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El ambiente filosófico-religioso en el mundo helenístico precristiano

EPOCA HELENÍSITCA
333 - 63 a.C. Palestina cae bajo el dominio de Alejandro Magno (hijo de Filipo I de Macedonia). Judea Sometida a los Ptolomeso (314-197 a. C.) y a los Seléucidas (197-142 a. C.). Rebelión Macabea ante persecución de Antíoco Epífanes (167-164a. C.). Surgen fariseos, saduceos y esenios. Movimiento sapiencial y apocalíptico.
•Tradición sapiencial : Qohelet (Eclesiastés); Sirácide (Eclesiástico); Sabiduría. • Tradición apocalíptica: Daniel • Otros libros: Baruc; Ester; Judit; 1-2 Macabeos. • Traducciones: LXX (griego) Targumim (arameo) • Literatua intertestamentaria  
200 a. C.: Aproximadamente traducción  Antiguo Testamento al griego (versión de los LXX) 
168 a. C.: Rebelión de los Asmoneos.  Reinado de los Asmoneos.  Constitución  principales grupos religiosos: fariseos, saduceos, esenios. 
INCORPORACION AL IMPERIO ROMANO 
63 a. C. Incorporación de Palestina al imperio romano (Pompeyo) 

Imperio helenísticoEPOCA HELENÍSTICA. Se denomina período helenístico, a una etapa histórica de la Antigüedad que ocupa la transición entre la decadencia de la Grecia Clásica y el surgimiento del poderío romano que conducirá al Imperio y cuyos límites cronológicos vienen marcados por la muerte de Alejandro Magno (323 a. C.) y el suicidio de la última soberana helenística, Cleopatra VII de Egipto, y su amante Marco Antonio, tras su derrota en la batalla de Accio (31 a. C.).

El helenismo es considerado un período de transición entre el declive de la época clásica griega y el alza del poder romano. La helenización es la extensión de la civilización griega, especialmente durante el periodo helenístico (a partir del imperio de Alejandro Magno). En dicha etapa se produjo un mestizaje cultural entre la predominante tradición griega, que había sido implantada por Alejandro Magno en la región del Oriente Próximo, y las culturas vecinas, entre ella la romana que la terminaría conquistando y asimilando como propia. Al resultado de este proceso se le conoce como cultura clásica o grecolatina, y es la base de toda la cultura occidental. El resultado de la helenización (el helenismo) no fue una aculturación, sino la mezcla ecléctica de elementos culturales de origen griego con los de origen local, como los de la civilización persa, la civilización judía, la civilización egipcia o la civilización del Indo. Durante el periodo helenístico que siguió a la muerte de Alejandro Magno, un considerable número de pueblos del antiguo Oriente Próximo se helenizaron (asirios, judíos, egipcios, partos, persas, armenios, etc.). El esplendor de ciudades como Alejandría, Antioquía o Pérgamo, la importancia de los cambios económicos, el mestizaje cultural y el papel dominante del idioma griego y su difusión son factores que modificaron profundamente el Oriente Medio antiguo en esta etapa. Esta herencia cultural será asimilada por el mundo romano, surgiendo así con la fusión de estas dos culturas lo que se llama «cultura clásica».

Durante esta época la cultura griega se expandió gracias a la lengua escrita. Se extendió una versión común de esta lengua que se llamó koiné (común). La religión consistía en una suerte de sincretismo entre el panteón clásico, los dioses locales y las deidades del antiguo Oriente. La filosofía, que en épocas anteriores abarcaba todos los saberes, se desmembró paulatinamente de las ciencias empíricas y se quedó como ciencia del pensamiento cuya preocupación se inclinó más a los problemas individuales que a la propia naturaleza del mundo. En este período surgieron varias sectas y escuelas filosóficas de entre las que cabe mencionar: Cínicos, Cirenaicos, Epicúreos, Escépticos, Estoicos… Entre ellas destacó el epicureísmo que intentaba dar solución al problema de la felicidad. Los epicúreos buscaban la paz consigo mismos para lo que elaboraron un método que pretendía combatir la tristeza, la angustia, el aburrimiento y las preocupaciones inútiles que llegaban a acongojar al ser humano.

JUDAÍSMO HELENÍSTICO. Desde la muerte de Alejandro Magno, en el 323 a. C., Palestina se vio sometida, muy a pesar suyo, a un proceso imparable de helenización. Comprimida entre dos grandes potencias, el Egipto de los Ptolomeos y la Gran Siria de los Seléucidas, no podía quedar ausente de la gran corriente helenizadora que invadía la cuenca mediterránea. Poco a poco, el país se fue dividiendo intelectual y afectivamente en dos grupos de muy diverso tamaño. Uno, formado por la aristocracia, los ricos comerciantes y la élite sacerdotal, bastante dispuesto a dejarse invadir por las ideas helénicas, que debían de aparecer a sus ojos como un verdadero modernismo. Otro, muy numeroso, constituido por las capas inferiores del sacerdocio y la mayor parte del pueblo, que veía en la aceptación del ideario helenístico al gran enemigo del ser propio, religioso, de Israel. El rey seléucida Antíoco IV Epífanes pretendía incorporar a Israel a la superior cultura helenística, para lo que le era preciso acabar, ni más ni menos, y en un asalto definitivo, con una nación teocrática, de una religión muy particular y exclusivista, que se resistía a integrarse en su imperio y su cultura. Se desarrolló así toda una literatura apologética (significa «defensa») y surge en el momento en que el judaísmo se encuentra amenazado por otras religiones o culturas, especialmente por el helenismo, desde el siglo II a.C. hasta el siglo II d.C. Una parte considerable de la literatura de los judíos helenistas de ese tiempo tiene un carácter apologético. Así, el libro de la Sabiduría puede tomarse como defensa de la tradición histórica de Israel. En esa línea debemos citar a los dos escritores judíos más significativos del siglo I d.C. Filón de Alejandría y Flavio Josefo.

¿Cuál era la cosmovisión de aquella época? Las “cosmovisiones” suelen girar en torno a tres grandes ejes o cuestiones principales: la idea de Dios, su concepción del mundo y del universo y su concepción antropológica....  Algunos otros problemas que angustiaban de un modo especial las mentes judías de esa época: la existencia del mal y su origen; las relaciones que debían mantener los israelitas con los paganos; la justicia de Dios en este mundo y el sufrimiento y fracaso aparente de los justos; la urgencia de la salvación y la figura que habría de ejecutarla: el mesías; el destino futuro del hombre: inmortalidad o no del alma, la resurrección, el juicio futuro; la libertad del ser humano y la de Dios a pesar de la predestinación; el intento de plasmar una ética interior que diera vida a los múltiples preceptos de la Ley y condujera a la salvación; los deseos de justificación partiendo de un estado de pecado. Estas ideas judías de la época helenística constituyen una gran parte del trasfondo, o base, que sustenta muchas de las ideas religiosas que aparecen en el Nuevo Testamento.

A principios del siglo I a. C. tiene lugar la diáspora helenística, es decir decir, la dispersión del pueblo judío a través del mundo alejandrino. A partir de entonces, gran parte de los judíos —especialmente los que vivían en Egipto, Cirenaica y Siria— comenzaron a usar el griego para entenderse entre ellos y también en las sinagogas. De este modo, comenzó a hacerse distinción entre los «judíos helenísticos» (o helenizados) y los «hebreos» (o judaizantes), que fueron aquellos que se opusieron y resistieron a la influencia griega. Es así como el término «helenístico» pasó a designar a grupos humanos que, aunque no tuvieran sangre griega, seguían y adoptaban la cultura y la lengua griegas. En este período tuvo lugar también la traducción griega del Antiguo Testamento que se conoce con el nombre de Septuaginta o Biblia de los Setenta, ya que, según se cree, habría sido efectuada por un grupo de setenta y dos sabios alejandrinos. De entre los judíos helenizados más destacados, puede mencionarse al filósofo Filón de Alejandría y al historiador Flavio Josefo.

Fijemos ahora nuestra atención en el ambiente filosófico-religioso que imperaba en el mundo helenístico y que condicionará la cosmovisión cristiana de la que somos herederos y de la cual continúa alimentándose nuestra cosmovisión actual. A continuación, presentamos un conjunto de ideas, una cierta cosmovisión, que a través del cristianismo ha llegado hasta nosotros y en las que nos podemos reconocer puesto que en cierto grado somos deudores de ella y continúan condicionando nuestra mentalidad actual. ¿Cuál era el humus cultural, el ambiente filosófico-religioso que imperaba en el mundo helenístico, dentro del cual afloró el cristianismo primitivo?  ¿Cuál era la cosmovisión y la mentalidad de aquella época? Seguiremos para ello algunas de las ideas expuestas por A. PIÑERO(1)  en su obra “Orígenes del cristianismo. Antecedentes y primeros pasos”. 

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B) El ambiente filosófico-religioso en el mundo helenístico precristiano

En el efervescente mundo mediterráneo en el que vio la luz el cristianismo, las ideas filosóficas centrales de las escuelas más importantes, sobre todo el platonismo y el estoicismo, habían alcanzado entre los diversos pueblos de la oikoumene, que de algún modo eran herederos del rico legado cultural griego, una difusión que hoy día es difícilmente imaginable. A pesar de carecer de la facilidad de expansión que hoy proporciona la producción libresca y el fácil acceso que a ella se puede tener, el pueblo sencillo recibía alimento cultural en el teatro, en los certámenes literarios, en las lecturas públicas e incluso en los cultos religiosos, especialmente, en el caso de los judíos, en las sinagogas. Las ágoras o mercados eran lugares de encuentro y de expansión cultural, en donde abundantísimos predicadores, filósofos y demás miembros de movimientos culturales, filosóficos o religiosos exponían sus ideas en cualquier esquina o lugar apropiado de los abundantes pórticos que solían rodear la plaza pública. No era solamente la Atenas proverbial la interesada por todo tipo de noticias o teorías filosóficas novedosas, sino cualquier ciudad helenística con un número de habitantes suficiente. Filósofos cínicos, estoicos, platónicos, teurgos y «hombres divinos», miembros de sectas órficas o neopitagóricas pululaban por las calles y mercados ofreciendo a un público que disponía de mucho tiempo para escuchar un resumen digerible de su filosofía, de los ideales éticos de su escuela o las principales ideas religiosas en cuya difusión estaba interesado. De este modo se produjo en el mundo helenístico un auténtico mercado filosófico popularizador en el que las ideas de las escuelas filosóficas llegaban a círculos de personas mucho más amplios, aunque, naturalmente, perdiendo vigor y profundidad. Gracias a este fenómeno de ‘predicación' callejera y a una tendencia al sincretismo, que se extendía desde el ámbito de la religión a otros niveles, se produjo una suerte de koiné o comunidad de ideas filosófico-religiosas cuya importancia a la hora de la difusión del cristianismo fuera de las estrictas fronteras de Palestina no puede subestimarse. Detengámonos un momento a considerar cuáles podían ser estas ideas «comunes», aunque somos conscientes de los peligros que puede entrañar hoy una suerte de generalización semejante.

La idea de Dios y la posibilidad de su conocimiento.

A la par que el pensamiento judío, la mayor parte de las mentes religiosas del helenismo tardío tendía fuertemente hacia un monoteísmo práctico. Ya los órficos, desde el siglo VI a.C., junto a una doctrina aparentemente politeísta, tal como se refleja en sus cosmogonías, habían difundido poderosamente entre sus muchos adeptos una fuerte tendencia monoteística. Los órficos del siglo III difundían ya la sentencia que «sólo hay un Dios». Tanto en el platonismo como en el aristotelismo o estoicismo se notaba una misma y fuerte tendencia, aunque la idea del Dios supremo fuera diferente de unas escuelas a otras. El platonismo consideraba en la práctica la idea del Bien casi como una divinidad personal, primer principio, inmutable, ser verdadero y absoluto. Para los peripatéticos, Dios era el primer motor, la causa de todo el movimiento y cambio mundanos, la primera sustancia en la jerarquía de los seres, pero no era un dios personal, con una existencia separada del universo, sino más bien el primer y racional principio dentro de él, o la concreción de la más pura perfección. Para los estoicos no había duda de la existencia de una única divinidad suprema, a la que se podía denominar de diversas formas: Zeus, el Logos o Razón suprema del Universo, que explica en último término el orden universal, el Espíritu que todo lo invade o la Providencia. Es importante señalar que esta divinidad tampoco era personal; la divinidad lo invade todo (panteísmo), el universo se halla entero transido de Dios y todos formamos parte de él. Un pagano de sincera religiosidad como Plutarco escribe hacia finales del siglo I: «No existen dioses diferentes en las diversas naciones, bárbaros o griegos. Al igual que el sol y la luna, el cielo, la tierra y el mar son comunes a todos, aunque se llamen de modo diferente en los diversos pueblos, del mismo modo hay una única Razón que ordena este mundo y una Providencia que lo gobierna».

Varios factores sociológicos coadyuvaban hacia este monoteísmo práctico: para el pueblo sencillo del Imperio, el gobierno personal del emperador era como la representación práctica en la tierra del gobierno único celeste; la insistencia por parte de la filosofía y la astrología en un cosmos ordenado tenía una mejor explicación presidido por una divinidad única, y finalmente, la fuerte tendencia sincrética hacía notar que en los diversos panteones de los pueblos siempre había una divinidad que ostentaba la primacía. Especialmente en la Antigüedad tardía, sobre todo en el siglo III d.C., fue el Sol la divinidad primera. Como señala Ferguson, la teología que situaba al Sol como divinidad central «fue el resultado de la fusión de la teología estoica (El sol como razón = fuego y poder divinos) y la astrología popularizada, en la que el sol era el planeta más importante». La difusión de las ideas del estoico Posidonio en torno al sol como fuente de toda vida y como creador de toda la variedad mundana, con su diverso calor, contribuyó también no poco a extender la veneración por el astro Sol. Más tarde, en época del emperador Aureliano (hacia el 274), fue declarado este astro como divinidad suprema invencible (Sol invictus), epíteto que luego otorgarían los cristianos a Jesús.

El conocimiento de Dios no representó un problema especial para la generalidad de las mentes en la época del nacimiento del cristianismo. Aunque los filósofos proclamaran que Dios es en sí incognoscible, era teoría general que el intelecto humano podía conocerle por sus obras, e incluso que existía una vía puramente intelectual para «comprender» algo de su esencia: su inmutabilidad, su eternidad y su implicación en el desarrollo del mundo; con la práctica de las virtudes, la mente quedaba purificada y podía conseguir de forma natural un mejor conocimiento de la divinidad.

La estructura del universo

Aunque dominaba en general la idea de un cosmos esencialmente bien organizado y ordenado a pesar de las apariencias, las teorías filosóficas sobre su origen y estructura variaban ostensiblemente. Para los platónicos, la única realidad verdadera era el mundo de las ideas inmutables y eternas, que eran como el paradigma sobre el que la materia, normalmente concebida como existente desde la eternidad, adquiría las formas con las que los seres humanos la percibían. Las Ideas son lo único real; el mundo no es más que una pobre imitación de ellas. Aparece ya claramente aquí un dualismo esencial entre el mundo superior, intelectual, puro y perfecto de las Ideas, y la materia, pobre imitación de lo de arriba. Esta división habría de ejercer una influencia importantísima en las actitudes negativas hacia el mundo material y hacia el cuerpo humano como formado esencialmente de materia, transitoria y llena de predicados negativos, que no se vieron contrarrestadas por las afirmaciones de la escuela platónica sobre la posesión también de un Alma por parte del mundo.

La concepción del universo, en la escuela peripatética, como materia ordenada que recibe unas formas únicamente existentes en la materia, y no independientemente, como en el platonismo, y la consideración del mundo como sustancia y accidente, o como entidad en continuo cambio y movimiento gracias a una serie de causas (formal, material, eficiente, final...), no ejerció prácticamente ningún influjo en la mentalidad popular general que aquí consideramos.

Influyente también en el pueblo llano fue la cosmovisión estoica, sobre todo tras la popularización de las ideas de Posidonio (ca. 130-50 a.C.). Los estoicos predicaban que el mundo es como un ser gigantesco, dotado de alma racional, el Logos, que mantiene un orden cósmico en el que todas las partes se hallaban conectadas y relacionadas entre sí. Según Crisipo, esta racionalidad cósmica, impregnada totalmente de la divinidad, hace que nos encontremos en el mejor de los mundos posibles, en el que incluso la existencia del mal es un presupuesto necesario para un perfecto equilibrio destinado a la producción final del bien. Para Posidonio, el mundo estaba dividido en dos partes: el celestial, supralunar, que era imperecedero e inmutable, el infralunar, sujeto a toda suerte de cambios y a la corrupción.

Un cambio en la concepción del mundo experimentó el helenismo de los últimos tiempos y el comienzo de la época imperial. Fue en estos momentos cuando las ideas astrológicas, importadas en último término de Babilonia, empezaron a adquirir popularidad. La tierra fue concebida, por unos, como una esfera, y por otros, como una superficie plana, pero siempre como el centro de atención del mundo sublunar. Por encima de la luna se encontraba el ámbito de los planetas, que ejercían un poderosísimo influjo en la vida de los mortales, normalmente para mal. Por encima de los planetas se hallaba el círculo de las estrellas fijas y el sol, sede de la divinidad. Como veremos en seguida, la antropología más extendida pensaba que el alma del hombre procedía y era consustancial con el ámbito más extremo y puro del sol y de las estrellas fijas donde habitaba la divinidad. Gracias a diversos conocimientos de los mecanismos astrológicos, el ser humano podía proteger su alma y su cuerpo del maléfico influjo de los planetas y lograr que al final de la existencia, al menos su parte superior, llegara a la región del sol y de las estrellas fijas. La cosmología contribuía así a formar una doctrina del origen celeste del hombre y a fomentar el ansia de salvación, es decir, el deseo de volver al lugar más excelso de donde en esencia procede.

Tanto para los platónicos como para los estoicos el mundo está lleno de démones o seres divinos intermedios entre Dios y el ser humano. Lo mismo que el alma del mundo podía estar dividida para algunos platónicos en alma buena y mala, así también los démones se diversificaban en buenos y malos, según su actuación respecto al hombre. Contra ellos existían diversos remedios, provenientes sobre todo de la magia.

La estructura del ser humano (antropología)

La concepción dualista del ser humano, establecida por Platón y sus sucesores como compuesto de una porción material, el cuerpo, y otra espiritual, el alma, habría de revelarse como casi universalmente aceptada por toda la oikoumene y absolutamente decisiva para barrer de las conciencias, incluso judías, cualquier concepción análoga a la antigua interpretación hebrea del ser humano como un unicum, un ser carnal animado, donde sólo la razón podía distinguir artificialmente dos partes que se hallaban en realidad indisolublemente unidas. Para afirmar la existencia de una realidad inmaterial en el hombre, Platón se había basado en similares y antiguas ideas popularizadas por órficos y pitagóricos. Para Platón, sólo el alma puede comprender las ideas, con lo que sólo ella pertenece al mundo verdaderamente real y superior; el cuerpo es un mero vehículo del alma, que es la única inmortal por esencia.

Incluso para el estoicismo, filosofía esencialmente materialista, había una neta distinción entre dos clases de materias en el ser humano: una, más pesada y crasa, que correspondía al cuerpo; otra, más ligera y «espiritual», que correspondía al alma. Fue probablemente también el estoico Posidonio el que contribuyó a expandir una antropología tricotómica que tendría gran éxito: el hombre se compone de tres partes: el cuerpo, material y terreno, que para él provenía del imperfecto mundo infralunar; la parte intermedia, o alma, que procede del mundo intermedio o región de la luna; la tercera, el espíritu, que procede del mundo supralunar, imperecedero e inmutable. Esta es la parte suprema del hombre y la única que puede unirse con la divinidad.

Por ese tiempo la antropología más extendida pensaba que el alma del hombre procedía y era consustancial con el ámbito más extremo y puro del sol y de las estrellas fijas donde habitaba la divinidad. Gracias al conocimiento de los mecanismos astrológicos, el ser humano podía proteger su alma y su cuerpo del maléfico influjo de los planetas y lograr que al final de la existencia, al menos su parte superior, llegara a la región del sol y de las estrellas fijas. La cosmología contribuía así a formar una doctrina del origen celeste del hombre y a fomentar el ansia de salvación, es decir, el deseo de volver al lugar más excelso de donde en esencia procede. Esa concepción dualista del mundo y del propio ser humano procede de una concepción del universo dominada por la astrología: mundo de arriba / mundo de abajo; influjo perverso o sano de los astros sobre el hombre. Proyectado hacia el mundo de arriba, se piensa en la existencia de una dualidad de poderes, del que es reflejo del dualismo de este mundo. Ese dualismo interpreta la existencia humana en sus aspectos positivos y negativos como el producto de una lucha entre dos potencias espirituales encontradas, tanto en el interior del hombre como en el ámbito cosmológico, es la característica más sobresaliente de las creencias religiosas iranias. Respecto al concepto iranio de la salvación, debemos afirmar que su concepción fundamental de un hombre primordial, preexistente, depositario del mensaje y de la fuerza de la divinidad, que desciende del cielo para salvar a los hombres, consustanciales por su parte superior con él, y que luego asciende hacia la divinidad, no tiene ningún precedente en el AT.

Fuente: (1)A. PIÑERO: Orígenes del cristianismo. Cap 2. (resumido)

Ver también:

Humus cultural en medio del cual afloró el cristianismo

Antropología bíblica

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