Otra manera de concebir a Dios
Una nueva forma de referirse al fundamento último de la realidad, a «Dios»
Quizás la cuestión sea: no si «Dios» existe, sino qué queremos expresar con dicho término, qué significa «Dios».
Una forma distinta de referirnos a la realidad última, aquélla que fundamenta y sostiene todo cuanto existe y que denominamos «Dios».
¿Existe Dios? Y si existe, ¿qué es o quién es Dios?. Cómo sostenía Kant esta es una de las pocas cuestiones fundamentales que todo individuo que busca una mayor plenitud de vida debería reflexionar sobre ello.
Dios es el "símbolo más poderoso que hemos creado". Miles de millones de seres humanos designan con la metáfora “Dios” (en todas sus versiones) lo más real, lo más sagrado e indecible de todo lo real: la creatividad que lo anima y nos interpela.
Dios trasciende todas las imágenes que de Él nos hacemos los humanos. Dios no está a nuestro alcance mental. Dios está más allá del horizonte último de todo lo que podemos saber o conocer.
En la cúspide de la arquitectura psíquca y mental de toda persona «despierta», es decir, que aún no ha sufrido el ofuscamiento mental que la cultura dominante y mediática suele generar, anida el pensamiento y el sentimiento de una realidad superior que nos trasciende y el anhelo de orientarnos hacia ella.
A Dios nadie lo ha visto, sin embargo hay infinidad der seres humanos, culturas y civilizaciones que a lo largo de la historia de alguna manera han intuido una realidad última origen de todo a la que denominamos "Dios". De la limitación del conocimiento humano se deduce tanto la gran precaución que hay que mantener al formular afirmaciones sobre Dios, como la actitud positiva de apertura a la posibilidad de su existencia, la posibilidad de una realidad más amplia que nos supera y que la mente humana no es capaz de captar plenamente, aunque si intuir.
La más avanzada perspectiva de la ciencia postula: la «Conciencia» y no la «Materia» es la base de todo lo que existe. El nuevo paradigma interpretativo de la realidad emergente postula la primacía de la Conciencia sobre la «Materia»: que la Conciencia (llamada Espíritu, Dios, Mente de Dios, Ain Sof, Tao, Brahman, etc., en las tradiciones populares y espirituales), y no la Materia, es la base todo cuanto existe y es. La esencia, el fundamento último de la Realidad, aquello que todo lo informa y sostiene, aquello que la sabiduría perenne en diversas culturas ha denominado Tao, Logos, Realidad última, Esencia, Absoluto, Dios… es el elemento constitutivo, el fundamento último, de la realidad. Esa realidad última indivisible que se manifiesta en todas las cosas recibe diferentes nombres: en el hinduismo Brahman, en el taoísmo, Tao. Los budistas lo llaman Talhala o “eseidad”, en el cristianismo la denominamos "Dios".
Así pues, ¿Dios es una entidad real, viviente, o simplemente una idea, un símbolo, una imagen, un mero constructo cultural creado por la mente humana? Y si realmente existe... ¿quién es o qué es Dios? Dios es una palabra del repertorio central de la humanidad. Designa una realidad que por definición es inobservable. «Dios» es el nombre que damos a una realidad trascendente que nos sobrepasa. «A Dios nadie le ha visto nunca». Una realidad totalmente trascendente respecto a las realidades que pueden ser objeto de percepción y observación sensorial. Toda imagen que la mente humana pueda hacerse de Él seguramente quedará desbordada por esta realidad última que en nuestra cultura hemos convenido en denominar «Dios». Por eso las figuras más insignes de la espiritualidad han rehuido precisar demasiado su imagen concreta.
Presentamos unas reflexiones de José Arregi (*), un teólogo español originario del País Vasco, sobre lo que denominamos "Dios". Lo que a continuación presentamos son todos ellos puntos de vista del autor, entresacados de un ramillete de artículos sobre la cuestión, publicados en su blog ( https://josearregi.com/ y Religión digital), fundamentales en estos tiempos en los que transitamos hacia una filosofía, una teología y una espiritualidad no-teísta, posteísta o transteísta. Por «teismos» hoy se entiende en general la creencia en un dios-ente metafísico supremo, creador omnipotente y extrínseco al mundo, que interviene en él cuando y como quiere. Un "dios" en el que una mayoría creciente de nuestra sociedad ya no puede creer, al que ya no puede rezar.
"Dios" es una palabra. “Dios” –o cualquiera otra de las innumerables denominaciones con que la especie humana Homo Sapiens ha designado la Realidad que le precede, impulsa y sobrepasa– es una palabra humana. No es una palabra unívoca, ni universal, ni necesaria. Por venerable que sea, la palabra “Dios” es particular, histórica, cambiante. Como todas las palabras, tiene un origen y una historia cambiante según las circunstancias ecológicas, económicas y socio-políticas. “Dios”, como todas las palabras, como todas las formas religiosas, nace, muta y puede morir en el imaginario y el lenguaje, dando lugar a nuevos términos e imágenes más coherentes con la visión de la realidad y de “aquello” que la hace ser. Pero la palabra "Dios" es la más compleja, equívoca y contradictoria de todas las palabras. Y nunca es mera cuestión de palabras; está en juego la historia humana concreta, pues la palabra “Dios”, como todas las palabras, ha sido performativa (no se limita a describir una realidad, sino que de alguna manera incide y conforma la manera de ser, actuar y vivir de cada persona) y eficaz para bien y para mal, para lo mejor y lo peor más que ninguna otra palabra. “Dios” tiene su historia, la más compleja y contradictoria de todas las historias. La historia de “Dios/a” es un fiel reflejo y a la vez un elemento constituyente esencial de la historia humana.
Así pues, ¿merece la pena hablar de “Dios"? Para mucha gente –y para mí mismo afirma el autor– sigue siendo una buena manera de decir el Misterio indecible más hondo y mejor del universo, y una fuente inspiradora de justicia y paz en un mundo que tanto lo necesita. La palabra Dios (Deus, Dieu, Dio…), derivada de la raíz indoeuropea deiw (“luz”), es una metáfora: una expresión que, más allá de su significado, nos remite al Misterio último, a la Realidad primera inefable.
“Creatividad” me parece una de las concreciones metafóricas más evocadoras del Misterio de los misterios, de lo Real de todas las realidades, de Dios. Así lo propuso hace más de una década Stuart Kauffman (1939-), prestigioso biólogo, laureado en 1987 con el premio MacArthur al “genio”, investigador de la teoría de la complejidad, “humanista secular” en sus propias palabras, pensador visionario en las fronteras de la ciencia. Declara rotundamente ser ateo del “Dios” teísta (Ente Supremo omnipotente, creador, personal distinto del mundo), y con la misma rotundidad, sin embargo, declara que hoy, cuando el siglo XXI avanza veloz, para salvar a la humanidad y a la comunidad de los vivientes, necesitamos redescubrir y reconocer la sacralidad del universo, y que la vieja palabra "Dios" puede aún sernos útil y necesaria para referirnos justamente a esa sacralidad y vivir de acuerdo a ella. Claro que para ello se requiere reinventar a Dios o lo sagrado.
¿Por qué seguir utilizando todavía el equívoco nombre "Dios" para referirse a lo sagrado de la realidad universal? S. Kauffman responde: “porque Dios es el ‘símbolo más poderoso que hemos creado’. No sé si es razón suficiente, pero el hecho es que miles de millones de seres humanos designan todavía con la metáfora “Dios” (en todas sus versiones) lo más real, lo más sagrado e indecible de todo lo real: la creatividad que lo anima y nos interpela.
José Arregi (*), teólogo español, escritor y profesor universitario
La imagen que nos hemos formado de Dios
La imagen que nos hemos formado de Dios es la de un “ser sobrenatural al que se rinde culto”, que son varios o muchos en algunas religiones, y único en otras, eterno, creador, juez, omnipotente, infinitamente justo y bueno. Un Ente Supremo con psicología humana, que piensa, siente, obra de manera muy similar a la de este homo sapiens que somos, reciente y pasajero. A eso llamo un “Dios teísta”. Eso no es Dios.
Algunos lo han venerado como Sol o como Luna, o como Cielo padre o como Tierra madre, otros como un árbol o como ser humano, casi siempre masculino, a menudo rey. Culturas de todos los tiempos lo han colocado en el centro de su concepción cósmica. Era Dios lo que querían adorar, pero la forma en la que lo imaginaban no era mas que “dios”: una imagen hecha a imagen de sí mismos. El Maestro Eckhart enseñaba: “Todo lo que haces y piensas sobre Dios es más sobre ti que sobre Él”. Déjalo, pues.
Hablen de Dios los teólogos de hoy como pide nuestro tiempo: los jóvenes y los mayores, la ciencia, la filosofía y la mística. Dejen de defender la existencia de “Dios” sin antes decirnos qué entienden por “Dios” de una manera creíble para hoy. Un “Dios” que necesita defensa no existe: es simplemente un esquema mental, una forma de entendernos, o de defendernos, de darnos la razón. Eso no es Dios.
¿Existe ‘Dios’? ¿Qué ‘Dios’? ¿Qué entendemos por “Dios”?
Me asombra que, hoy todavía, sesudos teólogos, filósofos y científicos sigan discutiendo acaloradamente sobre si existe o no existe “Dios” –unos lo defienden, otros lo refutan– sin antes decirnos qué entienden por “Dios”.
Los ateos niegan la existencia de un dios separado del universo y necesario para explicarlo, un dios que existiría “desde antes” del universo y “fuera” de él, un dios que poseyera o que fuera la explicación –misteriosa, incognoscible– de que el mundo sea como es, con sus enigmas y dolores, un dios causa y motor primero de la realidad existente, fundamento y garante exterior del orden físico y del orden ético, un dios sin el que la bondad y la justicia carecerían de sentido, un dios omnipotente que pudiendo intervenir no interviene o que no interviene porque no puede, que actúa en el mundo cuando quiere o que no actúa para “respetar la autonomía del mundo”, un dios que habla cuando lo desea o que calla por alguna razón que ignoramos, un dios que no pudo crear sino este mundo tal como es con su inmenso dolor o bien porque no pudo crear sino un mundo finito y por lo tanto sufriente o bien porque quiso respetar la libertad humana, capaz de hacer tanto bien pero también tanto daño… Un dios ente, el Ente Supremo, Algo o Alguien anterior y exterior al mundo.
Tienen razón los ateos de negar al dios que niegan, pues no existe. Un dios que impone mandamientos y castiga a quien no los cumple no existe. El dios que se revela y actúa solo cuando quiere y solo para algunos no existe. El dios que condena y el dios que perdona (dos caras de la misma moneda moralista) no existe. El dios que necesita intermediarios humanos y jerarquías sagradas no existe. El dios con una “psicología” semejante a la nuestra no existe.
Vayan los ateos más allá del ateísmo. No, no hace falta “Dios” para explicar el Big-Bang o las orquídeas o las golondrinas que ya migraron; un “Dios” que fuera causa productiva y explicativa de una realidad física (onda, partícula, materia, energía) o del universo entero, sería un ente distinto y separado de este universo, y en algún “punto” o en algún “momento” debería ser una causa física, y por lo tanto una parte del mundo, y por ende objeto de estudio para la ciencia. Vayamos más más allá de todo dogmatismo teísta o ateo, al Misterio de lo que es, de lo que somos. Vayamos más allá, a lo Real.
¿Y ese "Dios" quién lo creó?
¿“Dios” dónde nació? ¿Cómo empezó a formarse esa idea o imagen de “Dios”? “Dios” (la idea de "Dios") nació en Sumeria hace unos 7.000 años. Sumeria, cuna de innovaciones culturales decisivas para el futuro de la especie humana sapiens. Una sociedad urbana compleja y moralizada, concibió la existencia de divinidades especializadas o de una divinidad suprema garante del orden y la moral, el bien y la verdad. Las religiones, como todos los mitos, nacieron y se generalizaron porque respondían a profundas necesidades humanas de supervivencia colectiva.
Los primeros panteones divinos fueron imaginados y esculpidos, descritos y venerados en Mesopotamia (actual Irak) hace 5000 años. Y la figura del “Dios único” fue concebida y adorada en Persia (actual Irán) hace 3000 años por el admirable profeta, filósofo y maestro ético Zoroastro. Se llamaba Ahura Mazda, el Señor Sabio, y con ese nombre es adorado hoy todavía, y el fuego es su imagen. Quinientos años más tarde, una divinidad particular hebrea llamada Yahveh revistió –“Dios” también evoluciona– esa figura de divinidad única que hemos heredado los cristianos y también los musulmanes: un “Dios” creador que elige y rechaza, que se revela y oculta, que perdona y castiga, que salva en el cielo y condena al infierno.
Pero hoy…, cuando el ser humano, ha de dejado de ser el centro y la cima de la creación, cuando sabemos que somos polvo de antiguas estrellas extintas en un universo o multiverso sin centro o con el centro en todas partes, cuando se vuelve cada vez más verosímil la existencia de vida inteligente en otros planetas de esta galaxia de cientos de miles de millones de estrellas o de billones de otras galaxias, cuando sabemos que hay más diferencia entre un caracol y Yuko, este cachorrito de Labrador, que entre Yuko y nosotros, los humanos, una especie mamífera inacabada, cuando sabemos que antes hubo otras especies humanas y luego –dentro de unos cientos o de miles o de miles de millones de años habrá otras especies (humanas, transhumanas o posthumanas) en este planeta o en otros, cuando se ha vuelto evidente que las emociones, la conciencia, la transcendencia simbólica, todo fenómeno “espiritual” en suma, son emergencias químico-biológico-cerebrales y psico-socio-culturales a la vez, cuando las diversas filosofías y ciencias y las sabidurías místicas se dan la mano para desmentir las milmilenarias categorías dualistas materia-espíritu, cerebro-mente, tiempo-eternidad, exterioridad-interioridad, arriba-abajo, dentro-fuera, inmanencia-transcendencia, natural-sobrenatural… han perdido toda vigencia, entonces la imagen de un “Dios” teísta personal ideado a imagen humana, un “Dios” imaginado como Creador, Señor de lo alto que emite normas e impone castigos en esta u otra vida a quienes no las cumplen, simplemente, ya no es creíble.
¿Silencio de Dios o fin del “Dios teísta”? Nietzsche, el adelantado, ya hace 150 años observó lo que estaba ocurriendo y dio su certero diagnóstico: El “Dios” arbitrario que se revela y se oculta, el “Dios” moral de la culpa y del castigo, construido para sostener la finitud y aliviar los miedos humanos, ha dejado de ser pensable y creíble, HA MUERTO en la cultura. Hoy, todo ese edificio imaginario y conceptual se ha derrumbado, se está derrumbando. Los sistemas religiosos ya no inspiran, a no ser que nos abramos al espíritu inspirador más allá de letra.
El teísmo está agotado, el ateísmo tradicional racionalista y positivista no basta. Queda el Misterio más grande que nosotros, que todo lo visible, tangible y matematizable. Queda lo Real en todas las formas y en su hondura sin fin. Lo podemos llamar Dios, sin comillas ni atributos. Y podemos decir: Después de la idea que nos hemos formado de “Dios” queda Dios. Pero Dios no es ni Algo ni Alguien extrínseco a lo Real, sino su alma y corazón latiente.
Des-mitificar la imagen de Dios.
Dios no calla ni se oculta. Basta mirar y ver. La primera noticia o forma externa que tenemos de Dios en nuestro universo –de otros universos no sabemos nada– es la fluctuación cuántica del vacío, anterior al tiempo y al espacio, en la que, por una oscura ley de probabilidades cuánticas, saltó una chispa de luz. Todo este universo viene de esa chispa de luz. Es luz. Dios significa luz. Es una metáfora, y solo en metáforas –palabras que nos abren más allá de su significado–podemos hablar de estas cosas.
Dios no era la chispa, ni es la Causa exterior primera de otra cosa. No creó el mundo de la nada, sino que es la NADA creadora que anida en todo. No es explicación de nada, sino el nombre del Misterio de luz y de energía de todo, el nombre del puro dinamismo, de la relación universal hecha de eros, filía y ágape que mueve cuanto es, el nombre de la creatividad y de la potencialidad infinita sin forma que anima todas las formas. Dios no es un Ente, es el Ser. Es el Fondo sin forma de todo ente. No es ente –ni masa ni onda, ni algo ni alguien– ni es sin los entes. El Fondo no es ni antes ni después, ni dentro ni fuera, ni en otro lugar distinto de los entes. Se abre como horizonte en el todo y en cada parte, no como algo, sino como pura vacuidad vibrante.
Lo Real es. Y es maravilloso. Míralo más de cerca. Las partículas atómicas no están sujetas a nuestras coordenadas de espacio y tiempo, es como si fueran “ubicuas” y “eternas”, y, aun estando muy separadas, están entrelazadas. Ese universo cuántico, como el canto del petirrojo, es una imagen del Misterio de la Realidad que podemos llamar “Dios”. Cuando digo “Dios”, quiero decir la Hondura, la Fuente del ser, la Energía Originaria más allá o más acá de la separación entre espíritu y materia. La Creatividad inagotable. La Bondad creativa. La pura relación sin separación alguna. ¿Persona? No en el sentido dualista en que nosotros nos experimentamos: una persona frente a otra, una relación entre dos.
Dios no se revela solo en algo, ni a alguien, ni a veces, sino en todo siempre. Dios no es “algo” impersonal, sino infinitamente “más que personal”. No es un Yo frente a un tú, ni un Tú frente a un yo, en relación de dualidad. No es Conciencia de sí frente a otra realidad, ni Conciencia de algo fuera de sí, sino Conciencia absoluta en toda conciencia particular. Es pura relación creativa de todo con todo, sin fusión ni distinción. Todas las formas de amor, reconocimiento, respeto, ternura, relación, compasión, solidaridad y cuidado son epifanía y encarnación de Dios, amado en todo amor.
Dios no se superpone ni juxtapone ni contrapone a nada. Es en todo. Todo se mueve, vive y es en El-Ella-Ello (Hch 17,28). Es Realidad fontal, Fondo o Ser de cuanto es. Por lo tanto, sobrepasa absolutamente las categorías de transcendencia-inmanencia, de espacio-tiempo y de uno-dos (monismo-dualismo). El cardenal Nicolás de Cusa (s. XV) enseñó que Dios no es “relativamente otro”, sino “absolutamente otro” de todo, y por eso es “No Otro”; no es “otro de nada”. Es absolutamente inmanente y absolutamente trascendente, la absoluta trascendencia en la absoluta inmanencia (R. Panikkar). Las místicas y los místicos de las religiones monoteístas padecieron el silencio de “Dios”, aunque en realidad se trataba de la crisis de la imagen teísta de Dios. Pero no lo sabían, e interpretaron el silencio y la ausencia divina en clave teísta como voluntad de “Dios”, como castigo o como prueba purificadora. Solo las mentes más lúcidas y atrevidas (como Eckhart y Juan de la Cruz) llegaron a poner en tela de juicio dicha imagen teísta y enseñaron que solo podemos reconocer a Dios reduciendo a NADA todos los constructos humanos (dogmas y teologías o supuestas revelaciones y visiones), despojándose y despojando a Dios del todo, para dejarlo ser y manifestarse en todo pura presencia y promesa de bondad creativa, y para crearla –más que creerla– en nuestra vida buena y feliz, libre y hermana.
Redescubrir a “Dios”
La imagen tradicional de “Dios” no nos vale. Todas esas imágenes de Dios son demasiado comprensibles: son simples imágenes con las que las neuronas de nuestro maravilloso y pobre cerebro “entienden” el mundo. Ese dios es un constructo humano, como todo el lenguaje. Aquello que comprendes como dios, eso no es Dios. El monumento americano ateo es tal vez un homenaje al Dios Desconocido, al Misterio, a la Realidad inabarcable que nos abriga y nos habita. Es nuestra salud y salvación. No es un ente supremo, como cree el teísmo, pero tampoco es la pura nada o el No-Ser, como cree cierto ateísmo. No es un ente: es el Ser. No existe: es la Existencia. No es Nadie: es en todos. No es nada: es el Todo en todo. Y no necesita monumentos a favor ni en contra. ¿No apuntaba a eso el “Dios ha muerto” de Nietzsche, más allá del teísmo y por lo tanto también del ateísmo? Tenía razón.
Es la hora de fundir todas las imágenes, empezando por el becerro de oro, y de descubrir o “reinventar” a Dios en la trama de la vida, en el corazón de la historia y de todo lo real. Así lo hicieron, en el “tiempo axial”, todas y todos los grandes maestros de la vida buena, sabios, místicos y profetas de todas las tradiciones. Aprendieron simplemente a mirar, a sentir, a ser. La experiencia más profunda de lo Real los movió a superar toda imagen mental e institucional del Absoluto. Confucio y Laozi en China; Buda, Mahavira y los autores de las Upanishads en la India; Parménides, Pitágoras y Heráclito en Grecia… dejaron al “Dios” teísta, sustituyéndolo por el Absoluto irrepresentable.
No podemos prescindir de imágenes y palabras para hablar de lo inefable, pero solo valen en la medida en que nos abren más allá, al Absoluto sin imagen y al Misterio sin palabra, en permanente transición. Solo quedan metáforas y mitos o relatos metafóricos. En la tradición israelita Jacob, Moises, Elias tuvieron que aprender que la representación que se habían hecho de “Dios” no existe, que el Absoluto no es ni viento impetuoso ni terremoto terrible ni fuego devorador, sino un ligero susurro apenas perceptible. Cada vez encontraron a Dios más allá de (su idea de) “Dios”.
Todo lo que pensamos e imaginamos como Dios no es más que “dios”: constructo cultural humano. Pero las preguntas no se agotan. ¿Y si “Dios” no fuera más que un nombre –un simple nombre común, creado– de la Creatividad increada, una torpe manera de decir el Infinito o el Misterio Innombrable, el Aliento o el Espíritu que crea y mueve todo, el Ser y el poder ser de cuanto es, el Presente o el Silencio, la Fuerza y la Mansedumbre, el Poder y la Ternura, el poder de la ternura?
Cuando alguien se abre como un niño a todas las grandes preguntas y no pretende poseer ninguna respuesta, pero guarda su alma en paz y en paz se dedica a aliviar el dolor de su prójimo y a curar las heridas del mundo, entonces hace presente y visible a Dios en el mundo. No el “dios” de nuestras imágenes y palabras, sino el Misterio que es en todo, más allá de toda filosofía y de toda religión. El Misterio creador, restaurador, consolador en el que vivimos, nos movemos y somos. Y que hacemos ser.
No busques en Dios ninguna respuesta a ningún cómo y por qué. Mira el mundo. Escucha el eco del Big Bang en las galaxias y en los bosones. Escucha ese pájaro. Mira cómo crecen el trigo y el pan. Mira esa pareja, la ternura creciendo en sus ojos y en sus manos. El mundo existe. La Vida existe. La belleza y la Ternura existen. He ahí Dios, el Aliento increado creándose sin cesar en todo, también en nosotros, para que la bondad sea más fuerte.
“Dios” ni existe ni no-existe: es la Existencia. No está cerca ni lejos, ni presente ni ausente, ni está ni no-esta: es la Presencia. No es ni uno ni muchos. No es ni lo mismo ni distinto del mundo. No es menos que algo (nada), ni menos que persona (impersonal), pero no es Alguien, no es “otro” de nada y de nadie. Es el no otro de todos los seres. Es el Corazón latiente del mundo, de cada ser, de cada átomo, partícula y partículas de partícula si las hay.
Dios es el fondo de la realidad (Tillich), el poder de lo real (Zubiri), el silencio revelado como tal (Panikkar). Es Nada de cuanto es y decimos, es el Todo en todas las cosas, es el Vacío Pleno en todo lo que se manifiesta, más allá de inmanencia y trascendencia. Es la Presencia eterna en el instante.
Dios es el Aliento que nos habita y nos hace ser y que hacemos ser. Es la Compasión que nos habita, la Gracia que nos mueve. Y no es inútil tratar de decirlo.
Dios es el Tú Absoluto sin dos, el Yo Infinito sin ego, la pura Conciencia sin división entre sujeto y objeto. La Comunión eterna de la diversidad universal. Dios es como el Fondo infinito de ternura allí donde hay rencor, de paz donde hay guerra, de vida donde hay muerte. Dios es tu ser verdadero, lo que puedes llegar a ser, lo que puedes hacer que sea.
Es absolutamente otro y por tanto No-otro del mundo. No es una parte del todo, ni la suma de todas las partes. Es Él/Ella/Ello, Yo/Tú/Nosotros/Vosotros/Ellos. Es más allá, más acá, de todo género, número y concepto. Es relación, respeto, reverencia. Es cuidado, atención, ternura. Es la GRACIA de SER. Es el SER como GRACIA. ES.
Y tú también, en el misterio de tu ser más verdadero, más allá de toda unidad y dualidad, tú también eres ESO, pues como dijo el poeta “pagano”, citado por san Pablo en el Areópago de Atenas hace dos mil años: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”.
Fuente: "Umbrales de Luz", Blog de José ARREGI https://josearregi.com/es/category/articulos/
(*) José Arregi Olaizola (Azpeitia, Guipúzcoa, 8 de noviembre de 1952) es un reconocido teólogo, escritor y profesor universitario español, adscrito históricamente a la corriente de la teología no dual y el diálogo interreligioso. Es fundador y dinamizador de HEMEN, una revista dedicada a la reflexión religiosa en el País Vasco. Creador y coordinador de esta colección conjunta de Deusto-Ibaizabal, orientada a traducir al euskera los grandes textos fundacionales de las religiones del mundo. Obra escrita: Ha publicado numerosos libros y artículos, tanto en castellano como en euskera, enfocados en la espiritualidad, la teología abierta y el ecumenismo. Destacan títulos como ¿Qué dices de Dios? o Jesús siglo XXI. También difunde sus reflexiones en espacios de opinión digital como en la comunidad de Religión Digital.
Ver también:
La dimensió religiosa de la naturalesa humana
La dimensión trascendente del ser humano
Dios entre los pucheros de los hombres
Secció: LA REALITAT ÚLTIMA
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