2005-15
10è ANIVERSARI

titol

Construyendo una sociedad amable con la vida (II):
La solución. Nuestra tarea

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¿Cómo salir del círculo vicioso en que nuestra civilización ha caído al perder sus raíces? Volviendo a la razón humilde del ser que se sabe creatura en un mundo comprensible; volviendo a mirarnos a nosotros mismos no como “diosecillos” que se autocrean al actuar en libertad sino como seres con una naturaleza que pueden conocer para realizarse en libertad.

Quienes tienen la suerte de vivir anclados en lo mejor de la civilización occidental, la suerte de no haber sido desarraigados por la crisis intelectual de la modernidad enloquecida –por ejemplo, los católicos que reciben en la Iglesia esa herencia estupenda que se les recuerda continuamente- tienen una especial obligación en nuestro momento cultural pues ellos pueden ser testigos y garantes con su vida y su palabra de que es posible otro modo de vida que libra de la angustia, genera esperanza, da sentido a la propia vida, permite entender y amar el mundo y da paz. Quienes tienen esa suerte deben dar testimonio con su vida de que así se puede ser muy feliz y deben con su palabra poner de manifiesto ante sus contemporáneos la consistencia de su fe en la razón y la objetividad de su comprensión de la naturaleza humana y del bien de que somos capaces.

Esta es nuestra tarea y nuestra responsabilidad. El Papa Francisco lo ha dicho con contundencia y concisión: “Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en el mundo” (Evangelli Gaudium, nº 273)

Debemos, como Sócrates, salir a las calles de nuestras ciudades a hablar con nuestros conciudadanos del bien y del mal, de la virtud, de la justicia, de la libertad, para –dialogando, hablando bien de las cosas buenas- ayudar a nuestros contemporáneos a aclararse, a enamorarse de lo valioso.

Debemos dar testimonio con nuestras vidas de que viviendo como decimos que hay que vivir se puede ser muy feliz, que merece la pena.

Debemos hacernos presentes en todos los rincones de la vida social –del bar al parlamento, de la sala de estar de nuestra casa a la tv de gran audiencia, de la escuela de pueblo a la cátedra universitaria- para dar cuenta de nuestras razones sobre la verdad del ser humano.

Para desarrollar esta labor -¡una verdadera revolución!- tenemos que tener claras algunas ideas prácticas:

  • Vivimos en el momento histórico y la sociedad que nos ha tocado: es algo que no podemos elegir. Convivimos con leyes injustas, como ha pasado en otros momentos de la historia de la humanidad; salimos a la calle, nos asomamos a los medios de comunicación, acudimos a hospitales, nuestros hijos y nietos van a las escuelas y a la universidad, participamos en la vida política,… y en todos esos sitios podemos encontrarnos mucho mal. Pero son nuestros sitios, donde debemos estar para hacer el bien, mejorar el ambiente y ayudar a cambiar a las personas para que algún día sean ambientes estupendos y sanos.
  • Nuestra presencia en la sociedad que nos ha tocado vivir no es una condena; es nuestra responsabilidad. Debemos sentirnos responsables de mejorar esta sociedad desde dentro; para ello debemos hacer todo el bien que está a nuestro alcance en todos los ambientes en que estamos insertos. No nos vamos de nuestra sociedad y de nuestros ámbitos de socialización, abandonando al mal nuestro entorno. No nos limitamos a denunciar lo que está mal o es injusto. No nos declaramos derrotados cuando se aprueban leyes injustas, sino que trabajamos para crear la conciencia mayoritaria que permita algún día derogarlas. Pero tampoco nos vamos de los ambientes donde esas leyes se aplican si son los nuestros. Utilizamos la palabra, hablando bien de las cosas buenas, aportando ideas y buscando la formación de nuestros conciudadanos para algún día acabar con esas leyes. Pero también utilizamos todos los recursos que nos permite el Estado de Derecho y que las leyes nos ofrecen para defender lo que creemos y lo que amamos cuando surgen leyes injustas: manifestaciones, presencia en los medios de comunicación, iniciativas legislativas, etc.
  • Lo nuestro es cambiar las mentes y los corazones apelando a la libertad responsable de todos y ayudándoles en su formación moral para recrear una mayoría social humanamente responsable y comprometida con la dignidad humana y la justicia. Y para ello no huimos de nuestra sociedad ni de nuestros ambientes particulares, sino que trabajamos en ellos para mejorarlos. Y esto está en nuestras manos, en las manos de la gente corriente, no relevante socialmente, pero con capacidad de estar en todos los sitios donde se produce el roce existencial cotidiano que permite influir en los demás. Este es “el poder de los sin poder” utilizando la expresión de Vaclav Havel.

Como nos dice el Papa Francisco en EG nº 223: “Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad”.

La cuestión del aborto en España.

Respecto al aborto sucede los mismo: intentamos parar en 2009 la aprobación de una nueva ley del aborto que empeora gravemente la ya injusta situación precedente y no lo conseguimos a pesar de que salimos a la calle millones de personas para gritar “Sí a la vida”. Aprobada la nueva ley no nos retiramos a nuestras casas a esperar tiempos mejores sino que nos lanzamos a recrear la cultura de la vida en las entrañas de la sociedad con el siguiente plan de trabajo que tuve el honor de enunciar ante más de un millón de personas en la Puerta de Alcalá de Madrid el 17-O de 2009 como compromiso colectivo:

“Esta manifestación no acaba ahora, cuando dentro de unos minutos se cierre este acto, sino que:

  • continuará en un compromiso de todos y cada uno de nosotros de enseñar y mostrar una y otra vez al niño no nacido como el ser humano que es, hasta que se incorpore a la visión de la vida de todos nuestros conciudadanos esta evidencia científica,
  • continuará con el compromiso personal de todos nosotros de hablar bien de la vida, de la maternidad y de la mujer embarazada en todas las ocasiones que se nos presenten en la vida social.
  • continuará con la asunción por cada uno de nosotros de la responsabilidad de preocuparnos y ocuparnos de cualquier mujer embarazada que en nuestro entorno pase por situaciones problemáticas o conflictivas para que ninguna se sienta sola, para que ninguna esté abandonada y para que ninguna se va abocada al aborto.

En esas palabras que nos unieron a millones de personas hay todo un programa para recuperar la cultura de la vida. A los políticos se les pide responsabilidad y compromiso, pero a nosotros mismos, a los que no somos importantes, se nos plantean también responsabilidades específicas:

  • formarnos para “hablar bien de la vida”,
  • para ser capaces de dar razón de nuestro compromiso provida frente a los tópicos abortistas que se repiten una vez y otra;
  • mostrar al no nacido como el niño humano que es, para que entre por los ojos que es uno de los nuestros, uno como nosotros; y
  • comprometernos a no dejar sola a ninguna embarazada siendo todos y cada uno parte de esa “RedMadre” que hemos ayudado a crear a través de iniciativas legislativas populares que han dado lugar ya a leyes de protección de la maternidad aprobadas en varias Comunidades Autónomas españolas y a una red de voluntarios extendida por casi todas las provincias de España.

Y nos preocupamos de la educación en materia afectivo-sexual porque la sexualidad es una dimensión esencial de la personalidad humana. Los humanos no nos limitamos a tener sexo como los animales sino que la sexualidad nos constituye; solo se puede ser humano como hombre o como mujer, por tanto la feminidad o masculinidad nos constituye. Dada esta esencialidad de la sexualidad, la educación de nuestros hijos no sería completa si no se extiende a esta faceta de su personalidad. Los padres tenemos, por tanto, la obligación de hablar de sexualidad con nuestros hijos y desde muy pequeñitos porque hoy día la perversión sexual de los menores es algo que flota en el ambiente: ciertas modas, cierta educación sexual en la escuela, ciertas series de moda en la televisión, etc. Debemos ayudarles a dar sentido a todo aquello que les muestra el ambiente y que es precisamente lo que ese ambiente no les proporciona: el sentido de la sexualidad, la integración de la misma en una personalidad seria, equilibrada.

Hoy día la responsabilidad y obligación de educar a nuestros hijos en familia en materia de sexualidad se vuelve especialmente exigente por la fuerza social de la ideología de género, un inmenso error antropológico en materia de sexualidad que hoy está omnipresente en nuestra sociedad. La ideología de género es una visión de la persona que consiste en afirmar que en materia de sexualidad no hay nada que sea natural y que, por tanto, todo lo que tiene que ver con la sexualidad es una construcción cultural; subjetivamente, nos dice esta ideología, uno no es ni hombre ni mujer, es la orientación afectivo-sexual que autónomamente decida; el único criterio moral es la libertad; todo lo que hacemos es bueno y, por tanto, para la ideología de género las conductas homosexuales, heterosexuales, transexuales o bisexuales son igual de valiosas, porque son el fruto de la autonomía operativa de cada persona que es el único criterio en esta materia. Por ello, en esa perspectiva todo lo que restrinja la posibilidad de experimentar en materia de sexualidad es ilícito, y todo lo que ate en materia de sexualidad es nocivo; por eso la maternidad es nociva y el aborto un derecho.

Para hacer frente a esta eventual deformación axiológica de nuestros hijos, los padres debemos formarnos para educar en materia de sexualidad; hay que prepararse para hablar bien de sexualidad. Como padres, como madres, como abuelos, como profesores, tenemos obligación de saber hablar de sexo con nuestros hijos, con nuestros nietos, con nuestros amigos; del sentido humano de la sexualidad, de cómo se integra una sexualidad responsable en un proyecto personal serio y maduro, del valor de la vida y la maternidad.

Como en todos los campos educar en materia de sexualidad en familia es una suma de ejemplo y palabras, vida y conversación. Desde pequeñitos debemos enseñar a los chicos que el cuerpo es muy importante y digno de respeto y por eso lo cuidamos y lo tapamos; les enseñaremos el sentido del pudor dando ejemplo de pudor; y les explicaremos con naturalidad porqué hay niños y niñas para en su día ser papás y mamás; y según van preguntando les iremos dando explicaciones cada vez más completas sobre la sexualidad y la afectividad, sobre la complementariedad hombre-mujer y les enseñaremos a prepararse para el enamoramiento y para distinguirlo del amor, etc. Y cuando se acerquen la pubertad y adolescencia se les explicará con todo cariño –uno a uno; papá a los chicos y mamá a las chicas preferentemente- el sentido de los cambios que van a apreciar en su cuerpo y la maravilla que se abre para ellos con la maduración sexual… Y les hablaremos del valor de la castidad y de lo felices que serán si no frivolizan y banalizan su sexualidad y les animaremos a no tener miedo a quienes no les comprendan ni a los ambientes hostiles.

Nuestros hijos desde muy pequeñitos deben percibir con naturalidad que en materia de sexualidad quienes saben y tienen criterio, quienes mejor les pueden informar y formar son sus padres.

Concluyo:

Las dificultades singulares de nuestro tiempo para defender la vida, son manifestación de la crisis antropológica de nuestra época. Por eso, si en nuestra época queremos defender la vida, tenemos que ir más allá de los debates sobre las leyes, más allá de la política; debemos trabajar en un plano más profundo. Leyes y políticas son muy importantes, pero lo que afecta negativamente a la vida hoy está mucho más allá de las leyes y de la política, es el tema nuclear de nuestra época: la crisis antropológica, el no aclararnos sobre en qué consiste ser un ser humano. Las leyes desastrosas por las que en España se suprimió el matrimonio para equipararlo a los uniones de personas del mismo sexo o se banalizó el contrato matrimonial a través del divorcio exprés o se desprotegió totalmente la vida del no nacido durante prácticamente las 24 primeras semanas de su vida, son consecuencia de este no entender de qué estamos hablando cuando nos referimos al matrimonio y la familia, de la ceguera de no mirar con cariño la realidad de la vida. Se pueden hacer leyes tan absurdas porque no se sabe de qué se está hablando.

Esto es así de triste y no se arreglará ya solo con leyes; se arregla transformando la percepción de la realidad, empezando por la percepción de la propia realidad humana de los que intentan hacer familia. Y ahí sí que somos muy importantes las gentes normales, porque donde está la cabeza y el corazón de la gente que intenta hacer familia y respetar la vida no están los políticos; estamos los amigos, los familiares, los vecinos. Y, por tanto, es una responsabilidad nuestra, de todos, recrear en nuestra sociedad el ambiente intelectual y moral que permita de nuevo estar en condiciones razonables de hacer familia con eficacia porque volvamos a aclararnos sobre en qué consiste ser un ser humano.

Este es “el poder de los sin poder” por utilizar de nuevo la expresión de Vaclav Havel. La caida del comunismo a finales del siglo XX no fue el fruto de la lucha política superestructural, sino de la pública manifestación de sus convicciones por parte de la gente normal –sindicalistas polacos, intelectuales checos, hombres y mujeres religiosos- que fueron capaces de develar la gran mentira oficial y mostrar con sus vidas la fuerza de la verdad y la libertad.

Me parece que la revolución que necesita este occidente decadente de hoy vendrá de la misma fuente: la acción coherente de hombres y mujeres bien formados que con su vida y palabra muestren a sus contemporáneos cómo se puede ser feliz de verdad poniendo de manifiesto las falsedades de las ideologías antihumanistas al uso. Y a esto todos podemos contribuir con gran eficacia porque estamos en todos los rincones de la sociedad.

En nuestra manos está:

Poner al servicio de la defensa de la vida el mayor poder que todos tenemos: el poder de la palabra; hablando bien de la familia, la maternidad, el compromiso; usando nuestra capacidad de hablar para hablar siempre bien de las cosas buenas que la familia trae consigo y eso con ocasión y sin ella, en todas las oportunidades que la convivencia nos ofrece que son muchas porque de estos temas hoy se habla mucho y sin pudor alguno. Y para usar bien este poder, hay que formarse para ser capaces de dar razón razonada de nuestras convicciones en la materia con un lenguaje positivo y convincente.

Dar testimonio con nuestras vidas de que comprometerse con la vida es una gozada y fuente de felicidad sólida en nuestras vidas. A todos atraen las vidas sólidas, alegres; las familias unidas donde todo el mundo se quiere y unos se ocupan de los otros; los ambientes donde se da vida y suenan las risas de los niños y se cuida y quiere a los mayores. Debemos exhibirnos en familia con naturalidad para mostrar que hacer familia es algo estupendo y posible.

Asociarse con quienes comparten nuestros ideales familiares para ser más eficaces en la labor de hacer visible y atractiva la vida a todos nuestros contemporáneos.

Son tres ámbitos de responsabilidad personal, asequibles a todo el mundo y de gran trascendencia práctica para remover corazones y conciencias, es decir, para transformar una sociedad haciendo una verdadera revolución cultural, que es lo que nuestra época necesita en esta materia.

¿Y los políticos? Tienen una inmensa responsabilidad. Los que aprueban o renuncian a derogar leyes gravemente incongruentes con la defensa de la vida asumen una inmensa responsabilidad. Pero su responsabilidad no hace inexistente la nuestra, la de los ciudadanos corrientes. Que en esta conferencia centre mi atención en las obligaciones de quienes no ostentamos poder político alguno para derogar leyes injustas, no puede llevarnos a olvidar la específica responsabilidad de quienes sí pueden decidir qué leyes están en vigor o no. Y todos compartimos esa responsabilidad moral en cierta medida; al menos, la que se deriva del ejercicio del derecho de voto en las elecciones. ¿Votamos dando la relevancia que tiene al derecho a la vida?

Parecía que España iba a convertirse en el primer país de la Europa Occidental que iniciara la reversión del aborto, siguiendo así la estela de lo que sucede ya con fuerza en EEUU y en varios países de la Europa excomunista. Parecía que la parte más lúcida de la sociedad, aquella que se movilizó con fuerza en 2009/2010 frente a la ley Aído, había logrado arrastrar tras ella de forma convencida al PP. Parecía que la reforma propuesta por el ministro Gallardón se iba a aprobar mejorándose de esta forma tanto el nivel de protección de la vida del no nacido como el de la mujer embarazada. Y, de repente, de forma brusca y sin explicación lógica alguna se abandona el proyecto mediante una escueta declaración de píe, en una acera, del presidente del Gobierno que dedica a anunciar esta rectificación 30 segundos. Es muy decepcionante; es frustrante; es, casi, inexplicable. Pero la historia continúa y la lucha por el derecho a la vida también. La renuncia del Gobierno a cumplir su compromiso electoral en materia de aborto nos fastidia, pero no cambia nuestro horizonte: toca seguir trabajando por la vida.

La sociedad civil, es decir cada uno de nosotros, debe asumir la responsabilidad que de momento los gobernantes han decidido abandonar. Deberíamos poder contar con el apoyo de los gobernantes en este trabajo, pues es una grave responsabilidad moral de ellos ayudar desde el poder a construir una sociedad justa que erradique la plaga del aborto. Pero si ellos, los gobernantes, renuncian a hacerlo, no por eso nosotros vamos a abandonar esta noble causa.

La lucha por la defensa de la vida es larga y exige continuidad en el tiempo, como lo exigió la lucha por la abolición de la esclavitud, la tortura y tantas otras lacras de la historia de la humanidad. En ocasiones y sitios determinados parecerá que avanzamos; en otros momentos y pueblos parecerá que retrocedemos. Así sucede con todas las grandes causas. Es una batalla universal porque la cultura de la muerte, hija del relativismo deshumanizador, es el gran problema de nuestra época y la banalización del aborto es en estos momentos históricos su más terrible fruto. Por vivir hoy nos toca a nosotros hacernos cargo de la responsabilidad de sacar adelante la cultura de la vida sin desánimos ni desalientos, acompáñennos los gobernantes o no.

Esta Universidad que nos acoge, la UCAM, es un ejemplo estupendo de lo que hay que hacer: sentido de la responsabilidad social, promoción de iniciativas que incidan en la formación de las nuevas generaciones, dar prioridad a la labor educativa, contribuir al debate intelectual de nuestra época, mantener sin rubor la propia identidad y ofrecerla como servicio a la sociedad, lealtad inquebrantable a la verdad, vocación de apoyo a las familias en su responsabilidad educativa y continuidad que está más allá de los avatares de la política.

Por eso es para mí un honor -que agradezco- haber sido invitado a impartir esta lección inaugural del curso académico 2014-2015 en esta Universidad.

Muchas gracias.
Benigno Blanco, Presidente del Foro de la Familia