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El
primero de Septiembre se abrió la escuela y todo volvió a
empezar con una normalidad que parecía que no tendría fin,
pero a mediados del mes se alteró, simplemente por un cambio
de tiempo. Se desencadenó una racha furiosa de tormentas.
Por la mañana no pasaba nada extraordinario, pero después
a mediodía se empezaba a ver el cielo gris de Valladolid y
la nube iba avanzando poco a poco por el valle; después salía
por detrás de la colina y cuando se encontraba encima de Simancas
parecía que no iba a quedar una piedra en su sitio.
Dentro
de la clase se empezaba a sentir la tormenta en la inquietud
de las chicas. La maestra daba golpes con la regla en la mesa,
pegaba gritos desaforados para mandarlas callar, poniéndose
ella tan excitada como la que más, hasta que sonaba el primer
trueno, lejos todavía, pero suficientemente claro como para
borrar el ambiente de discordia: entonces se le echaba la
culpa a la tormenta,
entonces se encendía el cabo del Santísimo y se rezaba mientras
iban creciendo los truenos hasta estallar sobre nuestras cabezas.
Después
de uno o dos de esos que suenan como a hoja de lata, los goterones
de la lluvia empezaban a dar en los cristales, ladeados; a
los primeros se les veía pasar como flechas y enseguida se
convertían en una cortina espesa.
Las
chicas se agolpaban a las ventanas para ver correr los arroyos
que se formaban frente a la escuela y no había manera de calmarlas.
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