2005-15
10è ANIVERSARI

titol

Hambre de «pan»… pero también hambre de verdadera «cultura»

No solo de pan vive el hombre. La «cultura» como alimento para nuestro espíritu.

No es «pan y circo»,  lo que necesitamos y a menudo se nos ofrece en el escenario público, sino sobre todo «cultura», como alimento para nuestro espíritu.

La manera en la que la crisis nos está afectando y algunos de los destrozos que nos deja tienen mucho que ver con el tono moral que la sociedad española ha ido adquiriendo en las últimas décadas.

El hombre no solo es economía, política, consumo, sexo, relaciones laborales o lúdicas... es también anhelo, aspiración, horizontes, alma, espíritu…

Frente a concepciones antropológicas reduccionistas conviene no obviar el papel de la auténtica «cultura», aquélla que adecuadamente «bien integrada» sirve de alimento necesario para nuestro espíritu, para que el «alma» no se nos muera.

Mucho se oye hablar y se repite machaconamente en los últimos tiempos, y especialmente desde el entorno del gobierno, que lo importante es la recuperación económica, que lo que de verdad importa es asegurar el bienestar de los ciudadanos, que "ahora el objetivo es la recuperación económica" porque con ella "se podrán dedicar más recursos a aquello que les importa a los españoles", como son "las pensiones, la sanidad, la educación y la dependencia, etcétera". Ciertamente, "qué dignidad podrá encontrar quien no tiene qué comer o el mínimo para vivir".

Por eso el aserto que figura en el encabezamiento puede resultar especialmente chocante para quienes en medio de tan larga crisis económica, se encuentran en una grave situación de precariedad material y penuria económica. Pero aún en tiempos difíciles, de crisis, de dificultades, de problemas, de aprietos…  aún en esos momentos oscuros conviene no perder de vista que “no solo de pan vive el hombre”. Convendría no olvidar que no todo es economía y que ese bienestar que se persigue no se alcanza con el solo sostén  material, que todo ser humano también necesita del sustento de su espíritu. Más que nunca, en tiempos revueltos, de vacilación, de duda, de incertidumbre… necesitamos también del alimento, del sustento, de nuestro espíritu. Las palabras de Federico GARCÍA LORCA nos pueden ayudar a profundizar en ello.

Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos de los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita.

Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita;  pedía por carta a su lejana familia: ‘Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida. ( Federico GARCÍA LORCA )

«Crisis»: algunas de sus causas y consecuencias.

Los argumentos económicos no son suficientes para comprender las causas profundas de la «crisis» que estamos viviendo. No solo se trata de “fallos” en la regulación financiera y “errores” en su diagnóstico, como afirman economistas y políticos. Hay algo más preocupante: la crisis económica es la manifestación epidérmica de una crisis más profunda, la «crisis» moral, que ha aflorado no solo en el seno de los mercados o en las más altas instituciones financieras, sino también en la vida pública y hasta entre algunos de los más conspicuos dirigentes de la vida colectiva, con el letal mensaje que tal quiebra conlleva, por mimetismo, para el resto de la ciudadanía. La crisis es profunda y no solo la económica. La manera en la que la crisis nos está afectando y algunos de los destrozos que nos deja tienen mucho que ver con el tono moral que la sociedad española ha ido adquiriendo en las últimas décadas, entre otras, como consecuencia de querer emular, por ejemplo, nefastas culturas como la del «pelotazo».  

«Crisis» económica pero también crisis moral derivada del abandono o degradación progresiva de los más preciados valores que nos han venido sosteniendo y la irrupción de quizás modernas sí, pero también nefastas ideologías que de la mano de un rampante neoliberalismo o un falaz pseudoizquierdismo están pretendiendo de-construir y sustituir incluso valores axiales de nuestros fundamentos civilizatorios. «Crisis» derivada también de una quiebra de confianza general en la vida colectiva, que contempla como, unos más que otros, están soportando las peores consecuencias de la crisis económica, mientras otros exhiben ostentosamente su bienestar, todo ello ahormado por una mentalidad neoliberal gestada en las últimas décadas del siglo pasado.

¿Cómo es posible que socialmente hayamos llegado al punto, se preguntan algunos, en que cosas evidentes e intrínsecamente buenas y positivas como, por ejemplo, que debemos respetar toda vida humana y en cualquier circunstancia, que la dualidad hombre-mujer es constitutiva de la especie humana, que el matrimonio como institución es positivo para la sociedad, que el apoyo a la maternidad y a la familia es indispensable para un futuro esperanzador, que el Estado se dedique a emponzoñar el cerebro de los escolares con ideologías de dudosa consistencia, que no se vea que el desarrollo de la dimensión trascendente en la escuela constituye parte fundamental de la necesaria educación integral de nuestras jóvenes generaciones, que en tiempos de grave crisis económica el Estado no puede dejar en la intemperie e indigencia a amplios sectores de la población, que en tiempos como los nuestros se sigan ostentando por parte de capas bienestantes ciertos estilos de vida?

“… un pueblo se recupera mucho antes de sus desastres materiales que de los derrumbes de su espíritu”.

¿Cómo es posible que la corrupción haya penetrado hasta las más altas instancias del Estado, que fenómenos como los protagonizados por ciertos personajillos mediáticos se sigan produciendo entre nosotros como expresión del ambiente degradante y obsceno que se respira en ciertas instancias que pululan alrededor del poder, que la dedicación a la política aparezca más como un medio para medrar en interés propio que como verdadero servicio público, que muchos de nuestros dirigentes cada vez se parezcan más a autómatas voceros funcionariales de partido que a seres pensantes y autónomos, que ciertos medios (alguno de ellos financiado religiosamente con asignaciones libres procedentes de una ciudadanía ideológicamente plural) y creadores de opinión en lugar de ser fieles a su noble función social, orientando lo más honrada y objetivamente posible a la ciudadanía, a menudo se degraden hasta tal punto que en ocasiones además de ofrecer alienante «pan y circo» a sus espectadores, algunos aparezcan más interesados en la propaganda panfletaria que en la información imparcial y objetiva, más en la descalificación apriorística, en desinformar, intentando manipular e inducir a la opinión pública hacia ciertas posiciones, ejerciendo como lobbys de presión ante determinadas instituciones del Estado o la misma opinión pública, tergiversando la realidad, atiando la crispación y estimulando el enfrentamiento entre pueblos, que comprometidos con la concordia y el diálogo respetuosos, con tender puentes desde la comprensión y el diálogo sincero, y no dedicarse a emponzoñar la opinión general con visiones y perspectivas interesadamente parciales y sesgadas de la realidad?¿Cómo es posible todo ello?

Todo ello no se entiende ya ni se acepta por una parte importante de nuestros conciudadanos, que ante tal clima y malestar general, en uno y otro bando, están diciendo ¡basta ya!, y decantándose democráticamente hacia posiciones claramente superadoras del status quo actual. ¿Cómo es posible que la credibilidad de los representantes políticos ante el pueblo haya caído tan bajo? Si quienes deberían dar ejemplo no lo hacen, ¿qué esperan encontrar en el paciente y agobiado pueblo? Para salir de esta situación lo que se impone es una catarsis colectiva. La salida de la «crisis» y la regeneración necesaria —la dirección en la que tal salida se produzca— y el rumbo que la sociedad española escoja en el futuro van a depender en gran medida del tono moral que en estos años de crisis vayamos desarrollando. ¿Seguimos siendo la misma sociedad que éramos antes de la crisis o estamos cambiado ya, y no solo epidérmicamente, de alguna manera?

¿Formación y cultura para qué?

¿Para qué reclamamos más «formación» y más «cultura»? Para levantar el espíritu individual y la moral colectiva… Bochornoso el espectáculo de una sociedad y un pueblo culturalmente contaminado por una mentalidad mercantilista, y a quien se le sigue transmitiendo una concepción paupérrima y mercantilista de la «cultura» resaltando prioritariamente su dimensión utilitarista como valor de cambio para medrar fundamentalmente en el ámbito profesional, como medio orientado principalmente al posicionamiento óptimo en el mercado laboral o como requisito indispensable para una buena  empleabilidad. Una «cultura» que la mayoría de ciudadanos quizás poseen, pero de una forma superficial, epidérmica, no humanamente «productiva» y no «integrada»; una «cultura» que no ha pasado a formar parte del núcleo más preciado de nuestro acervo personal, que apenas incide en nuestro recto comportamiento en el ámbito individual o social, privado o público, quedando en una gran parte de la población como prenda que no cubre, alimento que no nutre o levadura que no fermenta.

Y mientras tanto, a nuestro alrededor, la degradación de la vida en sus diversas formas se expande, las desiguadades se amplían y la corrupción aflora ya entre nosotros como el pan nuestro de cada día. Bochornoso y lamentable el espectáculo porque como se ha afirmado “… un pueblo se recupera mucho antes de sus desastres materiales que de los derrumbes de su espíritu”.

Uno de los grandes líderes morales de nuestro tiempo ha constatado amargamente no hace mucho el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. La educación no puede limitarse a ofrecer un conjunto de conocimientos técnicos, sino que debe favorecer un proceso más complejo de crecimiento de la persona humana en su totalidad.

El conocimiento, la cultura, los libros, una más auténtica formación y educación, y no ciertos sucedáneos de la misma, constituirán el alimento necesario que nos permita despertar de nuestro posible letargo, abrir los ojos y elevar nuestra mirada, el sustento espiritual necesario para hacer frente al espejismo de encantadores pero a menudo vacuos cantos de sirena.

Necesitamos una nueva «educación», una «formación» y una «cultura» emancipadoras que nos liberen de las cadenas que nos someten y contribuya a rescatarnos de las ataduras que nos atenazan, que nos ayuden a elevar nuestro espíritu, a ensanchar nuestros horizontes existenciales. Eso es lo que, además de «pan y circo», el pueblo necesita, necesitamos todos. Una Educación atenta a las inquietudes del corazón humano, es decir, que nos dote de “escaleras para subir a la cumbre del espíritu y del corazón”.

VMC


Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931:

“Ataco a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales. La agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida. (…)

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos de los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser:

"Cultura". Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.