2005-15
10è ANIVERSARI

titol

De dónde venimos? (1)

¿De dónde venimos?

Una aproximación a los orígenes del universo, de la vida y de la humanidad.

La aparición de la especie humana en el cosmos, uno de los enigmas más fascinantes de todos los tiempos.

Aléjate, toma una cierta distancia… Observémonos con perspectiva y comprenderemos un poco mejor de dónde venimos, qué somos, quiénes somos los «humanos»

He aquí uno de los enigmas más fascinantes de todos los tiempos: el origen del hombre. ¿De dónde proviene? ¿Cómo y cuándo llegó a la existencia? Porque es innegable que este ser que llamamos «hombre» es algo tan distinto de todo el resto del «cosmos» que uno no puede menos de preguntarse cómo ha aparecido, cuándo ha aparecido, por qué ha aparecido, para qué está sobre la Tierra. Eh aquí el gran misterio en la que se desenvuelve nuestra especie en el Cosmos.

Una explicación asequible, amena, no técnica, realizada a un nivel y con un lenguaje divulgativo …

1. Del «big-bang» a la aparición de la vida

La teoría conocida con el nombre de «big-bang» (gran explosión) es hoy generalmente admitida como la explicación más segura de los orígenes del Cosmos. La inició tímidamente un canónigo belga, Georges Lemaitre, en 1927. La perfeccionó el astrónomo norteamericano E. Hubble. Quedó confirmada con el descubrimiento de la radiación de fondo, eco remotísimo de la explosión inicial, realizado por dos astrónomos norteamericanos, A. Penzias y R. Wilson, en 1964, y ratificada definitivamente por miles de fotografías enviadas por el satélite artificial COBE, leídas e interpretadas por el Profesor George Smoot y su equipo del Lawrence Berkeley Laboratory, de Estados Unidos, en 1992.

Según esta teoría la epopeya cósmica comenzó hace aproximadamente 15.000 millones de años, cuando se produjo una increíble explosión que describiremos muy brevemente 24. Los astrofísicos se han remontado hasta lo que llaman el tiempo cero o «muro de Planck» que viene expresado por la fracción 10-43 segundos, una fracción de tiempo casi inimaginable, puesto que es el número 1 precedido de 43 ceros, un instante miles y miles y miles de millones de veces más breve que un segundo. Pues bien, en ese momento fantásticamente diminuto, el Cosmos entero, con todo lo que después serán los miles de inmensas galaxias, de proporciones asombrosas, las fabulosas cantidades de enormes estrellas y cuerpos celestes, la Tierra y todas las posibilidades de la vida, incluida, claro está, la materia que forma nuestros cuerpos, estaba todo contenido en un elemento tan diminuto que su diámetro se expresa por la cifra de 10-33 cm., o sea, decenas y decenas y decenas de miles de millones de veces más pequeño que la punta de un alfiler. Su densidad se calcula en 10921a del agua, un 1 seguido de 92 ceros.

En ese núcleo se produjo una explosión a la altísima temperatura de 1032 grados, una frontera de calor extremo, más allá de la cual no llega la Física. A partir de esa explosión estremecedora comienza la epopeya cósmica, la más fantástica de cuantas se puedan imaginar. Se libera una energía fabulosa. La «materia» —si es que se puede hablar aquí de materia— todavía no es más que lo que impropiamente podemos llamar, con Teilhard de Chardin, un «polvo cósmico», o más bien, con Igor Bogdanov, una «sopa» de partículas primitivas, antepasados lejanos de los quarks, partículas que interaccionan continuamente entre sí.

Durante el tiempo casi inconcebible por su brevedad que va de 10-35 a 10-32 segundos, el universo incipiente se hincha 10 veces. Pasa de tener el tamaño de un átomo —invisible al ojo humano— al de una manzana de diez centímetros de diámetro. Termina lo que se llama «era inflaccionaria». En ese momento existen sólo lo que los astrofísicos llaman «partículas X» cuyo cometido es sólo transmitir fuerzas. Aquella «manzana» era sólo un campo de fuerzas que aún no contiene un ápice de materia propiamente dicha.

A partir del instante siguiente, 10-31 segundos, se forman las primeras partículas de materia: quarcks, electrones, fotones, neutrinos y sus antipartículas. El universo alcanza la forma de un balón grande. Las energías comienzan a diferenciarse e, impulsado por ellas, el universo mide ya 300 metros de diámetro. En el interior, temperaturas inconcebibles. Se diferencian ya los quarks, los gluones y los leptones. Aparecen las fuerzas fundamentales: fuerza gravitatoria, fuerza electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil. Entre 10-11 y 10-5 los quarks se asocian en neutrones y protones, desaparecen casi todas las antipartículas y se forman los elementos sub-atómicos del universo actual.

Aproximadamente 200 segundos después de la explosión inicial, las partículas se asocian y forman los isótopos de los núcleos de hidrógeno y de helio. Han pasado tres minutos. La explosión ha tenido éxito y el cosmos está en marcha.

A partir de estos momentos, durante millones de años, el universo continuará su expansión anegado por radiaciones y por un turbulento plasma de gas, un inmenso océano de energía. 100 millones de años más tarde se forman las primeras estrellas, en su seno se fusionan los átomos de hidrógeno y de helio para generar los elementos pesados que aparecerán millones de años después. Progresivamente las partículas infratómicas se consolidan en átomos y éstos en moléculas. Aparecen masas inmensas de materia que dan origen a las galaxias y los cúmulos de estrellas. Y esos increíbles gigantes viajan por los espacios vacíos a velocidades fantásticas alejándose todos de todos. Cuando uno piensa que la luz de la galaxia más cercana a nosotros, Andrómeda, viajando a 300.000 Kms. por segundo, tarda dos millones de años en llegar a la Tierra y que hay millones de galaxias mucho más lejanas, a miles de millones de años-luz, uno no puede menos de experimentar el vértigo de lo misterioso y de lo infinito. Una milmillonésima de masa que se hubiera desviado hubiese podido provocar un caos, una fuga de materia a una velocidad tal que no hubiese sido posible la formación de los soles, los planetas, la vida, el orden cósmico. Ninguna se desvió.

Nuestra galaxia, llamada Vía Láctea, tiene de cien a doscientos mil millones de estrellas enormes. Una de ellas es el sol.

Como satélite del sol se formó la Tierra, hace aproximadamente cinco mil millones de años. Al principio no es más que un desierto de lava fundida, nubes inmensas de vapor y de gas, una mezcla de gas carbónico, amoníaco, óxido de carbono, nitrógeno e hidrógeno. Millones de años más tarde cede el calor, por la ley de la entropía, y comienza la solidificación y la formación de los continentes en forma muy diversa de la actual. Se forma la primera atmósfera. Se condensan las nubes y llueve, el agua cae a torrentes durante miles de años y cubre gran parte de la Tierra. En medio de ese caos, las moléculas primitivas se juntan y se combinan formando estructuras estables, un orden. La materia tiende, por sí misma a organizarse en sistemas cada vez más complejos. Del desorden nace el orden. Una veintena de aminoácidos se forman en los océanos, que serán más tarde los componentes básicos de los seres vivos. A través de millones de años, los aminoácidos, siguiendo la ley de afinidad atómica, forman las cadenas de esos preciosos materiales de la vida que son los péptidos, y después las primeras moléculas nitrogenadas de las que nacerá más tarde el código genético. Estas, unidas al fosfato y a Ios azúcares, elaboran los prototipos de los nucleótidos que en interminables cadenas conducen a la aparición del ARN (ácido ribonucléico) y del ADN (ácido desoxirribonucléico) portador de la clave de la herencia biológica. La vida está a la puerta.

Uno de los más célebres bioquímicos actuales, Illyah Prigogine, ha demostrado que el aparente desorden de la materia conduce al orden; las moléculas de líquido se organizan y se agrupan de manera ordenada; se forman sistemas abiertos que intercambian materia, energía e información. Un sistema al recibir tales influjos puede no ser capaz de tolerarlos sin dar un salto cualitativo y superior en su organización. Así habria aparecido una estructura cualitativamente distinta que llamamos célula o unidad del ser vivo. «La vida no es sino la historia de un orden cada vez más elevado y general. Porque, a medida que el universo vuelve a su estado de equilibrio, se las arregla, a pesar de todo, para crear estructuras cada vez más complejas. Eso es lo que demuestra Prigogine. A su manera de ver, los fenómenos de autoestructuración iluminan una propiedad radicalmente nueva de la materia. Existe una suerte de trama continua que une lo inerte, lo previviente y lo viviente; por su construcción la materia tiende a estructurarse de forma que llegue a ser materia viva» 25. No sería desacertado, esto supuesto, hablar, como hace Teilhard, de una pre-vida en la materia 26.

Se calcula que las primeras unidades vivas, las células, han aparecido, aproximadamente dos mil millones de años después de la formación de la Tierra. La Tierra se habría formado hace cinco mil millones de años, la vida habría aparecido hace tres mil millones de años. Para que aparezca la vida en el planeta Tierra se han requerido unas condiciones de equilibrio, de luz, de campos energéticos, de temperatura, de presión, de multitud de elementos que no es probable que se hayan verificado en otro astro del universo. Hasta ahora, al menos, no hay ningún indicio serio.

Una célula viva está compuesta de una veintena de aminoácidos que forman una cadena compacta, la actuación de estos aminoácidos depende de alrededor de 2.000 enzimas. Los biólogos afirman que para que sólo un millar de enzimas distintas se unan por azar, de forma que se logre formar una célula, sólo existe una probabilidad del orden de 10-100°, un 1 precedido de mil ceros, es decir nula. Esa conjunción, sin embargo, se dio.

Antes de pasar a describir las propiedades específicas de la vida y su desarrollo se impone aquí una breve reflexión: ¿Qué explicación cabe de estos hechos asombrosos? En un punto infinitesimal estaba condensado el cosmos entero, toda su materia y su energía. Allí ocurrió una explosión enorme, pero tan perfectamente programada que la materia obedece a leyes determinadas y homogéneas. Más aún, a lo largo de etapas cronológicas inmensas, en un planeta determinado, se verifican contra toda probabilidad, un enorme cúmulo de circunstancias tales que posibilitan una nueva y complejísima estructuración que señala la aparición de la vida, una vida dotada de leyes increíblemente precisas, gracias a las cuales se desarrolla después, de la fantástica y ordenada manera que veremos en el apartado siguiente, desde los elementos más próximos a la materia, como los virus, hasta las formas más elevadas como es el cerebro humano dotado de 14.000 millones de neuronas perfectamente montadas para que el hombre pueda pensar. Un elemento cualquiera de los miles que entraron en juego en la formación de la vida, sea material, sea energético, que hubiera fallado habría anulado la existencia de la vida. No falló ninguno. Concurrieron todos a la cita como si se hubieran puesto de acuerdo y construyeron ese «milagro», probablemente único en el universo, que es la vida en la Tierra. Se puede decir que todo fue fruto del azar pero ésta es una explicación irracional carente de sentido. El azar ni es ni puede ser razón suficiente de un proceso tan enormemente complejo y que concluye en la producción de la vida con sus admirables propiedades.

Los científicos rehúsan preguntarse qué había antes del muro de Planck. Pero las preguntas se acumulan sin que lo podamos evitar: ¿Por qué hubo algo en lugar de nada?, ¿quién puso en la existencia el primer elemento?, ¿quién le dotó de leyes?, ¿quién programó en él lo que iba a suceder de forma que resultase un Cosmos y no lo más cierto, si se hubiese dejado actuar al azar, que hubiera sido un caos?, ¿por qué hubo átomos?, ¿por qué se formaron las moléculas?, ¿por qué no se desintegraron?, ¿por qué hubo ácidos nucléicos y enzimas?, ¿quién ha elaborado el proyecto de la primera molécula de ADN transmisora del mensaje inicial que permitirá la reproducción de la primera célula viva?, ¿qué inteligencia y que poder se requieren para estos acontecimientos que se inician hace 15.000 millones de años y aún perduran en su proceso evolutivo?

Es vano reprimir estas preguntas porque brotan con la misma naturalidad y espontaneidad con que respiramos. Y la única respuesta razonable es pasar del orden al Supremo Ordenador, de las leyes al Legislador, de las causas causadas a la Causa incausada, de la realidad de lo contingente a la realidad del Absoluto «quem omnes dicimus Deum» (al que todos llamamos Dios), en frase de santo Tomás.

Por fin, hagamos notar que ni en la Filosofía ni en la Teología católica, se requiere una intervención especial de Dios para que aparezca la vida. Al fin, la vida vegetal y animal parece no ser otra cosa que la materia dotada de una organización y unas propiedades maravillosas. ¿Qué otra cosa son los vegetales y los animales sino materia? Sin embargo, hasta ahora, en ningún laboratorio se ha logrado la síntesis de la vida, partiendo deelementos inertes 27.

 

  1. Sobre el tema ver F. DAGONET, Corps réfléchis, Paris 1990. El autor, sin embargo, al valorar la materia y la energía corre un cierto riesgo de reduccionismo.

  2. O.H. SCHINDEWOLF, Filogenia y Antropología desde el punto de vista de la Paleontología, en H. GADAMER - P. VOGLER (direct.), Nueva Antropología, t.I, Barcelona 1975, 251.

  3. Henri Bergson ya introdujo el concepto de «evolución creadora» en su explicación de la vida, pero la atribuye a un misterioso «élan vital», una fuerza irresistible y creadora que anida en el interior de la vida y se confunde con ella misma. No se atreve a afirmar una teleología de conjunto ya que las formas de vida que aparecen son imprevisibles. El término de la evolución bergsoniana no es unificación sino dispersión. Lo compara a la granada lanzada por un cañón que estalla en fragmentos los cuales se han dividido, a su vez, en nuevas granadas destinadas a estallar y así sucesivamente. Teilhard de Chardin que leyó a Bergson ha logrado una síntesis mucho más coherente y convincente. A ella haremos algunas alusiones. Cfr. H. BERGSON, L'évolution créatrice, Paris 1907; P. TEILHARD DE CHARDIN, Le phénoméne humain, Paris 1955; M. BARTHÉLEMY-MADAULE, Bergson et Teilhard de Chardin, Paris 1963.

  4. Seguimos principalmente los datos científicos que aportan los astrofísicos Grichka e Igor Bogdanov, en el diálogo que mantienen con Jean Guitton, y que se ha publicado en el libro Dieu et la science, Paris 1991. Otros libros que exponen el mismo tema son S. WEINBERG, Les trois pretniéres minutes de l'universe, Paris 1978; B. D'ESPAGNAT, A la recherche du réel, 1979; 1. PRIGOGINE, La nouvelle aliance, Paris 1986; M. TALBOT, L'Univers, Dieu ou hasard?, Paris 1989; TRINH XUAN THUAN, La mélodie secréte, Paris 1988.

  5. J. GUITTON, G. e 1. BOGDANOV, bieu et la science, Paris 1991, 66-67.

  6. Cfr. P. TEILHARD DE CHARDIN, Le phénoméne humain, Paris 1955, 49ss.

  7. La discusión sobre cuál sea la realidad última de la materia está abierta. Se puede afirmar que hoy nadie lo sabe. La ruptura de las partículas, que se consideran últimas produce ¡partículas! El filósofo de la ciencia venezolano, Carlos Ulises Moulines, retó a los materialistas de esta manera tan sencilla: Dado que en las presentes circunstancias ni los físicos ni los filósofos de la ciencia son capaces de dar una noción precisa de lo que es la materia, ¿cómo se atreven a declararse materialistas? Escribe: «Si uno afirma "todo es materia" pero no tiene una idea razonablemente clara de qué es la materia, entonces se halla en una posición tan incómoda como la de alguien que afirmara "todos los que viven enfrente son ugrofineses" y no supiera qué son los ugrofineses», C.U. MOULINES, Exploraciones metacientíficas, Madrid 1982, 358.

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C. VALVERDE: "Antropología Filosófica" EDICEP. México-Santo Domingo

Ver también la sección LA NOSTRA ESPÈCIE en perspectiva històrica