2005-15
10è ANIVERSARI

titol

Emergencia educativa (I): la «otra» libertad   

Vivir a ras de suelo, pudiendo volar alto?

Incompetencia en nuestra forma habitual de pensar y actuar.

Una forma auténtica de adentrarnos en el «proceso de desarrollo humano».

  • Vivir a ras de suelo, pudiendo volar? No nos han educado ni preparado para ello: en general, somos incompetentes para elevarnos por encima de nuestras contingencias cotidianas, orientarnos adecuadamente y volar alto.
  • De la «libertad de maniobra» a la «libertad interior» como ideal de vida. Un camino hacia una más auténtica «libertad».
  • Vivir el «proceso de desarrollo humano» de modo más auténtico. La «vida ética» como un ascenso ilusionante a la plenitud de la vida personal.

¿Cómo? Adiestrándonos para renunciar a la «libertad de maniobra» ‒capacidad de actuar conforme a nuestros gustos‒, y adquirir un modo de «libertad creativa o libertad interior», que nos permite ser creativos, sometiéndonos a realidades valiosas que nos otorgan la posibilidad de «crecer».

¿Por qué? Porque intuimos que vincularse por decisión interna a lo valioso ‒es decir, ob-ligarse‒ es el camino para enriquecernos y «crecer humanamente».

Desde siempre se ha hablado de «libertad». El ideal de «libertad» ha formado parte del ideario de las más antiguas tradiciones filosóficas, religiosas, ideológicas… También hoy la «libertad» se está esgrimiendo por parte de ciertas corrientes de pensamiento como símbolo de «progresismo». Últimamente ciertas ideologías la están blandiendo como una de sus banderas primordiales…

En la actualidad se suele operar con una concepción muy angosta de «libertad». Sólo hace falta oír la ligereza con que se suele utilizar la bandera de la «libertad» por parte de ciertas ideologías, formaciones políticas, feminismos, radicalismos diversos, líderes políticos… Como consecuencia del fracaso de un sistema educativo desnortado, el ciudadano corriente suele operar con una concepción muy primaria de «libertad». Libertad = hacer lo que a uno le viene en gana o la libertad como valor absoluto último. Da pavor contemplar en nuestros tiempos el reduccionismo y la vaciedad argumentativa de ciertos colectivos al respecto. Es posible superar tan zafio corpúsculo ideológico y tan paupérrima concepción? De qué «libertad» nos están hablando, de qué tipo de «libertad» tratan, cómo entienden la «libertad» esos colectivos? Hacia dónde nos aboca «esa libertad»? Es posible sobreponerse a esa concepción primaria, nivel o estadio de «libertad»?  

Por su interés, tras una contextualización general, sintetizaremos un extenso artículo de Alfonso López Quintás titulado "La Emergencia educativa", catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, en el que reflexiona sobre el estado de “emergencia educativa” en relación a cierta incompetencia en nuestra forma habitual de pensar y actuar y sobretodo “cómo superarla de raíz”.

«Emergencia»

Como consecuencia de unos sistemas educativos desnortados, en exceso serviles a la producción y a la economía, y muy poco al servicio del conocimiento y liberación del «ser humano», nos hallamos ante una verdadera «emergencia educativa»: la incompetencia del ciudadano medio para profundizar en el conocimiento de la «naturaleza humana», para progresar en el proceso de desarrollo como «seres humanos» y avanzar hacia nuestra meta como humanos: la plenitud personal.

No se le ha educado para ello. El ciudadano común tiene dificultades para pensar con la necesaria amplitud y consistencia. En un mundo tan complejo como el nuestro y un futuro tan incierto cada vez la desorientación es mayor. Los sistemas educativos tienen una gran responsabilidad en ello. Su orientación predominantemente tecno-científica y la infravaloración de la formación humanística y las humanidades agravan dicha situación y nos sumerge en un incapacitante nivel de subdesarrollo ético. El sistema educativo no nos ha enseñado algo que nos es absolutamente necesario a todos. Son contadísimas las personas que saben conducirse con acierto. Y, sin embargo, nuestra felicidad depende en gran medida de ello. La «Educación», la «Formación» y la «Cultura» deberían plantearse como primera exigencia que los ciudadanos sientan la necesidad de una vida más plena, más perfecta, más auténtica, porque así serán más plenamente «humanos».

La «emergencia educativa» de la que aquí tratamos no alude tanto a la falta de los conocimientos debidos (no se trata tanto de la carencia de unos determinados conocimientos necesarios), sino a la situación de emergencia o de colapso en cuanto al modo de pensar. Expresa una incompetencia manifiesta del ciudadano corriente en la forma habitual de pensar, actuar y progresar. No se trata tanto de un fallo meramente académico; afecta a la vida entera del individuo: el ciudadano está experimentando una incompetencia en la forma de pensar que le desconcierta, le incapacita para volar alto, le obnubila y bloquea las más altas aspiraciones como «humanos». En general esa incompetencia es reflejo de la incapacidad del individuo para elevarse por encima de las contingencias cotidianas y apuntar a niveles superiores de existencia. Es expresión de la ineptitud para, a pesar de nuestras insoslayables, perentorias y urgentes necesidades, sobreponernos a nosotros mismos, elevarnos, orientarnos adecuadamente y volar alto.

Vivimos inmersos en medio de un «pensamiento débil». Existe un grave déficit formativo entre nosotros, un aletargamiento en cuanto a desarrollo ético (la «ética» describe nuestro proceso de desarrollo como «personas»), casi un analfabetismo crónico al respecto. La publicidad comercial, las modas, las tendencias, con su poder de seducción nos distraen, nos alejan de nuestro objetivo, nos desvían de nuestra meta, nos entontecen humanamente. No parece que las reformas educativas en curso vayan a corregir dicho rumbo. Están en otra cosa y luego “así nos luce el pelo”. Una alternativa: vivir el proceso de desarrollo humano de modo tan auténtico que nos quede claro, por propia experiencia, que la «vida ética» supone un ascenso ilusionante a la plenitud de la vida personal. Veamos.

El desarrollo como «personas»

«Crecer» es ley de vida. Crecen el vegetal y el animal, por un impulso interno inconsciente. Los seres humanos debemos también «crecer», no sólo en el aspecto fisiológico sino también como «personas». Este crecer no es automático; necesitamos aprender cómo hemos de crecer: para crecer, debemos ejercitar nuestras potencialidades. De ahí la necesidad de una formación adecuada.

Para comprender el proceso de crecimiento personal vamos a distinguir ocho planos de realidad y de conducta. Sin entender eso no damos un solo paso firme, no podemos fundamentar la «vida ética». Vamos a intentar descubrir por propia experiencia, que la «vida ética» supone un ascenso ilusionante a la plenitud de la vida personal. Conocer esos niveles y sus distintas formas de lógica es decisivo para crecer. Se trata de pasar de la «libertad de maniobra» a la  «libertad creativa o libertad interior», a partir de realidades que me ofrecen posibilidades para «crecer humanamente».

Adiestrarnos para renunciar a..., desprendernos de la «libertad de maniobra» ‒capacidad de actuar conforme a nuestros gustos‒..., y adquirir un modo de «libertad creativa o libertad interior», que nos permite ser creativos, sometiéndonos a las realidades valiosas que nos otorgan la posibilidad de crecer.

Nadie nos obliga a renunciar a la libertad de maniobra. Somos nosotros los que decidimos con gusto hacerlo, porque intuimos que vincularse por decisión interna a lo valioso ‒es decir, ob-ligarse‒ es el camino para enriquecernos y crecer. Acabamos de descubrir, por nosotros mismos, un tipo superior de experiencias. De ellas depende nuestro crecimiento personal, pues en ellas aprendemos a ser creativos, al aceptar que debemos ser receptivos y activos a la vez. Gracias a ellas aprendemos que podemos unirnos a ellas con un modo de unión superior a las formas de unión superficiales. De nuevo observamos que sólo al obedecer a algo valioso crecemos como personas.

Hemos aprendido así a obedecer libremente a lo que nos perfecciona movidos por la necesidad de crecer y perfeccionarnos. Esa es la actitud propia de quien se siente inspirado y se deja llevar de aquello que lo enriquece.

NIVEL 1: el conjunto de objetos de que dispongo, que la realidad me ofrece. Puedo hacer con ellos lo que quiero. A este nivel de mi vida en el que dispongo de objetos y los pongo a mi servicio vamos a llamarle nivel 1.

NIVEL 2: realidades que me ofrecen posibilidades para desarrollarme y crecer. Subir del nivel 1 al nivel 2 es decisivo en la vida humana.

NIVEL 3: El ideal de la unidad, cumbre de la vida ética, lo convertimos en el principio interno de acción. Llegamos a él cuando personalmente hemos decubierto que el valor más grande de mi vida ‒o sea, la fuente más copiosa de posibilidades de crecer‒ es el encuentro: el encuentro es unión estrecha entre dos personas deseosas de crear un estado de enriquecimiento mutuo. Acabo de descubrir el ideal de mi vida, que es el ideal de la unidad ‒del amor auténtico‒, que va unido de raíz al ideal de la bondad, la verdad, la justicia, la belleza. Al convertir el ideal de la unidad ‒entendido en toda su amplitud‒ en un principio interno de acción, nos situamos en el nivel 3, que es la cumbre de la vida ética.  

El ideal de la unidad. El ideal de la unidad no es una mera idea; es una idea motriz, dinamizadora. Si elegimos siempre en virtud del ideal de la unidad ‒no de nuestras apetencias‒, este ideal orienta nuestras acciones y nos impulsa hacia nuestra meta como seres humanos: la plenitud personal.


La emergencia educativa

Alfonso López Quintás
catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid
vocal de la Academia de Ciencias Políticas, Sociales y Morales

Existe actualmente gran preocupación en numerosos países por el estado de “emergencia educativa” en que se hallan. De ordinario, esta expresión alude a la falta de los conocimientos debidos por parte de las nuevas generaciones. Más grave, a mi entender, es la situación de emergencia o de colapso en cuanto al modo de pensar.  Si en un examen de filosofía contemporánea, un alumno ignora que Max Scheler y Nicolai Hartmann escribieron sendos tratados de ética, carece de los conocimientos necesarios. Si piensa que la libertad y las normas se oponen siempre, no sabe pensar con la necesaria precisión. Éste no es un fallo meramente académico; afecta a la vida personal del alumno: la desconcierta y bloquea. De esta emergencia formativa de tipo cualitativo hablaremos seguidamente.

Comencé, un buen día, un curso de ética explicando el tema de la libertad: sus distintas formas, las posibilidades que nos abren, las condiciones que nos fijan… De pronto,  una alumna me interrumpió, para decirme con aire maternal: «Profesor, no se fatigue; todo es muy sencillo. La libertad y las normas se oponen y debemos escoger. Yo me quedo con la libertad y dejo a un lado las normas». Sus compañeros me miraron expectantes, temerosos de que me opusiera vehementemente. Pero yo respondí con toda serenidad:

  • «Estoy de acuerdo con usted en que la libertad y las normas se oponen; pero sólo en el nivel 1; en el nivel 2 sucede todo lo contrario; se complementan y enriquecen”.
  • «¿A qué niveles se refiere?», me preguntó la alumna.
  • «A los ocho planos de realidad y de conducta en que podemos vivir los seres humanos», respondí yo.
  • «Y, para conocer la ética, ¿debemos distinguir y conocer estos niveles?», agregó la joven. 
  • «¡Claro! ‒le indiqué‒. Sin eso no damos un solo paso firme, no podenos fundamentar la vida ética. Porque la ética describe nuestro proceso de desarrollo como personas. Nosotros nos desarrollamos recibiendo posibilidades de las realidades del entorno. Estas realidades son de tipo distinto, ya que pertenecen a diferentes niveles. De ahí que nuestra relación con ellas sea diversa en cada caso, pues debe ajustarse a la lógica propia de cada nivel. Es distinto relacionarnos con la madera de un violín y con un concierto de Mozart para este instrumento. Conocer esos niveles y sus distintas formas de lógica es decisivo para crecer”.

Y me apresuré a analizar los ocho niveles de realidad y de conducta, cuatro positivos y cuatro negativos. Fue el curso más fecundo de mi vida, porque los jóvenes me oyeron ávidos. Notaban que aquello les abría todo un mundo ante los ojos, les articulaba la mente, les daba alas, les permitía ordenar sus pensamientos, vincularlos con sus deseos, orientarlos a sus ideales. A partir de entonces, tuve clarísimo el método que debemos seguir para superar la emergencia educativa y asumir las inmensas posibilidades de desarrollo personal que nos facilitan los niveles 2, 3 y 4. Veámoslo un tanto de cerca.

La situación en que se encuentra el educador es a menudo de suma pobreza, casi diríamos calamitosa. En su renombrado libro Tras la virtud, A. MacIntyre escribe: «Ha habido una catástrofe que interrumpió la transmisión del saber moral y, más ampliamente, de sus fundamentos». Esta afirmación es, de veras, inquietante. Alude a un colapso de la formación ética. ¿Cómo salvar esta quiebra? A mi entender, sólo hay un camino: vivir el proceso de desarrollo humano de modo tan auténtico que nos quede claro, por propia experiencia, que la vida ética supone un  ascenso ilusionante a la plenitud de la vida personal. Es toda una labor de desescombro y reconstrucción. Pero de reconstrucción tan bien articulada, que, cuando un niño, un joven, un adulto inicie el proceso de crecimiento, intuya que está comenzando una vida nueva, abierta a inmensas posibilidades de realización.

Y, para mostrar que esto es posible, invito a mis alumnos a comenzar ya, sin más preámbulos, para que se vean enseguida insertos en un proceso de dinamización  creativa. Este proceso comienza cuando se hacen cargo de que crecer es ley de vida. Crecen el vegetal y el animal, por un impulso interno inconsciente. Los seres humanos debemos también crecer, no sólo en el aspecto fisiológico sino también como «personas». Este segundo aspecto del crecer no es automático; necesitamos saber cómo hemos de crecer, y de ahí la necesidad de una formación adecuada. 

Para crecer, debemos ejercitar nuestras potencias: movernos libremente, andar, hablar, manejar objetos… Pero estas actividades sólo tienen sentido y eficacia cuando recibimos posibilidades del entorno. Esas posibilidades las recibimos jugando. Jugar ‒en sentido filosófico preciso‒ significa recibir posibilidades para crear con ellas algo nuevo valioso: por ejemplo, jugadas, en los juegos de mesa y en el deporte ‒cuya meta es dominar el campo adversario‒; formas, en el arte, para «engendrar obras en la belleza» (como indicaba Platón); escenas, en el teatro, destinadas a mostrar la «intrahistoria» de unos personajes.

Ascenso del nivel 1 al nivel 2. Uno de los juegos que podemos realizar es, por ejemplo, el ajedrez. Para jugar necesito un tablero. Tomo una tabla cuadrada. Es mía, puedo hacer con ella lo que quiero. A este nivel de mi vida en el que dispongo de objetos y los pongo a mi servicio vamos a llamarle nivel 1.

Este dominio que tengo de objetos en el nivel 1 no me satisface, pues para crecer como «persona» necesito actuar de forma creativa. Y la creatividad auténtica comienza cuando asumo activamente posibilidades para generar algo nuevo dotado de cierto valor. Para actuar de este modo creativo pinto, en la tabla que poseo, unos cuadraditos en blanco y negro, y la transformo en tablero. El tablero es una realidad abierta, por cuanto nos ofrece un cauce para realizar las actividades que propone el reglamento del juego. He transformado la tabla ‒la convertí de objeto cerrado en realidad abierta‒, y ahora debo transformar mi conducta respecto al tablero. En vez de poseerlo y dominarlo, debo obedecerle, por ser el cauce del juego que voy a realizar conforme al reglamento. Justo cuando renuncio a mi libertad primera ‒la libertad de maniobra‒, adquiero un tipo superior de libertad, la libertad para crear una forma de juego. Al moverme con esta libertad creativa entre realidades abiertas ‒que, como el tablero, me ofrecen posibilidades para crecer‒, me hallo en el nivel 2. Subir del nivel 1 al nivel 2 es decisivo en la vida humana.

La experiencia del poema. Dentro del nivel 2, puedo elevarme a un plano todavía superior al del ajedrez. Alguien me regala un folio en el que se ha escrito un poema. Con el papel puedo hacer lo que quiera. Con el poema, no. He de asumir activamente las posibilidades que me ofrece para declamarlo y darle vida. Mi declamación es libre, pero con libertad creativa, vinculada a las condiciones del poema. El poema me inspira, guía e impulsa; yo lo configuro a él. Me siento llevado por él, pero soy yo quien le da un cuerpo sonoro. Los dos colaboramos por igual. De aquí se deduce que, si deseamos crecer, debemos renunciar en alguna medida a la libertad de maniobra capacidad de actuar conforme a nuestros gustos‒, y adquirir un modo de libertad creativa o libertad interior, que nos permite ser creativos precisamente cuando obedecemos a las realidades valiosas que nos otorgan posibilidades.

Observemos que nadie nos obliga a renunciar a la libertad de maniobra. Somos nosotros los que decidimos con gusto hacerlo, porque intuimos que vincularse por decisión interna a lo valioso ‒es decir, ob-ligarse‒ es el camino para enriquecernos y crecer. Advertir que nos vamos enriqueciendo nos causa verdadera ilusión.

Las experiencias reversibles. Esta ilusión se explica porque acabamos de descubrir, por nosotros mismos, un tipo superior de experiencias: las experiencias reversibles, o bidireccionales. De ellas depende nuestro crecimiento personal, pues en ellas aprendemos a ser creativos, al aceptar el hecho de que debemos ser receptivos y activos a la vez. Gracias a esta doble condición, podemos dar vida a obras literarias y musicales y unirnos a ellas con un modo de unión superior a las formas superficiales de unión propias del nivel 1. De nuevo observamos que sólo al obedecer a algo valioso crecemos como personas. Vislumbramos ya el secreto de la vida personal, lo que podemos llamar la «lógica de la vida creativa»: obedecemos a lo que nos perfecciona sin ser coaccionados, sino movidos por la necesidad de crecer y perfeccionarnos. Esa obediencia es la actitud propia de quien se siente inspirado y se deja llevar de aquello que lo enriquece.

Ascenso del nivel 2 al nivel 3. El descubrimiento del encuentro y el ideal de la vida.  Al entrar en el campo de estas experiencias reversibles, descubro rápidamente la forma más alta: el encuentro, que es la unión estrecha de dos personas deseosas de crear un estado de enriquecimiento mutuo. La experiencia me dice que también aquí tengo que obedecer si quiero  crecer. Efectivamente, el encuentro, para darse, me exige ser generoso, veraz, fiel, cordial, comunicativo, participativo… Si cumplo estas condiciones y tengo la suerte de que otra persona adopte la misma actitud, tiene lugar el encuentro. Y, con él, vienen sus frutos: nos da energía interior, luz para conocer, alegría, entusiasmo, plenitud, felicidad. Al darme cuenta de que, incluso en momentos penosos, me basta encontrarme de verdad para tener alegría y ser feliz, concluyo que el valor más grande de mi vida ‒o sea, la fuente más copiosa de posibilidades de crecer‒ es el encuentro. Acabo de descubrir el ideal de mi vida, que es el ideal de la unidad ‒del amor auténtico‒, que va unido de raíz al ideal de la bondad, la verdad, la justicia, la belleza.  

Fijémonos en cómo la necesidad de crecer nos llevó...

  1. a distinguir meros objetos ‒realidades cerradas, dominables por nosotros‒ y realidades abiertas, que nos ofrecen diversas posibilidades; 
  2. a descubrir la necesidad de realizar varias transformaciones,
  3. a realizar experiencias reversibles, que culminan en el gran acontecimiento del encuentro,
  4. a descubrir, a la luz de los frutos del encuentro, el ideal de la unidad. 

Nos hallamos en el momento decisivo de nuestro desarrollo personal, pues del ideal depende todo en nuestra existencia. Debemos en este momento concentrarnos, a fin de  vivir la experiencia creativa que voy a relatar seguidamente, pues sus consecuencias positivas para nuestra vida serán indescriptibles.

La asombrosa capacidad transformadora del ideal de la unidad. El ideal de la unidad no es una mera idea; es una idea motriz, dinamizadora. Si elegimos siempre en virtud del ideal de la unidad ‒no de nuestras apetencias‒, este ideal orienta nuestras acciones y nos impulsa hacia la plenitud personal. Tal plenitud queda de manifiesto cuando alguien es capaz de afirmar, con la seriedad de las decisiones fuertes, que “el bien hay que hacerlo siempre; el mal, nunca”, “lo justo, siempre; lo injusto, nunca”… Al convertir el ideal de la unidad ‒entendido en toda su amplitud‒ en un principio interno de acción, nos situamos en el nivel 3, que es la cumbre de la vida ética. Notemos que esta entrega al ideal de la unidad, la bondad, la justicia, la belleza… no es fácil; supone un olvido de sí, de los propios gustos y caprichos, del afán de protagonismo y dominio. Pero justamente cuando nos elevamos a esta alta cota de generosidad y optamos por los grandes valores, es cuando experimentamos diversas transfiguraciones, que cambian nuestro modo de pensar y de actuar, y nos dan un toque de excelencia:

  • La “libertad de maniobra” se transforma en “libertad creativa” o “libertad interior”.
  • La vida anodina se colma de sentido.
  • La vida pasiva se vuelve creativa.
  • La vida cerrada se torna abierta, creadora de relaciones.
  • El lenguaje pasa de ser mero medio de comunicación a ser vehículo viviente del encuentro.
  • La vida temeraria ‒entregada al vértigo‒ se torna prudente, inspirada por el ideal de la unidad.
  • La entrega al frenesí de la pasión se trueca en amor personal oblativo.

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