2005-15
10è ANIVERSARI

titol

El «oficio de vivir» (II)

Pensar para vivir.

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La vida del ser humano es contingencia, limitación, finitud... Parece que en la vida humana es demasiado frecuente la insatisfacción, la frustración, el estancamiento, el sufrimiento inútil, la sensación de falta de autorrealización, la inautenticidad... Aunque a menudo en la práctica caminamos a ciegas sin saber verdaderamente dónde está el norte... Sin embargo, en el fondo aspiramos y tenemos sed de plenitud, de absoluto.

Nuestra naturaleza psíquica nos impulsa a intentar vivir en plenitud la propia existencia, a la búsqueda de la autorrealización y la felicidad. Pero, ¿cuál es el camino a seguir para llegar a la felicidad y a esa plenitud? Saber hacia dónde ir... esa es la cuestión que se ha planteado desde siempre el ser humano... Un camino: reflexionar y pensar, para vivir y actuar en coherencia...

Hemos gestado un mundo donde se vive mejor, en el que rigen las leyes de la apariencia, el éxito y el poder. Pero en el que mucha de su problemática tiene que ver con un déficit de horizontes de sentido.

Pensando en cómo vivir: «filosofía» una forma de vivir, no una simple manera de discurrir.

Hacia la «sabiduría» a través de la reflexión

Ya se trate de pensar, de emocionarse, de gobernar o de morir en paz, para los antiguos la tarea es la misma, aprender «el oficio de vivir».

El mundo antiguo está como imantado por la idea de la «sabiduría». Todo, al fin y al cabo, está orientado, por no decir subordinado, a este fin: alcanzar la sabiduría: su finalidad suprema es llegar a cambiar la vida a través del pensamiento.

Se trata, ante todo, de transformarse, de metamorfosear la propia forma de vivir a través de un trabajo largo y constante sobre uno mismo.

La filosofía antigua es, efectivamente, una «terapia del alma», un trabajo tanto afec­tivo como intelectual que tiene como objetivo despojarse de la angustia, de las pasiones, de todo lo ilusorio y lo insensato.

¿La actitud «filosóficca», algo inútil?

A algunos puede parecerles que a vivir se nace aprendido, que de natural uno ya nace aprendido. Y sí, ciertamente en algunos aspectos nacemos con una especie de pre-programación que espontáneamente vamos desplegando a lo largo de nuestro desarrollo. En otros aspectos, sin embargo, nacemos débiles e indefensos, como faltos de pautas de conducta, como inacabados. Es sobretodo en nuestros primeros años de vida que necesitamos de los demás para desarrollarnos. Muchos padres preocupados por el futuro de sus hijos animan, alientan y orientan a sus vástagos para conseguir una buena formación que les permita ganarse la vida y poder alcanzar una posición holgada en el seno de la sociedad. Desde cierta concepción de la vida, muchos pueden pensar que lo que de verdad importante en la vida es “currar” y que actividades ociosas que a algunos les pueden parecer poco productivas, actividades como el pensar, el reflexionar, el razonar, nada productivo ni provechoso pueden aportar.  Es más bien cuestión de “a vivir que son dos días”, piensan algunos. ¿Qué papel juegan actividades “ociosas”, aparentemente inútiles, como pensar, reflexionar, razonar, autoconocerse, contemplar o meditar en nuestra vida? ¿qué pueden aportar actividades de este tipo al aprendizaje de ese laborioso oficio que es el «vivir»? Una de esas actividades aparentemente inútil por improductiva es la actividad «filosófica». La filosofía enseña a pensar, se nos dice. Pero en realidad, tal como se nos ha transmitido hoy esa actividad bien poco hemos comprendido qué utilidad pueda tener, qué puede aportar a nuestras vidas. Para algunos tal como la conocemos hoy, dicha actitud filosófica puede llegar a ser considerada una conducta tan inútil como mirar las musarañas. Pero nada más lejos de la realidad. Aunque en nuestros días no ha tenido demasiado éxito, ha habido y continúa habiendo otras formas de concebir tal disciplina.

Si no hay nadie que se encargue de formar al individuo como «ser humano», corremos el riesgo de que llegue a convertirse en una bestia, un bruto o un bárbaro incapaz de sobreponer el diálogo al empleo, para imponerse, de la fuerza bruta o la violencia.

En primer lugar nos podenos plantear, en qué consiste «pensar». Pensar no es una técnica, es un arte y las cuatro principales herramientas del pensamiento son la admiración, la elección, la distinción y la contradicción. Todo acto de pensar se inaugura con una acto de admiración, que es como una anticipación de lo que se va a descubrir, un saber que no se sabe. La admiración proporciona un estado que conduce a plantearse problemas, a hacerse preguntas, a interrogarse, a mirar de buscar posibles soluciones (F. Torralba). El fin último de la “filosofía” no es la filosofía en sí, sino la “sofía”, es decir, conseguir un tipo de “sabiduría” que nos conduzca en el “arte de vivir”.Hay una serie de interrogantes metafísico-existenciales que están latentes en todo ser humano, que aflora quizás en ocasión de la muerte de un ser amado, quizá a propósito de una enfermedad incurable, quizá a propósito de una experiencia sublime de belleza, quizá a propósito de una relación truncada…donde emergen preguntas de fondo sobre para qué existo, estoy sólo, qué me depara la muerte… todo esto formaría parte del ámbito de la «filosofía teorética». La filosofía, sin embargo, la actitud de interrogarse, pensar, reflexionar, razonar, en las antiguas escuelas griegas unía teoría y práctica, pensamiento y vida. Era algo práctico que ayudaba y orientaba al hombre a vivir, le daba herramientas útiles para la vida cotidiana. La falta de coherencia entre pensamiento, conocimiento y acción o vida era algo inconcebible en un filósofo clásico, pues éste prefería saber cuatro cosas y poder vivirlas, a saber muchas pero no aplicar ninguna.

Nos podríamos preguntar también para qué sirve tal actividad frente a problemas de guerras, hambre o paro que ahora mismo tenemos. Hemos desarrollado tantos medios sofisticados a escala mundial que nos hemos llegado a creer que lo resolverían todo, y nos olvidamos del que está detrás de esos avances: el ser humano. Nuestro siglo XXI nos ha llevado a dar grandes pasos, pero todo se nos puede derrumbar si no aprendemos a llevarnos bien entre nosotros.

Tal vez la felicidad del hombre esté en que encuentre su lugar natural en medio de un entorno artificiosamente creado. La filosofía siempre ha proporcionado métodos, mediante la educación, para llegar al conocimiento de uno mismo y de la «verdad» encerrada en el seno de la realidad.

Ahora una «educación» prostituida en su sentido originario ya no pretende tanto formar seres humanos de forma integral sino fundamentalmente trabajadores, al servicio del sistema productivo. ¿Quién transmitirá al ser humano todo ese rico bagaje que ha adquirido a lo largo de su historia? Es lógico que, si no hay nadie que se encargue de formarlo como «ser humano», llegue a convertirse en una bestia, un bruto o un bárbaro incapaz de sobreponer el diálogo al empleo de la imposición, a través de la fuerza bruta y la violencia. Frente a todo esto la actitud filosófica a la manera clásica tiene como principal preocupación el ser humano, comportando toda una serie de beneficios prácticos a nivel individual y social.

La noción de «vivir» en los clásicos.

Solemos hablar de la noción de «vivir» en varios sentidos. Existencia biológica, reflexión moral, acción política, creación es­tética, ambiciones privadas, amor y odio, alianzas y rivalidades... son solo algunas de las facetas que reúne este concepto multiforme. Una de las singularidades más importantes en los antiguos es la porosidad recíproca de estos significados. Para ellos cada uno de ellos no constituyen ámbitos separados y distintos, sino en interacción mutua.

Así pues, las fronteras de la vida no están cerradas. Nada impide transitar, con facilidad y desconcierto, de los dioses a los hombres, de los hombres a los animales, de una costumbre a otra, incluso de una idea a su contraria, o de la risa al llanto. Allí se relacionan los héroes con los niños, los bárbaros con los griegos, los poetas con los campesinos o con los filósofos. Ya se trate de pensar, de emocionarse, de gobernar o de morir en paz, para los antiguos la tarea es la misma, aprender «el oficio de vivir».

Es posible destacar dos vías principales en el aprendizaje de este oficio que los griegos, y más tarde los romanos, perfeccionaron de una forma distinta a los demás. Para ellos, la vida no es nunca algo evidente, un guión sin improvisaciones, un esquema preestablecido que basta ejecutar mecánicamente. Al contrario: la vida siempre está por construir, es una estatua que hay que esculpir, una gloria a conquistar. O un destino, que es necesario desafiar y al mismo tiempo cumplir.

Perfeccionar la vida significa, en primer lugar, educarse. Aprender a relacionarse con uno mismo y con los demás, relaciones estas que conllevan conflictos y tropiezos, pero que también se materializan, por ejemplo, en la forma de saludar, la manera de servir la mesa o las leyes de la hospitalidad. Esa educación debe producir gentes «civilizadas», y una cultura común. A través de muchas guerras y rupturas, esa civilización perduró durante más de diez siglos: nacida con Homero, todavía es compartida, al menos como referencia y como ideal, por los últimos ciudadanos del Imperio, que viven ya, sin embargo, en un mundo totalmente distinto.

Un segundo tipo de perfeccionamiento apareció en el seno mismo de la educación griega. Su finalidad era alcanzar una vida sin perturbaciones, serena y soberana. El objetivo, esta vez, ya no es producir hombres civilizados, héroes o ciudadanos, sino «sabios». Es decir, individuos capaces de conseguir la perfección accesible a los humanos. Capaces de superar los conflictos dentro de sí mismos y con los demás. Capaces de vivir como dioses. Esta vida suprema y sencilla, accesible a todos, pero alcanzada solo por una exigua minoría, todavía nos hace soñar.

La «reflexión filosófica», un camino hacia el «arte de vivir»

A menudo tenemos la impresión de que pensar es una actividad aislada, sin relación directa con la vida diaria, sin consecuencias inmediatas sobre nuestros actos. Esta separación es ilusoria y artificial. Es perjudicial, porque transforma la actividad intelectual en un juego estéril reservado a unos pocos expertos. Por eso, también en este aspecto, necesitamos vivir en compañía de los antiguos.

Y es que los antiguos no establecen ninguna ruptura entre vivir y pensar. El trabajo de la razón siempre se pone en marcha a partir de las observaciones anteriores, de los gestos realizados y de las realidades concretas. El ejercicio de la reflexión sigue siendo experiencia de vida, incluso en sus manifestaciones aparentemente más abstractas. Además, por arduo que sea este trabajo, siempre conserva como horizonte la modificación efectiva de la existencia. No hay nada más ajeno a los antiguos, incluso a los más contemplativos, que la abstracción desencarnada, radicalmente separada de toda dimensión existencial. Del mundo de las ideas siempre es indispensable descender, retornar al ruido de las multitudes, a la confusión de los cuerpos, al abigarrado tumulto.

Deberíamos decir pues que la «verdad», en el mundo antiguo, no se busca jamás únicamente por sí misma, para satisfacer un puro apetito de conocimiento. Al contrario, la «teoría» tiene siempre como perspectiva sus consecuencias sobre la vida. O, dicho de otra manera, es la propia idea de una verdad sin efectos sobre la vida la que es ajena al pensamiento antiguo. Descubrir una verdad, tener una idea correcta, no puede dejar de tener un impacto sobre aquellos que lo consiguen.

Nos equivocamos al considerar que el conocimiento y la acción pertenecen a dos universos totalmente distintos. Separar de forma absoluta lógica y ética, matemáticas y política, filosofía y sabiduría, no solo es equivocar el camino. Es privarse de la posibilidad de comprender cómo se organiza, en su modo más profundo, el universo del pensamiento antiguo. Porque ese mundo está, a fin de cuentas, como imantado por la idea de la «sabiduría». Su finalidad suprema es llegar a cambiar la vida a través del pensamiento. Todo el mundo, o casi, estaba persuadido de que el trabajo del filósofo, incluso en la Antigüedad, consistía solo en forjar conceptos, en construir análisis, en redactar manuales y libros.

Un investigador excepcional vino a revolucionar este concepto. Supo poner de relieve la conversión existencial que constituye el núcleo mismo del pensamiento de los antiguos. Pierre Hadot. Libro tras libro, Pierre Hadot recordó que la finalidad primordial de la filosofía antigua consistía, ante todo, en provocar un cambio radical, concertado y voluntario de la manera de estar en el mundo.

En particular, entre los epicúreos y los estoicos, se trata, ante todo, de transformarse, de metamorfosear la propia forma de vivir a través de un trabajo largo y constante sobre uno mismo. Pierre Hadot demostró que la principal tarea del filósofo, en la Antigüedad, era cambiar su vida, y no escribir libros o trabajar conceptos. Cuando Platón explica la creación del mundo en el Timeo, cuando Aristóteles escribe la Física o las Meteorológicas, podríamos creer que están muy lejos de ese camino que conducirá hacia la paz del alma. Y no es así: para acceder a la «sabiduría», es útil saber cómo se organiza la materia y cómo se organiza el cosmos. Todo, al fin y al cabo, está orientado, por no decir subordinado, a este fin: alcanzar la «sabiduría» (que no es tal como hoy se entiende acumulación de conocimientos, sino experiencia de vida en pos de la felicidad).

En este sentido, la filosofía antigua es, efectivamente, una «terapia del alma», un camino hacia la felicidad del «sabio», un trabajo tanto afectivo como intelectual que tiene como objetivo despojarse de la angustia, de las pasiones, de todo lo ilusorio y lo insensato. Es una forma de vivir, no una simple manera de discurrir. Pero esa vida se ordena según el pensamiento. Se va modelando, día tras día, gracias a los preceptos filosóficos y al recorrido de la reflexión. Lo que nos descubren los antiguos es la experiencia de pensar como manera de cambiar la existencia.

Fuente: Elaboración a partir de Roger-Pol DROIT: Vivir Hoy

Ver también: En qué consiste el problema fundamental de la existencia humana