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¿Contra nosotros? La conciencia de especie y el surgimiento de una nueva filosofía política

La mayor amenaza para el ser humano es el propio ser humano, dividiendo a la humanidad entre el Homo demens (el mono demente que destruye sus propias fuentes de vida) y el Homo sapiens (el que adquiere conciencia de especie para asegurar la supervivencia colectiva y planetaria).

Bajo la conciencia de especie ya no sólo se pertenece a una familia, a un linaje, a una comunidad, a una cultura, a una nación, o a una cofradía religiosa o política. Antes que todo se es parte de una especie biológica, dotada de una historia y necesitada de un futuro, y con una existencia ligada al resto de los seres vivos que integran el habitat planetario y, por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo.

Frente al individualismo y el narcisismo auspiciado por la civilización industrial, materialista y mercantilista, la conciencia de especie opone una visión que fomenta un cambio radical en los sistemas de valores y en los estilos de vida de los individuos, las familias y los conglomerados humanos.

Víctor M. Toledo
Centro de Investigaciones en Ecosistemas, Universidad Nacional Autónoma de México.

Resumen: La humanidad ha comenzado a percibirse como una especie que podría enfrentar la extinción, y si ese será o no nuestro futuro es una cuestión que será definida por los conscientes o los dementes. Se argumenta que la principal ilusión del ser humano es seguir creyendo que somos seres inteligentes, cuando en realidad hemos estado atentando contra nuestras propias fuentes de sobrevida. Y se pregunta: ¿No hay en realidad una brecha tajante y profunda entre el ser humano dotado de esta conciencia de especie y el que carece de ella? ¿No parece que se procrean en realidad dos especies dentro de un mismo gremio biológico? Postula el artículo como posibilidad optimista de futuro la conciencia de especie, una política que sea un "pacto por la vida" y una ética planetaria por la supervivencia.

Vamos a analizar varias ideas interesantes a partir de dos tesis o supuestos. Primero: la especie humana, o la humanidad si se prefiere, por vez primera se ha percatado que es una especie que puede morir, que puede desaparecer del escenario planetario, como lo han hecho miles de ellas en el pasado, en el largo devenir de la evolución orgánica. Ello se deriva del análisis realizado desde una perspectiva de largo aliento histórico, vista la sociedad y los seres humanos en la perspectiva de la historia natural. .

En segundo lugar, que el futuro de la humanidad será determinado cada vez más, no por los buenos y los malos, los ricos y los pobres, los capitalistas y los proletarios, o las izquierdas y las derechas, sino por los concientes y los dementes, por los que luchan por la supervivencia y los que con sus actitudes colaboran, implícita o explícitamente, para llevarnos al suicidio colectivo, a la debacle de especie. En suma, el futuro será decidido por los vivos y los muertos, o como diría Erich Fromm, por los que logran nacer y los que nunca lo hacen. Y esto significa un retorno a vislumbrar las fuerzas de la vida y de la muerte..

Las coordenadas

Han pasado dos millones de años desde que el planeta presenció el arribo de un nuevo primate, que los paleontólogos, sus descendientes lejanos, estudiaron, clasificaron y colocaron en el género Homo200,000 años desde que una nueva especie de homínido, nuestra especie, dotada de un cerebro significativamente mayor al de sus ancestros surgiera, no más de 100,000 años desde que ese mamífero casi totalmente desprovisto de pelo creara, mediante los sonidos producidos en su garganta, una forma de comunicación muy compleja, y solamente 10,000 años desde que esa misma especie lograra un salto espectacular: la manipulación de las evoluciones de otras especies para ponerlas a su servicio (domesticación de plantas y animales).

Fue esta nueva capacidad de comunicación, además de la habilidad para construir instrumentos, domesticar plantas y animales y organizarse colectivamente, lo que permitió a esta especie la expansión por todos los habitats del planeta. Los tiempos parecen muy lejanos, exagerados, casi eternos. Sin embargo, si nos atenemos a rasgos materiales como el tamaño del cerebro, la posición del cuerpo, el movimiento de la mano con el dedo pulgar operando como un singular mecanismo aprehensivo, y la capacidad estereoscópica de los ojos, los hombres y mujeres que hoy caminan desparpajadamente por Beijing, Nueva York, Berlín o Tokio o cualquier otro lugar del planeta, son biológicamente similares a los que cazaban y recolectaban alimentos en las ardientes y peligrosas sabanas de África, hace doscientos milenios. Somos en esencia los mismos primates, enfrentando fenómenos, estructuras, eventos y circunstancias nunca antes vistos, y a pesar de las aparentes diferencias nuestros genes son los mismos que los de un orangután.

Esta perspectiva de especie, nos permite ponderar innumerables fenómenos pasados y actuales y, especialmente, nos permite reconocer las interrelaciones entre la humanidad y su entorno planetario. Durante una pequeña fracción de ese lapso, el siglo XX, que es equivalente a tan sólo el 0.05%, la especie humana ha hecho crecer su población de manera explosiva, de 1500 millones de seres a 6 mil millones, y ha provocado impactos de tal envergadura, también modifica procesos ecológicos y bio-geo-químicos de carácter global. En efecto, durante el siglo XX la especie humana y, dentro de ella, sectores selectos de su población, han cuadruplicado sus números, multiplicado por nueve el uso del agua, por catorce su economía, por dieciséis el uso de la energía y por cuarenta el producto industrial .

En virtud de las evidencias anteriores, esta forma de primate se ha convertido en una anomalía, en una "patología natural": no sólo es la especie que más se ha reproducido en las últimas décadas, también es el único ser vivo que devora literalmente su casa, y la única especie animal cuyas poblaciones se aniquilan entre sí a una escala sin precedentes: entre 1900 y 1990, 26 grandes conflictos entre poblaciones de la especie mataron de manera violenta a alrededor de 33 millones de individuos.

¿Homo sapiens u Homo demens? That is the question

Incapaz de recordar, sonámbula por la carencia de memoria (pues ya sólo unos cuantos de sus miembros mantienen la capacidad de recordar), esta especie continúa reproduciéndose y utilizando los recursos que le ofrece el planeta a un ritmo desbocado. El gran problema es que estos mamíferos han alcanzado un estado general de demencia, una forma sofisticada y única de patología, jamás vista a lo largo de la casi eterna historia natural, basada en un mecanismo generalizado de auto-engaño. Estas criaturas que hoy proliferan por prácticamente cada rincón del tercer planeta del sistema solar, dominando con sus poblaciones buena parte del orbe, se vuelven ciegos cuando se miran al espejo. Su principal ilusión es el seguir creyendo que son seres inteligentes, cuando en realidad han estado atentando contra sus propias fuentes de abastecimiento, las condiciones que les permiten existir, la matriz de la cual surgieron y las formas de conocimiento que les permiten percatarse de lo anterior. Por consecuencia, trabajan inconscientemente contra su propia supervivencia.

No hay duda de que el cúmulo de evidencias mostrados llevadas a su profunda reflexión, internalizadas en un ser humano dotan al individuo, independientemente de sus circunstancias individuales o colectivas, actuales o históricas, de un estado inequívoco de lucidez. Quienes alcanzan a vislumbrar esta situación logran rescatar la dimensión más acabada del pensamiento crítico: ellos han adquirido una "conciencia de especie", una "ética planetaria", una "inteligencia global". Esta conciencia es fundamentalmente el reconocimiento de que la nuestra es también una especie mortal, una especie que dependiendo de las acciones actuales presentes y futuras puede llegar a desaparecer, y que por lo mismo se ha vuelto una especie amenazada de extinción.

Lo anterior nos obliga a plantearnos las siguientes preguntas: ¿No hay en realidad una brecha tajante y profunda entre el ser humano dotado de esta conciencia de especie y el que carece de ella? ¿No parece que se procrean en realidad dos especies (sociales, culturales, ontológicas) dentro de un mismo gremio biológico? ¿No estamos por lo tanto frente a dos miembros radicalmente distintos de una misma especie biológica? En suma, ¿no estamos reconociendo a dos especies diferentes, el "mono demente" (Homo demens) y el "mono pensante" {Homo sapiens), de cuya conflictividad y su resolución dependerá el futuro de la humanidad, el resto de los seres vivos y el planeta entero?

La conciencia de especie

"Para vivir como humanos -afirma Leonardo Boff (2001:25), los hombres y las mujeres necesitan establecer ciertos consensos, coordinar ciertas acciones, refrenar ciertas prácticas y construir expectativas y proyectos colectivos. Se necesita un punto de referencia para la totalidad de los seres humanos, habitantes del mismo planeta, que ahora se descubren como especie, interdependientes, habitantes de una misma casa y con un destino común". Desde nuestra perspectiva, ese marco de referencia proviene de lo que hemos denominado la "conciencia de especie" (Toledo, 1992; 2003), un rasgo que aparece de manera recurrente en los militantes de los nuevos movimientos sociales.

Bajo la conciencia de especie ya no sólo se pertenece a una familia, a un linaje, a una comunidad, a una cultura, a una nación, o a una cofradía religiosa o política. Antes que todo se es parte de una especie biológica, dotada de una historia y necesitada de un futuro, y con una existencia ligada al resto de los seres vivos que integran el habitat planetario y, por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo. Esta conciencia la adquiere el ser humano mediante un acto de socialización, es decir no es producto de una iluminación individual, sino que se deriva de su participación en un proceso colectivo de reflexión y autocrítica que es tanto social como epistemológico.

La conciencia de especie otorga a los seres humanos una nueva percepción del espacio (topoconciencia) y del tiempo (cronoconciencia), que trasciende la estrechísima visión a la que le condena el individualismo, racionalismo y pragmatismo del Homo economicus, ese que fomenta la civilización industrial. En efecto, en el mundo moderno, los seres humanos tienden a volverse actores racionalistas, individualistas y maximizadores de ganancias , y por consecuencia, a construir una ideología individual y colectiva basada en esa racionalidad. Estos valores, que constituyen los fundamentos ideológicos de las economías de mercado, son totalmente perversos en una perspectiva social. Esta visión está marcada por lo instantáneo de las mercancías convertidas ya en el fin supremo de la actividad humana, en un mundo que tiende a mercantilizar hasta el último rincón de la vida social, y en donde el propio ser humano termina convertido en mercancía.

La topoconciencia

La topoconciencia permite al individuo incorporarse, es decir, tomar conciencia de su propio cuerpo y de su ubicación en el espacio. La ausencia de este reconocerse como entidad biológica es la causa principal de las ideologías. La somatización de la vida humana es uno de los componentes de los individuos que han adquirido ya una conciencia de especie. A diferencia de las épocas premodernas, hoy la información proveniente de los avances científicos y tecnológicos contemporáneos brindan al individuo la oportunidad de construir una visión integral por las diferentes escalas del espacio, del propio cuerpo al cuerpo del planeta, la casa o el hogar, la comunidad, barrio, región, municipio, nación.

La topoconciencia dota al ser humano de una visión integral del espacio, desde su propio cuerpo hasta la dimensión planetaria, y le permite recorrer las diferentes escalas reconociendo la existencia de diferentes procesos y su conexión entre ellos. Todo lo que existe se encuentra por lo tanto interconectado, y cada acción de diferente escala incide en las acciones de las otras escalas y viceversa. Lo local no está por lo tanto aislado de lo global, de la misma manera que lo (bio-) regional afecta lo individual y viceversa. Ello le permite comprender muchos fenómenos que hoy son propios de un mundo globalizado. Entre estos se encuentran la creciente articulación e interacción de los procesos naturales y los sociales, o la estrecha interdependencia de los seres humanos con el resto de los seres vivos.

La cronoconciencia

La modernidad conforma una época donde los individuos tienden a ser mutilados en su capacidad para percibir el tiempo como proceso histórico. Lo "instantáneo" reemplaza a la historia. La conciencia de especie implica también la recuperación de la visión evolutiva. Ello le permite ubicarse como parte de los distintos procesos históricos. Se comienza por recordar la propia historia individual, su rol como parte de una familia, sus relaciones más cercanas con parientes y amistades. De ahí se extiende hacia la historia de su colectividad más próxima: su barrio, su comunidad, su comarca, su región, hasta llegar a la historia de su país. Se pasa después a la historia de la especie humana, con una dimensión de unos 200,000 años, a la historia de la Tierra (5 mil millones de años) y a la historia del universo (15 mil millones de años).

Esta conciencia integral del tiempo, es decir del pasado, le permite relativizar los fenómenos del presente incluyendo su propia actuación o comportamiento. Ello le dota de una conciencia de los ritmos de los diferentes procesos y de la importancia relativa del presente. La comprensión de los fenómenos de cambio en sus diferentes escalas lo induce, en fin, a construir el futuro desde una perspectiva que ubica lo individual, lo familiar y lo humano en el torrente de la evolución biológica, geológica y finalmente cósmica.

Una ética planetaria y por la supervivencia

La conciencia de especie no solo permite recobrar una percepción original del ser humano, hoy casi olvidada o suprimida en la realidad industrial: la de su pertenencia (y por consiguiente su identificación) con el mundo de la naturaleza. También lo conduce a restablecer un comportamiento solidario con sus semejantes vivientes (humanos y no humanos) y no vivos y a edificar una ética de la supervivencia basada en la cooperación, la comunicación y la comprensión de una realidad compleja.

Frente al individualismo y el narcisismo auspiciado por la civilización industrial, materialista y mercantilista, basada en una comprensión simplista del mundo, la conciencia de especie opone una visión que fomenta un cambio radical en los sistemas de valores y en los estilos de vida de los individuos, las familias y los conglomerados humanos. Se trata entonces de trascender los esquemas individualistas basados en la satisfacción egoísta y el consumismo de lo material.

La conciencia de especie auspicia un cambio en las actitudes del individuo en por lo menos tres planos o dimensiones: el ético, el político y el espiritual. En el plano de la ética, alcanzar un comportamiento solidario. Se tiene conciencia de que de seguir las actuales tendencias, la sociedad humana terminará autodestruyéndose. Frente al impulso suicida, este estado de conciencia provoca una reacción vital en el individuo que lo impulsa a participar en iniciativas colectivas. Y en ello la tolerancia y el respeto a lo diferente adquieren un valor supremo. Surgen entonces nuevos valores como la diversidad, la inter-culturalidad y, por supuesto, la tolerancia a las ideas diferentes que es la base de la democracia. Lo diferente deja de ser un problema para volverse una fuente de enriquecimiento recíproco. Finalmente, su nueva percepción del espacio y del tiempo lo dota de un nuevo "instinto" por las cosas profundas de la vida, remitiéndolo a una dimensión de espiritualidad de religiosidad laica.

Hacia una nueva filosofía política

Anestesiados por las circunstancias más diversas, atrapados en los circunloquios de las ideologías, las religiones, las normas, las fobias, las manías, el consumo o las necesidades, la mayoría de los miembros de la especie humana vive obnubilada. Mientras tanto, una minoría levanta su conciencia crítica contra los detentadores del poder, contra los conductores del suicidio.

Hoy, todas o casi todas las ideologías, las religiones, los mercados, las innovaciones tecnológicas y los conocimientos científicos, en tanto ignoran, soslayan o minimizan el riesgo global, orientan y suman sus acciones y efectos en sentido negativo. Son como francotiradores apuntando y disparando contra nosotros, contra el ser humano visualizado como especie. Una especie, para cuyos miembros más lúcidos, es ya una especie mortal, porque ha adquirido la conciencia de que puede desaparecer.

Vivimos ya tiempos de emergencia planetaria sin que se hayan logrado desactivar o al menos desacelerar los principales procesos e inercias de deterioro global. Lo que hace dos décadas eran dudosas predicciones, vaticinios lejanos o adelantos poco creíbles, hoy comienzan a aparecer como escenarios posibles de ser vividos y padecidos por la generación de nuestros hijos, por ejemplo, el calentamiento de la Tierra. Hoy además se confirman procesos como el derretimiento cada vez más acelerado de los glaciares o la extinción de las abejas lo cual también repercutirá sobre la producción de alimentos.

El futuro cercano turba ya los sueños de los habitantes más concientes del planeta, de las mentes más lúcidas, y al mismo tiempo obliga a realizar un replanteamiento de una profundidad y una radicalidad inesperadas. Todos los "ismos", no importa que sean religiosos, políticos, ideológicos o morales, son hoy inservibles para operar como referentes frente a la tremenda crisis de supervivencia a la que son conducidos la especie humana y el planeta. En conjunto, las creencias que guían a los millones de "monos desnudos" funcionan como anestésicos que oscurecen o desaparecen la necesidad de construir y asumir una ética por la supervivencia de la especie y su entorno y su correspondiente política para la acción.

De la conciencia de especie parece entonces surgir una nueva filosofía política, una política por la vida y por la supervivencia, fundada en el anclaje somático, en la fraternidad y la solidaridad (E. Fromm), en el respeto a los ritmos de los procesos naturales y cósmicos (Lao Tse), en la ética laica (U. Eco), una teoría y una praxis dirigida a un fin supremo: la supervivencia de la humanidad y su planeta.

Hoy la política se ha vuelto más, no menos, urgente. Sólo una discusión, profunda, intensa y descarnada, permitirá remontar las mil trampas que existen en el camino hacia una verdadera toma de conciencia de la situación que se vive y de la que se avecina. Sólo un nuevo enfoque en la política podrá cambiar las inercias suicidas. Pero sobretodo, son los ciudadanos, los movimientos sociales los que tienen la responsabilidad de encontrar los caminos del empoderamiento social, del poder en sus versiones familiar, local y comunitario.

Sólo planteamientos esclarecedores y propuestas diáfanas, permitirán la consolidación de los movimientos sociales y políticos en defensa de la naturaleza y por la dignidad humana. Esta es la gran tarea y el compromiso central de quienes se dedican a pensar críticamente desde la profundidad que otorga la matriz de la especie. Diseñando una política que sea un "pacto por la vida, un contrato bio-céntri-co". Y en esta nueva perspectiva, "este nuevo pacto social por la vida no será sino la explicación institucional de una nueva cultura. El pacto que funda una nueva era política: la era de la bio-política. A la propiedad le sustituirá la vida. El contrato propietario será relevado por el contrato vital. El sujeto de este pacto ya no será el sujeto propietario, sino el ser vivo".

Para leer el artículo completo:
https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-65682009000100013


Ver también:

Hacia una mayor consciencia global

Manifiesto sobre la consciencia planetaria

La Carta de la Tierra

Ecología integral: Habitar la Tierra

Escuchar la voz de la creación

Secció: ECOLOGIA INTEGRAL


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