2005-15
10è ANIVERSARI

titol

Subyugados por la mentalidad del mundo actual

Cautivos de la mentalidad de nuestra época

  • La gran promesa de un Progreso ilimitado (la promesa de dominar la naturaleza, de abundancia material, de la mayor felicidad para el mayor número de personas, y de libertad personal sin amenazas) ha sostenido la esperanza y la fe de mucha gente.
  • Producción ilimitada, libertad absoluta y felicidad sin restricciones, forman el núcleo de la nueva «religión» de nuestro tiempo.
  • En nuestra época una determinada filosofía, una determinada manera de entender la vida, el ser humano, las actividades humanas, etc. constituyen el entramado más íntimo de nuestra cultura.
  • Frente al fracaso de la gran promesa de un mayor bienestar material y felicidad para todos, el despotismo creciente de los valores pragmáticos está provocando la anemia «espiritual» de nuestra sociedad.

No es fácil tomar conciencia sobre el «humus cultural» que subyace a nuestro alrededor y del que cada uno nos nutrimos. Para percibirlo y analizarlo se necesita salir de la vorágine cotidiana y tomar una cierta distancia. En la dinámica diaria podemos apreciar dos grandes lógicas, dos grandes actitudes vitales: la del «tener» y la del «ser».

Nos encontramos en el seno de una sociedad dinámica, abierta, poliédrica, multidimensional. Una sociedad en la que el «capitalismo» ha colonizado todos los ámbitos de nuestra vida. El relato que impone el «sistema» con respecto al modelo económico y de consumo, los valores y los criterios de éxito o fracaso y de realización personal ha impregnado la «mentalidad colectiva» de nuestra época en sus más diversos ámbitos. Un sistema que, a la vez que fomenta unas expectativas a menudo irreales e inalcanzables, nos permite soñar, al tiempo que nos aliena, y obnubila nuestras verdaderas necesidades, anestesiando en nosotros la capacidad de pensar críticamente y neutralizando nuestra capacidad de percibir y transformar lo que verdaderamente necesita una transformación profunda.

Subyugados como estamos por un «sistema» que pretende conformar un determinado tipo de sociedad, de visión del mundo y de personas, falsamente libres y ficticiamente realizadas, desde aquí apostamos por una Educación y una Formación que ayude a valorar críticamente el modelo de vida que, desde esa difusa y casi inconsciente «mentalidad capitalista», se nos pretende imponer. Mentalidad que tiene un fuerte impacto sobre nuestras vidas, tanto sobre las expectativas y felicidad de las personas como sobre la percepción de los problemas primordiales y la búsqueda de las soluciones más adecuadas a los mismos. El reto de una educación transformadora y liberadora se nutre del deseo profundo de toda persona de «ser»: de crecer, desarrollarse y vivir en plenitud.

Pasamos la mayor parte de nuestras vidas practicando nuestros hábitos cotidianos y a menudo preocupados por cosas nimias que nos quitan tiempo para reflexionar en profundidad sobre cuestiones que nos resultan esenciales. Volcados en el trabajo, en los estudios o en el ocio, a menudo no solemos pararnos a reflexionar sobre las verdaderas cuestiones que constituyen la arquitectura profunda del «ser» de toda persona.

 

Despertarse, lavarse, peinarse, vestirse, desayunar salir de casa, ir a trabajar, pasear por la calle, tomar el autobús, ir a clase, estudiar, comer, ir al cine, hacer deporte, jugar, distraerse, ver la tele, cenar, descansar… son algunas de nuestras actividades cotidianas habituales. Pero, además, a partir de algunas estadísticas podemos entresacar algunos rasgos característicos de nuestro tiempo, por ejemplo: un 22% de los escolares pasa más de 6 horas al día conectado a internet. El consumo de información en los últimos 20 años ha aumentado un 350%. Estamos saturados de información y vivimos con nuestra atención fragmentada. Nuestros jóvenes consultan un promedio de 150 veces al día su teléfono móvil. Sufrimos una interrupción en nuestro trabajo cada 8 minutos, y ello equivale a 25 minutos de productividad o de estudio. Como promedio, tenemos 8 ventanas abiertas en el ordenador y saltamos de una a otra cada 20 segundos. Vivimos pendientes de nuestra bandeja de entrada del correo electrónico… Hoy en el primer mundo disponemos de un montón de posibilidades de diversión y disfrute. El consumo de diversión se ha disparado y entre nosotros su consumo a menudo se ha vuelto casi compulsivo, cambiando fácilmente de forma de divertirse. Jamás el ser humano ha tenido que lidiar con tal cantidad de distracciones, interrupciones e informaciones. Quizás esas diversiones no son sino evasiones, maneras de compensar la dureza de la vida. Somos esclavos de la inmediatez y de la superficialidad. ¿Consecuencia?: Agotamiento mental y emocional. Dolor de cabeza, tensión nerviosa, surge la tristeza, la depresión, estamos distraídos y cansados para estudiar o trabajar, nos invade el estrés y como consecuencia a veces nos domina el mal humor…

Homogeneización, uniformización y apariencia

El «sistema» nos impele con fuerza hacia la homogeneización y la uniformización. Hoy nos encontramos amenazados por los intereses de un capital insaciable que en lo esencial pretende homogeneizarnos y uniformizarnos a todos. Estamos constreñidos por un sectarismo globalista y uniformizante. En muchas ocasiones abrumados por el bombardeo informativo y propagandístico, por la vorágine del ritmo de vida actual y adoptando estándares de vida creados artificialmente, nos imposibilitan centrarnos en lo importante. Otras veces presionados por el torbellino de las prisas nos impiden penetrar en nosotros mismos. En las más diversas áreas del mundo desarrollado las mismas imágenes, las mismas tiendas, los mismos referentes, imposición de un pensamiento único, pura homogeneidad: las aspiraciones de la mayoría de los jóvenes se nutren de un modelo de vida que tiene el consumo como el gran horizonte emancipatorio. Se nos incita a «ser alguien» en medio de la masa, a medirnos, a compararnos, a competir para llegar a ser más que el otro, es decir, se nos impele a destacar, a alcanzar cierto nivel en el estatus social, a tener un cierto re­conocimiento en la escala social. Se colonizan tradiciones algunas de origen ancestral, se homogeneizan espacios culturales y estándares de vida, se estandarizan formas de vestir, se imponen formas de pensar y mientras se arroja a parte de la sociedad hacia la periferia social, se expulsa a los más débiles de sus casas...

También en el área comunista se produce “desencanto”. En esos países que han sido víctimas del marxismo, los jóvenes, vaciados casi enteramente de todo ideal a causa del sistema introducido por el socialismo real, tienen una gran necesidad de encontrar algunos puntos estables de referencia. El futuro al que se aferraban se había revelado lleno de amenazas y, en consecuencia, había desaparecido la fe en un porvenir más o menos radiante. Pero eso no es únicamente una característica de los experimentos del llamado socialismo real. También lo podemos ver en las formas de vida de nuestro Occidente, en su aparente libertad.

La sociedad moderna ha apostado por todo lo «exterior», por la apariencia. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, casi sin detenernos en nada. El ideal de vida contemporáneo responde a aquel pensamiento: «mis deseos son órdenes para mí». Se emplean mecanismos de seducción, mediante técnicas de deslumbramiento engañoso, para controlar y dirigir desde el exterior nuestros deseos, ilusiones y comportamientos. En nuestra sociedad a menudo las decisiones no se toman por criterios éticos, espirituales, ecológicos, estéticos, humanos o culturales sino por criterios estrictamente pragmáticos, a menudo guiados por intereses ideológicos, comerciales o políticos... Quienes vivimos inmersos en este mundo e impregnados de la mentalidad de nuestra época valoramos las cosas y los acontecimientos por su utilidad o eficacia; nos dejamos esclavizar por el ritmo frenético que la sociedad acaba imponiendo a nuestra vida; nos dejamos llevar por el deseo de lo inmediato y de los resultados rápidos y espectaculares.

Muchas de nuestras aspiraciones no son sino las que el sistema nos impone. Pero no necesariamente y en todo somos fruto del sistema. No sólo hay que denunciar lo que el sistema pretende imponernos, sino también revisar nuestras actitudes, aspiraciones y proyectos personales. La fuente de nuestras expectativas es diversa: algunas proceden de necesidades naturales, otras de sentimientos, otras de opciones libres, otras son fruto del contagio, otras obedecen a causas culturales.

Decepción, cansancio, aburrimiento ...

Saber para poder, para estar al día, para dotarnos de un aura de intelectualidad, para tener algo de qué hablar, para lograr un puesto de trabajo, para «tener» conocimientos que exhibir; amar para comprar el amor de otros; jugar para ostentar nuestra habilidad y nuestra superioridad; crear para demostrar algo a los demás o a nosotros mismos; trabajar exclusivamente para ganar dinero... No negamos que algunas de estas metas sean, en ocasiones, legítimas pero no pueden proporcionar al ser humano la plenitud que le es propia, y nadie debe sorprenderse de que conduzcan al hastío y a la mediocridad cuando se convierten en el tipo de metas predominantes. Nadie debe sorprenderse tampoco de que la depresión sea uno de los padecimientos característicos de nuestra civilización, básicamente mercantil, astuta, ávida y utilitaria.

En nuestra sociedad empieza a haber cansancio, y a expresar hastío. Hablamos de «la sociedad del cansancio», como aquella sociedad deprimida y derrotada, que es víctima de la obsesión por el rendimiento. Hablamos de la sociedad decepcionada o incluso enfurecida. El sentimiento de decepción es frecuente en el consumo, en las relaciones personales, de amistad, de compañeros, incluso de familia; en el mundo profesional, el deporte, en la política, en las ideologías... siempre que hemos vertido ilusiones en personas o cosas, que en un momento dado no han cumplido nuestras expectativas. Combatir el aburrimiento buscando nuevos y más numerosos estímulos es un camino errado. Si hablamos de aburrimiento, es porque conocemos y deseamos una alegría real y profunda, que proporcione un tono vital esperanzado, sereno y permanente. El aburrimiento se vence con una mirada en profundidad sobre las personas y las cosas que nos rodean. Si el cansancio era una enfermedad que mataba por exceso, como una indigestión, o como un cáncer en el que las células crecen incontroladamente, el desengaño vendría a ser una enfermedad que corroe, que degrada, como una necrosis donde las células van muriendo poco a poco. Decepción, indignación y rabia, son un mismo sentimiento, que crece a medida que la realidad no responde a los deseos. Conviene que revisemos si pedimos a la realidad, algo que la realidad, las cosas o las personas, no pueden dar. Quizás sería cuestión de aprender a aceptar sencillamente los límites de la realidad, de las cosas, las ideas, las personas, de nosotros mismos

Necesidad de un cambio profundo

El ser humano tiene una profunda exigencia de sentido. El estilo de vida que se nos propone a menudo nos sumerge en el más profundo vacío. Las actividades estrictamente utilitarias terminan angostando nuestro espíritu. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando que es saborear la vida desde dentro. Para ser más humana, a nuestra vida le falta hoy una dimensión esencial: la interioridad. Si gracias a la liberación de todas las contenciones y la adicción a todos los placeres hubiéramos progresado tanto, nuestra sociedad no necesitaría antidepresivos, la agresividad no presidiría nuestras relaciones, la insatisfacción no habría carcomido tantas vidas y no necesitaríamos tantas dosis semanales de pequeñas y constantes satisfacciones (objetos de consumo o placeres de usar y tirar). Vivir así no conduce a la paz, ni al sosiego de nuestro ánimo. Si urge recuperar nuestra interioridad es porque la mayoría vivimos un elevado grado de alienación: no sabemos realmente qué somos. Vivimos distraídos, entretenidos, engañados por mil ruidos, mensajes y experiencias evasivas. El estilo de vida que entre todos hemos creado, ya se encarga de evitar cualquier intento de descubrir la verdad de la vida y de cada uno.

Esclavos del deseo, de la rapidez o la eficacia, necesitamos un cambio profundo. Se trataría de habituarnos a actuar y pensar críticamente, en lugar de comportarnos de manera impulsiva o movidos por automatismos. Cada vez son más los que se dan cuenta que el modelo de vida imperante basado en poseer más, en consumir más, en divertirse e ir tirando, no lleva ni a la felicidad personal ni construye unas relaciones más solidarias. Necesitamos superar el hastío y el vacío interior al que nos lleva toda esa vorágine, orientada más hacia el «tener» que hacia el «ser».

Necesitamos un cambio profundo de modelo. Hay que ir creando un consenso social en torno a los valores culturales y morales que dignifiquen la persona humana. Hay también, que mejorar el funcionamiento del sistema democrático con consensos que permitan servir mejor a la sociedad en sus necesidades reales. Hay que mejora también el funcionamiento de la economía para que tenga un rostro más humano y esté más al servicio de las personas y no de los intereses especulativos que enriquecen unos pocos y provocan el empobrecimiento de tanta gente. Nuestra máxima y más común aspiración es ser felices. Sin embargo, el camino hacia la felicidad emprendido por cada uno es muy diverso. Algunos saben hallarlo, otros equivocan el camino para conseguirlo. Frente a la implacable lógica del «tener» que el sistema pretende imponernos, cada uno debemos librar nuestro propio combate para alcanzar una vida más auténtica, más plena, realizada y feliz siguiendo el camino y los valores más propios del «ser» que los del «tener».

Elaboración propia, a partir de materiales diversos