2005-15
10è ANIVERSARI

titol

Progresar en «humanidad»

En este s. XXI debemos dar un salto cultural cualitativo que suponga un fuerte impulso civilizatorio en la dirección del auténtico progreso en «humanidad».

  • La «vida» deberíamos considerarla socialmente como el mayor bien, el bien más preciado que nos constituye como especie, y como tal «tesoro» respetarla, protegerla y cuidarla.
  • Individual y socialmente debemos avanzar en reconocer la «humanidad» de quienes son también de los nuestros.
  • Hacia el pleno reconocimiento de la «dignidad humana» y el «derecho a vivir» de quienes son nuestros congéneres en sus primeros estadios de desarrollo.
  • El rechazo del abortismo como «salida» al problema de los embarazos no planificados, no es cuestión de «creencia», sino de ciencia, de consciencia, de conciencia y de progreso en humanidad.
  • Más que vencer hay sobretodo que convencer a la opinión pública: debemos conseguir que el conjunto del cuerpo social llegue a aceptar y reconocer los «valores» de la «cultura de la vida» y pelear para que pasen a formar parte del acervo cultural personal de cada uno de los ciudadanos y de nuestro patrimonio civilizatorio y así transmitirlo a las nuevas generaciones.

Civilizatoriamente debemos caminar hacia el pleno reconocimiento social de la condición de «seres humanos» de quienes son nuestros congéneres en gestación y la aceptación de su dignidad y su intrínseco derecho a vivir. La historia de la civilización occidental es la historia de una larga y pertinaz lucha por la conquista de los derechos de las personas: hemos visto como colectivos, lo estamos viendo en nuestros días, que en un principio no eran considerados sujetos de derechos, no sin esfuerzo al final han visto reconocida su dignidad.

En este s. XXI, apoyados en las incontrovertibles evidencias científicas,  necesitamos realizar un salto cualitativo adelante en el reconocimiento social, jurídico e institucional de la vida humana en su estado naciente: reconociendo la plena condición de «humanos» de quienes son nuestros congéneres en gestación y por consiguiente su dignidad intrínseca inherente. Un salto que suponga un fuerte impulso civilizatorio en la dirección del auténtico progreso en «humanidad».

El siglo XXI debe ser el siglo en el que consigamos el pleno reconocimiento social de la dignidad de TODO ser humano, desde su concepción hasta su extinción natural. Esta meta histórica demanda de nuestra sociedad el reconocimiento de la condición de «humanos» de quienes se encuentran en sus primeras fases de desarrollo, y el reconocimiento efectivo de al menos el derecho básico y fundamental, primero de todos los derechos, base y fundamento de todos los demás: su derecho a vivir independientemente de la fase de desarrollo en la que éste se encuentre.

La lucha por el reconocimiento de la «dignidad humana» y los« derechos» de las personas

El progreso de la civilización no consiste sólo en el progreso material, la evolución económica, científica, tecnológica o cultural. Se ha producido también un progreso antropológico cualitativo: las sociedades han realizado un proceso de progreso en «humanidad», de progreso ético, alcanzándose en ese avance importantes hitos: superación de la esclavitud, abolición de la pena de muerte y la tortura, reconocimiento de la dignidad y los derechos de la mujer, la igualdad de derechos entre negros y blancos, los derechos de la infancia…

Históricamente en las sociedades humanas siempre hemos podido distinguir dos grandes grupos en relación a su estatus dentro del cuerpo social: «dominadores» y «dominados». Los poderosos, detentadores del poder, y los débiles, desposeídos y dominados. A menudo los poderosos, opresores y explotadores, se apropiaron del disfrute de los derechos de los otros y como consecuencia, débiles y oprimidos quedaban desposeídos del ejercicio de sus legítimos derechos. Los derechos de los  «débiles» han sido y continúan siendo hoy  una y otra vez conculcados por la fuerza coercitiva de los  «fuertes». Sin embargo, ya desde el principio hubo quienes no se resignaron ante esta realidad y se alzaron voces denunciando la injusticia de esta situación.

Hoy la opresión y la conculcación de derechos continúan reproduciéndose bajo las más diversas formas, también en nuestras sociedades que se presumen de avanzadas, modernas, maduras, democráticas, “civilizadas”. El «fuerte»  sigue desplegando su fuerza coercitiva sobre el «débil». Los fuertes --los que tienen poder, voz y voto-- terminan sojuzgando a los «débiles» en sus más diversas expresiones (pobres, marginados, inmigrantes, ancianos, enfermos, seres humanos en gestación, pueblos enteros…)

Tras milenios de incansable lucha y arduo esfuerzo por el reconocimiento de la dignidad de TODO ser humano y la plasmación de ese esfuerzo en la proclamación de un conjunto de valores que venimos en denominar «Derechos humanos», intrínsecos a la condición humana… la lucha por el respeto a la dignidad humana no debe circunscribirse hoy a la fase postnatal, debemos ampliarla a la vida intrauterina batallando por el reconocimiento de esa misma dignidad y el derecho como mínimo al más elemental y básico de los derechos, el derecho a la vida de todo congénere nuestro en sus primeras fases de desarrollo, pues ellos también son de los nuestros.

El respeto a los Derechos humanos como horizonte moral de nuestro tiempo

La humanidad ha ido consiguiendo, no sin gran esfuerzo a lo largo de los siglos, incrementar el respeto a la vida humana hasta el punto que en este s. XXI tenemos ya conciencia clara de que el respeto a los Derechos humanos debe constituir el horizonte moral de nuestro tiempo. Esta actitud supone un gran avance en cuanto a madurez social y es signo de un verdadero progreso en humanidad.

Pero ese trayecto hacia un mayor grado de reconocimiento y respeto a la vida humana no está todavía completado ni concluido ni individual ni colectivamente, ni ese horizonte de futuro está suficientemente expandido, ni adecuadamente sedimentado, ni asimilado, entre la población.

Hoy disponemos de suficientes evidencias científicas respecto a la condición de «humanos» de quienes son también nuestros congéneres en su estadio de gestación. Sin embargo, entre nosotros una parte del cuerpo social, espoleado por ciertas fuerzas sociales y políticas, grupos mediáticos y de presión disfrazados predicadores de un zafio y vacío progresismo postmoderno, no ha madurado lo suficiente para reconocerles su condición de «humanos» y obrar socialmente en consecuencia.

Nos toca convivir así en nuestros días en esta cuestión con una cierta miopía y ceguera civilizatoria encarnada en esas fuerzas que luchan por no ser desbancadas de su posición social hegemónica en estas últimas décadas y ancladas en valores heredados de la peor tradición europea materialista, utilitarista, nihilista, capitalista, hedonista, feminismos radicales, relativismos, ideologías de género… no del mejor y más auténtico humanismo.

Que el solo deseo individual (algunos a eso lo califican de autonomía personal (¿?) pueda erigirse hoy en principio ético del progresismo posmoderno y concebir el aborto como mecanismo anticonceptivo de último recurso, en lugar de afrontar sus causas y buscar alternativas al mismo, está fuera de cualquier lógica razonable y de cualquier horizonte cognitivo y axiológico mínimamente digno y denotaría una abismal degradación y depauperación de la conciencia ética y moral de aquella sociedad que lo adoptara. Desde una perspectiva cultural supondría una grave regresión civilizatoria. Sería grave que en aspecto tan esencial y en nombre de la libertad  en pleno s. XXI quisiéramos vivir instalados en un estadio cultural más bien propio de una etapa pre-civilizatoria, cavernaria.

Hay exigencias morales objetivas, de naturaleza pre-política, anterior a la misma sociedad y al Estado, que deberían ser reconocidas, respetadas y garantizadas. Todavía hoy, sin embargo entre nosotros, se perciben ciertas lagunas formativas en una parte del cuerpo social que se expresan en cierta incapacidad para apreciar adecuadamente el valor y la importancia capital de algunos de esos principios y valores fundamentales. ¡Esto sí que representa un verdadero fracaso “escolar y social” en toda regla!: no tienen asimilado ni asumido, el hecho que la «dignidad» y el «valor» de una vida humana no vienen determinados por ninguna concesión del Estado o consenso político, ni puede estar al albur o al deseo de cada quien, sino que son inherentes a la propia «naturaleza humana», que la dignidad de los seres humanos es intrínseca a cada uno y que no depende del hecho de ser más o menos deseados.

La superación de la práctica del aborto, una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo

El reconocimiento de la condición de «humanos»  y de su dignidad intrínseca de nuestros congéneres en gestación junto al debate en torno a la superación de la práctica del aborto ante un embarazo no planificado es una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Frente a la salida del aborto como “solución” a los embarazos no deseados o no planificados propiciada por el progresismo posmoderno de la mano del feminismo más rancio y radical, inexorablemente se abre paso entre los ciudadanos de todo el mundo la clara conciencia y convicción, fundamentadas en las evidencias científicas, de que quienes se están gestando son de los nuestros, que su dignidad intrínseca no depende del estadio de desarrollo en el que se encuentren y que por lo tanto su dignidad no es graduable y que como “congéneres nuestros” y por tanto como “humanos” que son, debemos reconocerles su dignidad y su derecho a vivir, a existir. Como consecuencia, nadie tiene derecho a disponer libremente de la vida de otro. 

En cualquier debate serio sobre aborto el punto de partida debe ser el dato científico sobre la vida humana y no la ideología u oscuros intereses espurios. El aborto, como práctica inhumana y cruel que es, no es solución a nada y es impropia de una sociedad que se precie de abierta, madura y avanzada y verdaderamente democrática y “civilizada”. Aunque los partidarios del mismo intentan emponzoñar el debate y a la opinión pública presentando la oposición al mismo como la voluntad de una minoría (¿?) de imponer a la sociedad civil una determinada moral o ciertas creencias religiosas o peor aún estar vendidos a la más extrema derecha… hay que afirmar con contundencia que su rechazo al mismo como “salida” al problema de los embarazos no planificados, no es cuestión de "creencia", sino de ciencia, de consciencia, de conciencia y de progreso en humanidad, de reconocimiento de la existencia de congéneres nuestros en gestación, de reconocer su humanidad y dignidad intrínsecas, de derechos humanos del no nacido y de reivindicación de la valoración y dignificación social de la maternidad.

cadvidaDe lo que se trata es de encontrar una salida lo más humana, razonable y “civilizada” posible a la problemática de los embarazos no planificados. El debate debería estar orientado a reducir el número de abortos y perseguir la dignificación de la vida humana, de todo lo humano, también en su estadio naciente. La solución más adecuada no es la eliminación de una vida con las graves consecuencias que para una y otra parte comporta una tal salida. El aborto no es solución y una sociedad avanzada y madura y que se precie de auténticamente “civilizada” en pleno s. XXI no se lo puede permitir. Su liberalización y práctica, en perspectiva humanizadora y humanizante, supone una grave regresión civilizatoria. El progresismo abortista ha de aceptar públicamente el dato científico y partir de él, no obviarlo, negarlo o enmascararlo. Si no, se sitúa al margen de la ciencia,  de la más auténtica y progresista corriente civilizatoria de la historia y del auténtico progreso en humanidad.

Los auténticos valores del s. XXI son los de la defensa  de la “vida” en toda su amplitud y en todos sus estadios y no los de la cultura de la “muerte”. La “vida” deberíamos considerarla como el mayor bien que nos constituye como especie, y así respetarla, protegerla y cuidarla. No protegerla jurídicamente también en el vientre materno, menospreciándola y minusvalorándola, no reconociendo socialmente su valor es en el fondo hacernos un flaco favor como especie y no comprender que el verdadero progreso humano no está en defender a ultranza nuestro exclusivo bienestar individual.

Para la superación de tan grave lacra social, la sola regulación jurídica, con ser importante, no es suficiente. La opinión pública y el conjunto del cuerpo social deben comprender, reconocer y asimilar la nobleza de esos principios y valores de naturaleza cuasi pre-política, es decir, que están en la base y son el fundamento basilar de nuestra organización en sociedad. Por supuesto, más que vencer sobretodo hay que convencer a la opinión pública. Si el conjunto del cuerpo social no reconoce esos valores y éstos no pasan a formar parte del acervo cultural personal de cada uno de nosotros y de nuestro patrimonio civilizatorio y se quedan tan sólo en buenas intenciones y bonitos eslóganes para exhibir en nuestras manifestaciones a favor de una vida digna para TODOS la superación del problema se dilatará eternamente. Será necesario, pues, continuar haciendo pedagogía en todos los frentes y por todos los medios. Y en esto la mayoría de partidos políticos han sucumbido. Y es que dentro de su lógica, claro: los no nacidos no aportan votos.

La dignidad y la libertad real de las mujeres se garantizan mejor ofreciéndoles todas las alternativas posibles al aborto y no abandonándolas a su suerte y abocándolas a él. Junto a la reforma de la ley aborto deben revertirse radicalmente las políticas sociales orientadas al fomento y apoyo integral a la maternidad.

VMC