2005-15
10è ANIVERSARI

titol

De dónde venimos? (3)

Las teorías evolucionistas

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En la cultura occidental, hasta bien entrado el siglo XIX, se leían los relatos de los dos primeros capítulos del Génesis bíblico y se los interpretaba literalmente. A pesar de las aporías que presentaban, se admitía que Dios había creado directa e inmediatamente las estrellas, el sol, la luna, la tierra, los mares, los vegetales, los animales y al fin el hombre como rey de la creación. Era una concepción estática y fixista.

A partir del siglo XVIII se estudia muy directamente la Naturaleza, se clasifican los seres vivos (Ray, Linneo, Buffon), con esto se observan sus semejanzas y diferencias, se crea la noción de especie y apunta un transformismo moderado. El científico que da un impulso importante a la hipótesis evolucionista es Jean Baptiste de Monet, conocido con el nombre de Lamarck (1744-1829), en su obra Philosophie zoologique (1809). Otros científicos siguieron la dirección evolucionista, pero quien es considerado como el que establece definitivamente la teoría de la evolución es el inglés Charles Darwin (1809-1882) con su obra El origen de las especies (1859). Las especies se transmutaban unas en otras en fuerza de la lucha por la existencia y la selección natural, con el triunfo de las especies más fuertes. En 1871 publicó otra obra en dos volúmenes, El origen del hombre, en el que ya aplica el transformismo a la aparición del hombre.

Desde entonces, la representación de un proceso evolutivo para explicar el desarrollo del árbol de la vida, se impone progresivamente. Con frecuencia, los científicos consideraron al hombre  no más que como un animal evolucionado. Así Ernst Haeckel en su libro Morfología General de los Organismos (1866) titula un capítulo La antropología como parte de la zoología. Desmond Morris, ha llamado al hombre El mono desnudo (1967).

Con el descubrimiento de las leyes genéticas por el fraile agustino austriaco Gregor Mendel (1822-1884) se dio un paso ulterior, y muy importante, para explicar el proceso evolutivo. A partir de 1910, Thomas Morgan y sus colaboradores Bridges, Sturtevant y Muller demuestran que los genes o factores hereditarios se hallan situados en los cromosomas de los núcleos de las células.

Ya entrado este siglo, la hipótesis evolucionista se impone como la que mejor explica los datos de la Paleontología de la Anatomía comparada, de la Fitología, de la Zoología, de la Genética, y sus evidentes procesos. Hoy se considera como una explicación necesaria y una exigencia para la inteligibilidad de lo real. Más que un Cosmos lo que existe es una Cosmogénesis. Incluso es más coherente con la Filosofía y la Teología.

Teorías evolutivas: afinalistas y finalistas

No hay unanimidad, en cambio, para dar una explicación definitiva de todos los mecanismos que activan la evolución. Según P. Overhage, existen sobre esto hasta veintiocho teorías diversas. De manera general se las puede clasificar en dos grupos: teorías afinalistas y teorias finalistas.Las teorías afinalistas tratan de explicar el magnífico, progresivo y ordenado fenómeno de la evolución biológica mediante fuerzas o causas ciegas, no destinadas a producir los diversos órganos y organismos, incluido el hombre, sino que los producen por el puro azar. Las teorías finalistas aun admitiendo la existencia de mutaciones genéticas casuales y la selección natural, consideran imposible e impensable que un proceso tan enormemente complejo como es la evolución, y tan perfectamente programado que realiza por sí mismo un macro-proceso de subida de conciencia, hasta llegar al hombre, y que continúa a través de él, pueda explicarse sin una inteligencia y un poder supremos que han previsto el fin, han ordenado los medios, y han inscrito, en la misma materia, un programa asombroso que luego realizan las múltiples energías de la materia y de la vida. Los que no admiten más conocimiento que el empírico se niegan a escuchar el término «finalismo», o el equivalente «teleología», porque son conceptos metafísicos. Pero deberían interrogarse si esos términos metafísicos expresan o no una realidad porque eso es lo que importa. Negarse a escuchar esa pregunta es el dogmatismo.

Entre las teorías afinalistasla más difundida es la llamada Teoría sintética o neodarwinista. Según sus defensores ella es suficiente para explicar la evolución desde lo inerte hasta el hombre incluidas las manifestaciones psíquicas superiores. Se llama sintética porque hace la síntesis del mutacionismo con el darwinismo. Darwin no conoció el hecho de las mutaciones genéticas. La teoría toma del mutacionismo la existencia de mutaciones genéticas y del darwinismo la lucha por la existencia, la selección natural y el triunfo de la especie más fuerte. La evolución se produciría en virtud del juego combinado de estos dos factores: mutaciones genéticas casuales más selección. Las mutaciones son cambios imprevistos o «errores de ortografía» en la transmisión de los caracteres hereditarios que después se perpetúan en los descendientes por las leyes de la invariancia reproductiva. La selección elimina los cambios nocivos y favorece los útiles. Sumando los cambios útiles se pueden obtener diversidades morfológicas y funcionales notables. Estas, favorecidas por la lenta duración de los períodos geológicos y por particulares condiciones ambientales, habrían formado todas las estructuras, los órganos, los sistemas, las propiedades de todos los vivientes existentes y extinguidos. Así se habrían formado, por ejemplo, los ojos útiles para ver, los pulmones para respirar en el aire, las piernas en vez de las aletas, etc. Defienden esta teoría los anglosajones: R.S. Fischer, S. Wright, G.R.S. Haldane, J. Huxley, G.G. Simpson, Th. Dobzhansky y otros de diversas nacionalidades 2.

No pocos biólogos, sin embargo, son reticentes ante tal teoría: «Por este camino se puede explicar hoy día la formación de las razas ecológicas y geográficas dentro de una especie, las reducciones, las alteraciones simétricas, como por ejemplo la aparición de caracoles levógiros a partir de formas destrógiras, etc. Pero no tenemos ni idea de cómo se han formado y multiplicado armónicamente, a través de mutaciones conocidas, los órganos complicados, en cuya construcción intervienen cientos de genes [...] Darwin le escribió a Gray: Me da fiebre cuando pienso en el ojo humano» 3.

Hay otras teorías afinalistas: el desdoblamiento de los loci, la transducción, la asimilación genética, la teoría de la «neutralidad», la del «rejuvenecimiento», el evolucionismo dialéctico de los marxistas, etc..4. Un ilustre profesor de Tubinga escribe esta rotunda e increíble afirmación: «El hombre debe ser considerado como un producto histórico del azar»5.

No podemos omitir una breve referencia a la teoría antifinalista de Jacques Monod por la resonancia que tuvo, a partir del año 1970, en que publicó su libro El azar y la necesidad. Influido por el existencialismo sartreano y por el estructuralismo, este célebre biólogo francés rechaza todo finalismo en la evolución como un antropomorfismo que no es lícito aplicar a la Naturaleza. En la Naturaleza y en el proceso evolutivo sólo se da el azar. La vida misma apareció por azar, un azar sumamente improbable pero que sucedió, «nuestro número salió en el juego de Montecarlo»6. Una vez que inesperadamente brota la vida, se suceden, también por casualidad, las frecuentes mutaciones genéticas que producidas, se rigen después por una férrea ley de la invariancia reproductiva; el individuo mutado se reproduce con su mutación y genera una nueva especie de individuos innumerables. De mutación en mutación, a lo largo de los siglos, se han ido produciendo los numerosísimos organismos y seres vivos y, de mutación en mutación, por puro azar, ha aparecido el hombre con todos sus complejísimos órganos y, por las leyes necesarias de la reproducción invariante, vive y se perpetúa. No había, pues, ningún proyecto, ni el hombre es el término previsto de la evolución. Todo ha sido fruto de casualidades. La bioquímica es la única ciencia que explica la aparición del hombre y se atiene a lo que Monod llama «el postulado de la objetividad», que excluye cualquier «ilusión» o proyecto antropomórfico, finalista o religioso. Reconoce que quedan regiones de lo humano no suficientemente iluminadas por los conocimientos biológicos, como el lenguaje simbólico y el sistema nervioso central que es teleonómico, pero, en cualquier caso, el pensamiento de una previsión finalista lo estima ilusorio y anticientífico. Concluye: «la antigua alianza está ya rota; el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del universo de donde ha emergido por azar. Igual que su destino, su deber no está escrito en ninguna parte»7. Lo considera una conclusión «científica» que confirma la teoría existencialista de Sartre: la vida humana es absurda, un no-sentido y un sufrimiento inútil.

Al estudiar las teorías afinalistas que niegan cualquier proyecto previo inscrito y programado en los procesos vitales evolutivos, y que recurren al azar como última explicación, uno no puede menos de admirarse de tanta fe. ¡Creer que la pura y ciega casualidad puntual, jugando con miles de millones de elementos, ha formado sistemas tan complejísimos y perfectos como el ojo humano, la circulación sanguínea, el cerebro o el aparato reproductor! Es como creer que el Quijote o Los hermanos Karaniazov, los compusieron Cervantes o Dostoievski, noche tras noche, tirando al alto letras de imprenta que, ¡por casualidad! se fueron reuniendo y formaron sucesivamente las páginas de esas obras literarias. Muchos no somos capaces de tanta fe. El azar no es razón suficiente del orden y de las leyes fijas8. Una mutación o una serie de mutaciones que terminan en un tipo superior y viable supone una tal convergencia de factores que su aparición fortuita es de una improbabilidad equivalente a una imposibilidad absoluta9. Los mismos científicos hablan ya de distinta manera a como lo hacía Monod en los años setenta. He aquí el testimonio de Ervin Lazslo: «Hasta el decenio de 1980, la mayoría de los biólogos sostenían que la aparición de nuevas especies, en lo esencial, se comprendía bien en la teoría darwiniana, al menos en su variante moderna que recibe el nombre de teoría sintética. Pero hoy ponen en duda esta concepción un número creciente de biólogos [...]. En primer lugar, niegan el factor del azar que rige la explicación darwiniana. Ahora los biólogos encuentran difícil comprender cómo una búsqueda, fundamentalmente al azar, pudo tener como consecuencia la emergencia del mundo de los seres vivientes con su complejidad conocida [...] cómo puede explicarse estadísticamente la casualidad de la aparición de unos sistemas de grandísima complejidad, como el cerebro de los mamíferos, cuando un uno por ciento de las conexiones de ese cerebro, organizado específicamente, representa una cantidad mucho mayor de conexiones que toda la red mundial de comunicaciones» 10.

No es que nosotros neguemos la existencia de mutaciones azarosas, y que tales mutaciones han dado origen a nuevas especies que luego se continúan por las leyes de la invariancia reproductiva, cosas que hoy están demostradas. Lo que negamos es que se pueda atribuir al azar, como causa fundamental, el progreso ortogenético de toda la evolución en su conjunto, y la complejidad creciente de los sistemas orgánicos que tendrá como resultado final la aparición de seres cada vez más conscientes y, al final, el cuerpo humano. Algunos autores han hablado de «un azar dirigido» y la expresión no es desafortunada.

Razonabilidad de la explicación finalista

Mucho más razonable y realista parece la explicación finalista. Prescindiendo de variantes de las diversas interpretaciones, que aquí importan menos, tenemos que admitir, en primer lugar, que el proceso evolutivo ha sido, al menos, ortogenético, es decir, que ha seguido una dirección muy precisa, desde los protozoos al hombre. El árbol de la vida, en medio de la infinita frondosidad de especies animales —más de un millón— que han podido surgir por mutaciones genéticas azarosas, lo curioso es que ha tenido también un tronco central. Esto significa que, en una línea de animales muy concretos, ha existido un sistema que se ha ido haciendo cada vez más complejo, al correr de los siglos, y que a medida que se ha hecho más complejo, esos animales han tenido más «conciencia», es decir, mayor conocimiento y mayor espontaneidad en sus reacciones; por decirlo de otra manera, mayor aproximación a los actos humanos, aunque aún a mucha distancia cualitativa de ellos, como después veremos. Este sistema al que aludimos es el sistema nervioso. A medida que el sistema nervioso ha tenido más elementos y más relacionados entre sí –eso es la complejidad– los animales han crecido en perfección. Así puede establecerse una ortogénesis central ascendente que sería la secuencia siguiente: cordados, vertebrados, mamíferos, primates, antropoides. Que un mamífero, supongamos un perro, tiene más perfección, o sea más «conciencia» que un crustáceo o que un reptil parece que no se puede negar, ya que el perro conoce a su amo, juega con los niños, avisa cuando viene el ladrón, etc. Con monos antropoides se han hecho experiencias de aprendizaje que aproximan ciertas reacciones superiores de esos animales a las de los hombres inferiores 11. El chimpancé tiene un cerebro dotado aproximadamente de 6,6 mil millones de células, es decir, muy complejo. El hombre posee ya un cerebro con 14 mil millones 12.

Todo, pues, parece indicar que nos vemos obligados a admitir una ortogénesis, una evolución biológica rectilínea por un tronco central que termina y culmina en el hombre. Cuando parece que en lo esencial la evolución biológica ha alcanzado su meta, el horno sapiens sapiens, se inicia una evolución psicológica y cultural del mismo hombre que llega hasta nuestros días, y continúa, de manera que su término es absolutamente imprevisible. Si se aceptan todos los datos de la Paleontología, de la Genética, de la Zoología comparada, de la Antropobiología parece que no se puede dudar de la marcha ortogenética central del proceso evolutivo, al mismo tiempo que colateralmente van apareciendo muchísimas especies que quedan más o menos fijadas o desaparecen con el paso de los milenios.

Ahora bien, excluido el puro azar como causa fundamental de un orden infinitamente complejo, y no hay más remedio que excluirlo, si se admite la realidad de una ortogénesis central en el macroproceso evolutivo, entonces se hace evidente que la evolución es «un camino hacia», es decir, que el macroproceso evolutivo es teleológico, va buscando un fin y organiza los medios para alcanzar ese fin. Negar esta conclusión nos parece negar lo evidente. Hay que elegir entre el azar y la finalidad, pero la decisión razonable no es dudosa. El mismo J. Monod, que por su comprensión objetivista y empírica se decide por el azar como causa última del proceso evolutivo se ve obligado a admitir, en fuerza de una reflexión elemental, que en los seres vivos se da una «teleonomía», no se puede negar –dice– que «el órgano natural, el ojo, representa el término de un "proyecto"» 13. Mario Bunge hace notar, a este propósito, que «no hay grandes diferencias entre la teleología y la teleonomía, entre la entelequia aristotélica y el proyecto o plan teleonómico» 14.

Muchos biólogos de hoy admiten que en la base de la vida hay un proyecto. Todo viviente realiza su proyecto y él comporta la solución anticipada de todos los problemas. El desarrollo es una epigénesis programada; primero es el proyecto, después la programación registrada sobre la cinta del DNA, al fin el ser vivo.

De una o de otra manera defienden el finalismo en la evolución Pierre Teilhard de Chardin 15, el geólogo Piero Leonardi 16, el embriólogo A.M. Dalcq 17, el biólogo P.P. Grassé 18, los jesuitas Vincenzo Arcidiacono, Vittorio Marcozzi y Jules Carles, biólogos, y otros muchos 19.

La evolución teleológica plantea siempre una pregunta inquietante: Si es un proceso ascendente en el que aparecen seres mejores, más perfectos, con más «conciencia», parece contradictorio que lo más salga de lo menos, ya que nemo dat quod non habet. ¿Cómo admitir que una causa de grado n puede producir un efecto de grado n+1? De Finance ha hecho notar que la «ley de la novedad», es una expresión de la fecundidad del ser, de su potencia infinita de invención y de desarrollo creativo. En el hombre esta ley se interioriza, el ser toma conciencia de sí en el hombre y, en adelante, el hombre será capaz de superarse continuamente y descubrir y realizar lo nuevo y mejor. Más aún, continúa el mismo de Finance: «El paso de un grado de ser a un grado superior no es una excepción escandalosa de la regla, sino un caso en que se manifiesta, de un modo más relevante, el carácter sintético de la relación causal. No una creación, pero sí algo diferente de la pura generación "unívoca". Toda causalidad en el mundo es una participación de la causalidad primera y queda inexplicable sin ella. Porque sólo la Causa primera contiene, por eminencia, no sólo la naturaleza sino el ser mismo del efecto, su mismidad. En el paso evolutivo, esta participación es de un grado más elevado. Pero es una verdadera participación [...]. La clave está en la idea de participación. Como hay una participación del ser hay una participación del obrar [...] es la exigencia misma de inteligibilidad y de coherencia la que nos hace afirmarlo, más allá de lo representable»20. ¿No tendremos que representamos la evolución como un proceso en que el ser participado va desarrollando sus potencialidades en fuerza del mismo acto creativo hacia límites insospechados? La evolución, tal como se ha dado, nos coloca indiscutiblemente ante una sabiduría y un Poder creador superior que ponen en la existencia el ser, pero un ser del que surgen, a su tiempo, grados cada vez más elevados en cuanto a su participación en el Ser Absoluto. No es necesario poner intervenciones sucesivas del Creador –si se exceptúa para la aparición del espíritu, veremos en qué sentido– porque en cada momento de su duración el ser participado existe y actúa por la plenitud del Ser Imparticipado. El Creador no está fuera de la creación sino dentro de ella, haciéndola posible, sin identificarse con ella. El término de la acción creativa es un mundo evolutivo en el que cada grado de ser surge a su hora, en virtud del acto creador eterno. Es verdad que todo ha empezado en la materia pero en una materia misteriosa de increíble riqueza, que no puede ser reducida a la extensión, según el paradigma de la mecánica racional, ya que es portadora de atributos variadísimos que irán brotando de ella. Para conocerla no basta el lenguaje matemático; su riqueza ontológica nos lleva mucho más allá de los conceptos científicos del positivismo 21.

O.H. Schindewolf, de la universidad de Tubinga, escribe: «Desde el punto de vista de las ciencias naturales, se debe considerar inimaginable que en los unicelulares más primitivos estuviera ya programada toda la filogenia, tal como se ha presentado en los últimos miles de millones de años y que estuviera ya dirigida hacia los mamíferos y con ello también hacia el hombre [...]. Un único «error» hubiera podido echar abajo todo el plan».22. El científico dice bien: «desde el punto de vista de las ciencias naturales» no se puede demostrar ni la participación, ni la causalidad, ni la teleología. Pero las ciencias naturales no son las únicas ciencias. Donde terminan ellas y su método de verificación y sistematización empírica, empieza el de la reflexión filosófica que busca las razones necesarias y las necesarias condiciones de inteligibilidad de los fenómenos empíricos. La ciencia filosófica continúa con otro método, la investigación de la realidad. Es atinada también su observación: «un único error hubiera podido echar abajo todo el plan». Lo asombroso, lo que a cualquiera le hace pensar es que no haya existido ni «un único error», es decir, que jugando con infinitas posibilidades de fracaso y con infinitas mutaciones genéticas por azar, al final la evolución ha logrado lo que venía buscando: la maravilla del hombre. La Metafísica nos libera, a veces, de los límites y las ilusiones del pensamiento empírico 23.

Supuesto lo dicho, tenemos que estudiar «el puesto del hombre en el cosmos», por utilizar la expresión de Max Scheler, aunque hoy podemos hacerlo con muchos datos que él no pudo sospechar. No se puede estudiar ni comprender al hombre sino enraizado en el Cosmos y en el tiempo, en los que aparece, en los que vive y se desarrolla, y en los que muere. El Cosmos y su temporalidad es el medio humano y sin él no hay hombre. Como también sin el hombre, el Cosmos no tendría razón de ser.


  1. P. OVERHAGE, Die Evolution des Lebendigen. Die Kausalität, Freiburg 1965, 28. Diversas explicaciones del evolucionismo se encontrarán en S. ARCIDIACONO, Evolucionismo hoy, Folia humanística, 27 (enero-febrero 1989), 23-43.
    La Iglesia católica recibió con reservas la hipótesis evolucionista porque parecía contradecir a los relatos bíblicos del Génesis que entonces se interpretaban literalmente. Pero ya Pío XII en su encíclica Humani generis (1950) escribió: «El Magisterio de la Iglesia no prohíbe que, según el estado actual de las Ciencias y de la Teología, en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de ambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente» (n° 29). Es verdad que en el año 1950, el evolucionismo no se podía considerar más que como una hipótesis. El Papa actual, Juan Pablo II va ya mucho más lejos. En una Carta a los miembros de la Pontificia Academia de las Ciencias de 22 de octubre de 1996 escribe: «Hoy, cerca de medio siglo después de la publicación de la encíclica Humani generis, nuevos conocimientos conducen a no considerar más la teoría de la evolución como una mera hipótesis. Es digno de notarse que esta teoría se ha impuesto progresivamente a la atención de los investigadores, como consecuencia de una serie de descubrimientos en las diversas disciplinas del saber. La convergencia, no pretendida ni buscada, de los resultados llevados a cabo independientemente los unos de los otros, constituye por sí misma un argumento significativo a favor de esta teoría» (L'Osservatore Romano, 24 ottobre 1996, 7). Un estudio interesante por los datos que acumula es el de J.M. MALDAMÉ, Evolution et création, Revue Thomiste 96 (1996) 575-616.
  2. Cfr. T. DOBZHANSKY, Genetics and the Origin of Species, 1937; E. MAYR, Systematic and the Origin of Species, 1942; G.G. SIMPSON, Tempo and Mode in Evolution, 1944; G.L. STEBBINS, Variation and Evolution in Plants, 1950. Un intento de modificación y adaptación de la Teoría sintética a los últimos descubrimientos y teorias puede verse en G.L. STEBBINS y F.J. AYALA, The evolution of darwinism, Scientific American, 253 (julio 1985), n. 1.
  3. A. REMANE, La importancia de la teoría de la evolución para la Antropología general, en H.G. GADAMER - P. VOGLER (direct.) Nueva Antropología, t.l., Barcelona 1975, 296.
  4. Un resumen de estas teorías puede verse en V. MARCOZZI, Teorías evolucionistas actuales, Sillar 2 (1982), 143-163.
  5. O.H. SCHINDEWOLF, Filogenia y Antropología desde el punto de vista de la Paleontología, en H. GADAMER - P. VOGLER, (direct.) Nueva Antropología, t. í., Barcelona 1975, 279.
  6. J.MONOD, El azar y la necesidad, Barcelona 1971, 159-160.
  7. O.c. 193.
  8. Hace una acertada exposición y una crítica objetiva al libro de J. Monod, J.L. RUIZ DE LA PEÑA, Las nuevas antropologías, Santander 1983, 76-89; y también E. COLOMER, Hombre y Dios al encuentro, Barcelona 1974, 43-84. En la misma dirección que J. Monod está también el conocido antropólogo francés E. MORIN, El paradigma perdido. El paraíso olvidado, Barcelona 1974.
  9. Cfr. G. SALET, Hasard et certitude, Paris 1972; V. MARCOZZI, Caso e finalitá, Milano 1976. El tema del azar, del caos que se debería seguir, de la existencia real del orden, de las reglas y de los sistemas, etc., sigue dejando inquietos a los científicos que siguen por ello estudiando el tema. Como últimas obras pueden verse J. GLEICK, La théorie du chaos, Paris 1989; AA.VV. L'ordre du chaos, colección de artículos de la revista Pour la science, Paris-Berlin 1989; La science du désordre, número especial de La Recherche, n. 232, mayo 1991; I. EKELAND, Au hasard, Paris 1991; D. RUELLE, Hasard et chaos, Paris 1991. Ver también el conjunto de entrevistas con científicos en el volumen Le hasard aujourd'hui, Paris 1991.
  10. E. LASZLO, Evolución. La gran síntesis, Madrid 1988, 77-78.
  11. Véanse algunos ejemplos en J. DE FINANCE, Citoyen de deux mondes. La place de 1'homme dans la création, Roma - Paris 1980, 65-78.
  12. Otros datos en H. SCHAEFER y P. NOVAK, Antropología y bioquímica, en H. GADAMER - P. VOGLER, (direct.), Nueva Antropología, t.1., Barcelona 1975, 25-30.
  13. J. MONOD, El azar y la necesidad, Barcelona 1971, 20.
  14. M. BUNGE, Epistemología, Barcelona 1980, 118.
  15. P. TEILHARD DE CHARDIN, Le phénomene humain, Paris 1955.
  16. P. LEONARDI, L 'evoluzione biologica e 1'origine dell'uomo, Brescia 21949.
  17. A.M. DALCQ, lntroduzione all'Embriologia generale, Milano 1967.
  18. P.P. GRASSE, L'évolution du vivant, Paris 1963.
  19. V. ARCIDIACONO, Interrogativi sul Universo, en AA.VV. Scienze umane et religione, Messina 1991; V. MARCOZZI, Teorías evolucionistas actuales, Sillar 2 (abril-junio 1982), 15-36; J. CARLES, La vie et son histoire. Du bing-bang au surhomrne, Paris 1989.
  20. J. DE FINANCE, Citoyen de deux mondes. La place de 1'homme dans la création, Roma-Paris 1980,124-125.
  21. Sobre el tema ver F. DAGONET, Corps réfléchis, Paris 1990. El autor, sin embargo, al valorar la materia y la energía corre un cierto riesgo de reduccionismo.
  22. O.H. SCHINDEWOLF, Filogenia y Antropología desde el punto de vista de la Paleontología, en H. GADAMER - P. VOGLER (direct.), Nueva Antropología, t.I, Barcelona 1975, 251.
  23. Henri Bergson ya introdujo el concepto de «evolución creadora» en su explicación de la vida, pero la atribuye a un misterioso «élan vital», una fuerza irresistible y creadora que anida en el interior de la vida y se confunde con ella misma. No se atreve a afirmar una teleología de conjunto ya que las formas de vida que aparecen son imprevisibles. El término de la evolución bergsoniana no es unificación sino dispersión. Lo compara a la granada lanzada por un cañón que estalla en fragmentos los cuales se han dividido, a su vez, en nuevas granadas destinadas a estallar y así sucesivamente. Teilhard de Chardin que leyó a Bergson ha logrado una síntesis mucho más coherente y convincente. A ella haremos algunas alusiones. Cfr. H. BERGSON, L'évolution créatrice, Paris 1907; P. TEILHARD DE CHARDIN, Le phénoméne humain, Paris 1955; M. BARTHÉLEMY-MADAULE, Bergson et Teilhard de Chardin, Paris 1963.

C. VALVERDE: "Antropología Filosófica" EDICEP. México-Santo Domingo