2005-15
10è ANIVERSARI

titol

SOMOS «EMOCIÓN» ANTES QUE «RAZÓN», «AFECTO» ANTES QUE «INTELECTO»

Una aproximación a nuestra «naturaleza» para un mejor conocimiento del ser humano.

Una apuesta a favor de la salud, un desarrollo psicoafectivo harmónico y una mayor calidad de vida.

Nuestro propósito consiste en acercarnos un poquito más al conocimiento del ser humano, que es tanto como profundizar en nuestra propia contemplación, consideración y valoración, en orden a ensanchar nuestros, a veces angostos y maltrechos, horizontes existenciales. 

Somos «emoción» antes que «razón». «Afecto» antes que «intelecto».

Son los vínculos auténticos de la primera infancia los que en esencia nos conforman.

Los encuentros y vínculos interpersonales originarios, una gran oportunidad para el desarrollo. El «apego» y el «afecto» factores fundamentales.

Hoy se concibe al «ser humano» como una realidad que está por hacer y en ese hacerse de modo continuado manifiesta la dinámica que le es característica. Los «humanos» somos seres en devenir. Nacemos completos pero inacabados. Nuestro cometido es el despliegue, la expresión de lo que en potencia ya somos. Tendemos al desarrollo, a la expansión, a la maduración, a la completitud.

Hasta hace tan solo unas décadas se pensaba que el ser humano era sobre todo «inteligencia», «raciocinio», «ingenio», «talento». La neurociencia, sin embargo, nos ha desvelado que somos «emoción» antes que «razón». «Afecto» antes que «intelecto».

La vida emocional y dentro de ella la afectividad es el aspecto más fundamental de la vida psíquica y base a partir de la cual se forman las relaciones interhumanas y todos los lazos que unen al individuo con su medio. Las experiencias de placer y dolor constituyen la nota cualitativa de las vivencias afectivas, vinculadas a las conductas de acercamiento y huida. El «afecto» es el elemento esencial constitutivo de la afectividad. La expresión afectiva es imprescindible para el desarrollo psicológico normal del individuo y es uno de los factores básicos del equilibrio y del bienestar emocional de la persona. Cuando se produce una disfunción en la organización afectiva de la persona, aquélla repercute en todo el individuo, en su eficiencia intelectual, en sus actitudes y en su comportamiento.

¿Qué somos y sobretodo cómo llegamos a ser quienes somos?

Hasta hace tan solo unas décadas se pensaba que el ser humano era sobre todo «inteligencia», «raciocinio», «ingenio», «talento». Eso era lo que se medía y sobre todo lo que se valoraba. Sin embargo, de los estudios sobre el desarrollo  humano se colige una conclusión: son los vínculos auténticos de la primera infancia los que en esencia nos conforman. Somos «emoción» antes que «razón». «Afecto» antes que «intelecto».

Como ha puesto de manifiesto la neurociencia, la naturaleza parece haber construido la «racionalidad» no solo encima del aparato de la regulación biológica («sistema emocional»), sino también a partir de éste y con éste (A. Damásio: prestigioso investigador, médico neurólogo de origen portugués).

Entre la diversidad de «inteligencias» que desarrolla nuestro cerebro, descritas por H. Gardner (psicólogo, investigador y profesor conocido por sus investigaciones en el análisis de las capacidades cognitivas y por haber formulado la teoría de las «inteligencias múltiples»), aparecen la inteligencia intrapersonal y la interpersonal que son la base de lo que ahora conocemos como «inteligencia emocional»,  complemento indispensable para la comprensión de la «inteligencia clásica» centrada exclusivamente en aspectos verbales, numéricos, lógicos y espaciales.

El «afecto» es un factor clave para la supervivencia de cualquier especie. Resulta ser fundamental para el desarrollo. Así nos lo nuestra la etología. Y lo mismo ocurre en la especie humana. Podemos distinguir tres tipos principales de afecto: el de atención y examen, que expresa interés, curiosidad; el de búsqueda ante una situación agradable y el de fuga ante una situación desagradable.

Los encuentros y vínculos interpersonales primerizos, representan una gran oportunidad para el desarrollo.  Para desarrollarnos necesitamos desembarazarnos de nuestro solipsismo y adentrarnos en la exploración de parajes extraños. Desde pequeños anhelamos conocer el mundo que nos rodea y necesitamos estímulos que nos impulsen hacia ello. Pero para poder abandonar nuestro yo egocéntrico, poder despegar y partir a la búsqueda de «lo otro», necesitamos sentirnos reconocidos y aceptados. La necesidad humana más esencial es la necesidad de afecto. El despegue no será posible sin antes afianzar una base segura. El apego y el afecto nos proporcionan esa base segura y el trampolín necesario para lanzarnos a la aventura de lo desconocido. Una base segura para recalar y a la que podremos retornar en caso de necesidad.  Son, por tanto, los vínculos auténticos de la primera infancia los que en esencia nos conforman. Todo proceso de conocimiento de uno mismo y del entorno debe partir del reconocimiento de esta necesidad primordial. Somos seres profundamente necesitados de «afecto» y de «estima». En ellos se fundamenta la base de nuestro posterior desarrollo.

Pero esta necesidad, aún siendo la más imperiosa y también la más entrañable que tenemos, muy a menudo es la que más nos cuesta admitir, seguramente porque implica reconocer a la vez la necesidad del «otro»; darnos cuenta de ello y aceptarlo nos hace sentir débiles, dependientes, vulnerables, y deja un margen muy estrecho a la vanidad, al orgullo, a la autosuficiencia, y a tantas otras cosas que nos producen sensación de grandeza, pero a costa de renunciar a la autenticidad y de aumentar la soledad.

De la autoimagen a unas relaciones interpersonales no siempre satisfactorias

El centro de nuestra vida, de la cuna a la tumba, está en los íntimos apegos. Son sobre todo los primeros vínculos los que determinan nuestra actitud hacia nosotros mismos y hacia los demás.

La opinión que observamos en los demás acerca de nosotros, lo que dicen, lo que piensan, lo que imaginamos que dicen o piensan, forman un cúmulo de elementos que a lo largo de la vida van dejando un poso en nuestro interior que va haciendo mella en nosotros. Al mismo tiempo  condicionan la imagen o representación que nos hacemos de nosotros mismos, configurando nuestra propia autoimagen y el nivel de autoestima que nos profesamos.

A ello debemos unir el que a veces las relaciones entre las personas no siempre nos satisfacen como desearíamos, aunque un cierto grado de insatisfacción es normal y connatural con la propia naturaleza humana. A menudo no encontramos en las personas el afecto que en ocasiones inconscientemente tanto anhelamos.  La necesidad es de tal calibre que en los hogares de nuestras opulentas sociedades occidentales se está produciendo una gran proliferación de animales de compañía, llegándose al extremo de proyectar sobre ellos nuestras insatisfechas necesidades afectivas, nuestras insatisfechas ansias de afecto. Tal vez para cubrir con su compañía la soledad y el déficit de afecto que añoramos de nuestros semejantes.

Así mismo, la falta de comunicación interpersonal, el aislamiento, la incomunicación personal a pesar de estar rodeados de la ingente variedad de artilugios que nos brinda la llamada sociedad de la comunicación y la información, hacen de este fenómeno una problemática inquietante que afecta negativamente nuestra humana calidad de vida. La inflexión quizás pasaría por la transformación de la calidad de nuestras relaciones interpersonales, por convertir los encuentros con nuestros semejantes en una gran oportunidad, la oportunidad de establecer vínculos interpersonales más estrechos y fecundos de los que en general la cotidianeidad nos suele deparar.

Para un desarrollo psicoafectivo harmónico y equilibrado

La «salud emocional» es una dimensión fundamental en nuestro bienestar general.  Se consigue abriéndonos nosotros mismos, a los demás y al entorno. Necesitamos intercambiar no solo ideas y conceptos, sino también sentimientos y emociones. El desconocimiento de nuestras emociones y los malos hábitos emocionales adquiridos son una de las causas principales de los problemas psicológicos que sufren algunas personas. La represión de nuestras emociones nos puede llevar a dependencias malsanas, luchas de poder, sometimiento… Por el contrario, el autocontrol emocional es lo que nos permite conseguir el equilibrio y el encuentro con nosotros mismos y los demás. Es el autocontrol el que nos permite darnos a otro y, al mismo tiempo, respetar su libertad y soledad necesarias. La armonía y la coherencia interna y externa son los indicios más claros de salud psicoafectiva.

VMC