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La verdadera «cultura» estimula a plantearse las preguntas esenciales de la vida.

 

El ser humano es protagonista de una diversidad de experiencias, expresión de la alta complejidad evolutiva a la que hemos llegado los humanos.

 

La religiosidad ha constituido desde siempre una de las grandes y más importantes experiencias de la aventura humana.

 

La experiencia religiosa, la religiosidad, constituye un fenómeno humano extendido a lo largo y ancho del planeta.

 

Tomar en serio el tema religioso, se sea o no religioso, es un signo de respeto a la realidad.

 

«La predisposición hacia las creencias religiosas es la fuerza más compleja y más poderosa del espíritu humano, y con toda probabilidad constituye una parte inseparable de la naturaleza humana».

 

Parece, pues, que los humanos estemos constituidos con la enigmática «necesidad de trascender».

 

«Trascender» significa superar, traspasar los límites de nuestro conocimiento inmediato.

Significa triunfar sobre los impulsos biológicos para situar al humano más allá de las puras coordenadas humanas.

 

La religión brota del natural funcionamiento de la mente humana.

Tanto la «religión» como la «espiritualidad», si son realmente serias, son una invitación a superar el egocentrismo para abrirse a la alteridad.

 

La espiritualidad debe entenderse como el convencimiento profundo de que la existencia tiene un valor y un sentido.

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La dimensión trascendente del ser humano

Abiertos a la «trascendencia»

«La cultura no es un lujo que podamos permitirnos sólo en las épocas faustas, es aún más crucial en épocas descarriadas. Su misión es formular las preguntas esenciales. ¿Quiénes somos? ¿Dónde vamos? ¿Qué pretendemos construir? ¿Qué sociedad? ¿Qué civilización? ¿Y basadas en qué valores? ¿Cómo usar los recursos gigantescos que nos brinda la ciencia? ¿Cómo convertirlos en herramientas de libertad y no de servidumbre? » (Discurso de Amin Maalouf, premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010)

Cervantes envió a Don Quijote a hacer pedazos los velos que ocultan el mundo que habitamos y que intentamos comprender. Pero estamos destinados a luchar en vano mientras el velo no se alce o se desgarre. Incrédulos, pasotas irreverentes, materialistas recalcitrantes, posmodernos pasados de rosca,  descreídos, laicistas militantes, nihilistas …, muchos son los que en este mundo nuestro, a menudo distraídos y entretenidos en mirar el dedo que señala, no son capaces de ver más allá de la dirección en la que apunta. La verdadera «cultura» estimula a los verdaderamente cultos a plantearse las preguntas esenciales de la vida para, esforzándose en «des-velar» el céfiro que la recubre, intentar comprenderla.

Más allá de la crisis económica, la actualidad en el panorama sociológico español no da tregua. Una de las polémicas de fondo surgidas a nivel nacional es la que se ha suscitado recientemente a raíz de cuestiones como el batiburrillo desatado a partir del último libro de Hawkins The Grand Design, la agitación laicista promovida sistemáticamente desde la izquierda y sus corifeos mediáticos, en episodios como el intento de recluir la expresión de las creencias religiosas al ámbito de lo privado, las recientes medidas adoptadas por el gobierno socialista sobre la celebración del culto religioso en la basílica del Valle de los Caídos, la presencia de símbolos religiosos en los espacios públicos, la polémica sobre la presencia de la asignatura de religión en las escuelas, ciertas parodias televisivas en las que se ridiculizan sentimientos muy personales de muchos ciudadanos  o la polémica generada hace unas semanas en la opinión pública a raíz de unas declaraciones del Papa, no del todo bien formuladas y mal interpretadas, en el avión antes de tomar tierra en su reciente visita a España, la subsiguiente polémica desatada, la habitual actitud beligerante adoptada por ciertos sectores de la prensa española alineados con las tesis de un laicismo militante y radical, etc.

A raíz de todo ello han aflorado de nuevo en la opinión pública española y se han puesto sobre el tapete del debate público cuestiones como modernidad y fe, aconfesionalidad del Estado, el Estado laico, laicidad, laicismo militante, la autonomía del poder civil frente a la doctrina del poder religioso, legislar de acuerdo con la voluntad popular y el parlamento y no como le gustaría al Papa (recientes declaraciones de Zapatero en medio del vaporoso fragor de un mitin), etc.

Previa a toda polémica hay una realidad que está ahí y que conviene reconocer y no olvidar. Una realidad que conviene «des-velar», correr el velo, para que reluzca claramente y nos ayude a descubrir con mayor nitidez un aspecto esencial de la verdad del ser humano como es su multimemensionalidad y en concreto su dimensión de ser «un ser abierto a la trascendencia» en todos los órdenes de la vida, también en el terreno estrictamente religioso.

Todo ello da pie a abordar  una dimensión a menudo denostada e incluso olvidada por un modernismo burdo que opera con una concepción antropológica reduccionista y poco respetuoso con la realidad multidimensional del ser humano. Aprovechemos la ocasión para ampliar nuestros conocimientos sobre nosotros mismos y sobre la realidad que nos circunda y poner de relieve la dimensión espiritual o trascendente del ser humano. Veamos su fundamento, su función, su importancia no sólo sociológica sino incluso evolutiva. Realidad que conviene no obviar si pretendemos ajustarnos a la verdad de la «realidad antropológica» y queremos ser consecuentes y respetuosos con la muntidimensionalidad del ser humano.

Un fenómeno humano singular

Los seres humanos como vamos viendo en estas páginas somos unos seres verdaderamente originales, singulares, únicos dentro del Universo. Hemos hablado de las posibilidades y limitaciones de la mente humana (ver aquí y aquí). A pesar de la fascinación que suscita la idea de que pudiéramos conocerlo todo, la convicción creciente es que no sólo no lo conoceremos todo, sino que muy probablemente estamos constitucionalmente incapacitados para conseguirlo. Hemos visto que a pesar de las enormes posibilidades de la mente humana no podemos conocer todo. No estamos capacidad para hacerlo. Ser conscientes de nuestra condición humana, de las limitaciones de nuestra mente, estar abiertos a la posibilidad de que no lo podamos aprehender todo es un signo de realismo, también de honradez intelectual, con las posibilidades y limitaciones de nuestra mente.

Por otra parte observamos cómo el ser humano es protagonista de una diversidad de experiencias, expresión de la alta complejidad evolutiva a la que hemos llegado los humanos, auténticos "productos singulares" de la mente humana, como el amor, la ternura, la compasión, la empatía, el altruismo, la capacidad de trascender, el arte, la política, la economía, la religión. Entre las funciones mentales más complejas que caracterizan específicamente los humanos encontramos: la conciencia, el lenguaje, el razonamiento, la experiencia ética y estética, la sociabilidad, la experiencia religiosa ...

La experiencia religiosa, la religiosidad, en sus más variados grados y expresiones, constituye un fenómeno humano extendido a lo largo y ancho del planeta. La última encuesta Gallup sobre la importancia de la religión en el mundo ha revelado que la religiosidad sigue jugando un papel clave en la vida de la mayor parte de los habitantes del planeta. El sondeo, realizado en 2009 sobre la población de un total de 114 países (1.000 personas por país), ha revelado que la proporción media global de adultos que afirman que la religión es una parte importante de sus vidas cotidianas es del 84%, un porcentaje no muy distinto al obtenido en encuestas Gallup anteriores.  Además, en 10 de los países y regiones sondeados, al menos el 98% de los adultos encuestados señaló la importancia de la religión.

La religiosidad ha constituido desde siempre y también en la actualidad una de las grandes y más importantes experiencias de la aventura humana. La antropología está descubriendo su eminente función en nuestra historia evolutiva. Nuestra actitud ante un hecho humano tan relevante y universal no puede ser de indiferencia y menos aún de menosprecio y desprestigio público. Sería no atender y no ajustarse adecuadamente a la realidad de los hechos. Ni el laicismo militante ni la instalación en el fundamentalismo religioso son los caminos más idóneos para redescubrir lo que de esencial tiene el sentimiento religioso que anida en lo más íntimo del corazón de muchos seres humanos.  Al mismo tiempo son muchos los que sienten la necesidad de que la religiosidad, en este siglo XXI, purifique su expresión. En otro lugar hicimos ya referencia al panorama conceptual que gira alrededor de la «experiencia religiosa» y delimitamos conceptos como hecho religioso, Dios, fe, espiritualidad, creencias, religiones (ver aquí).

Un fenómeno sustentado en la propia biología y neurología humanas

La «experiencia religiosa» como acabamos de apuntar es una de las grandes dimensiones mentales y culturales de los humanos. La extensión universal del hecho religioso es evidente. Está presente en la mayoría de sociedades históricas y actuales. La aproximación a fenómeno humano tan eminente ha sido realizado no solamente desde el interior mismo del hecho creyente sino también desde la filosofía, la psicología, la sociología y últimamente también desde las ciencias de la vida, especialmente desde la antropología evolutiva, la genética y la neurología. La neurociencia ha intentado, en las últimas décadas, comprender y explicar las experiencias religiosas y espirituales, aportando nuevas perspectivas.

El hecho que la antropología biológica haya acabado aceptando sin apriorismos la importancia del «hecho religioso» en la aventura humana hace que hoy resulte más normal hacerse preguntas sobre si en nuestra constitución como especie existe algún sustrato biológico-neuronal que nos predisponga a la experiencia religiosa, en el bien entendido que las religiones son productos humanos, independientemente del estatuto que se le reconozca a la divinidad, la cual si existe y por definición, no es un producto humano. De las conclusiones sobre el hecho religioso como fenómeno humano no se deduce nada respecto a Dios, que como acabamos de afirmar no es un producto humano.

E. O. Wilson, biólogo estadounidense conocido por su trabajo en evolución y sociobiología y uno de los científicos de más reputación nacional e internacional, en una de sus obras (La naturaleza humana, 1978) afirma: «La predisposición hacia las creencias religiosas es la fuerza más compleja y más poderosa del espíritu humano, y con toda probabilidad constituye una parte inseparable de la naturaleza humana». Esta afirmación es compartida por muchos biólogos. Para muchos de ellos la religión es un hecho que responde a un registro biológico-neuronal. La existencia de un eventual programa neural orientado a la trascendencia lo explica E. O. Wilson como resultado de una auténtica selección genética darwiniana.

Desde hace unos años, y gracias a los avances tecnológicos alcanzados, que permiten el registro de la actividad neuronal del cerebro, la neurociencia ha intentado explicar la religiosidad y la espiritualidad humanas desde una perspectiva puramente fisiológica. Así, por ejemplo, en investigaciones neurológicas recientes se han descubierto las zonas del cerebro implicadas en las experiencias místicas e, incluso, se ha llegado a crear un mapa que definiría el “cerebro místico”.

La necesidad de trascender  

Parece como si los humanos estuviéramos programados y predispuestos a salir de nosotros mismos. En el ser humano parece haber una disposición a rebasar el mundo de las necesidades de supervivencia y orientarse hacia fuera, orientarse hacia los demás, hacia el futuro y hacia los intereses que van más allá de nuestras necesidades egocéntricas. El amor, la ternura, la compasión, la empatía, el interés por los demás, la responsabilidad, la vulnerabilidad, ... serían expresión de esta posible orientación hacia fuera, hacia los demás. Como actitud que preside estos afectos superiores figuraría la «capacidad de trascender», mediante la cual tendemos a salir hacia fuera y liberarnos de la fijación en nosotros mismos. «Trascender»  significa superar, traspasar los límites de nuestro conocimiento inmediato. «Trascender» significa triunfar sobre los impulsos biológicos para situar al humano más allá de las puras coordenadas de la conservación, para iniciarse en los caminos de la libertad. La «trascendencia» representa una victoria sobre el egoísmo, convirtiéndose así en la estructura clave de la maduración humana, del proceso liberador.

Parece, pues, que los humanos estemos constituidos con la enigmática «necesidad de trascender». El hombre está siempre orientado hacia algo que él mismo no es. El hecho mismo de ser «humano» implica ir más allá de uno mismo. El ser humano siente necesidad de transcenderse a sí mismo.  Esta necesidad de trascendencia, de ir siempre más allá de lo que uno es, de ir en busca del sentido de lo que uno vive y de lo que uno hace, constituye la esencia de la existencia humana. La autotrascendencia, en definitiva, nos hace sentirnos como una parte integral del universo y, desde el punto de vista científico, sirve para medir el comportamiento espiritual de cada individuo. En medio de la multidimensionalidad del ser humano se encuentra, pues, una faceta, una dimensión que le impulsa a trascender su propia vida y la materialidad misma de la realidad. La necesidad de trascender  fundamenta nuestra espiritualidad al constituirnos como seres abiertos, como seres que no se agotan en sí mismos y buscan el sentido de la realidad más allá de sí mismos.

Una realidad más allá de la pura materialidad?

En el fondo más recóndito de toda experiencia religiosa parece latir esta enigmática e imperiosa necesidad de trascender, propia de la condición humana. La pura razón como hemos visto no alcanza a explicárselo todo. No tenemos una respuesta racional que explique la totalidad de esa realidad. Se postula una entidad a quien llamamos “Dios” como el origen de todo. La aproximación a esa realidad última como se ha indicado anteriormente se ha hechos desde la racionalidad de diversas disciplinas. La ciencia en cuanto tal, no puede demostrar la existencia de Dios, pero tampoco su inexistencia. Se abre así el camino a la creencia o a la increencia.

A lo largo y ancho del planeta, según se ha indicado anteriormente, hay una gran mayoría de población, que de alguna manera u otra está abierta a esa posibilidad, que vislumbra que esta posibilidad cae dentro de una razonabilidad general abierta a la búsqueda del sentido y orientación de la realidad. La razonabilidad general postula un sentido general a la realidad que el ser humano se esfuerza por descubrir, frente a la razonabilidad restringida, propia del método científico, que hace referencia y tan solo admite la dimensión experimental y comprobable de la realidad.

Las religiones constituyen un fenómeno típicamente humano. El ser humano necesita encontrar sentido a la realidad. Los seres humanos reflexionan, se interrogan, se preguntan sobre el sentido de esa realidad en medio de la cual se encuentran. Frente a las pretensiones de la ciencia de profundizar en aspectos parciales de la realidad, las religiones intentan dar una repuesta interpretativa global de la realidad. Su función fundamental es la de acompañar la capacidad interrogativa e interpretativa de los seres humanos.

El papel clave de la capacidad de trascender en la evolución humana

La religión ha constituido un elemento central en el continuum de la evolución de la vida humana. La competencia para trascender ha jugado un papel clave en el proceso de la evolución humana: los genes que predisponen a las actitudes espirituales tendrían en la selección natural el papel de dotar a los humanos de un sentido innato de aceptación positiva de la realidad. La capacidad de trascender se convierte así en la estructura clave de la maduración humana, del proceso liberador y de todo itinerario religioso cualitativamente interesante. Tanto la «religión» como la «espiritualidad», si son realmente serias, son una invitación a superar el egocentrismo para abrirse a la alteridad, y Dios quizás la mejor garantía de esta apertura a los otros. Y nos ayudan también a encontrar el sentido global de la realidad.

En la religión podemos destacar dos grandes facetas. Una primera faceta, la interpretativa, es la que permite al “yo” otorgar sentido al mundo. Una segunda faceta, la transformadora, es la que origina una verdadera transformación de la conciencia en los individuos.  Según Wilber, la religión tiene dos funciones muy importantes, aunque también muy diferentes entre sí. Por un lado, la religión actúa como un medio de creación de sentido para el “yo” separado: mitos, relatos, rituales y otros elementos de las religiones nos sirven como consuelo, dan sentido a nuestra existencia, y nos ayudan a resistir los altibajos del destino. Sin embargo, esta faceta de la religión, señala el autor, no cambia el nivel de conciencia de las personas. Es la segunda función, la función “transformadora” de la religión, la que produce una liberación y una transformación radicales de la conciencia, escribe Wilber.

La religión brota del natural funcionamiento de la mente humana. La espiritualidad debe entenderse como el convencimiento profundo de que la existencia tiene un valor y un sentido. En el fondo del debate late, no obstante, la aceptación o no de la posibilidad de una realidad última, trascendente. Las afirmaciones sobre la posibilidad de una realidad no percibida por la mente humana, trascendente, las afirmaciones sobre Dios se encuentran en el corazón mismo de este debate. Tomar en serio el tema religioso, se sea o no religioso, es un signo de respeto a la realidad. Hoy sabemos que a pesar de todos los avances y descubrimientos científicos no es fácil hablar de cuestiones como «materia» o «energía», y aún lo es mucho menos hablar de «Dios». A Dios nadie lo ha visto, sin embargo hay infinidad der seres humanos que de alguna manera intuyen esa realidad última que llamamos Dios. De la limitación del conocimiento humano se deduce tanto la gran precaución que hay que mantener al formular afirmaciones sobre Dios, como la actitud de apertura a la posibilidad de su existencia, de la posibilidad de una realidad más amplia que la que es capaz de captar nuestra mente. Es esta sensata actitud de modestia y apertura al mismo tiempo la que ha permitido a muchos seres humanos a lo largo de la historia interrogarse sinceramente sobre la posibilidad de una realidad más amplia que la percibida por nuestra mente. Es desde esta actitud de apertura respetuosa con la verdad de la realidad del ser humano desde la que se puede hablar de «trascendencia» y de sus versiones concretas, como las religiones, las creencias, las espiritualidades, etc.

El cultivo de la dimensión transcendente es parte esencial de una educación holística e integral del ser humano. La educación religiosa persigue el cultivo y la vivencia permanente de esa «dimensión transcendente». La experiencia de la belleza misma puede constituir un itinerario para conocer a Dios, para trascender nuestra propia naturaleza. Liberarnos de prejuicios obsoletos y entender lo que de positivo y enriquecedor puede tener la dimensión trascendente del ser humano es signo de apertura intelectual, de actitud realista y de aceptación respetuosa de una realidad sociológica que está ahí, al constituir un fenómeno humano universal, extendido en todo el planeta y presente en todas las culturas y civilizaciones humanas. Purifiquemos, pues, la expresión y el lenguaje utilizados al referirnos a tales fenómenos y acerquémonos a estas cuestiones con una actitud mental abierta, viendo lo que de positivo hay en ellas, a fin de superar ciertos prejuicios obsoletos en que a menudo todavía nos movemos.

Elaboración propia, a partir de recursos y materiales diversos.

Ver también:

  • Una visión abierta del ser humano
  • POSSIBILITATS I LIMITS DE LA MENT HUMANA
  • Dios entre los pucheros de los hombres
  • A PROPÒSIT DE LA CAMPANYA DEL «BUS ATEU»