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Otro cristianismo es posible
Hablar sin darse a entender

La Iglesia necesita una reforma tanto en la forma de transmitir su mensaje como en la forma de presentarse ante la sociedad actual.

Hay que desempolvar nuestra fe del lenguaje y representaciones más bien propias de tiempos pasados, para formularla en un lenguaje mucho más actual y comprensible para el mundo de hoy.

Si el anuncio no llega ni las personas se sientes motivadas por su mensaje, en parte quizás sea porque las representaciones empleadas por la iglesia en su predicación, su imagen del mundo y de la humanidad, así como la imagen de Dios mismo, para la gente y la cultura actual se han quedado obsoletas.

Una Iglesia que en su dimensión cultual se presenta todavía bajo apariencia medieval, sin esta renovación, no tiene futuro en el mundo moderno.

Para contribuir a la conversión de los corazones se debe transmitir el mensaje de manera auténtica. Ello requiere hablar el lenguaje de la audiencia, comunicar el mensaje de manera clara, sencilla y accesible. Para responder a las preguntas, preocupaciones reales y anhelos espirituales del público es necesario no solo transmitir doctrina, sino mostrar cómo la fe responde a esas inquietudes humanas, haciéndolo desde la autenticidad de vida y cercanía. Los mensajes deben reflejar el testimonio de vida, no solo discursos teóricos.

Para el futuro de cualquier «religión» hablar, predicar, no es lo más importante, lo más importante es transmitir nuestra experiencia de fe, lo que la fe está significando para el sostenimiento, la transformación, de nuestra propia vida. La experiencia, la vivencia real de la fe será más eficaz que simplemente la sola palabra. Hablar no es lo más importante, pero tiene una innegable importancia para darse a entender. En función de cómo se hable, de cómo se transmita, de cómo nos expresemos, estaremos más cerca o menos de que el mensaje cale, de que se comprenda y motive el mensaje que se propone transmitir.

Necesidad de deshelenización del cristianismo. Hay crisis de «religión» ciertamente, así nos lo muestran las estadísticas y la práctica cotidiana, mas quizás no tanto de «interioridad» y «espiritualidad». La crisis, en el fondo, es una crisis de la religión tal como ha sido entendida durante siglos. El cristianismo al poco de sus orígenes judíos se fue configurando y expresando en categorías griegas, helenísticas,  y así quedó fijado en su teología y sus dogmas durante siglos, pero los tiempos cambian y nuestra cosmovisión actual no es ya la cosmovisión de la cultura griega. Los parámetros fundamentales de la cosmovisión griega en los que todavía se expresa el cristianismo, han entrado en crisis frente a la cosmovisión actual. Es de lamentar que desde algunas plataformas mediáticas eclesiáticas se esté todavía comunicando al gran público una cosmovisión ya superada, obsoleta, que no casa con la nueva visión de la realidad que aparece tras la investigación más avanzada actual. Esta es la situación en la que desde hace tiempo se encuentra el cristianismo. El cristianismo originario al pasar de una cultura a otra se ha ido metamorfoseando. Ahí tenemos otra clave de la crisis: la fe se comunica, se transmite, con unas categorías cosmológicas, antropológicas y culturales que el mundo de hoy ya no comprende: es necesario, por tanto, deshelenizar el cristianismo.

El lenguaje religioso que los cristianos actuales tradicionalmente hemos recibido está constituido por una terminología, una serie de conceptos, imágenes y representaciones cosmológicas, antropológicas, culturales, etc. los cuales nos encorsetan dentro de una atmósfera, un ambiente cultural y una cosmovisión propios de otros tiempos y muy alejados del nuestro. Ese lenguaje propio de otra cosmovisión y de otra antropología muy distintas a la nuestra, para muchos cristianos actuales resulta ya incomprensible e incluso inasumible. Como consecuencia se produce una quiebra entre conceptualización transmitida, lenguaje utilizado, y mensaje captado. El lenguje empleado, el entramado dogmático, el conjunto de rituales practicados desgajados de su sentido originario o el armazón institucional del cristianismo tradicional ya no son adecuados para nuestro tiempo, han quedado obsoletos respecto a la cosmovisión moderna, la gente ha perdido el contacto con su sentido y significado originarios y así es dificil hacerse entender en este nuestro siglo XXI, en el seno de una cultura fundamentalmente científico-técnica.

Por ejemplo, la imagen tradicional que nos han transmitido, que nos hemos hecho, de esa entidad que denominamos "Dios", un “Dios” representado tradicionalmente como el Ente supremo y causal, omnipotente y omnisciente, diferente o separado del mundo y dotado de atributos antropomórficos, hoy resulta incompatible con la cosmovisión y la visión científica actual del mundo y del universo, un universo sin límite espacio-temporal, evolutivo y en constante proceso de autocreación. O ¿tiene sentido hoy hablar de mundo “sagrado” en contraposición a “mundo profano” y ubicar espacialmente uno y otro "arriba" y "abajo"?. O ¿cómo entender hoy conceptos como "resurrección" o "salvación" que sean compatibles con la cosmovisión actual del mundo y de la vida y comprensibles para las personas que en ella se desenvuelven?

Y un ejemplo más sobre la imagen distorsionada que nos han transmitido y que a partir de ella nos hemos formado sobre Jesús de Nazaret. En el evangelio de Juan, por ejemplo, Yeshua no es presentado como el legislador celestial que viene a repartir un manual de instrucciones morales. No es un burócrata. no viene a fundar una burocracia religiosa encargada de vigilar el comportamiento humano. Por el contrario, el texto sostiene que él mismo es el mensaje encarnado. Él mismo es expresión viva y ordenadora de la realidad. Reemplaza por completo el concepto caduco de "religión", imperante entre nosotros desde hace demasiadas centurias, de concebir la religión como sistema de creencias, como "doctrina", de obedecer ciegamente a un dogma externo... por la invitación a despertar, a humanizarnos más plenamente, aumentando nuestro nivel de consciencia y a relacionarnos más pesronalmente y más directa y vivencialmente con esa realidad última que denominamos "Dios" y con el sentido mismo del universo. Es la diferencia abismal entre seguir una doctrina, unas normas dictadas, unas prácticas "cultuales" y vivir conectados más vivencialmente al Origen, a la Fuente de la luz.

Una perspectiva crítica. Desde mediados el siglo XIX diferentes sectores del cristianismo están tomando progresivamente distancia de la visión heredada predominantemente esencialista griega y reclaman una inculturación religiosa en categorías mucho más acordes con la visión científica del mundo actual. En efecto, la distancia entre la cultura griega en la que se encarnó el primer cristianismo y la nuestra actual es tan grande que la "deshelenización" de la cosmovisión cristiana tradicional es una imperiosa necesidad, además del gran reto de volver a priorizar la vivencia originaria del mismo frente al mero «cultismo» predominante en los últimos siglos.

Uno de los precursores recientes en despertar la necesidad de "actualización" del lenguaje religioso dentro del cristianismo fue Roger Lenaers, jesuita, fallecido en 2021. Lenaers se desenvolvió en la frontera cultural del siglo XXI para atender a los cristianos desconcertados que andaban errantes como ovejas sin pastor. Profesor de teología y asesor de jóvenes en un colegio, al jubilarse pasó unos años como párroco en un pueblecito de los Alpes; en estas experiencias desarrolló su sentido pastoral para dialogar con los no teólogos. Escribió cuatro libros muy significativos, que han sido muy bien recibidos por los laicos cristianos que desean la renovación de la Iglesia: Otro cristianismo es posible; Aunque no haya un Dios allá arriba; La fe en el lenguaje de la modernidad; y el último, Jesús ¿una persona como nosotros? Sus libros han devuelto la fe a muchos cristianos que sentían la contradicción entre la doctrina de la iglesia jerárquica y las investigaciones científicas y arqueológicas de la cultura actual. Y contradicción con la conciencia ética de muchos cristianos.

Así por ejmplo, en este esfuerzo de renovación y actualización de la conceptualización y lenguaje religioso empleados en la expresión de nuestra fe, respecto a la resurrección de Jesús, y de nuestra resurrección su perspectiva es la siguiente: la mentalidad hebrea concebía la resurrección como una resurrección del cuerpo, la mentalidad griega como una separación del alma, pero la mentalidad moderna la puede entender como “unión con la Realidad Originaria”, con el Amor incondicional que Jesús practicó en su vida; “Y como cada persona se ha dejado mover por el amor, por poco que sea, cada persona sobrevive a la muerte”. Las expresiones más aptas para expresar la resurrección serían “vida eterna” o “profundidad sin fin”. “Al decir que Jesús ‘vive’, no se está hablando en el sentido biológico del término, sino en un lenguaje que trata de expresar que Jesús se ha vuelto un solo ser con el fundamento original de toda vida, unión que le hace participar en la eternidad de Dios". Esta interpretación de la resurrección explica también la redención: “estando él mismo lleno de la plenitud del amor originario de Dios y movido por él, nos impulsa con su atracción a parecernos a él, nos inspira, nos colma de actitudes como las suyas, hace de nosotros unos hombres y mujeres nuevos y así lleva a cabo paulatinamente la restauración del mundo”. Este tipo de conceptualizaciones resulta mucho más coherente con la nueva concepción actual de la realidad y su fundamento o sustrato último que está poniendo al descubierto la investigación más de vanguardia.

También hoy pues, en las distintas iglesias y a diferentes ritmos, continúa vivo el reto de examinar y repensar nuestras "creencias", para poder dar a nuestro mundo mejor razón de nuestra fe dotándola de un lenguaje más inteligible y asequible para la mentalidad del ciudadano actual. A continuación ofrecemos algunos extractos de una de sus obras: "Otro cristianismo es posible" en los que con intención crítica se caricaturiza algunas concepciones y representaciones (cosmovisión) que han predominado y nos han encorsetado durante siglos.

Roger LEANERS: Otro cristianismo es posible (extractos)

Presentación

(…) Lenaers había llegado por propia voluntad a Vordernhornbachen 1995, después de su jubilación. Antes había trabajado como profesor y guía de juventudes en un colegio jesuita de Bélgica flamenca. Era además autor de varios libros de filología clásica y de numerosos artículos de reflexión teológica. Al jubilarse el obispo le confió dos pueblos cercanos a pocos kilómetros el uno del otro. Las conversaciones de dos cortos días con los feligreses y con él mismo y la celebración litúrgica del domingo nos dejaron la impresión de un hombre para quien el uso de la razón crítica no va reñida con la fe en el Dios de Jesús ni con la sencilla convivialidad y solidaridad humana. El cree en el Dios de Jesús, pero siente que el lenguaje que sigue utilizando la iglesia no le dice ya más nada a los hombres y mujeres de hoy, porque sus términos y su mentalidad provienen de visiones del mundo y de la sociedad vigentes hasta la Edad Media, pero incompatibles con el sentido común contemporáneo.

Su libro “Otro cristianismo es posible” es claro, sencillo en su lenguaje y convincente por la lógica de su argumentación. Es cierto que con su crítica a las autoridades eclesiásticas y a las representaciones dogmáticas sacude muchas «verdades» tradicionales, proclamadas como inmutables por la iglesia. Pero al mismo tiempo abre perspectivas para que cada cual vaya buscando nuevas formas de expresar su ser y actuar cristiano, más acordes con la mentalidad contemporánea y, a la vez, con el mensaje evangélico más originario. La coherencia de la propuesta de Lenaers puede liberar espiritual e intelectualmente a muchos. Y devolver autonomía de pensamiento y decisión a quienes se sienten atados por decretos autoritarios y doctrinas sin fundamento suficientemente razonable.

Lo que Lenaers lleva a cabo en su libro, es una revisión de todo el catecismo y una invitación a buscar a Dios en el corazón mismo de la materia y de la conciencia, como impulso de vida y proyecto de futuro. Y no en un mundo lejano «allá arriba” –ni tampoco en los dictámenes de una iglesia autoritaria-. El foco de su atención es Jesús de Nazaret visto como un hombre en búsqueda, cercano a nosotros en su debilidad y en su esperanza, y por lo mismo, expresión y figura de un Dios que va creciendo y padeciendo, junto con el ser humano, en una historia compartida.

En sus sermones, él no impone verdades ni expone teorías inverosímiles, sino que plantea preguntas e invita a reflexionar, a cada cual por sí mismo, sobre las posibles respuestas. Y a tomar decisiones en consecuencia. Autónomamente. Aquí están reflejadas inquietudes y preguntas de muchos que ya no creen lo que oyen en las prédicas o leen en los catecismos tradicionales.  Hoy día, él siente la necesidad de hacer la síntesis de este largo período de lecturas, pensamientos, intercambios y publicaciones que ha realizado a lo largo de su vida, persuadido como está de poder abrir las compuertas para que muchas personas accedan a una fe que pueda ser vivida en el siglo XXI en forma natural.

Hablar sin darse a entender

La dificultad está en el lenguaje

Este libro intenta expresar la fe única y eterna en Jesucristo y su Dios, en el lenguaje de la modernidad. La sociedad occidental del futuro no va a seguir pensando como lo hacían los que la precedieron, así como el adulto tampoco habla ni piensa como lo hacía cuando era niño. Por eso, el ofrecimiento divino de la salvación, que llega al hombre a través de la Iglesia y su proclamación, exige que nos desprendamos de las representaciones y certidumbres en las que ella misma se sentía cómoda hace un tiempo, y también del lenguaje en que las ha entregado y anunciado fielmente. En virtud de la dinámica interna de una evolución que también es obra creadora de Dios, el bloque granítico de la modernidad se ha desprendido por sí mismo del macizo montañoso de la historia humana, golpeando con fuerza los pies de arcilla de la fe medieval de la Iglesia.

En el fondo, se trata de un problema de lenguaje, sin que éste sea reducido a un sistema de palabras, sino por el contrario, ampliándolo de tal manera que abarque la totalidad de las formas expresivas de la Iglesia. Para el hombre occidental del tercer milenio, el lenguaje de la tradición cristiana se ha vuelto un idioma extraño, una lengua para iniciados, accesible sólo para esa porción cada vez más pequeña de la población que todavía se maneja con las representaciones del pasado. En la actualidad, esto lo vemos y oímos a cada rato, pero rara vez sacamos las consecuencias prácticas de esta verdad. La mayoría de las veces nos quedamos en análisis que derivan en previsiones poco gratas o bien en llamados a una nueva evangelización, como si ésta fuera una nueva oportunidad, pero conservamos el lenguaje del pasado, dejando de lado algo absolutamente necesario, como la traducción del mensaje cristiano a un lenguaje en el que el hombre y la mujer modernos puedan reconocerse a sí mismos.

El concilio Vaticano II sospechó lo peligroso que podía ser para la fe, el abismo progresivo que se iba produciendo entre el lenguaje de la predicación y el de la modernidad. Comprendió que en la liturgia no tenía sentido escuchar el mensaje de la fe en un idioma en que el 99% de la gente no entendía ni un ápice. El latín eclesiástico era tal vez el símbolo más claro de la distancia que existía entre la predicación y el hombre y la mujer modernos. Por eso, tratando de acercar la Iglesia a los tiempos, el concilio reemplazó el latín litúrgico por las lenguas vernáculas, como un inicio de la obertura de la gran sinfonía de la renovación. Pero, ¿qué utilidad puede tener el abandono de un símbolo, si la realidad simbolizada permanece intacta? Los textos que se siguieron presentando a los fieles, ahora traducidos del latín a las respectivas lenguas, continuaron siendo comprensibles sólo para los iniciados. Y la liturgia, por muy importante que ella sea, es sólo una parte de la vida eclesiástica. La Iglesia necesita una reforma más radical, que toque todos sus dominios. Tanto en su mensaje como en la forma de presentarse, debe dar cuenta de la realidad moderna.

Hay que desempolvar nuestra doctrina de la fe del lenguaje y de las representaciones de la Edad Media, para formularla en el idioma actual. Esta formulación moderna de la fe única y eterna en Jesucristo y su Dios, se aparta hasta tal punto de la tradición, que necesariamente va a despertar la sospechade ser heterodoxa. Pero no lo es de ninguna manera. El propio lector se convencerá de ello.

El final de un idioma oculto

El individuo, los grupos y las culturas expresan colectivamente lo que piensan, lo que se imaginan, lo que temen, lo que juzgan valioso. Lo hacen tanto en frases doctrinales, prescripciones y directrices, como en tradiciones, usos, convicciones colectivas, rituales, tabúes. Y también, mediante la forma, tamaño y ornamentación de sus edificios, con los cuadros y estatuas que colocan en ellos, con las vestimentas y la forma de aparecer de quienes presiden a la realización de los ritos.

A lo largo de los siglos el grupo cultural cristiano occidental ha desarrollado su propia estética para expresar lo que pensaba y sentía colectivamente. Esto quiere decir que se ha construido su propio lenguaje, en el sentido tanto estricto como amplio, ha formulado leyes y confesiones, ha creado rituales y los ha hecho obligatorios, ha edificado y equipado monasterios e iglesias. Por medio de figuras y colores le ha dado forma a sus esperanzas, expectativas, imaginaciones, miedos, alegrías, dudas conscientes o inconscientes. Pero luego ha sucedido algo asombroso. Aquel lenguaje que cada cual comprendió durante 1000 años en Occidente, se volvió poco a poco un idioma extranjero, una lengua muerta, comprensible sólo por aquellos que anteriormente habían sido educados en ella.

Un idioma extranjero en el tercer milenio

Si los círculos conservadores de las iglesias occidentales consideran que éste es un fenómeno completamente misterioso, ello se debe a que no captan o no quieren captar algo sumamente importante: y es que cada lenguaje, aun el cristiano, está ligado a su tiempo. El lenguaje de la comunidad cristiana tuvo origen en una fase cultural bien determinada y aún conserva señales de ello. Sirvió para expresar las experiencias y representaciones de un grupo, pequeño en sus inicios, que en su búsqueda de la realidad transcendente de «Dios», se dejó inspirar y guiar por la figura mesiánica de Jesús de Nazaret. El lenguaje de este pequeño grupo del siglo I se extendió poco a poco, en la medida en que otros reconocieron en su mensaje algunas o muchas cosas semejantes a las de su propia búsqueda y de sus hallazgos, lo que los confirmaba y los llevaba a unirse con ellos. Lo mismo sucedió cuando la dirección de la Iglesia, haciendo uso de apropiados medios de presión, logró imponer tal lenguaje.

A lo largo de esta historia de expansión, el lenguaje eclesiástico ha evolucionado muy lentamente, creando con ello las condiciones para que los aromas y colores típicos de muchos siglos se le fueran adhiriendo. Dado que en cada época la buena nueva de Jesús se vestía con el ropaje lingüístico de su respectiva cultura –incluyendo las deformaciones, errores y limitaciones de esta misma– siempre fue aceptado sin mayor resistencia. La gente se hallaba bien con él, pues cada cual se iba encontrando a sí mismo en las sucesivas formulaciones.

En el siglo XV sin embargo, en la sociedad occidental, se hizo sentir un movimiento que pronto se desarrolló como una revolución copernicana. El humanismo de este siglo hizo emerger en el siglo siguiente las ciencias modernas que en pocos siglos cambiaron la faz de la tierra. Los desarrollos alcanzados en la esfera del mundo material se reflejan siempre en un cambio paralelo en las maneras de ver. El cambio en las maneras de ver, necesariamente, produce un cambio en el lenguaje. Pues éste es la expresión de la forma en que cada cultura vivencia la realidad. Las palabras pierden el contenido antiguo, pues adquieren un nuevo significado y otros matices de sentimientos. O en el caso contrario, se vuelven completamente incomprensibles.

Lo mismo sucede con las costumbres, que se vuelven obsoletas, y con las normas, que pierden su sentido, y con las representaciones figuradas, que se vuelven impenetrables. Un ejemplo de ello en el dominio de las palabras: hoy día un rey es sólo un representante del Estado y debe cumplir las leyes impuestas por el pueblo. Lo que es algo completamente distinto a lo que en este contexto entiende el lenguaje bíblico y eclesiástico cuando habla de Dios como rey: una instancia revestida de poder absoluto que imparte leyes y está por encima de ellas. La palabra permanece, pero ha adquirido un sentido distinto. Algo semejante es lo que sucede con el término medio de los fieles hoy día cuando escuchan la epístola a los Romanos donde Pablo habla sobre la ley y la carne; pues lo que ellos entienden está a leguas de lo que Pablo quería decir con ello. La confusión es inevitable.

En vez de un anuncio, lo que resulta es una deformación y un engaño. Esto vale para muchas cosas en el lenguaje eclesiástico y litúrgico, así como en el ámbito de otros usos y rituales, y aun del lenguaje bíblico, que es el origen de los otros. Si el anuncio no les llega ni atañe a las personas, es simplemente porque las representaciones usadas por la iglesia en su predicación, su imagen del mundo y de la humanidad, así como la imagen de Dios mismo, se han quedado en la Edad Media, mientras que la sociedad occidental se aleja de ésta a una velocidad cada vez mayor. Quien piensa y siente como en la Edad Media, habla también así. Este lenguaje ha llegado a ser un idioma «extranjero» para la gente que piensa y siente de acuerdo a los tiempos modernos –tan extranjero como lo era hasta hace poco el latín eclesiástico-.

Consecuencias: tensiones internas en la iglesia

Es cierto que en la sociedad occidental muchos están lejos de haber hecho este proceso y muchos se quedan en lo antiguo. Sus representaciones no avanzan al ritmo del desarrollo, conservando las formas de hablar y de pensar del pasado. De ahí las tensiones entre fieles conservadores y progresistas que vemos en la Iglesia actual. Antiguamente, tales tensiones eran impensables, pues no se toleraban ni maneras de ver, ni maneras de pensar que se apartaran de las entregadas por la iglesia, pues eran erradicadas mediante el calabozo y la hoguera.

La difícil consecuencia de la libertad actual es que la Iglesia romana lleva en su seno a mellizos que se pelean. Desgraciadamente la mayor parte de las autoridades eclesiásticas pertenece al grupo que persevera tenazmente en el pasado y en sus formas de lenguaje. Deben sus puestos, su influencia y sus entradas financieras a estructuras eclesiásticas heredadas, y por tanto a aquel viejo mundo de representaciones. Sin embargo, el creyente que piensa con la modernidad no reconoce ya aquel pasado y puja por el cambio. Busca unas formas, un estilo, un lenguaje que correspondan a sus nuevas representaciones; tratando de fundamentar mejor y de formular más precisamente sus intuiciones. Todo esto espanta al conservador, que no puede ver en todo ello más que desviaciones condenables de la doctrina tradicional, inmutable en su opinión. Convencido de que él sí ha captado la verdad única y eterna en sus fórmulas, da la etiqueta de error, infidelidad y no creencia a todos los ensayos que se hacen para formular la misma fe de una manera más adecuada a los tiempos.

Por otra parte, los fieles que piensan con la modernidad, tampoco tendrían razón si esperaran que la renovación imprescindible de nuestro mundo de la fe venga exclusivamente, o en primer lugar, del mejoramiento y la adaptación del lenguaje, es decir, desde las estructuras, formas, tradiciones y usos eclesiásticos. Aunque estos fieles «modernos» tuvieran éxito en imponer algunas de las reformas que pretenden, como la reducción del centralismo romano, la democratización del autoritarismo eclesiástico, el acceso de la mujer al sacerdocio, el derecho a votar en la elección de obispos o la supresión del celibato obligatorio, por muy importantes y necesarias que estas reformas sean. Si el lenguaje tradicional ha dejado de ser útil, esto sucede no porque tenga errores o sea poco claro, sino porque encarna muy correcta y claramente representaciones hoy día superadas, que la modernidad ha depositado en el sumidero del pasado debido a la nueva visión que tiene el creyente sobre el mundo. Se hace necesario, pues, la renovación que debe experimentar el lenguaje eclesiástico. Porque una Iglesia que se presenta casi únicamente bajo una apariencia medieval, sin esta renovación, la Iglesia no tiene ningún futuro en el mundo moderno.

Despedirse del mundo de arriba

De la heteronomía a la autonomía

Hasta el siglo XVI, en todas las culturas del pasado incluyendo el occidente cristiano y aún hoy en la gran mayoría de los cristianos, se tiene la idea de que este mundo nuestro depende absolutamente de otro mundo, al que se lo piensa y representa de acuerdo al modelo nuestro. En la visión cristiana, esto significa que estaría gobernado por un Señor divino, lleno de poder, como era usual en la sociedad de antaño, con una corte de cortesanos y servidores, lo que en el modo cristiano se traduce por santos y ángeles. Este Señor Todopoderoso dicta leyes y prescripciones, vela por que éstas se cumplan con exactitud, amenaza, castiga y ocasionalmente perdona.

Espontáneamente se piensa que ese mundo está colocado «sobre» el nuestro, por eso se lo llama sobrenatural y también cielo. En ese mundo de arriba se sabe y conoce todo, hasta lo más recóndito. Cualquier conocimiento humano es inferior en comparación con aquél. Felizmente, de vez en cuando ese mundo nos comunica lo que él considera que es indispensable saber, y no podríamos descubrirlo por nosotros mismos.

La buena voluntad, al menos latente, de aquel mundo de arriba fundamenta, a la vez, la esperanza de que -mediante plegarias humildes y dones- lograremos conseguir una parte de las innumerables cosas que necesitamos y no podemos alcanzar con nuestras propias fuerzas. De ahí las súplicas y el cumplimiento de promesas, sacrificios y dones, como también otros intentos por captar el favor de los gobernantes, especialmente cuando se tiene temor de haber provocado su ira.

Este miedo es uno de los múltiples signos que revelan la representación que nos hacemos de Dios, como un poderoso, fácilmente irritable y siempre temible, de acuerdo con el modelo humano. Por otro lado, ese otro mundo promete felicidad eterna a quien haya hecho méritos mediante sus buenas obras –así es como lo imaginan cristianos y musulmanes-.

Heteronomía

Al revés del judaísmo y el islam, religiones que se remontan hasta Abraham, el cristianismo enseña que hace unos 2000 años, Jesús de Nazaret, revestido con poder y sabiduría divinos, Dios en forma humana, bajó de aquel otro mundo hasta nuestro planeta para volver al cielo después de su muerte y resurrección.

Antes de su Ascensión a los cielos, instaló un vicario al que hizo partícipe de su poder total. Este poder se ha ido traspasando de vicario en vicario. Cada uno de estos sucesores inviste a los diversos miembros de la jerarquía eclesiástica en sus grados descendentes, con lo cual estos jefes subordinados quedan habilitados en derecho para dar órdenes. Gracias a su vinculación con el Dios Hombre, cada uno de los vicarios de Jesucristo se mantiene en estrecho contacto con ese mundo de Dios que todo lo sabe. Esa es la garantía con que cuenta la jerarquía de la iglesia para conocer, mejor que el pueblo fiel, lo que es verdadero, lo que es falso y lo que exige ese mundo de arriba. Esto significa, que la jerarquía eclesiástica cuenta con una autoridad divina y, por tanto, infalible, de magisterio.

Este es un resumen muy simplificado, y por ello ligeramente deformado, de las representaciones cristianas tradicionales. En esta cosmovisión este nuestro mundo es completamente dependiente de aquel otro (heterónomo) que produce prescripciones para el nuestro. Sin embargo, la existencia de aquel otro mundo es un axioma, esto significa: un postulado que es tan imposible de probar como de contradecir. Un axioma puede parecer evidente, pero es y sigue siendo un punto de partida no obligatorio, que se elige libremente. Quien lo acepta, lo hace sólo porque le parece razonable y confiable. Lo mismo vale para la aceptación de la existencia del mundo paralelo. Pareciera ser que en el ser humano hay una inclinación espontánea a aceptar este axioma. Pues de lo contrario no se explica la naturalidad con que la humanidad ha pensado de esta forma durante milenios. Quien como cristiano prefiere seguir en este axioma se halla bien acompañado: todo el Antiguo y Nuevo Testamento, toda la herencia de los Padres de la iglesia, toda la escolástica, los concilios, incluyendo al Vaticano II, toda la liturgia, los dogmas y su elaboración teológica parten del axioma de los dos mundos paralelos. Jesús mismo y los «apóstoles y profetas» sobre los que se funda el credo cristiano han pensado de esta forma, en forma heterónoma.

De la autonomía a la modernidad

En el siglo XVI se comienza a percibir una fina grieta en la unanimidad con que se acepta este otro mundo. El desarrollo de las ciencias exactas iniciado en Europa en ese siglo, lleva a la convicción de que la naturaleza sigue sus propias leyes, que la regularidad de las mismas puede calcularse, que se pueden prever sus consecuencias y también tomar precauciones en previsión de ellas. Una vez que se conoció que el rayo era una descarga eléctrica gigantesca y se encontró el medio para resguardarse en el pararrayos y en la jaula de Faraday, los salmos penitenciales, el agua bendita y las ramas de palma terminaron de prestar sus servicios como protectores contra los rayos. Sin darse cuenta de ello, sus descubrimientos de las regularidades y leyes internas del cosmos excluían de hecho las intervenciones desde aquel otro mundo. Por ello, en el pensamiento científico no quedó ningún espacio libre donde cupiera la heteronomía.

La batuta que dirige la danza cósmica no es ultraterrena: el cosmos obedece a su propia (en griego: autós) melodía, sus propias leyes (en griego: nomos), es autónomo. Un nuevo axioma, opuesto al de la heteronomía, hacía su entrada y desplazaba poco a poco al antiguo.

El ser humano pertenece también al mundo. Incluso se lo puede llamar (provisionalmente) el más alto grado del desarrollo cósmico. Debe ser, pues, igualmente autónomo, y debe poder encontrar en sí mismo su propia norma ética. Al cantar en todos los tonos la grandeza y dignidad humana, el humanismo del siglo XV allanó el camino para esta segunda conclusión.

El nuevo axioma de la autonomía fue penetrando lentamente y casi siempre de manera inconsciente toda la cultura occidental, comenzó por la capa intelectual de más arriba, para luego alcanzar hasta grupos más amplios de población en los siglos XVIII y XIX. Signos de ello fueron el comienzo de la exitosa batalla contra la brujería y el demonismo del siglo XVII, la supresión de la tortura como medio procesal en el siglo XVIII, la primera declaración de los derechos humanos al fin de ese siglo, la lucha contra la esclavitud y la penetración incontenible de la idea democrática, llamada entonces liberalismo, que fuera condenada lamentablemente por una jerarquía eclesiástica teñida de autocracia. Se llamó modernidad al resultado de este gran oleaje echado a andar en la cultura occidental bajo el impulso del humanismo y de las ciencias. A él pertenece también la llamada posmodernidad, la cual no es una negación ni una supresión de la modernidad, sino más bien su autocrítica.

Todos somos más que contemporáneos y espectadores de esta modernidad (y posmodernidad): somos sus hijos, portadores y personificaciones. El rayo no fue el único fenómeno en el que la modernidad reconoció la acción de fuerzas intramundanas, hubo también otros hechos de naturaleza física y psíquica, que hasta ese momento se habían interpretado como intervenciones de poderes sobrenaturales, como las epidemias, terremotos, ataques epilépticos, sanaciones repentinas, estigmas, voces interiores, sueños, apariciones, visiones. Esto hizo que los denominados encuentros con aquel otro mundo se hicieran cada vez más escasos, hasta que finalmente dejaron de existir. Se desvanecía así la persuasión, hasta entonces no puesta en duda, de que el otro mundo superior intervenía y podía intervenir como quisiera, castigando y vengando o ayudando y sanando. Esto no significaba que se negara su existencia. Seguía existiendo, sólo que no se veían ya más signos o huellas de su eficacia. Pero de lo ineficaz a lo irreal no hay más que un paso. El mundo occidental dio este paso durante el siglo XIX y así comenzó a tañer a la «muerte de Dios» y al nacimiento del ateísmo moderno.

... y la crítica a la "religión" continúa en nuestros días

Quedarse en la letra de la Ley vs. Alinearse con el espíritu de esa Ley (perseguir el desarrollo del alma - aumentar el nivel de conciencia) // "Religión" vs. "Interioridad-espiritualidad"

Mario SABAN ( autor y filósofo argentino, de origen judío sefardí, estudioso del judaismo, experto en cábala): La imagen que tenemos hoy de Jesús de Nazaret está muy distorsionada. Ver a Jesús desde el judaísmo del siglo XXI es difícil, es un error. El judaísmo en el siglo XXI ve a Jesús como un cristiano. Ver a Jesús desde el cristianismo es un error porque Jesús era judío, com mentalidad judía. Por lo tanto, en la actualidad tenemos un grave problema. Ni la teología judía ni la teología cristiana ven a Jesús adecuadamente porque ya están involucrados, arrastran, 20 siglos de debate, 20 siglos de discusión sobre adherencias y capas superpuestas a su imagen.

Muchos judíos y cristianos creen que Jesús es cristiano. Muchos cristianos creen que Jesús creó el cristianismo. Jesús es un rabino judío, con una mentalidad judía, Jesús no solamente era judío, no solo era un rabi judío, sino que también tenía un componente muy grande de mística. Jesús fue un rabino. Jesús fue un judío. Jesús fue un místico. Jesús de Nazaret fue un rabino que se especializó en la proclamación del reino de Dios. Como verdadero judío que fue, no pensó en proclamar ningún reino de Dios a los "gentiles". Eso lo va a hacer Pablo luego y lo va a hacer de manera diferente. Hay muchas diferencias entre la teología de Pablo y la teología de Yeshua de Nazaret, porque Jesús en ningún momento dice: "Yo voy a morir por los pecados del mundo." Esto lo inventa Pablo. Dos teologías en torno a la imagen Jesús que se ha ido distorsionando a lo largo de 20 siglos.

Por lo tanto, para recuperar una imagen más objetiva de Jesús hay que limpiarse de las adherencias del judaísmo y limpiarse de las adherencias del cristianismo producidas a lo largo de estos 20 siglos para entrar a leer directamente lo que dice Yeshua de Nazaret. Hay que hacer un trabajo de limpieza teológica en cierto sentido para llegar a entender el judaísmo de Jesús. Podríamos decir, pues, que el cristiano actual es una persona que desciende teológicamente de las interpretaciones de los padres de la iglesia y las interpretaciones de Pablo sobre la figura de Jesús. Quiere decirse que el cristiano actual tiene como dos velos en la interpretación de la figura de Jesús: te sacas el velo de las interpretaciones de los padres de la iglesia, te sacas el velo de la interpretación de Pablo y llegas a Jesús. Y cuando llegas a Jesús te das cuenta que estás siguiendo a un judío, con mentalidad “judía”. El cristiano (para depurar sus crencias) tiene que sacarse a los padres de la iglesia y tiene que sacarse la interpretación de Pablo que difieren de la interpretación que hace Yeshua de Nazaret. Porque el objetivo de Yeshua no era la unión de los gentiles -algo ajeno a la mentalidad judía- (proyecto de Pablo), era la proclamación del reino de Dios a sus paisanos, el pueblo de Israel (proyecto de Jesús).

Hoy nos encontramos con que dentro de muchas "religiones" dominan las líneas más duras y por ese motivo la gente se cansa de las "religiones" y se va al mundo "espiritual" porque la gente está agotada de la hipocresía y las manipulaciones, distorsiones de la "religión" (entendida como doctrina, dogmática, ritual...).En esa intertretación "rigorista" de la religión, se está volviendo a la “ley”, a la letra de la ley (objetivo de las “religiones”) en contra del cultivo del alma, del aumento y desarrollo del nivel de conciencia (finalidad de la espiritualidad).

Y en el fondo hemos ido creando unas "religiones" que en realidad están contra el alma de las personas. Hoy las almas de las personas se están dando cuenta, por su grado de alfabetización, de estas manipulaciones. El siglo XXI va a ser el siglo donde las manipulaciones religiosas se van a terminar, porque la honestidad del alma ya es radical. La gente está agobiada de la mentira, de la hipocresía. La gente está harta de distorsiones y la estructura religiosa ha sido un componente muy grande de hipocresías.

Entonces, yo creo que pastores, rabinos y clérigos van a tener que revisarlo todo desde cero, porque se van a quedar sin trabajo. Yo les digo a los rabinos, a los pastores y a los clérigos y a los imanes también del Islam que se quedan sin trabajo en el siglo XXI, si no se dan cuenta de que las almas libres quieren buscar la conexión directa con Dios y eso es algo que no se va a poder parar, no se va a poder frenar. Porque la gente se dio cuenta, la gente 2.000 años después ya despertó, ya que la gente lee, despierta… Pero, por otra parte, cuando critican a Jesús que sus discípulos no se lavaron las manos, es como que los fariseos quieren mantener la "religión" al "acto exterior". Mientras Jesús seguía hablando del aumento de nivel de conciencia, no de la fórmula exterior. Claro, los fariseos venían con la idea de las fórmulas externas y él venía con el aumento de nivel de conciencia.

Es decir, para Yeshua de Nazaret, lo más importante es la felicidad del alma, el aumento de nivel de conciencia, que el alma esté en paz. Para los "religiosos" no importa que el alma esté en paz, que esté enferma, lo que importa es que observe exteriormente lo que tiene que observar según la ley formal. Y eso produce una tensión muy grande, porque al final el "místico" (y Yeshua era un místico) le habla al alma de la persona, a nivel individual. Mientras el "religioso" tiene una pretensión de control de la feligresía. El religioso lo que quiere es controlar. Estamos ante dos objetivos completamente diferentes. La persona que se encuentra en la "mística" apela al aumento de nivel de conciencia del alma. El trabajo es individual. La "religión" persigue un control social, la religión es una entidad política de control. Entonces se produce una tensión muy grande entre alguien que quiere financiar su comunidad, tener mecenas para su comunidad, tener feligreses para su comunidad y controlar lo que piensa su comunidad.

Yo no pretendo controlar a nadie porque pienso que cada uno es responsable de su camino. Mientras el "místico" propone el aumento de conciencia del alma y los "religiosos" tienen que imponer una serie de reglas a la comunidad y al imponer esa serie de reglas se vuelven directrices políticas dentro de su comunidad. Son, pues, dos enfoques muy distintos.

Fuente: Dr. Mario Javier SABÁN: Las enseñanzas del rabino Jesús de Nazaret. El Podcast Bíblico (youtube)

Ver también:

El llenguatge de les religions: la seva problemàtica

Religión, mensaje y lenguaje

En pos de una mejor comprensión del lenguaje bíblico



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