar atribuir un sentido a los acontecimientos que marcan nuestra historia y que participan en nuestra identidad.
  4. Dado que pertenecemos a una especie capaz de percibir una información separada de su contexto, nos liberamos de la tiranía de las cosas sometiéndonos a las representaciones que nos inventamos.
  1. Mientras el trauma carezca de sentido, permaneceremos aturdidos, alelados, atónitos, trastornados por un torbellino de informaciones contradictorias que nos vuelve incapaces de decidir.
  2. Dado que estamos obligados a dar un sentido a los hechos y a los objetos que nos «hablan», disponemos de un medio con el que arrojar luz en la neblina provocada por el acontecimiento traumático: el relato. En tal caso, la narración se convierte en una labor de atribución de sentido.
  3. Poco a poco, mediante esa labor, el re­lato extrae el acontecimiento del interior de uno mismo. Esa exposición sitúa en el pasado un acontecimiento destacado que nos ha marcado.
  4. La idea que nos hacemos de nosotros mismos puede modificarse por efecto del conjunto de los relatos.
  5. Los relatos exigen una reorganización de los hechos inscritos en la memoria, una reorganización realizada con la intención de construir una representación de uno mismo dirigida a quienes tenemos cerca.

Historia de un jarrón lleno de sentido

Dado que todos somos capaces de representación, no podemos evitar atribuir un sentido a los acontecimientos que marcan nuestra historia y  que participan en nuestra identidad. Podemos dar sentido a la adversidad: «Con la perspectiva del tiempo, me siento orgulloso por no haber­me dejado desalentar». También se puede transfigurar un fracaso. Se puede modificar incluso el sentido de un objeto cuya circulación «cuenta» algo de nuestra historia íntima.

No puede decirse que Sabine se encontrara a gusto en esa familia de acogida. Tampoco es que estuviera a disgusto, pero se sentía como una extranjera obligada a vivir en un alojamiento mediocre con gente cuya lengua comprendía con dificultad. Sabine esperaba días mejores, y para pagarse su futura autonomía, se comportaba de manera anormalmente formal. Un día, al llegar la fecha del cumpleaños de su cuidadora, escogió como regalo un pesado y costoso jarrón en el que dispuso simplemente unas cuantas lilas recogidas en una zona próxima que se hallaba en obras. La cuidadora, ofendida por la modestia de las flores, se había indignado: «¡Después de todo lo que yo he hecho por ti!». Tiró las flores y guardó el jarrón. Sabine pensó: «Hasta el lenguaje de las flores provoca un malentendido entre nosotras».

Algunos años más tarde, después de haber obtenido la titulación de policía, Sabine -que se hallaba explicando a un becario que el arma del crimen podía ser un objeto trivial- recibió un aviso del hospital relacionado con «alguien de la familia». El becario la acompañó en el coche. Efectivamente, el marido de su antigua cuidadora acababa de ser operado de un hematoma subdural, una bolsa de sangre en las meninges, entre el cráneo y el cerebro, situación que sobreviene a veces después de un traumatismo craneal. En el momento en que Sabine salía de la sala de cuidados, se le acercó su antigua cuidadora, le tendió una bolsa y dijo: «Por tu culpa, mi marido ha estado a punto de morir». Sabine abrió el saco y vio... ¡el jarrón! La cuidadora añadió: «Aún seguimos peleándonos... Tu jarrón... se lo he tirado a la cabeza». El becario bajó la frente. Sabine cogió el jarrón, lo rompió, se acercó a una alcantarilla y lo arrojó en ella. El becario sonrió.

Los objetos adquieren sentido debido a nuestra memoria, que relaciona los hechos entre sí y les confiere coherencia. En un mundo sin sentido, no podríamos percibir más que esquirlas de realidad, no podríamos responder más que a estímulos presentes: funciona o no funciona, atrae o repele, agrada o desagrada. Fragmentado, sin alma, sin hilo para coser las esquirlas de la realidad, el mundo sería percibido de forma parcelada. Sin embargo, dado que pertenecemos a una especie capaz de percibir una información separada de su contexto, pasada o venidera, y a la que, no obstante, respondemos mediante emociones, conductas y discursos, nos liberamos de la tiranía de las cosas para someternos a las representaciones que nos inventamos.

Siendo niña, Sabine había comprado con todos sus ahorros ese costoso jarrón para señalar que era buena y que se esforzaría para no resultar una carga para esa familia de acogida. La cuidadora, como siempre, provocaba malentendidos con el sentido de las cosas. Tras haberse visto ofendida por las humildes flores, la cuidadora había pasado a pensar que el jarrón era un arma criminal que Sabine le había dado, acaso de forma intencionada. Al romper el jarrón y tirarlo por una alcantarilla, Sabine se sintió triste y aliviada. Pero sólo cuando el desarrollo de los acontecimientos tocó a su fin apareció el sentido del objeto: «Por culpa de tu jarrón (por culpa tuya) he estado a punto de matar a mi marido».

Este ejemplo permite comprender que, al producirse un acontecimiento traumático, el sujeto se encuentra hasta tal punto conmocionado y desbordado por las informaciones que se ve incapaz de responder a un mundo que percibe confuso. ¿cómo comportarse en él?

El relato como antiniebla

Mientras el trauma carezca de sentido, permaneceremos aturdidos, alelados, atónitos, trastornados por un torbellino de informaciones contradictorias que nos vuelve incapaces de decidir.

Ahora bien, dado que estamos obligados a dar un sentido a los hechos y a los objetos que nos «hablan», disponemos de un medio con el que arrojar luz en la neblina provocada por el acontecimiento traumático: el relato.

En tal caso, la narración se convierte en una labor de atribución de sentido. La metamorfosis que transforma el acontecimiento en relato se realiza por medio de una doble operación:

  1. la de colocar los acontecimientos en una esfera exterior a nosotros mismos y
  2. la de situarlos en el tiempo.

Para quienes han sido heridos en el alma, la narración es un acto que les procura la sensación de que «los acontecimientos parecen relatarse por su propia iniciativa». Los recuerdos de las imágenes van pasando, rodeados de palabras que las comentan y las precisan, para luego titubear y volver a relatar la escena utilizando expresiones nuevas. Poco a poco, mediante esa labor, el relato extrae el acontecimiento del interior de uno mismo. Esa exposición sitúa en el pasado un acontecimiento destacado que nos ha marcado: «Este es el precio que ha de pagarse para que el pasado, lo ausente, lo muerto puedan regresar al mundo presente de los vivos, al escenario del texto y de las imágenes, al escenario de la representación y en tanto que re-presentación».

Ahora bien, esta capacidad de construir un discurso que permita acceder al ámbito íntimo sólo se pone en marcha entre los 7 y los 10 años. Antes estamos sometidos al contexto, como esos niños que se echan a reír mientras aún tienen los ojos llenos de lágrimas, o que se sienten desesperados tras una pequeña decepción, pero experimentan una gran dicha al ver revolotear una mariposa. Entre los 7 y los 10 años, el discurso sobre uno mismo es una sucesión de enunciados que tratan de responder a la pregunta: «¿Quién soy yo para los demás?». Muy pronto, el discurso adopta un sesgo sexuado: «Soy una chica. Me llamo Sylvie. Tengo el pelo rubio y corto». Las chicas emplean frecuentemente el verbo «gustar»; «Me gusta Madeleine, me gusta mi vestido, me gusta el color de mis ojos». Los chicos prefieren «ser» y «tener»: «Soy alto, soy bueno jugando al fútbol, tengo una bici muy bonita».

La idea que nos hacemos de nosotros mismos puede modificarse por efecto del conjunto de los relatos que nos construimos.

Cuanto más joven se es, más afirmativo es el discurso. Sólo con la perspectiva del tiempo aparecen los matices, y también las dudas. Las chicas conceden cada vez más importancia al parecer de los demás, mientras que los chicos hablan cada vez más de referencias jerárquicas.

La reorganización espontánea de la representación de uno mismo en función de la edad, el sexo y el entorno afectivo y cultural da fe de la evolución de la imagen propia y explica por qué la resiliencia es una posibilidad abierta durante mucho tiempo debido a que la idea que nos hacemos de nosotros mismos puede modificarse por efecto del conjunto de los relatos. Más elaborados y menos estereotipados que los discursos, los relatos exigen una reorganización de los hechos inscritos en la memoria, una reorganización realizada con la intención de construir una representación de uno mismo dirigida a quienes tenemos cerca, a la cultura o a una tercera persona, real o imaginaria.

Cuando el sujeto no puede realizar esta labor porque es demasiado joven, porque el entorno le hace callar, o porque su cerebro, dañado por un accidente o una enfermedad, no le permite ya una representación del tiempo, comprobaremos que la resiliencia se vuelve difícil.

Sin embargo, mientras sea posible modificar la imagen que nos hacemos de nosotros mismos, mientras una intervención en la realidad psíquica y social nos permita trabajar en ella, la resiliencia será posible, puesto que consiste, simplemente, en reanudar, tras una agonía psíquica, un determinado tipo de desarrollo.

Fuente: B. CYRULNIK: El amor que nos cura.


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