Miguel
levantó la cabeza. Miró al frente y supuso que
allí, tras la tarima, debía continuar aún
colgado el viejo mapa comido por los ratones. Sabía que
estaba allí. Creía adivinar en la oscuridad las
manchas de colores desteñidos. Cerró los ojos
con desaliento. [...]
La escuela
constaba de una sola planta capaz de contener unos cincuenta
niños. Los bancos de madera sin pulir y acribillados
a cuchilladas, se alineaban en largas filas frente a la tarima
del maestro. Los tinteros parecían pequeños
pozos misteriosos, y soplando dentro se levantaba un polvillo
morado que ensuciaba la cara gratamente y se metía
por los ojos. [...]
En un
ángulo había una vitrina donde se guardaban
los polígonos, confeccionados pacientemente por el
maestro con cartulina y goma y coloreados durante la clase
de Gramática. También se guardaba allí
"El Quijote al alcance de los niños" y otro
sólo para maestros. [...]
El maestro
abrió un cuaderno y empezó a pasar lista. Tenía
unas manos largas y pálidas, casi femeninas, que resaltaban
extrañamente luminosas sobre la madera del pupitre.
De cuando en cuando se interrumpía, su pecho se contraía
dolorosamente sacudido y apretaba un pañuelo contra
los labios. Entonces nos miraba con ojos de bestia acorralada
y con la mano libre levantaba la vara para castigar al que
descubriese riéndose de su tos.
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