2005-15
10è ANIVERSARI

titol

Vida Humana. Su naturaleza y dignidad frente al transhumanismo.
¿Humanos o superhumanos?

  • Con el poder de la ciencia y de la tecnología están aflorando nuevas iniciativas que pueden suponer una alteración en sentido contrario a lo éticamente admisible.
  • En el avance de la ciencia y la tecnología no todo ha seguido por derroteros beneficiosos. Hay que anotar los errores derivados de una ciencia y de una tecnología no siempre respetuosa con el hombre y el medio natural.
  • Las acciones del hombre sobre la naturaleza se pueden considerar buenas si redundan en beneficio humano y respetan su dignidad.
  • Son igualmente buenas si contribuyen al bienestar de las personas presentes sin comprometer el futuro de la humanidad.
Nicolás JOUVE
Doctor en Biología, Catedrático Emérito de Genética, Presidente de CiViCa, Ciencia, Vida y Cultura.

Las acciones del hombre sobre la naturaleza se pueden considerar buenas si redundan en beneficio humano y respetan su dignidad. Son igualmente buenas si contribuyen al bienestar de las personas presentes sin comprometer el futuro de la humanidad. Dejan de serlo cuando de forma directa se ejercen acciones sobre el genoma humano sin las garantías de eficiencia y no transmisibilidad a la descendencia o cuando de forma indirecta se provoca una degradación de los bosques naturales o se produce la contaminación de las aguas, el suelo y el aire. El caso es que ahora, con el poder de la ciencia y de la tecnología están aflorando nuevas iniciativas que pueden suponer una alteración en sentido contrario a lo éticamente admisible. Es necesario apelar a la responsabilidad de quienes saben lo que se puede pero no se debe hacer.

Hasta hace bien poco, el fruto del conocimiento de los fenómenos de la naturaleza y de su dominio y aplicación por el hombre han ido en una dirección aceptable. El fruto de los avances científicos ha sido el aprovechamiento de los recursos que nos ofrecen las plantas y los animales para la alimentación, la conquista de todos los medios naturales, la construcción de enormes ciudades, la producción de artefactos que nos permiten trasladarnos por tierra, mar y aire, llegar a la luna o enviar ingeniosos artilugios al espacio para comunicarnos mejor y conocer el Universo en el que habita nuestro pequeño mundo, etc., etc.

Como consecuencia de esta evolución cultural y del control del medio natural, la humanidad ha elevado sus cotas de bienestar y ha logrado erradicar o controlar muchas enfermedades y prolongar su esperanza de vida. Sin embargo, no todo en el avance de la ciencia y la tecnología ha seguido por derroteros tan beneficiosos y en especial hay que anotar los errores derivados de una ciencia y de una tecnología no siempre respetuosa con el hombre y el medio natural. Ahí están los efectos sobre el clima, el agua o la biodiversidad que el Papa Francisco denuncia en su encíclica ‘Laudato Sí’, que tiene el afortunado subtítulo de “sobre el cuidado de la casa común”. Si nos referimos al hombre como sujeto y objeto de manipulación habría que lamentar por ejemplo los intentos de mejorar la “calidad genética” humana, mediante los deleznables episodios de la “eugenesia social” o “darwiniana” o las corrientes de la “higiene racial” que tuvieron lugar en la Alemania nazi.

Un modo distinto de manipular las características hereditarias de los seres vivos tuvo lugar a partir de 1953, tras el descubrimiento de la estructura de la “molécula de la vida”, el ADN, dando paso a la llamada “ingeniería genética”. De acuerdo con Rieger en su «Glosario de Genética y Citogenética» la ingeniería genética es algo que «se puede hacer a nivel molecular mediante la manipulación directa del ADN». Básicamente se trata de experimentos de «transgénesis», consistentes en aislar los genes que codifiquen una proteína de interés de un organismo –incluido el genoma humano- e insertarlos en algún lugar del genoma de otro organismo, o incluso de otras especies, bacterias, levaduras, plantas, animales e incluso el propio hombre.

Los proyectos de modificación de los organismos distintos al hombre por «ingeniería genética» no plantean a priori problemas éticos, aunque deben someterse a un análisis de comités de bioética con el fin de evitar efectos negativos para el medio ambiente o indirectamente para el propio hombre.

Los éxitos de la modificación genética en otros seres, impulsó la idea de utilizar la ingeniería genética para la curación de enfermedades de base genética, que es a lo que se refiere la denominación de “terapia génica”. Se trata de restaurar una deficiencia genética o un gen defectuoso en un individuo afectado por una patología con base genética. La acción a realizar consistiría o bien en la inserción del gen correcto en el genoma, o la anulación o modificación del nivel de expresión de un gen alterado causante de una disfunción génica. Obviamente se trata de operaciones de alto riesgo para la salud del paciente al que se desea curar, lo que requiere una serie de acciones previas en las células cuya información genética se trata de modificar positivamente. Usualmente, los genes a corregir, se insertan en células extraídas del paciente, ex vivo, que se cultivan in vitro, para una vez modificadas volver a insertarlas en el sujeto al que se desea curar.

Para facilitar la modificación del ADN en las células humanas se utilizan diferentes tipos de vectores: virus atenuados, liposomas, etc., que canalizan al interior de las células e incluso llegan a insertar en el genoma receptor el ADN corrector de la patología. El caso es que las posibilidades reales de ejercer una “terapia génica” se circunscribe a genes concretos, preferentemente los que llamamos “genes mayores”, simples o monogénicos, y que además tengan acción “recesiva”.

Desde la perspectiva bioética no se podría objetar nada a la “terapia génica”, cuyo fin es la curación de una patología, lo que desgraciadamente no es todavía posible más que para unas pocas enfermedades, como el síndrome de inmunodeficiencia combinada severa o enfermedad de los ninos burbuja, la enfermedad de Wilson, el síndrome de Wiscott-Aldrich, la b-talasemia y otras. Aunque es más fácil decirlo que hacerlo, en la “terapia génica” está la solución de futuro de la mayoría de las enfermedades raras.

Un aspecto a tener en cuenta en los intentos de terapia génica, es el de los tipos de células o tejidos en que los que se desea ejercer la modificación genética. Una operación de terapia génica en un tejido somático no afecta más que al individuo sobre el que se opera. Sin embargo, una modificación génica en el tejido germinal (células del sistema reproductivo) podría trascender a la descendencia, ya que estaría afectando a las células madre de los gametos.

Debido a esto, hasta hace poco tiempo, los comités de bioética de investigación no aceptaban las modificaciones en el tejido germinal y solo se admitían las que tuviesen lugar en tejidos somáticos y siempre que estuviesen destinados a curar una deficiencia genética. Por lo mismo, quedaban excluidas las modificaciones genéticas a realizar en embriones, que aun no han desarrollado la diferenciación en tejidos somáticos y germinales, y en los que los errores en las modificaciones incontroladas podrían trascender a futuras generaciones.

Aunque el ritmo de los avances en terapia génica es lento, es esperanzador. La lentitud con la que se han venido obteniendo algunos resultados positivos se debe precisamente a los riesgos que conlleva y a la necesidad de andar con pies de plomo. Hoy sabemos mucho sobre la organización de nuestro ADN, su estructura y la función… pero no es tan fácil “cortar, editar, corregir o pegar” una secuencia de un gen en un lugar controlado del genoma humano, aunque se están haciendo avances notables en este sentido, como con la recién llegada tecnología del CRISPR-Cas9.

En realidad el genoma humano funciona como un reloj en el que unas partes dependen para su expresión de otras y no es fácil acertar con la solución de uno solo de sus elementos sin riesgo de que se altere cualquier otro. Hacen falta más años de investigación para llegar a los ensayos preclínicos y clínicos necesarios para la implantación de estas tecnologías.

Como es lógico, los aspectos éticos de este tipo de actividades constituyen una preocupación creciente en el campo de la biotecnología. Por ello, sorprendió y provocó un gran debate la noticia de Febrero de 2016 de que un equipo de investigadores del Instituto Francis Crick de Londres, dirigido por la Dra. Kathy Niakan, había obtenido permiso de la UK Human Fertilisation and Embryology Authority (HFEA) para modificar el genoma de unos embriones humanos con fines

En todas estas tecnologías hay un problema bioético serio por el hecho de que los embriones manipulados o morirán en el intento o se eliminarán premeditadamente. Es decir, se destruirán vidas humanas en la primera etapa de su desarrollo.

de investigación básica.

Conviene recordar que este mismo órgano regulador es el que nos sorprendió anteriormente con autorizaciones parecidas, como cuando en 2006 concedió la licencia de la obtención de “embriones quimera” hombre-animal, fecundando ovocitos de mamíferos con espermatozoides humanos, con el fin de obtener una fuente de células madre embrionarias. La HFEA fue también el órgano que en Marzo de 2013 autorizó la obtención de “embriones triparentales”, utilizando dos óvulos (uno como receptor del núcleo del otro) y un espermatozoide, con el fin de evitar la transmisión de enfermedades mitocondriales.

En todas estas tecnologías hay un problema bioético serio por el hecho de que los embriones manipulados o morirán en el intento o se eliminarán premeditadamente en previsión de las posibles alteraciones indeseadas. Es decir, se destruirán vidas humanas en la primera etapa de su desarrollo.

A mediados de 2015 se abrió un gran debate cuando se publicó el trabajo de unos investigadores chinos que utilizaron esta técnica en embriones humanos. Esto derivó a que muchos biólogos moleculares de la talla de los Premios Nobel David Baltimore, Paul Berg, y otros, se reunieran en Napa (California) para debatir sobre esta “ingeniería genómica” y adoptar medidas inmediatas para asegurar su aplicación segura y con criterios éticos.

El “mejoramiento” de la especie humana: perspectiva utilitarista

Hasta aquí, lo que podríamos considerar propio del marco de la ciencia. El problema que se añade cuando, desde la propia ciencia, pero también desde instancias exteriores, surge la idea de utilizar estas tecnologías para el “mejoramiento” de la especie humana, perspectiva utilitarista, que defienden los seguidores de las corrientes transhumanistas y posthumanistas.

La Dra. Elena Postigo, experta en el “transhumanismo”, lo define como el intento por parte del ser humano de modificar la naturaleza humana para mejorarla mediante la potenciación de sus facultades y/o la aparición de otras nuevas, y la prolongación de su existencia. Una vía hacia nuevas aventuras eugenésicas.

Si miráramos hacia atrás y juzgáramos sobre lo que el hombre ha sido capaz de hacer con el conocimiento adquirido de la naturaleza podríamos concluir que somos expertos en “humanizar el medio natural” adaptándolo a nuestro beneficio. Pero humanizar y transformar el medio natural tiene que ver con la “evolución cultural”, no con la “evolución biológica”…

Lo que los transhumanistas pretenden hacer es un salto cualitativo con el fin de encauzar o dirigir nuestra propia evolución biológica.

Lo que los transhumanistas pretenden hacer es un salto cualitativo con el fin de encauzar o dirigir nuestra propia evolución biológica. Viene a ser algo así como “humanizar” lo que ya es humano, o mejor dicho, convertir a los “humanos” en “superhumanos”. Lo cual aparte de ser absurdo e inalcanzable, es innecesario, inútil y carente de ética, como veremos a continuación.

Quienes defienden la idea de romper el techo de nuestra naturaleza dicen que los seres humanos han trabajado en gran parte para controlar y transformar los ambientes exteriores, porque eran impotentes en modificarse a sí mismos, pero que una vez que se conocen los mecanismos necesarios ¿por qué no utilizarlos para romper el techo de nuestra propia evolución? Las preguntas que surgen son ¿es esto posible?, y sobre todo ¿es ético? Hace falta un ejercicio de reflexión moral.

Debemos hacernos una serie de preguntas: ¿para qué queremos crear un superhombre?, ¿es que nos parece poco la inteligencia, la autoconciencia, la capacidad de discernimiento y de comunicación del ser humano?, ¿es equivalente curar una enfermedad que tratar de transformarnos en artefactos perfectos y libres de nuestras “limitaciones biológicas”?… Pero sobre todo ¿es ello posible y a costa de qué?

Si lo que se quiere es prolongar la vida, la mejor forma de influir en el carácter sigue siendo una buena alimentación y buenos hábitos de vida

Entre las primeras ideas de mejoramiento que propusieron los transhumanistas está el de la prolongación de la vida. El deseo de inmortalidad es probablemente tan antiguo como la humanidad misma. Las mejores investigaciones genéticas sobre el envejecimiento demuestran que en este carácter intervienen al menos de dos tipos de factores, uno es el genético (variantes en genes y la longitud de los telómeros) que podría representar no más del 20%, y el otro son factores ambientales (hábitos de vida, alimentación, estrés…) que representaría el 80% restante. Si lo que se quiere es prolongar la vida, la mejor forma de influir en el carácter sigue siendo una buena alimentación y buenos hábitos de vida.

La panoplia de ideas relacionadas con el “mejoramiento” humano no se queda en solucionar problemas de salud y la inventiva de los biotecnólogos no se para en conectar unos dispositivos electrónicos a un procesador para mejorar la audición de personas sordas, o la vista de personas ciegas, o de brazos o piernas biónicos con el fin de recuperar el manejo de objetos o la locomoción.

La inventiva “mejoradora” va más allá de resolver problemas de la salud mediante unas prósis más o menos sofisticadas. Por poner un ejemplo, ahí están el “Proyecto Cyborg”, y el “Proyecto avatar”, que tratan de conectar el sistema nervioso de una persona con una matriz de microelectrodos con el fin de crear un interfaz externo y convertir a un ser humano en un autómata, un sistema hombre-máquina en el que la porción humana se controla externamente por dispositivos de regulación electrónicos a modo de control remoto.

Entre las ideas de estos proyectos está la de trasladar la mente, la personalidad y la memoria de un ser humano a un robot, un androide o a un ordenador. Algunos piensan que será posible recuperar la memoria o la información cerebral de personas fallecidas cuyo cuerpo o cerebro se conserve en congelación.

Por otra parte, dado que lo que propugnan los transhumanistas y los defensores del “mejoramiento humano” es la obtención de un ser humano singular, un “superhombre”, incluso una nueva especie como en algunos casos se llega a apuntar,  para lograrlo ha de valer todo, incluso las acciones sobre al tejido germinal, o mejor dicho, sobre todo en el tejido germinal, ya que se trata de hacerlo permanente y heredable. Estaríamos por tanto, ante el caso de riesgo extremo de cara a futuras generaciones, con consecuencias imprevisibles.

Por supuesto en todo este planteamiento hay un reduccionismo pueril, al pensar que se logrará modificar a la especie humana tocando unas cuantas piezas de la máquina que se supone que es.

No somos máquinas sino seres con cuerpo y alma y por tanto seres que no deben ser tratados como un medio sino respetados como un fin.

El  transhumanismo se olvida de la dignidad del ser humano al convertirlo en un mero objeto y se olvida de lo fundamental, no somos máquinas sino seres con cuerpo y alma y por tanto seres que no deben ser tratados como un medio sino respetados como un fin.

La idea de aplicar tecnologías para conseguir “superhobres” conduciría a la división en dos tipos de humanos, los naturales y los transhumanos. Si algún día se superase esa utopía, el valor de cada individuo habría que medirlo según sus capacidades físicas o intelectuales, que a su vez se medirían según criterios artificiales que obedecieran al interés predominante. Recordemos al respecto la distopía transhumanista de la película Gattaca (1997), en la que se utilizaba una base de datos para identificar y clasificar a aquellos humanos que habían sido manipulados genéticamente, considerados “válidos”, y aquellos que habrían nacido sin ningún tipo de manipulación anterior, llamados “no-válidos” o directamente “in-válidos”.

A pesar de todo el transhumaismo ha arraigado con fuerza en algunos pensadores. Así, Nick Bostrom, catedrático de Filosofía de la Universidad de Oxford, fundador y director de la World Trasnshumanists Association, mantiene que el intento de mejoramiento del ser humano no afecta a su dignidad e incluso acepta como beneficiosas las modificaciones que se destinaran a mejorar a los seres humanos futuros por medio de la manipulación genética en la línea germinal.

Incluso llega a decir que los transhumanos tendrían una moralidad superior, razón por la que mantiene que estas tendencias son compatibles con la dignidad humana. ¿Sabe tal vez Bostrom qué genes hay que manipular para mejorar el comportamiento humano?, ¿cree realmente que hay un componente genético determinante de la moralidad?

Volviendo a la película Gattaca, baste recordar que sus personajes están continuamente luchando tanto con la sociedad como con ellos mismos para encontrar su lugar en este mundo y su destino de acuerdo con sus genes.

Fuente: http://www.actuall.com/author/njouve/