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Los
maestros que habíamos tenido parecían, en las horas de escuela,
haber sido forzados a comparecer, levantados por fuerza de
camas en que hubieran yacido aquejados de vergonzosa colitis
o de devoradoras fiebres.
Sus
reacciones eran siempre inoportunas, suporte generalmente
ridículo. Su humanidad hambrienta y asustada, la condición
huidiza eran demasiado visibles, les impedían investirse del
escaso ropaje de seguridad y de poder que basta para impresionar
a los niños.
En
conjunto, después de tanta educación rigorista, el instituto
resultaba reposante. En las clases no estaba proscrita la intervención
y hasta se toleraban el comentario y el diálogo, y, a
veces, resultaban vivas y realmente interesantes. Aquellas aulas
cochambrosas encerraban por fin una escuela respirable; me pasé
el curso lamentando que a los jesuítas no se les hubiera ocurrido
echarme antes. |