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LA CRISIS DE LA SOCIEDAD EMPIEZA CON EL DETERIORO DE LA EDUCACIÓN.

En nuestro tiempo no es solamente la economía la que está en crisis, es la sociedad entera la que se encuentra en proceso de transformación y cambio.

La crisis de la sociedad nace con el deterioro de la educación, savia que nutre el desarrollo personal y social de todo ser humano.

¿Qué queda dentro de nuestro ser, cuando después de haber pasado toda una vida entera en las aulas, nos damos cuenta de que toda la formación y el supuesto conocimiento recibido y legitimado socialmente, únicamente tiene un valor de cambio perecedero y caduco? ¿Qué recordamos de nuestra experiencia escolar y académica como más valioso para nuestras vidas?

«El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos y no para ser gobernados por los demás» (Herbert Spencer)

La educación debe potenciar el desarrollo de la conciencia que junto a la comprensión y el compromiso, son las dimensiones estratégicas del aprendizaje.

En el mundo educativo andamos perdidos, desorientados, confusos. Qué sociedad y qué futuro queremos para nosotros mismos y para legarles a nuestros hijos? En qué “paradigma” formativo nos encontramos y dónde nos situamos? ¿No estaremos educando en un paradigma y unos horizontes que se han visto ya desbordados por las nuevas necesidades educativas derivadas de la evolución social actual? ¿La educación y formación requeridas en estos comienzos del s. XXI no sobrepasan con creces la «instrucción» hasta ahora ofrecida a las nuevas generaciones? ¿La educación actual no se nos está quedando ya desfasada en sus planteamientos y metas finales? Hoy el desafío educativo ya no se reduce simplemente al acceso a la cultura letrada, la capacitación para el desarrollo en la sociedad cibernética o en la sociedad de la información. Los retos educativos de hoy son mucho más amplios y la formación ofrecida por el sistema oficial resulta ya insuficiente, y en algunos aspectos hasta obsoleta, para dar respuesta a los importantes desafíos (no sólo académicos) que la vida actual nos plantea.

Educativamente, ante nosotros dos grandes opciones: nos ponemos al servicio de las exigencias de la economía, la producción y el mercado, al pairo del discurso oficial referido a la mejora del capital humano como medio para mejorar la competitividad de nuestro país, focalizando la formación en los aspectos profesionales-laborales como si el ser humano fuera tan sólo un "homo faber" o nos posicionamos prioritariamente como fervientes defensores del auténtico desarrollo como seres humanos, como apasionados servidores de las verdaderas y auténticas necesidades del ser humano.

Lo decía Chesterton: La raíz de los males del mundo es una concepción errónea sobre lo que es el hombre. Y eso referido al mundo educativo, dedicado a potenciar y desarrollar integralmente al ser humano, resulta especialmente grave. Por lo general, en la práctica el mundo educativo, servil a una cosmovisión materialista, economicista y utilitarista de la vida, imperante en nuestra sociedad, opera todavía con una concepción reduccionista y sesgada del ser humano, considerándolo en su vertiente formativa prioritariamente en su rol de “homo faber”, “homo económicus”, como “productor”  y “consumidor”, primacía que obnubila, oscurece y ofusca la relevancia personal y social de la formación en otros roles-dimensiones que resultan también esenciales, incluso capitales dentro de la lógica del desarrollo integral de las personas, en la vida de todo ser humano: individuos en proceso de desarrollo y maduración personal, como miembros responsables de la formación de una familia, comprometidos no sólo con la crianza física y material de los hijos sino de su educación y desarrollo moral, padres o futuros padres responsables y capacitados para dar y ofrecer  una correcta «educación» a sus hijos, como ciudadanos activos, participativos y críticos en medio de la  sociedad en la que se hallan inmersos. Formar “currantes” eficientes será muy necesario para las necesidades de la economía y del mercado, pero resulta un horizonte educativa y humanamente escasamente ambicioso. La educación debe servir para cosas mucho más altas.

De esa concepción reduccionista, parcial y sesgada del ser humano quizás deriven gran parte de los males del mundo educativo. Los sistemas supuestamente educativos, están más preocupados y ocupados en vender acreditaciones y proporcionar competencias y habilidades profesionales, que en crear las condiciones y mediaciones necesarias para que cada ser humano conquiste de forma original y autónoma su propia humanidad.

Posiblemente la solución no haya que contemplarla en términos de la disyuntiva presentada anteriormente sino de complementariedad entre ambas perspectivas. Pero qué ocurre entre nosotros en la práctica educativa cotidiana? Los sistemas educativos de nuestro tiempo han alcanzado tal grado de burocratización y tecnologización que difícilmente podemos encontrar ya en ellos algo diferente a saberes puramente utilitarios y/o adaptativos. En nuestros días son muchos, por ejemplo, los que cegados y deslumbrados por el potente poder innovador de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación aplicadas a la educación parecen ahogarse en tan amplio y proceloso mar….. Sin embargo sabemos que éstas no son un fin en sí mismas, sino un medio potente, aunque uno más, al servicio de fines educativos mucho más altos. ¿De qué nos servirá mejorar la tecnología educativa si han quedado reducidos, obnubilados, oscurecidos y desdibujados los horizontes y las metas a perseguir? ¿Hacia dónde deben mirar esos nuevos horizontes y metas educativas necesarios ya hoy? Una buena Educación apunta a la promoción y desarrollo de la conciencia, la voluntad, la comprensión y el compromiso.

La Educación entre nosotros continúa sin ver claro hacia dónde realmente dirigirse. Eso ocurre también en la formación de personas adultas. Una formación que necesita superar su estadio "compensatorio" para encaminarse hacia una formación qualitativamente superior en la línea de las metas anteriormente apuntadas. El enfoque competencial aunque positivo y con grandes posibilidades no es tampoco la panacea, más si carecemos de una visión integral y amplia sobre qué es el “ser humano”, de cuáles son los principales roles a perfeccionar a lo largo de la vida y cuáles son sus verdaderas necesidades y las competencias necesarias a desarrollar para satisfacerlas. Y mientras continúe perpleja, desorientada y confusa en sus fines, casi huérfana de auténticos educadores-servidores de tan preciados valores, mientras nos quedemos mirando el dedo y no consigamos hacer comprender al que se está formando las nobles metas hacia las que apunta,… será difícil hacer realidad entre nosotros la auténtica Educación, aquélla que persigue tan altos fines. A este respecto puede resultar interesante la reflexión a la que nos invita el autor del siguiente texto.

LA EDUCACIÓN DEBE FACILITAR EL DESARROLLO DE LA CONCIENCIA

Por Juan Miguel Batalloso Navas


joves"El verdadero nombre de una educación transformadora es que sea humanizante. Será entonces liberadora en la medida que desencadene, acompañe y desafíe siempre al aprendizaje de la condición humana (…) La condición humana refiere insalvablemente al amor, que es por él y en él que nos constituimos en humanos". Alejandro Cussianovich (2007)

Dice Alain Touraine, uno de los más brillantes y comprometidos sociólogos de nuestra época recientemente galardonado, junto a Zygmunt Bauman, con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010, que en el momento actual estamos atravesando por tres crisis: la económica-financiera, la ecológica-planetaria y la política. Ésta última, se expresa cada vez con más insistencia, como incapacidad de los gobiernos nacionales y de las instituciones internacionales para hacer frente a los graves problemas de la humanidad, creyendo ingenuamente que una vez restaurados los beneficios de los bancos, todo se va a resolver. En este sentido señala algo que nos parece de extraordinaria importancia para la educación y así nos dice: «…la construcción de un nuevo tipo de sociedad, de actores y Gobiernos, depende antes que nada de nuestra conciencia (1) y de nuestra voluntad, o, más sencillamente aún, de nuestra convicción de que el riesgo de que se produzca una catástrofe es real, cercano a nosotros y de que, por tanto, tenemos que actuar necesariamente…» (TOURAINE, A.; 2010).

En la misma línea, el insigne y reconocido Zygmunt Bauman nos recuerda uno de los mensajes que más insistentemente se han ofrecido en la pasada Conferencia Internacional celebrada en Fortaleza (2) y así nos dice que vivimos en un mundo, «…donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre, en el que estamos destinados a intentar, una y otra vez y siempre de forma inconclusa, comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás, destinados a comunicar y de ese modo, a vivir el uno con y para el otro…» (BAUMAN, Z.; 2010).

Estamos pues ante una crisis que es al mismo tiempo externa e interna. Externa en cuanto afecta a las condiciones materiales de nuestra existencia y de la vida en el planeta, e interna porque se relaciona estrechamente con nuestra naturaleza humana y nuestra forma de construir conocimiento y sentido. Y es en este punto, donde aparece de nuevo el indispensable papel que debe jugar la educación como facilitadora y promotora del desarrollo de la conciencia, la voluntad, la comprensión y el compromiso, como dimensiones estratégicas del aprendizaje y la enseñanza de condición humana.

Sin embargo la educación también continúa en crisis, una crisis de la que ya nos alertó Iván Illich hace más de cuarenta años, cuando nos mostraba la extraordinaria y alienante confusión entre "escolarización" y "educación" (ILLICH, I.; 1974).

Y es que los sistemas educativos de nuestro tiempo han alcanzado tal grado de burocratización y tecnologización al ritmo de la expansión de los mercados, que difícilmente podemos encontrar ya en ellos algo diferente a saberes puramente utilitarios y/o adaptativos.

Pero además, porque dichos sistemas supuestamente educativos, están más preocupados y ocupados en vender acreditaciones y proporcionar competencias y habilidades profesionales, que en crear las condiciones y mediaciones necesarias para que cada ser humano conquiste de forma original y autónoma su propia humanidad.

¿Qué queda dentro de nuestro ser, cuando después de haber pasado toda una vida entera en las aulas, nos damos cuenta de que toda la información y el supuesto conocimiento recibido y legitimado socialmente, únicamente tiene un valor de cambio perecedero y caduco? ¿Qué recordamos de nuestra experiencia escolar y académica como más valioso para nuestras vidas?

¿O es que nuestro paso por las escuelas y universidades no es más que una liturgia y un obligado requisito para sobrevivir en una sociedad de mercado en las que ganancia, apropiación, desigualdad y consumo ilimitado, siguen siendo de una y mil formas su fin y su medio?

¿Qué nos han aportado nuestros estudios y certificaciones al conocimiento de nosotros mismos y nuestras vinculaciones y conexiones con la sociedad y la naturaleza? ¿No será que el conocimiento adquirido y construido se ha quedado hipertrofiado y nada nuevo somos capaces ya de generar, como no sea en términos de mayor burocratización y mercantilización?

¿Es que acaso nuestras instituciones académicas y escuelas consiguen los resultados esperados que declaran en sus siempre paradisiacas visiones, misiones y valores? ¿No será que nuestra simplificadora y disciplinaria mente escolarizada es incapaz de concebir nuevas formas de pensar, sentir y hacer educación?

¿O no será que la educación amplia y formalmente entendida es un fenómeno que sucede fuera de las aulas y en los márgenes de éstas? ¿O es que lo que entendemos por educación no es más que una sofisticada y costosa superestructura institucional que legitima, garantiza y reproduce un modo de producción inhumano e insostenible?

Fuente: http://www.tendencias21.net/

Ver también:

La «cultura», algo más que un lujo cultural. La cultura como factor «emancipador».

EL GRAN RETO DE LA TAREA EDUCATIVA