2005-15
10è ANIVERSARI

titol

II. Evolución de la izquierda: del socialismo al sesentayochismo

La izquierda política, que fracasó a lo largo del siglo XX en sus aspiraciones clásicas, está experimentando en el XXI una mutación decisiva que la lleva a sustituir la revolución socio-económica por la revolución sexual, familiar y moral (la mutación setentaochista).

Denominamos“sesentayochismo” al magma ideológico liberacionista y freudomarxista caracterizado por la ideología de género, permisividad sexual, aborto libre, cuestionamiento de la “familia tradicional”, hostilidad al cristianismo, “buenismo”, multiculturalismo, “asimétrico”, ecologismo “profundo”, anti-industrial y antihumanista…

Francisco J. CONTRERAS,
Catedrático de Filosofía del Derecho Universidad de Sevilla

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La “guerra civil occidental” se ve agudizada y condicionada por un factor que es esencial señalar: la izquierda política, que fracasó a lo largo del siglo XX en sus aspiraciones clásicas (socialización de los medios de producción, sustitución del capitalismo por el socialismo), está experimentando en el XXI una mutación decisiva que la lleva a sustituir la revolución socio- económica por la revolución sexual, familiar y moral. Las diferencias entre derecha e izquierda –en lo que se refiere al modo de producción- han llegado a ser superficiales: la derecha confía algo más en el mercado y la libre empresa, la izquierda defiende una mayor intervención estatal; pero la izquierda ha dejado de cuestionar el marco capitalista global, y las diferencias prácticas entre la gestión económica de un partido de derechas y uno de izquierdas son a veces apenas discernibles (la derecha tiende a bajar los impuestos, lo cual suele reactivar el crecimiento y crear puestos de trabajo, en tanto que la izquierda tiende a incrementar el gasto público y la presión fiscal, lo cual suele ralentizar el crecimiento y generar desempleo: pero todo, digamos, “dentro de un orden”).

Privada, pues, de su proyecto clásico, la izquierda ha tenido que buscar uno nuevo, y lo ha encontrado en el magma ideológico liberacionista y freudomarxista al que propongo llamar sesentayochismo: ideología de género, permisividad sexual, aborto libre, cuestionamiento de la “familia tradicional”, hostilidad al cristianismo, pacifismo radical (“buenismo”), multiculturalismo “asimétrico” (es decir, idealización sistemática de las culturas no occidentales y denigración de la occidental), ecologismo “profundo” (deep ecology), anti-industrial y antihumanista …

“La contracultura [sesentayochista] ha sustituido casi totalmente al socialismo como base del  pensamiento político radical. […] Se  ha  convertido  en  una  ideología  total […] cuyo enemigo es más la estructura mental [tradicional] que la estructura económica” (Jesús Trillo).. Robert P. George, por su parte, distingue dos elementos en la izquierda actual: la componente social-demócrata clásica [Rooseveltian strand] (Estado asistencial-redistributivo: sanidad y educación públicas, intervencionismo económico, etc.) y la componente  sesentayochista [personal  liberationist  strand]… cuya  importancia  tiende  a crecer: “Lo que distingue al liberacionismo personal es su rechazo de las normas morales tradicionales relativas a la anticoncepción, el aborto, el divorcio, la pornografía, el suicidio asistido y, en algunos casos, la prostitución y el uso de drogas. Además, se oponen a las leyes que exigen autorización paterna –o, al menos, notificación a los padres- de los abortos realizados a menores de edad […]. Defiendenuna educación sexual “libre de valores” en las escuelas, así como la distribución en ellas de píldoras anticonceptivas, preservativos, etc., de nuevo sin autorización o notificación paterna. En los últimos tiempos, han hecho bandera del reconocimiento legal de los“matrimonios” entre personas del mismo sexo”.

Interesa poner de manifiesto la miopía de la derecha política –al menos, en España- frente a esta evidente mutación sesentayochista de la izquierda. Los partidos de derecha insisten en calificar de “cortinas de humo” (lanzadas por la izquierda para distraer la atención de “lo que realmente  importa”)  medidas  como  la  legalización  del  matrimonio  gay,  la  ampliación  del aborto, la implantación de la Educación para la Ciudadanía o los crecientes ataques dialécticos a la Iglesia. La derecha política sigue operando con el viejo paradigma: el del siglo XX, cuando las diferencias entre  derecha e izquierda guardaban relación sobre todo con la forma de organizar  el  sistema  productivo.  La  derecha  no  ha  entendido  todavía  que  el  centro  de gravedad de la pugna ideológica ya no pasa por la economía sino por la cultura: las diferencias y relaciones hombre-mujer, los “derechos reproductivos”, el modelo de familia, el principio y el fin de la vida, el papel social de la religiónNo lo ha entendido … o simula no entenderlo para no tener que tomar postura (para no tener que desarrollar un corpus teórico sistemático que incluya posiciones propias y claras en todos esos temas).

Juan Carlos Girauta critica “su tendencia [la de la derecha española], que en muchas ocasiones parece invencible, a dejarse arrastrar al espacio simbólico del adversario, aceptando tontamente las trampas de un sistema de conceptos trucados y de sobreentendidos en el que sólo pueden perder. Con el que sólo pueden coexistir con la cabeza gacha”. En un sentido similar,  Juan  Manuel  de  Prada:  “La  derecha  [española]  es  camastrona  y  posibilista;  ha aceptado servilmente que debe desenvolverse en un medio adverso en el que las reglas del juego, los paradigmas culturales y en definitiva la visión del mundo los determina la izquierda […]”. “Tal vez así se puedan ganar unas elecciones de vez en cuando; pero mientras la derecha no presente una alternativa cultural en toda regla que disuelva la roña progre acumulada, tendrá que seguir batallando en territorio adverso. Y esa alternativa sólo la podrá presentar cuando se sacuda el complejito y se atreva a atacar desde los cimientos el canon cultural establecido desde la izquierda”.

En la medida en que la izquierda se sesentayochiza cada vez más, cabría hablar de un triunfo póstumo de los profetas de 1968: Wilhelm Reich, Herbert Marcuse, Alfred Kinsey… El caso de Reich es especialmente ilustrativo; fue el gran teórico de la revolución sexual: sostuvo que la represión sexual era el mecanismo esencial sobre el que asentaba el orden burgués; abogó por la superación de los tabúes e inhibiciones sexuales como táctica revolucionaria por excelencia: una sociedad sexualmente liberada sería también, inevitablemente, una sociedad libre de la dominación de clase. La liberación libidinal requería, desde luego, la abolición de la familia (estructura represiva por antonomasia, inculcadora del “carácter autoritario”), el aborto libre (esencial para que la mujer pudiera disfrutar de su sexualidad sin miedo a embarazos indeseados), etc.

Además de reichiano-“orgásmica”, la postizquierda del siglo XXI se revela también cada vez más gramsciana: Antonio Gramsci, en efecto, teorizó ya en los años 30 la necesidad de que la izquierda conquistase la hegemonía cultural (“guerra de posición”) antes de intentar el asalto al Estado y a las relaciones de producción (“guerra de maniobra”); la revolución de las costumbres, de las creencias, de los códigos morales, debía preceder y facilitar a la revolución político-económica. Dicha tarea incumbía a los “intelectuales orgánicos” de la izquierda, que debían trabajar coordinadamente para ganarse el imaginario social, sustituyendo la visión del mundo tradicional por la marxista. El rival natural de los intelectuales orgánicos gramscianos era –asegura el propio autor de los Cuadernos de la cárcel- … la Iglesia. La izquierda debe centrarse especialmente en combatir las creencias religiosas.

Ahora  bien,  tanto  Reich  como  Gramsci  fueron  figuras  de  segundo  orden  en  la  izquierda clásica; especialmente Reich consiguió escandalizar a los propios socialistas y comunistas: fue sucesivamente expulsado de la URSS (1929), del Partido Social-Demócrata Alemán (1930) y del Partido Comunista Alemán (1934) … ¡bajo la acusación de “pretender convertir el partido en un burdel”!). El hecho de que esta reacción nos sorprenda actualmente (¿cabría imaginar hoy que alguien fuera expulsado de un partido de izquierdas por defender posiciones demasiado avanzadas de moral sexual?) demuestra hasta qué punto difiere la postizquierda sesentayochista de la izquierda socialista clásica.

Resulta interesante constatar la divergencia de las trayectorias teóricas y morales de dos intelectuales neomarxistas –Herbert Marcuse y Max Horkheimer- compañeros de la Escuela de Francfort. Mientras Marcuse se convertía en uno de los profetas de la contracultura sesentayochista, Horkheimer, en una evolución postrera muy interesante, se abría en los últimos años de su vida a una teología cauta y minimalista y, en relación al tema que aquí tratamos, se pronunciaba inequívocamente en contra de la revolución sexual, advirtiendo que conllevaría el fin del amor erótico: “El amor hunde sus raíces en el anhelo, el anhelo de la persona amada. […] Si se elimina el tabú de lo sexual, cae la barrera que produce constantemente  el  anhelo;  a  partir  de  ahí,  el  amor  pierde  su  base.  […]  La  píldora anticonceptiva convierte a Romeo y Julieta en una pieza de museo. Déjenmelo decir de una forma drástica: hoy Julieta diría a su amado Romeo que la dejara ir rápidamente a por la píldora, y que enseguida volvería a él”.

En Reich, en Marcuse, en Gramsci, el ataque a la moral tradicional aún aparecía como un medio al servicio del fin supremo de la revolución socialista (así, en aquella famosa pintada de Mayo del 68: “¡cuánto más hago el amor, más ganas tengo de hacer la revolución!; ¡cuánto más   hago   la   revolución,  más  ganas  tengo   de  hacer  el  amor!”).

En  la  izquierda postmoderna,  que  ya  no  cree en  la  revolución  socialista,  la  subversión  de  la moral  y  las costumbres tradicionales (sobre todo, en el terreno sexual y familiar) ha pasado a convertirse en un fin en sí mismo, el único fin que presta sentido a la izquierda, el nuevo frente al que ésta ha transferido su tradicional impulso transformador.

En 1968 todavía estaba vivo el “gran relato” marxista (al menos, en las universidades, en las librerías y en los tanques del Pacto de Varsovia), y cabía intentar convencerse de que el sexo era un arma subversiva y de que, “al hacer el amor, se hace la revolución”. Pero transcurrieron los años, la década de los 70 mostró la insostenibilidad del modelo socialdemócrata de postguerra  (amplio  sector  público,  nacionalizaciones,  estatalización  de  la  sanidad  y  la enseñanza …): la izquierda moderada se quedó sin referencia socio-económica (la “era de Friedman” sucedió a la “era de Keynes”). En los 80 se hunden los regímenes del bloque soviético: ahora es la izquierda radical la que se queda sin modelo socio-económico. A partir de los 90, por tanto, están puestas las condiciones para la definitiva sesentayochización de la izquierda;  la  izquierda  ya  no  necesita  recurrir  a  excusas  anticapitalistas  para  defender  la libertad sexual irrestricta; ésta pasa a convertirse, más bien, en lo esencial, la verdadera meta, el valor supremo.

El “mundo feliz” panlibidinal es la nueva utopía de la izquierda, como agudamente ha indicado Eugenia Rocella: “Una y verdadera y propia utopía, porque se basa en la idea de que los seres humanos pueden encontrar la felicidad en la realización de los propios deseos sexuales, sin límites morales, biológicos, sociales o relacionales ligados a la procreación.

Una utopía que tiene sus raíces en la revolución sexual occidental de los años 60, y que sin embargo sigue indiscutida, aunque no parece haber cumplido sus promesas”. Janne Haaland-Matlary, por su parte, ha protestado también contra la pansexualización: “Esta época está “sexualizada” hasta tal punto que se priva a los niños de la inocencia introduciéndoles demasiado pronto en la sexualidad, y los adultos son casi “anormales” si siguen casados con la misma persona durante toda la vida […]”.

La aceptabilidad moral de cualesquiera relaciones sexuales entre adultos libremente consintientes (y el umbral de la “edad del consentimiento” tiende a rebajarse constantemente: la reforma del Código Penal la dejó en 1995 en los 13 años, para el caso español) es la verdadera piedra angular, el dogma intocable del nuevo progresismo: ¡sea anatema cualquier objeción contra él!. Casi todas las reivindicaciones características de la nueva izquierda sesentayochista son  relacionables  lógicamente  con las  exigencias  de la  libertad  sexual.  Es evidente en el caso del aborto: no es casual que el movimiento pro-aborto cobre fuerza en todo Occidente en los 70, en la estela de la revolución sexual de los 60. Una sociedad sexualmente liberada necesita inexcusablemente el aborto libre como red de seguridad contraceptiva, para el caso de que fallen los anticonceptivos, o a uno se le olvide utilizarlos (en  España,  han  llegado  a  reconocerlo  explícitamente  altos  dirigentes  socialistas).  Lo mismo cabe decir de  los “nuevos modelos de familia”: la normalización de las relaciones homosexuales  supone  la  extensión  de  la  libertad  sexual  a  un  sector  de  población  hasta entonces excluida de ella; las familias monoparentales, recompuestas, etc., son en realidad fragmentos de familias “tradicionales” … rotas la mayoría de las veces por un deseo de mayor libertad sexual (o un uso adúltero de la misma) por parte de alguno de los cónyuges; las parejas de hecho (reconocidas y promovidas por la izquierda sesentayochista) representan, en definitiva, la posibilidad de disfrutar del sexo sin atarse mediante compromisos vitalicios … Incluso la hostilidad manifiesta hacia el catolicismo resulta explicable –en mi opinión- desde esa perspectiva: la Iglesia exaspera a la izquierda sesentayochista porque se niega a reconocer la licitud moral de las relaciones sexuales no matrimoniales (y, a fortiori, sus consecuencias lógicas: aborto, reconocimiento legal de la cohabitación extraconyugal o de las parejas homosexuales, etc.). La virulencia de la reacción progresista a las palabras del Papa sobre el preservativo en África cobra sentido bajo esa luz: las declaraciones del Papa (no se puede vencer al SIDA sólo a base de profilácticos) se corresponden exactamente con lo testimoniado por los hechos (los países africanos que siguen apostando por “preservativos sólo” ven crecer la pandemia; los Estados [especialmente Uganda] que han puesto en práctica campañas de educación pública pro-castidad y pro-fidelidad, han conseguido reducir fuertemente su incidencia). Nuestros progresistas no reaccionan tan violentamente contra el Papa porque piensen que desconoce los hechos … sino, al contrario, porque saben que los hechos le dan la razón. Pero resultan ser hechos inaceptables para la mentalidad sesentayochista: hechos que ponen en cuestión el dogma de la libertad sexual ilimitada, que está en el centro de su visión del mundo.

René Rémond explica cómo, en un debate televisivo en el que el obispo auxiliar de París se sometía a preguntas de los jóvenes, éstas resultaron referirse en su totalidad a cuestiones como la licitud del preservativo o de las relaciones prematrimoniales. Rémond lamenta este empobrecimiento del debate, esta focalización obsesiva sobre asuntos de moral sexual (él esperaba preguntas sobre el sentido de la vida, la existencia de Dios, la veracidad de la Revelación…). En otro tiempo, las polémicas de la Iglesia con la cultura increyente –por ejemplo, con los Harnack, Strauss o Renan durante el siglo XIX- versaron sobre cuestiones mucho más centrales: la credibilidad histórica del relato evangélico, la admisibilidad del concepto mismo de Dios, el problema de la teodicea … Pero esta trivialización del debate (que ya no trata sobre lo esencial de la fe [la teología, la cristología, la exégesis bíblica, etc.], sino sobre lo periférico [la moral sexual]) revela, precisamente, el extravío de una sociedad sexo-céntrica, en la que se atribuye al placer erótico una importancia desmesurada. Nulla salus nisi coitus.

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CRISTIANISMO, RAZÓN PÚBLICA Y “GUERRA CULTURAL”
Francisco J. Contreras
Catedrático de Filosofía del Derecho Universidad de Sevilla
(Texto reproducido de Investigalog:
http://www.investigalog.com/otros/cristianismo-razon-publica-y-guerra-cultural/

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