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Indiferencia

Indiferencia es lo que predomina en nuestro mundo. Hemos aprendido a inmunizarnos ante el dolor del otro, a ignorar el sufrimiento ajeno, a pasar de largo ante el dolor de los demás.

A una parte de la población nos ha sorprendido con vergüenza y rubor la "indiferencia" de la ciudadania ante la destrucción, la barbarie o el exterminio que estamos contemplando en los últimos tiempos.



Nuestro mundo progresa a través de unas líneas de fuerza que redundan en beneficio de toda la humanidad.  El crecimiento y desarrollo en la última centuria ha sido espectacular. Sin embargo, también existen otras líneas de crecimiento que, en manos de mentes perversas, mal empleadas, sirven para la barbarie, la desolación o simplemente la aniquilación de la población y pueden sembrar de muerte medio planeta. Es necesario, pues, que nos paremos a reflexionar conjuntamente para que nuestro mundo sienta horror por la sangre derramada por la guerra, la injusticia, los fundamentalismos, el crimen o la explotación que asolan ampliamente nuestro planeta

A una parte de la población nos ha sorprendido con vergüenza y rubor que ante las atrocidades cometidas en las diversas guerras que azotan nuestro planeta o la aniquilación y el genocidio cometidos en Gaza ante los ojos de todo el mundo, la opinión pública internacional y la población en general no hayamos reaccionado y alzado nuestra voz de protesta y nos hayamos mantenido pasivos, con la boca cerrada y dejando pasar ante nuestros ojos, casi en directo gracias a la labor de los medios de comunicación, la destrucción, la barbarie o el exterminio cometido de la población gazatí en pleno siglo XXI por las autoridades israelitas o más recientemente la intervención militar norteamericana en Irán, sin olvidarnos del anquilosado conflicto bélico entre Ucrania y Rusia y otros muchos conflictos no tan mediáticos.

Hoy en día nos encontramos sumergidos en situaciones que son difíciles de digerir: injusticias, guerras, discriminación, abusos, violencia de todo tipo, etc. Los noticieros vienen cargados de atrocidades bélicas, destrucción, aniquilación, violencia, deshumanización… Son los vientos que corren: se impone el poder y la fuerza, la imposición del fuerte sobre el débil, la ley del más fuerte… Nos encontramos en una época en que tecnológicamente hemos avanzado mucho y sin embargo al parecer retrocedemos en “humanidad,” nos volvemos inmunes ante tanta violencia televisada y ante ella nos hemos vuelto indiferentes.

Indiferencia es lo que predomina en nuestro mundo. Es uno de los males de nuestro tiempo, un mal contemporáneo muy ligado al egocentrismo que caracteriza a occidente, propio del sistema que nosotros mismos hemos creado. Puede observarse en distintas situaciones de la vida cotidiana, tanto en el plano social como en las relaciones interpersonales, en el ámbito político, nacional o internacional, propiciando cómplices silenciosos de todo tipo de injusticias.

La “indiferencia” ha hecho que dejemos de mirarnos como iguales. Poco a poco hemos aprendido a inmunizarnos ante el dolor del otro, a ignorar el sufrimiento ajeno, a pasar de largo ante el dolor de los demás. Mientras no nos afecte directamente nos acostumbramos a ver la violencia como algo ajeno, cotidiano, normal, y esa desconexión emocional se convierte en el primer paso hacia la deshumanización del otro. Así se pierde la capacidad de comprender al otro y se apaga la empatía. La indiferencia es una barrera invisible que separa a individuos y grupos humanos, creando un entorno de soledad y desconexión. En Palestina y en otros muchos lugares se han apagado las sonrisas y se han segado demasiadas vidas de personas inocentes a fin de mantener los privilegios de unos, como si el poder y el territorio valieran más que la vida humana. A pesar de tanto horror, parece que en el mundo occidental solo aflore la indiferencia, como si la historia vivida el siglo pasado en Europa no nos hubiera enseñado nada.

Indiferencia individual y social

“Indiferencia” es no mostrar interés o afecto por algo o alguien. Es una actitud en la que alguien muestra falta de interés frente a otras personas, situaciones o problemas. Implica no reaccionar ante hechos que normalmente generarían alguna respuesta emocional (alegría, tristeza, enojo o preocupación…). La indiferencia está muy ligada a la insensibilidad, el desapego y la frialdad. Supone ignorar el malestar de otros o responder con frialdad ante su situación. Dificulta la empatía, la comunicación y el compromiso con los demás. Mostrarse indiferente ante alguien es una manera de expresar que ese alguien no existe para ti.

A veces se suele decir que la gente que actúa con indiferencia es gente que no siente nada, que no empatiza con nada, que es gente fría y poco preocupada. Además, vivimos en una sociedad desinteresada por la participación solidaria en la lucha contra la injusticia generalizada. Ello es síntoma de individualismo y falta de cohesión social. La indiferencia es contraria a la responsabilidad social. La indiferencia frente a situaciones ajenas graves denota un sentimiento de irresponsabilidad ante la humanidad del otro que sufre. Hay muchos ciudadanos que no sienten ningún apego e identificación con la colectividad y “les da lo mismo” lo que acontezca ya que para esos ciudadanos es cuestión de ir tirando y nada más, sin ser conscientes de que a nivel social su opinión y su aportación también sería importante.

Existe un tipo de indiferencia (indiferencia desapercibida) cuando no percibimos o no nos damos cuenta que estamos actuando con indiferencia hacia alguien o hacia alguna situación que es importante para otros, a menudo no siendo conscientes de que con nuestra actitud podemos beneficiar o perjudicar a otros. A veces debido a la educación recibida hay personas que a menudo eligen no involucrarse, no empatizar y no conectar y solidarizarse con los demás... Al elegir involucrarnos y preocuparnos por los demás, no solo fortalecemos nuestras relaciones personales, sino que también contribuimos a construir una sociedad más conectada, compasiva y consciente.

Impacto en quienes son víctimas de ella

La indiferencia puede generar un profundo malestar en quienes la reciben. Esta actitud transmite la sensación de no ser importante para los demás. En ocasiones preferimos recibir alguna palabra desagradable, porque denota que le seguimos importando al otro. Pero cuando no recibimos ni una señal, sentimos que ya no importamos. Que otras personas sientan indiferencia ante nuestra suerte o desgracia nos hace sentirnos solos y desamparados.

La indiferencia largamente proyectada sobre alguien en concreto, sobre un colectivo o sobre una determinada área geográfica es una forma de desconsideración grave, de trato degradante por omisión. Pasar, por ejemplo, junto a personas en situación de vulnerabilidad, como quienes viven en la calle sin detenerse a mirarlas ni reconocer su presencia. En estas circunstancias no se trata de un rechazo explícito, sino de una actitud de invisibilización del otro y hacer invisible a la otra persona es como deshumanizarla. Igualmente ocurre con las atrocidades, crueldades, monstruosidades cometidas en las guerras ante la pasividad de la opinión pública internacional. Quizá no hay nada más destructivo que sentir que somos completamente irrelevantes para los otros.

La indiferencia es la herramienta preferida de quienes niegan a otros su dignidad de personas. La indiferencia conduce a la insensibilidad, supone anestesia afectiva, frialdad emocional y desconexión con el otro. Y para quien la padece abre una puerta al desconcierto. Por muy poco que esperemos de los demás, por muy bajas que sean nuestras expectativas siempre esperamos que las personas que nos rodean reaccionen de alguna forma ante nuestras necesidades. Por eso, cuando no obtenemos una respuesta, nos sentimos desconcertados e intranquilos y nos genera incertidumbre y desasosiego. 

Deshumanización

Vivimos en una era sobrecargada de información donde constantemente los medios de comunicación nos bombardean con noticias de sufrimiento y tragedia. Esta exposición continuada puede llevarnos a una desensibilización ante el sufrimiento lejano, donde el dolor ajeno se vuelve una estadística más en lugar de una realidad concreta que nos conmueve.

La indiferencia puede erosionar el tejido social que nos une. Cuando los individuos no se preocupan por la situación extrema que atraviesan los demás, es síntoma de sociedades fragmentadas, débiles socialmente, no cohesionadas, desintegradas. La cohesión social depende de la empatía y el apoyo mutuo, elementos que la indiferencia destruye. Tratar a las personas o colectivos con indiferencia es despersonalizarlas, negándoles su humanidad. Esto nos puede llevar a la deshumanización, donde vemos a los demás como números, en lugar verlos como seres humanos con emociones e historias concretas complejas. Ser indiferente al sufrimiento ajeno es lo que deshumaniza al ser humano, cuyo dolor se intensifica cuando la persona se siente olvidada.

La indiferencia ante el dolor y las guerras es un fenómeno deshumanizador que normaliza la violencia, transformando el sufrimiento ajeno en algo lejano e ignorado. El desplazamiento forzado de miles de personas, obligadas a vivir en condiciones infrahumanas, con sueños, familias y proyectos de vida, se vuelve una práctica justificada cuando se deja de reconocer al otro como igual. Se olvida que detrás de cada cifra hay historias, miedos, esperanzas y seres sintientes. Al final, todos somos personas, humanos que sienten y sufren, iguales al nacer y al morir, y nadie debería tener el derecho de arrebatarle a otro su dignidad, su hogar o su futuro.

En medio de tanta desolación ante lo que estamos viviendo, no podemos ser indiferentes a ninguna miseria humana. No podemos ser indiferentes a la mentira, la tortura, el abuso, el dolor, el sufrimiento, el robo, la miseria económica o cultural, a la destrucción, la devastación o el genocidio. Es muy fácil ofenderse al leer o mirar las imágenes e información que la prensa nos ofrece cada día, pero una vez superado el impacto, superada la indignación, para una gran parte de la población la vida cotidiana continúa sin apenas inmutarse.

Ante ellas, a pesar de encontramos a kilómetros de distancia de donde se producen, podemos tener distintas actitudes: la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, acostumbrarnos a ellas o la «resignación».

Qué podemos hacer

¿Cómo podemos romper con la resignación ante el mal, cuando el horror, la crueldad, la barbarie, el mal, llama casi a nuestras puertas? Esas situaciones y conflictos y la violencia o injusticia subsiguiente que generan nos hacen sentir la necesidad de hacer algo. ¿Qué podemos hacer? Apoyar, denunciar, informar, promover, mostrar, educar, formar, intentar cambiar el sistema… Debemos rechazar simple y absolutamente la indiferencia ante esas tragedias. Debemos trabajar para que la indiferencia no arraigue. Y tomar conciencia de que cada pequeño gesto positivo en este sentido supone un desarraigo de nuestra tendencia a resignarnos. 

Evidentemente, es importante proporcionar ayuda financiera y material, cuando sea posible a través de las asociaciones que trabajan sobre el terreno. Pero para cambiar el mundo a gran escala, debemos empezar por cambiar el mundo a nuestra escala. Construir la paz no significa únicamente terminar con los conflictos armados, sino aprender a convivir desde el respeto, la empatía y la compasión.

La paz empieza a construirse en casa, en la familia, en la oficina. La paz no se impone ni se exige; se construye día a día a través de pequeñas acciones que muchas veces parecen insignificantes, pero que tienen un impacto profundo. Un gesto de respeto, una palabra amable, la decisión de no responder con violencia o de escuchar al otro ya son formas de resistencia frente al odio. La paz empieza en casa, en la forma en que nos hablamos, en cómo tratamos a los demás y en cómo decidimos reaccionar ante la frustración diaria. Recordar que todos somos iguales nos permite reconectar con nuestra humanidad, esa que el ritmo de la vida moderna intenta arrebatarnos.

Romper el ciclo de la violencia es una responsabilidad colectiva que comienza en lo individual. Implica cuestionar nuestras actitudes, reconocer nuestros prejuicios y elegir la empatía aun cuando resulte más fácil la indiferencia. Sembrar empatía en lo cotidiano es el primer paso hacia un mundo más justo, más humano y más consciente, donde la paz no sea solo un ideal lejano, sino una forma de vivir y de convivir con los demás.

Para construir una sociedad más humana, es fundamental reconocer y afrontar la indiferencia en todas sus formas. Ello supone cultivar virtudes sociales como la honestidad, la confiablidad, la veracidad,  la equidad, la solidaridad… Es una forma de construir puentes en lugar de muros que nos separan y alejan…

Elaboración propia a partir de materiales diversos


Ver también:

VALORS A L'ALÇA

LA CONDICIÓ HUMANA


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