2005-15
10è ANIVERSARI

titol

De la buena vida a la vida buena (I)

Cómo distinguir la «buena vida» de la «vida buena»

La «vida buena» es la que no aspira al placer sino a la felicidad. Cuando se confunde la felicidad con el placer (la vida buena con la buena vida), se rebaja el horizonte de la plenitud anhelada.

  • Para entender mejor las diferencias existentes entre la «buena vida» y la «vida buena» es preciso referirse a términos como: «bien», «virtud» y «valor».
  • Como sostiene Aristóteles, el oficio propio del hombre consiste en ser «virtuoso».
  • La virtud no consiste, según Aristóteles, en el mero conocimiento del bien, sino en su ejercitación, en el ejercicio del bien. Un hombre es «virtuoso» cuando sabe a qué atenerse, cuando sabe lo que hace, cuando elige cada acto bueno como tal acto.
  • El protagonista de la educación –el que ha de adquirir y encarnar las virtudes a través de sus acciones– no es principalmente el educador sino el educando, con lo que la educación deviene, aunque no exclusivamente, en auto-educación.
Por Aquilino Polaino-Lorente

Resulta que la felicidad es cuestión de crecer en estatura personal, de ser dueño de uno mismo y de sus actos; el autocontrol y la libertad interna ejercen una capacidad humanizadora. Además, la felicidad es expansiva, cuanto más se comparte, más se dilata.

La «buena vida» como la «vida buena» remite, aunque de forma diversa, a la felicidad. Pero el modo en que una y otra remiten a la felicidad es muy distinto.

La buena vida como la vida buena remite, aunque de forma diversa, a la felicidad que es su referente. Pero el modo en que una y otra formas de vida remiten a la felicidad es muy distinto. De aquí la conveniencia de distinguirlas, de modo que se acierte en la elección por la que opte.

Se entiende aquí por «buena vida» una cierta satisfacción placentera proporcionada por el bienestar; la posesión de bienes materiales y la seguridad que éstos proporcionan; la ausencia de dolor, preocupaciones y sufrimientos; la abolición de cualquier riesgo en el horizonte vital; y, en general, el hecho de que los sentidos, apetitos y tendencias se encuentren saciados.

Las personas que anhelan la buena vida se refieren a ella con términos muy variados y un tanto vagos, como «pasarlo bien», «estar entretenidos», «no tener ninguna necesidad insatisfecha». Es decir, la persona que opta por la buena vida se conforma con lo transitoriamente placentero y las sensaciones y sentimientos que de ello puedan derivarse.

Sin embargo, la «buena vida» tiene una duración muy limitada, sea porque tras la satisfacción de un deseo, surge de inmediato otro nuevo que busca ser saciado (inquietud), o porque la satisfacción del deseo genera una cierta hartura (saciación).

De hecho, tenemos experiencia personal de que los deseos que surgen en el ser humano son ilimitados, mientras que los deseos satisfechos se pueden contar con los dedos de la mano y tal vez nos sobre alguno. En cualquier caso, optar por lo placentero de la buena vida es conformarse con las meras experiencias placenteras a nivel sensorial (hedonismo), algo que resulta insuficiente para la persona por cuanto su apertura al conocimiento y al querer permanece desatendida y, por tanto, frustrada.

Entender y entenderse a sí mismo

La felicidad es la principal motivación humana. Para que la persona sea plenamente dichosa no es suficiente con darse una buena vida.

La persona no se limita a sus sensaciones y sentimientos, quiere entender (y entenderse a sí misma), quiere querer y ser querida (y que ese amor no pueda extinguirse o llegue a desaparecer). Esto forma parte de la constitución originaria de su ser. Acaso por esto, para que la persona sea plenamente dichosa no es suficiente con darse una buena vida. Surge entonces la posibilidad de buscar la «vida buena», aquella en la que se puede dar alcance a esas irrenunciables aspiraciones.

La «vida buena» es la que no aspira al placer sino a la felicidad, la que no aspira al bienestar de apenas unos instantes sino a la felicidad que no tiene fin (eternidad), la que no aspira a lo que es contingente y lleva aparejado el temor a perderlo sino lo que no puede desaparecer (plenitud). La «vida buena» no está en el tener sino en el ser, se identifica así con la felicidad, el fin al que tienden las personas, y acaso por eso todas lo buscan.

En realidad, la «vida buena» es como el cañamazo sobre el que se teje la propia vida. La persona que opta por ella está siempre como anhelante y en camino (homo viator), porque sabe que la felicidad que persigue no es algo que se posea de una vez por todas y para siempre, mientras deambulamos en el camino de la vida.

La vida buena es consecuencia de buscar la felicidad. El hecho de que la conquista de la felicidad suponga un cierto esfuerzo, en nada obsta para que la felicidad buscada se refleje ya en la travesía de la vida. La felicidad es la principal motivación humana. La felicidad es lo que en verdad pone en marcha (motiva) el comportamiento humano hacia esa búsqueda. Una búsqueda más allá de todas las expectativas de la buena vida y por eso la vida buena abre el ser humano a la esperanza, a lo que la persona espera llegar a ser.

La felicidad es siempre un asunto que se sitúa en el «después», en el «todavía-no» de la vida presente. Cuando se confunde la felicidad con el placer (la vida buena con la buena vida), se rebaja el horizonte de la plenitud anhelada, y la persona finge una abaratada satisfacción vinculada a factores extrínsecos que quizás tenga pero que no son –ni pueden ser– constitutivos de la plenitud de su ser felicitario.

Sin esperanza no es posible el acceso a la felicidad. Pero la esperanza se afirma en la fe, en el tozudo asentimiento a la realidad personal y transpersonal en que se espera. La fe en un Dios personal es el asidero en el que se asienta la vida buena, porque sin ese amor correspondido no sería posible ni tendría sentido hacer tan largo camino.

Pero ese amor no sólo es singular sino además incondicionado, permanente, consistente, estable y fiel. Dios no se deja ganar en generosidad; ¡Dios es el mejor pagador! La persona es feliz porque con la vida buena que ha hecho de su vivir se «ha ganado» –en cierto modo «ha robado»– el amor inconmensurable, infinito, eterno, absoluto e irrepetible de Dios. Pero al mismo tiempo, se amará a sí misma como jamás se ha amado, sin errores que hacen sufrir y sin oscuridades tenebrosas y dubitativas, por la simple razón de que se amará en Dios, siguiendo la hechura de cómo Dios le ama. El amor en que consiste la felicidad humana no es pasivo sino activo (de la persona al Creador), y además pleno, es decir, la persona querrá a Dios como Dios desea ser querido por ella.

No puede entenderse la felicidad sin amor personal. Pero el amor en que consiste la felicidad humana, el amor que se alcanza mediante una vida buena es expansivo, comunicable y compartible con el resto de las personas. La plenitud de la felicidad reside también, aunque a otro nivel, en querer a cada persona en Dios y a Dios en cada persona. Se trata de querer a cada persona (por analogía y participación) tal y como Dios la quiere, según el modo en que Dios la quiere.

Ser capaz de ser feliz

Para entender mejor las diferencias existentes entre la buena vida y la vida buena es preciso considerar otros términos a los que aquellas hacen referencia: el bien, la virtud y el valor. El lenguaje es algo vivo y su uso parcialmente condicionado por las modas. El hecho de que hoy se hable tanto de motivación y valores, y se omita el concepto de bien y virtudes es, desde esta perspectiva, muy significativo. También se habla mucho del interés general mientras se silencia o se omite el concepto de bien común.

El bien ha sido sustituido por los valores mientras, al compás de esas transformaciones, se extraviaba el concepto de virtud. Más tarde, por vía del psicologismo, el valor devino en motivación, un concepto este último a mitad de camino entre el behaviorismo y las neurociencias, entre la conducta y la activación cerebral que pone en marcha a aquella.

Lo que quiere la persona es el bien, es decir, la felicidad. Pero el bien hay que conocerlo. Quien no sabe lo que es bueno, no sabrá conducirse a sí mismo por no distinguir entre lo que es bueno o malo.

Comencemos por el concepto de bien. Así como lo propio del entendimiento es la verdad, lo propio de la voluntad es el bien. Lo que quiere la persona es el bien, es decir, la felicidad. Si no existiera el bien no sería posible la ética. El bien es la condición de posibilidad de la ética. De una u otra forma, la felicidad remite siempre al bien. Por eso, habría que educar no tanto en los valores como en el bien.

Pero el bien hay que conocerlo. La ignorancia del bien impide y frustra su búsqueda. Quien no sabe lo que es bueno, no podrá saber qué hombre es o no bueno y, en consecuencia, no podrá confiar en él, ni imitar su conducta ni elegir los actos que conducen al bien. Es decir, no sabrá conducirse a sí mismo por no distinguir entre lo que es bueno o malo.

«Con todo, escribe Polo, el bien puede ser espléndido, sumamente atrayente, pero si se trata de un sistema libre –como es el hombre– siempre queda la posibilidad de que el sistema libre diga: ‘lo quiero, pero no completamente’; el bien es amable, pero una cosa es que sea amable, y otra que sea necesariamente amado; por tanto, el mismo sistema libre ha de tener la garantía de que su adhesión a él sea lo suficientemente firme: porque si no, no puede ser feliz, no por culpa del bien sino por arte suya, es decir, que no basta con que exista lo que al hombre le pueda hacer feliz, hace falta también que el hombre sea capaz de ser feliz y son dos consideraciones coherentes: una no basta, no es suficiente. Es preciso que el sistema libre sea capaz de alcanzar sin oscilaciones su estado de equilibrio supremo».1

En este mismo sentido, Macyntyre afirma que «estar educado de forma adecuada desde el punto de vista práctico, es haber aprendido a disfrutar haciendo y juzgando correctamente respecto de los bienes y habiendo aprendido a sufrir por defecto y error al respecto».2

Conocer y ejercitar el bien

La educación, como tarea formadora y perfectiva de la persona, se dirige a dos facultades: la inteligencia y la voluntad. La primera se atiende con la transmisión de conocimientos y de cultura; la segunda, con la formación moral, con la areté aristotélica (la virtud moral). Ambas son complementarias e indispensables y deben estar armónicamente entrelazadas.

La «virtud» es una disposición estable hacia el bien, un hábito que perfecciona al hombre para obrar el bien. El hombre bueno (spoudaios): el hombre llega a ser bueno realizando actos virtuosos.

La virtud no consiste, según Aristóteles, en el mero conocimiento del bien, sino en su ejercitación, en el ejercicio del bien. De hecho, la evidencia nos enseña que el hombre puede conocer muy bien la virtud y obrar en contra de ella. La virtud es una disposición estable hacia el bien, un hábito que perfecciona al hombre para obrar el bien.

La educación en las virtudes se encamina a hacer al hombre bueno. El hombre bueno (spoudaios) es el que hace bien la misma realización de su entera naturaleza. Pero entiéndase que no es que, primero, el hombre sea bueno y por eso se haga virtuoso, sino que realizando actos virtuosos es como el hombre llega a ser bueno. La virtud hace bueno a su poseedor y buena a su obra.3

O, más sencillamente, el bien se hace, y al hacerlo, el hombre se hace bueno. Por consiguiente, «las virtudes –afirma Aristóteles– no se producen ni por naturaleza, ni contra la naturaleza, sino por tener el hombre aptitud natural para recibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre».4

Por eso Aristóteles afirma algo que es muy relevante para la educación: «lo que hay que hacer después de haber aprendido, lo aprendemos haciéndolo».5 Y aquí interviene la voluntad, que queriendo obrar sobre la propia naturaleza (que nos hizo aptos para adquirir una virtud determinada), precisa del hábito para desarrollar esta aptitud.

Esto demuestra que el protagonista de la educación –el que ha de adquirir y encarnar las virtudes a través de sus acciones– no es principalmente el educador sino el educando, con lo que la educación deviene, aunque no exclusivamente, en auto-educación.

Un hombre es virtuoso cuando sabe a qué atenerse, cuando sabe lo que hace, cuando, como consecuencia de la disposición macizada y permanente que en sí mismo ha dado origen (hábito), elige cada acto bueno como tal acto. Todo esto reobra sobre él y hace que consolide tal hábito, que, a causa de ello, deviene en algo más robusto, firme e inmutable. De aquí que, como sostiene Aristóteles, el oficio propio del hombre consista en ser virtuoso.6

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