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Paradigmas y búsqueda de la verdad

La evolución de la conciencia: estadios y paradigmas

Empecemos reflexionando sobre nuestro propio marco sociocultural y por el modo como hemos llegado a él.

Un paradigma es el “filtro” que tenemos en cada momento histórico para aproximarnos a la realidad.

Al tratar de comprender y explicar la realidad, todos lo hacemos inevitablemente dentro de un paradigma, es decir, a partir de unos supuestos previos.

"Hacerme consciente del hecho de la evolución de la conciencia y, como consecuencia, de la sucesión de paradigmas, como marcos que condicionan nuestra comprensión y lectura de la realidad, me abre a perspectivas nuevas. Me clarifica y me cuestiona, a la vez que me hace ser más humilde en mi aproximación a la realidad". (E. Martínez Lozano)

Presentamos un resumen del capitulo titulado "La evolución de la conciencia: estadios y paradigmas" dentro de la obra de E. MARTIMEZ LOZANO: ¿Qué Dios y qué salvación?

 “Una vez que tenemos los ojos abiertos, podemos pasar a ver el mundo desde otra perspectiva aún más nueva, pero somos ya incapaces de volver a verlo desde la antigua”.
(K. Wilber)

Pre-supuestos, paradigmas y búsqueda de la verdad.

Pregunta: He estado pensando sobre el punto de partida más adecuado para nuestro diálogo. ¿Por dónde te parece que podríamos empezar?

Respuesta: Empecemos reflexionando sobre nuestro propio marco sociocultural y por el modo como hemos llegado a él. Todo nuestro pensamiento es situado, es decir, es deudor del marco donde se produce. Es obvio que no hablaría del mismo modo sobre Dios una persona del siglo X, pongamos por caso, que uno de nosotros. Cuanto más conscientes seamos de nuestro propio marco, más ganaremos en libertad y, por tanto, en garantía de verdad. Porque lo que más nos condiciona es todo aquello que no hacemos consciente, lo que damos por supuesto sin haberlo sometido a crítica. A todos nuestros pre-supuestos no criticados les atribuimos, sin darnos cuenta, un carácter de verdad incuestionable. Dicho de otro modo: todo presupuesto no cuestionado –que, en realidad es un pre-juicio o, en el mejor de los casos, una mera hipótesis– se convierte inexorablemente en creencia dogmática. Y eso falseará inevitablemente nuestra búsqueda.

¿Podrías poner un ejemplo? Los puede descubrir uno mismo, preguntándose por todo aquello que, en la percepción de la vida y del mundo, se da por supuesto. Mientras alguien dé por válida, sin haberla puesto en cuestión, la visión (religiosa) del mundo recibida en su infancia, está otorgando de hecho a esa visión un carácter prácticamente sagrado, que la convertirá en “definitiva”. O, en el otro caso, cuando se parte de una visión materialista de la realidad y se la da por supuesta, se convierte en un a priori, un pre-juicio, en el sentido literal del término –juicio previo–, que hará difícil tanto el diálogo abierto como la búsqueda honesta de la verdad. Pero, ¿y si las cosas no fueran como nos las han enseñado?, ¿y si las respuestas no fueran las que hemos aprendido?, ¡¿y si la realidad no fuera como la pensamos?

¿A qué se debe que sean inevitables? Lo decisivo no es el hecho de que funcionemos con pre-supuestos, sino que no tomemos distancia de ellos. Tales presupuestos son inevitables. Lo realmente decisivo es la lucidez y la humildad para detectarlos y someterlos a crítica y, de ese modo, evitar que se conviertan en creencias inamovibles. Los humanos no nacemos en el vacío. Nacemos en un marco determinado, que es tanto geográfico como cultural. Del mismo modo que no podemos estar fuera de un espacio físico, tampoco podemos estar nunca fuera de un determinado espacio cultural que nos sirve de referencia. Y éste es el punto crucial: tal marco es previo a uno mismo. Nadie lo elige. Más aún, configura el mismo modo de pensar, ya que, de entrada, como no puede ser de otra manera, le atribuiremos una validez absoluta e incuestionable. No en vano, ese marco nos proporciona nuestras primeras seguridades y referencias y, por eso, no se nos ocurre cuestionarlo.

Pero, ¿qué es exactamente ese “marco”? Un marco de comprensión es toda una constelación de valores, creencias, costumbres, usos y técnicas, que configuran el “espacio” en el que nos movemos y desde el que nos aproximamos a la realidad. A eso se le llama “paradigma”. Un paradigma es una especie de teoría general de un alcance tal que puede abarcar la mayor parte de los fenómenos conocidos en su campo o proporcionar un contexto para ellos. Es como el “filtro” a través del cual tratamos de comprender la realidad; las “gafas” con las que la vemos. Todos nacemos con un filtro; más aún, nunca podremos ir por el mundo sin un filtro determinado. Lo grave no está en el hecho de que tengamos presupuestos sino en no reconocerlos ni someterlos a crítica, desde la sutil arrogancia de considerar los nuestros como algo universal. Al no hacerlo, tomamos el paradigma –el marco, nuestros presupuestos– como si fuesen un calco de lo real. Ese marco, al quedar oculto o implícito, adquiere un poder tremendo sobre sus partidarios. De un modo inadvertido, han confundido un paradigma determinado con la verdad.  Frecuentemente, opera de manera inconsciente.

Veámoslo de otro modo. Un marco o paradigma es un modelo del que nos servimos para acercarnos a la realidad. Nunca podemos estar libres de un modelo, del mismo modo que no podemos estar libres de presupuestos. Son inevitables, porque nunca partimos de una mente “en blanco”, es decir de una “mente ya configurada” por todo un modo de ver y de comprender, es decir, por un modelo previo.

Los modelos son representaciones simbólicas que describen los principales rasgos o dimensiones de los fenómenos que representan. Cuando son implícitos, se dan por supuestos o se aceptan sin cuestionarlos, llegan a funcionar como organizadores de la experiencia que modifican la percepción. El modelo nos hace ver lo que él permite ver, de modo que terminamos viendo lo que “queremos” o “podemos” ver. Como dice W. Jäger, “quien cree una cosa determinada, siempre ve la realidad de una forma coherente con su creencia”. El proceso opera principalmente a nivel inconsciente, al confundir su propio modelo con la realidad, el sujeto, aunque de buena fe, está actuando desde la confusión.

Nunca podremos sustraernos a un paradigma. La posibilidad que nos queda es reconocerlo como tal, sin tomarlo de entrada como si fuera expresión exacta de la verdad. Para ello, necesitaremos verlo “a distancia”, sabiendo que es únicamente un “filtro”, y hacer luz sobre sus componentes. Y todo ese trabajo requerirá dosis grandes de humildad y de humor. Dos cualidades que van siempre unidas a la lucidez y, en último término, a la verdad.

¿Es humilde el que se ríe de su paradigma? Es humilde el que es capaz de reconocer que la verdad es mucho más que su percepción de la misma, y que su propia percepción está necesariamente condicionada por un marco de comprensión, que suele ser más inconsciente de lo que nos parece a primera vista.

¿Justo lo opuesto al fanatismo? Exactamente. El fanático es aquél que se halla identificado con su propio paradigma, hasta el punto de atribuirle el carácter de verdad absoluta..., ¡sin ser consciente de la trampa en que ha caído! Una vez cometido ese equívoco, actuará en la creencia de ser “heraldo de la verdad” y, en el peor de los casos, no dudará en extender la “verdad”, aunque sea a la fuerza, convencido de estar haciendo un bien, identificando como “mentira” todo aquello que discrepe de su convicción. Cada vez que, en lugar de dialogar, descalificamos, estamos atrincherándonos en nuestro propio paradigma. O cuando nos identificamos con una presunta verdad absoluta. La ideología de la verdad absoluta tiene que detestar necesariamente todo lo que sea crítica, cuestionamiento, sospecha, recelo..., todo lo que sea librepensamiento. Y, sin embargo, en la historia de la humanidad, han sido precisamente aquéllos que nos han hecho sospechar los que nos han ayudado a humanizarnos, desde Buda a Freud, desde Jesús a Marx.

Resumamos. Al tratar de comprender y explicar la realidad, todos lo hacemos inevitablemente dentro de un paradigma, es decir, a partir de unos supuestos previos. Si no reparamos en ellos, corremos el riesgo de confundirlos con la verdad y de llegar incluso al fanatismo. Nuestra única salida consiste en reconocerlos, exponerlos a la luz y someterlos a crítica constante, actualizándolos a partir de los nuevos datos que vamos adquiriendo...

¿No parece una tarea fácil, tal tarea? No, no es fácil ni agradable para nuestro narcisismo. Nuestro pequeño yo ama demasiado su comodidad, su seguridad y su arrogancia... Y todo ello se lo garantiza la ideología de la verdad absoluta, la creencia de estar en posesión de la verdad. Una tal creencia le permite quedarse instalado en su posición, le proporciona una sensación de seguridad y le concede incluso un estatus de superioridad sobre los otros. Demasiadas ventajas como para renunciar a ellas. El pequeño yo, por definición narcisista y arrogante, ¡necesita tanto tener razón...!

Únicamente podremos salir de ahí con grandes dosis de humildad y de solidez personal. La humildad, como antídoto frente a la arrogancia, para aceptar la inevitable parcialidad en nuestra aproximación a la verdad; la humildad no es sino amor a la verdad y reconocimiento de la limitación en el acceso a la misma, justo lo opuesto a aferrarse al propio paradigma. Y la solidez, para sentirnos lo suficientemente seguros en nuestro interior, de modo que no debamos aferrarnos a “seguridades cerebrales” o mentales para poder sobrevivir. Sólo una persona sólida podrá aceptar y tolerar serenamente el carácter constitutivamente inseguro e inestable de la condición humana, sin necesidad de aferrarse a coartadas que terminarán desvelándose profundamente dañinas.

Verdad y paradigmas ¿Podríamos decir que un paradigma es un intento de “apresar” la verdad? En cierto sentido, podría expresarse de ese modo, sobre todo si el “intento” lo entiendes colectivamente. Si bien es cierto que cada uno tenemos nuestros propios presupuestos o a priori, inadvertidos hasta que no los afrontamos conscientemente, el paradigma hace alusión a algo más amplio, como esfuerzo o intento colectivo de comprender y explicar la realidad. En este sentido, la historia podría entenderse como una sucesión de paradigmas que, en un proceso evolutivo a todos los niveles, buscan una mayor aproximación a la verdad.

¿Y puede ser que en este momento de la historia seamos mucho más conscientes de la existencia y del condicionamiento que supone el propio paradigma? Siempre han existido personas que han sido capaces de tomar distancia de lo que podía ser la visión común, la “doctrina oficial”. ahora somos espe- cialmente críticos, debido a múltiples factores que pueden ir desde el fenómeno de la secularización de la sociedad, con la consiguiente autonomía de la razón, hasta la globalización y el pluralismo cultural.

No hay camino más eficaz para caer en la cuenta de la relatividad del propio paradigma que ponerse en contacto con paradigmas ajenos. Mientras el propio sea el único conocido, tiene muchas más garantías de ser acogido como absoluto; cuando empezamos a relacionarnos con personas que parten de paradigmas diferentes, el nuestro empieza a mostrar su propia debilidad. De ahí que la autoridad haya sido enemiga siempre del pluralismo, condenando todo lo “extraño” que, no sin razón, percibía como amenaza. La condena de lo extraño ha dado lugar a la hoguera, a la excomunión, a la censura o al Índice de libros prohibidos, por poner algunos ejemplos. a no ser que hagamos del relativismo un nuevo paradigma incuestionado y se erija en criterio de verdad.

Has nombrado el relativismo. Tengo la impresión de que, en los últimos años, es el término más usado por gran parte de la auto- ridad eclesiástica para condenar la postmodernidad. ¿Hablar de paradigmas cambiantes significa afirmar que todo es relativo? En absoluto. El relativismo es insostenible, tanto a nivel gnoseológico como ético: unas cosas son más “verdaderas” que otras; unas cosas son mejores que otras. Aquí es donde podríamos decir con razón que, si todo vale igual, nada vale nada. No; todo no da igual. Pero el rechazo del relativismo no niega la inexorable rela tividad. Sin ser relativista, sin embargo, todo es relativo, es decir, todo es situado, todo dice relación a un tiempo y a un espacio. Incluso las pretendidas “verdades absolutas” que afirma poseer la jerarquía son ya “interpretación”, puesto que, en nuestra condición, no existe la verdad “pura”: conocer es interpretar. Y estando de acuerdo en la crítica del relativismo, no podemos caer en el extremo opuesto, el de un dogmatismo que se pretende ahistórico. La “dictadura relativista” no se resuelve recurriendo a la “dictadura fundamentalista”. La verdad no es una tarea fácil; únicamente el diálogo abierto y humilde, con una conciencia clara de los propios condicionamientos, podrá conducirnos un poco más adelante. Ésa es nuestra condición. Como bien dijera Ortega y Gasset, “queramos o no, flotamos en la ingenuidad, y el más ingenuo es el que cree haberla eludido”. El “pensamiento débil” (G. Vattimo), que caracteriza a la postmodernidad, no es un pensamiento sin fuerza, en el que “todo vale” –como sostienen los que denostan, a veces de un modo acrítico, la cultura postmoderna–, sino un pensamiento que no se encierra ni se vuelve rígido en ningún sistema. Bien mirado, el pensamiento humano no puede ser sino un “pensamiento débil”; en cuanto se autoproclama “fuerte”, empieza a ser peligroso.

¿Un cambio de paradigma indica que el anterior era falso? No. Un paradigma dice relación a una etapa histórica concreta, en un determinado nivel de conciencia y dentro de un conjunto de variables de todo tipo. Es toda esa conjunción la que hace posible que, en un momento determinado, emerja un marco concreto de comprensión de la realidad. De nuevo, cada paradigma es relativo a toda esa serie de factores y da razón del modo como se articula el pensamiento humano en un momento específico de la historia. Pero no tiene ningún sentido entrar en comparaciones entre ellos. Como he dicho más arriba, un paradigma es el “filtro” que tenemos en cada momento histórico para aproximarnos a la realidad.

¿Y por qué se produce el cambio? Por una razón muy simple: porque el paradigma anterior no puede explicar satisfactoriamente nuevos elementos emergentes, porque no puede dar respuesta satisfactoria a las nuevas preguntas. De ahí que las respuestas aprendidas –y tomadas en su momento como “definitivas”– empiecen a chirriar: han aparecido las disonancias entre la realidad y la explicación que dábamos a la misma; antes o después, la realidad se impondrá..., generando un nuevo paradigma.

Y, hablando ya de nuestra época, ¿cuál sería nuestro paradigma colectivo? Son muchos los factores que entran en juego; incluso varios paradigmas pueden solaparse en el mismo período histórico. Podemos referirnos a épocas históricas en las que se advierte un giro significativo con respecto a otra anterior. Así podríamos hablar de paradigmas, en el sentido más amplio y extenso del término. En concreto, y en lo que se refiere a nuestro ámbito noroccidental, podemos hablar de un paradigma postmoderno, con rasgos propios, aunque contenga otras características que se hallen en continuidad con la etapa anterior. Elementos anteriores son integrados y, a la vez, superados y trascendidos, para formar parte de una nueva cosmovisión.

¿A qué elementos te refieres? Podríamos hablar de tres grandes paradigmas: premoderno, moderno y postmoderno. Cada uno de ellos presenta unas características propias. Y será muy interesante ver cómo cada uno condiciona el modo de plantearnos la cuestión de Dios, hasta el punto de que podremos reconocer que, con frecuencia, lo que hemos dicho de Dios como “verdad”, quizás no era más que una forma de expresión propia de un paradigma determinado, y por eso mismo empezó a declinar con la caída de éste.

Todo paradigma se encuentra enmarcado en un fenómeno de mucha mayor envergadura, lo que llamamos un determinado estadio o nivel de conciencia. Al fin y al cabo, un paradigma es una “visión general” que aparece históricamente en el ámbito mucho más amplio de un nivel de conciencia. Por ello en un nivel de conciencia determinado, como el racional o egoico, pueden sucederse diversos paradigmas.

Lo realmente importante es el reconocimiento del proceso evolutivo de lo que es la conciencia, evolución que va a condicionar la emergencia de los distintos paradigmas. Hablar de estadios es, pues, hablar de la evolución de la conciencia. Padecemos la “creencia” arrogante de que constituimos la cima de la evolución, y hemos cultivado otra según la cual, los humanos seríamos los únicos poseedores de conciencia. Cada conciencia particular no es sino expresión y manifestación de esa Conciencia Una e Infinita, Absoluta y Omniabarcante, de la que únicamente podemos decir que ES.

Fuente: E. MARTIMEZ LOZANO: ¿Qué Dios y qué salvación? Cap1 La evolución de la conciencia: estadios y paradigmas


Paradigma, modelo o patrón para interpretar la realidad

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La verdad universal obviada por la ciencia



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