Humanidad y divinidad del ser humano, de Jesús y de Dios
Generación tras generación, los seres humanos han planteado angustiados sus preguntas más hondas … Los hombres preguntaban... y preguntaban a Dios… pero Dios guardaba un silencio impenetrable".
En la Navidad, Dios ha hablado. Tenemos ya su respuesta … 'La Palabra de Dios se ha hecho carne'… comparte nuestra vida". Dios mismo ha entrado en nuestra vida, se ha humanizado. Esto lo cambia todo. A partir de ahora con más motivo hay esperanza... y podemos vivir con esperanza, esperanzados..." (José Antonio Pagola, teólogo)
La vida humana, un largo proceso de progresivo aprendizaje en humanización
Lo humano y lo inhumano en el ser humano: Así como el ser humano puede orientarse hacia una más plena humanización, también puede decantarse hacia la degradación y la deshumanización.
La «humanización es un proceso a la vez «filogenético y «ontogenético». La «humanización», como especie e individualmente, no es algo que ya esté completada y acabada. Es un proceso largo, una dirección hacia la que tender, una meta a la que apuntar, un horizonte hacia el que caminar. Su consecución requiere de nuestra parte voluntad, esfuerzo, vigor, energía.
Lo «sagrado», lo «religioso» y lo «espiritual» son auténticos, aceptables y medios para encontrar a Dios en la medida, y sólo en la medida, en que nos humanizan, nos hacen más plenamente humanos.
La humanización de Dios en Jesús ha sido y sigue siendo el principio y la fuerza que vence la deshumanización de quienes conceden más importancia a la religión, con sus poderes, honores, dignidades y observancias. Y así también la humanización de Dios en Jesús nos enfrenta a todos con la única tarea que de verdad importa: que seamos más humanos en verdad, sencillez, honradez y transparencia. Sólo así tiene sentido la vida. Y sólo así quienes pretendemos hacernos seguidores de Jesús podremos considerarnos «salvados» en la esperanza de un futuro en el que la "vida" vence incluso a la "muerte".
Cómo el ser humano puede alcanzar su plena humanidad. Para sus seguidores Jesús de Nazaret nos indica el camino. Nuestro itinerario de encuentro con Dios, el Dios encarnado en Jesús, no es el itinerario de la divinización, sino el incesante logro de la mejor y la más entrañable humanización. Porque el Dios del que habla Jesús es tan singularmente original y sorprendente que su novedad consiste precisamente en que es un Dios tal, que la condición necesaria para relacionarse con él y para acercarse a él no es otra que la propia humanización. Al Dios de Jesús no nos acercamos los mortales «divinizándonos», sino precisamente «humanizándonos» (J.M. Castillo) ... es decir, nuestra «divinización» no se consigue mirando, contemplando el cielo, sino más bien mirando al suelo, a la Tierra, a nuestro alrededor, arremangándose y construyendo un mundo más humano… progresando individual y colectivamente en «humanidad» …
- Humanidad, inhumanidad y divinidad del ser humano, de Jesús y de Dios... Jesús, Dios, humanidad. Divinidad, cultismo, religiosidad, espiritualidad...
- Hacia una más plena «humanización»
- «Inhumanidad», en mayor o menor medida, todos tenemos y la llevamos en nosotros mismos. Estamos hechos de barro y constituidos de tal manera que, en cada uno de nosotros, «lo humano» está inevitablemente unido, asociado y vinculado a «lo inhumano».
- Uno de los problemas centrales, que todos hemos de resolver en nuestra vida, consiste en superar la deshumanización que todos llevamos inscrita en lo más profundo de nuestro ser, a fin de ir logrando, hasta donde nos sea posible, la humanidad que nos es propia y en la medida en que podamos alcanzarla.
- Nuestro itinerario de encuentro con Dios, el Dios encarnado en Jesús, no es el itinerario de la divinización, sino el incesante logro de la mejor y la más entrañable humanización.
- Nuestro itinerario de encuentro con Dios, el Dios encarnado en Jesús, no es el itinerario de la divinización, sino el incesante logro de la mejor y la más entrañable humanización. A fin de cuentas, eso y nada más que eso, es lo que hizo el propio Dios para encontrarse con nosotros. Decir que Dios se encarnó es lo mismo que decir que Dios se humanizó. En lo humano es donde encontramos lo divino.
- ¿Para qué vino Jesús de Nazaret, cuál fue su cometido existencial, cuál su misión terrenal?
- Se llamaba Jesús (en hebreo Yeoshua, Dios-Salva). «Cristo» (el Mesías = el Ungido de Dios) es uno de los títulos que se le otorga en el cristianismo primitivo... ¿«Cristo» vino a «salvarnos» del «pecado» para divinizarnos o, más bien, vino a liberarnos de nuestra deshumanización para así humanizarnos?
- Lo decisivo para Jesús, y para el Dios que en Jesús se nos revela, no es la «religiosidad», sino la «humanidad»
- La iglesia institucional, en el sentido de jerárquica, las altas capas de la pirámide están demasiado preocupadas por lo “cultual” y mucho menos por lo “social” que lo dejan al amparo de unas bases, que se esfuerzan por seguir de la forma más auténtica posible la estela de Jesús …
Por J.M. CASTILLO (1929-2023), Teólogo, escritor y profesor universitario
LO MÍNIMAMENTE HUMANO
Cuando hablamos de «la humanidad» y de «lo humano», tenemos el peligro de mezclar lo que es específicamente humano con elementos que pertenecen a lo propiamente cultural. Porque nunca ha existido lo humano aislado de lo cultural. Los cazadores nómadas, las bandas recolectoras y las sociedades tribales, que vivían en tiempos prehistóricos ya nos dejaron huellas de algunas formas de cultura, de incipientes tradiciones, de costumbres compartidas y, por tanto, de elementos de los que se suele decir que son propiamente humanos. Precisemos lo que se puede considerar como lo mínimamente humano, es decir, aquello de lo que podemos asegurar que en ello coincidimos todos los seres humanos, sea cual sea nuestro origen, nuestra educación, nuestras costumbres, nuestras creencias o nuestra cultura. Y es que hay algo muy elemental, enteramente básico, que se da en todo ser humano por el solo hecho de serlo, aquello en lo que no existen diferencias, es decir, en lo que todos los humanos coincidimos. ¿Qué es, por tanto, lo mínimamente humano?
Tres constitutivos básicos o mínimos de «lo específicamente humano»
Hay tres aspectos constitutivos básicos y elementales que se dan en todos los seres humanos. Estos tres elementos son anteriores a toda diferenciación cultural, étnica o de cualquier otro orden que suponga alguna forma o manifestación de lo que se ha dado en llamar «civilización». Tales elementos son:
- Todos los seres humanos somos, ante todo, seres vivos de carne y hueso. Donde falta la condición carnal o, si se prefiere la carnalidad, no hay ni puede haber un ser humano.
- Todos los seres humanos somos seres sociales. Por tanto, la relación con otros seres humanos, o la relación de alteridad, es también constitutiva de todo ser humano.
- Todos los seres humanos somos seres individuales. Lo cual quiere decir que todos tenemos nuestra condición personal que conlleva la capacidad de decidir, es decir, la libertad.
Sin estos tres constitutivos, parece que no podemos hablar de «ser humano» alguno. En este sentido, la condición de seres vivos de carne y hueso (carnalidad), la condición de seres sociales (alteridad) y la condición de seres individuales (libertad) constituyen lo que bien podemos denominar lo mínimamente humano y aquello, por tanto, en lo que todos los humanos coincidimos, sea cual sea nuestra matriz pre-histórica o histórica, cultural o étnica, religiosa o carente de toda confesionalidad, social o política, nacional o apátrida. Tres constitutivos básicos o mínimos de «lo específicamente humano».
La condición de seres vivos de carne y hueso. Un constitutivo necesario e indispensable del ser humano es siempre la vida y, más en concreto, una vida carnal. Por lo tanto, el primer elemento constitutivo de lo humano es la vida vinculada a la carnalidad. No hablo de «cuerpo» y «corporalidad», ya que «lo corporal», en la cultura de Occidente, nos remite inevitablemente a su complemento necesario, «lo anímico» o «lo espiritual», nociones que provienen de la cultura griega y que adquirieron una consistencia especial a partir del siglo v a.C. Pero aquí nos referimos a lo más obvio, lo que palpa y ve todo el mundo. Y eso es, antes que nada, nuestra condición carnal. Es verdad que la carnalidad humana, si se considera desde el punto de vista de la biología y la histología, se diferencia en no pocas cosas de la carnalidad animal. Se puede decir que no es lo mismo hablar de «humanidad» que de «animalidad». Es incuestionable que una característica esencial del ser humano es la vida en la carnalidad.
En segundo lugar, la condición de seres sociales, lo que conlleva la alteridad. Al hablar de «alteridad», me estoy refiriendo a algo que se sitúa indeciblemente más lejos que la mera complementariedad de macho y hembra, que es biológicamente necesaria para la procreación. El ser humano no está hecho para vivir en «soledad», sino en «alteridad», en relación, en comunicación, en donación a alguien y con alguien. Este hecho es indispensable para comprender la razón de ser y la estructura, específicamente humana, del «deseo», la experiencia de la «ausencia» y la «soledad» o, por el contrario, el anhelo de fusión total, tan característica del amor humano, el vínculo de la «amistad» y la necesidad de sentirse acompañado. Y que demuestran, hasta la saciedad, cómo y hasta qué punto la alteridad es necesariamente constitutiva de lo humano. Por otra parte, está el hecho de la sociabilidad que agrupa a los humanos en grupos, en sociedades, en comunidades organizadas en base a los más diversos modelos que históricamente se han dado. Para resolver el problema número uno de toda comunidad humana, de la convivencia humana, habría que resolver la cuestión de la «violencia humana interna». Porque, como está comprobado donde se controla la violencia interna, se anula la raíz de toda violencia. Tanto desde el punto de vista de la armonía como desde el punto de vista de la violencia, la clave de lo específicamente humano es la alteridad, la relación con los demás, la comunicación, el encuentro y, en general, lo que denominamos con la expresión genérica «relaciones humanas».
En tercer lugar, la condición de seres individuales, con la independencia y la personalidad que le es propia a cada cual. Y que tiene su manifestación básica en la libertad, desde la que cada ser humano organiza y gestiona su relación con los demás y las decisiones que orientan su vida. Porque somos seres individuales, diferenciados y libres, por eso la convivencia social y, en general, las relaciones de alteridad resultan posibles en la medida en que tales relaciones están determinadas por el respeto al otro, por la tolerancia ante las inevitables y necesarias diferencias, y por la estima que está en la base de toda posible relación amorosa.
LO HUMANO Y LO INHUMANO
Es peligroso idealizar «lo humano». Porque «lo humano idealizado» nos lleva derechamente a una comprensión falsa del hombre. No idealicemos «lo humano». Porque humanos han sido todos los dictadores y tiranos que en el mundo han sido. Como así también, inhumanidad, en mayor o menor medida, todos tenemos y llevamos en nosotros mismos. Estamos hechos de barro y somos de tal manera que, en cada uno de nosotros, «lo humano» está inevitablemente unido, asociado y vinculado a «lo inhumano». El problema central, que todos tenemos en la vida, consiste en superar la deshumanización que todos llevamos inscrita en lo más profundo de nuestro ser, para ir logrando, hasta donde nos sea posible, la humanidad que nos es propia y en la medida en que podamos alcanzarla.
Por otra parte, si partimos del misterio de la Encarnación, mediante el que «lo divino» y «lo humano» se fundieron en un hombre concreto, Jesús de Nazaret, entonces nos encontramos con este planteamiento estimulante y motivador, a saber: nuestro itinerario de encuentro con Dios, el Dios encarnado en Jesús, no es el itinerario de la divinización, sino el incesante logro de la mejor y la más entrañable humanización. A fin de cuentas, eso y nada más que eso, es lo que hizo el propio Dios para encontrarse con nosotros. Decir que Dios se encarnó es lo mismo que decir que Dios se humanizó. El punto de sutura y de encuentro, entre lo divino y lo humano, no fue lo divino, sino lo humano. En lo humano es donde encontramos lo divino. Ahora bien, con frecuencia y sin darnos cuenta, el proyecto de nuestra presunta «divinización» puede convertirse en un vulgar y peligroso proyecto de «endiosamiento».
¿Cristo vino a salvarnos del pecado para divinizarnos o, más bien, vino a liberarnos de nuestra deshumanización para así humanizarnos? Hoy existe consenso general, entre los teólogos mejor documentados, en el sentido de que el llamado «pecado original» no es pecado alguno. Porque el relato del Génesis sobre el presunto pecado de Adán no es, ni puede ser, un relato histórico. Tal relato es la trascripción de un mito que Israel tomó de tradiciones religiosas, cuya antigüedad ignoramos, y que pretenden explicar por qué existe el mal en el mundo. El mito carga la responsabilidad del mal sobre la culpa del hombre, para así exculpar a Dios de tal responsabilidad. Lo que el mito adámico (Gn 3) deja claro es que el hombre no es sólo humanidad paradisíaca, sino humanidad contaminada de deshumanización hasta excesos que, como bien sabemos, han desencadenado la envidia, el odio y la violencia mortal del hombre hacia su hermano. Así como el mito de la Torre de Babel expresa cómo la deshumanización de los seres humanos se manifiesta, ante todo, en la incapacidad para entenderse entre ellos. Cuando la comunicación, el entendimiento mutuo, la comprensión y la tolerancia se hacen imposibles, entonces precisamente es cuando la deshumanización ha alcanzado su nivel más alto.
En cualquier caso y sea cual sea la explicación histórica que los antropólogos y etnólogos le den a este proceso de degradación, el hecho es que el «nacimiento de la civilización», que se sitúa en Oriente Medio y a mediados del tercer milenio a.C., fue al mismo tiempo el punto de partida de un crecimiento asombroso de las tecnologías y de una descomposición más asombrosa aún de las relaciones sociales. Así, con el nacimiento de la civilización, se produjo el enorme «mega-acontecimiento» que ha determinado toda la historia posterior. Se trata de un crecimiento inverso: la tecnología como progreso, las relaciones humanas como regresión y hasta envilecimiento de millones de seres humanos. Con la aparición de la tecnología, en efecto, aparecieron también algunos hechos dramáticos: las desigualdades económicas, la jerarquía social vertical y el poder despótico de algunos hombres sobre los demás. Así, el nacimiento de la civilización no fue un hecho de una pieza, sino algo enormemente ambivalente. Fue una era de gloria en la historia de las técnicas y una era negra en la historia social. Hasta llegar al colmo de lo que estamos viviendo cuando vemos a los mejores talentos del mundo dedicados y bien pagados para producir los más sofisticados instrumentos técnicos cuya finalidad es generar violencias, desigualdades y muerte. Efectivamente, lo humano y lo inhumano han crecido conjuntamente, simultáneamente y hasta inseparablemente, con frecuencia en los individuos, y siempre en los grupos humanos sociales.
La teología cristiana ha intentado dar una explicación de todo esto echando mano del llamado «pecado original». Y ha invocado la necesidad de salvación para los pecadores. Lo cual es cierto. Porque resolver el estado de cosas que acabo de resumir sumariamente es algo que supera lo que da de sí la condición humana. El ser humano, por sí solo, no tiene a su alcance la solución y, por tanto, la salvación. Pero lo dramático, y lo que más hace pensar en todo este asunto, es que las religiones, en lugar de ofrecer solución a tanta deshumanización, por el contrario, y con demasiada frecuencia, han agravado la inhumanidad que, con tanto dolor, tanta humillación y tanto sufrimiento viene padeciendo la humanidad desde hace más de cinco mil años.
Ahora bien, todo esto entraña una lección de enorme actualidad. Las distintas y, a veces contrapuestas, formas de entender y vivir la religión son en estos tiempos nuestros fuente y origen de incesantes conflictos, tensiones, divisiones y enfrentamientos. El problema, que en todo esto se pone de manifiesto, radica precisamente en la tensión de lo humano con lo inhumano que hay en cada uno de nosotros. El problema está en que las religiones, en lugar de resolver esta tensión, lo que hacen, con frecuencia, es agravarla hasta extremos impensables de violencia. No sólo acrecentando la violencia, sino además justificándola. Dando a la violencia y a la inhumanidad explicaciones de carácter «espiritual» o incluso «trascendente», como si fuera el mismo Dios el primero que quiere y hasta exige la violencia. Con una particularidad que nunca se debe olvidar. En el caso concreto del cristianismo, la cristología es una pieza indispensable en esta máquina de enfrentamientos y violencias. Porque la afirmación teológica según la cual Cristo es el único Mediador entre Dios y los hombres, y el único Salvador para los seres humanos, ha hecho de esa teología el argumento más claro y más fuerte de la supremacía del cristianismo sobre las demás religiones. Y por tanto, ha constituido a Jesús, el Crucificado, en motivo de división o, al menos, en enorme dificultad para la unión entre los humanos. Jesús, de esta manera, en lugar de humanizarnos, con frecuencia nos deshumaniza, sin que seamos conscientes de ello.
LA HUMANIDAD, DISTINTIVO DEL DIOS DE JESÚS
Si estamos efectivamente convencidos de que Dios se nos da a conocer en Jesús y de que, por tanto, Jesús es el Revelador de Dios, la conclusión lógica que de eso se desprende es que, en la humanidad de Jesús, conocemos la humanidad de Dios. Hay quienes piensan que lo meramente humano nunca puede ser revelación de lo divino. Es decir, se parte de una comprensión de lo divino que, en definitiva, es incompatible con lo humano. O dicho de otra forma, lo meramente humano no puede ser revelación de lo propiamente divino. Sin embargo, lo nuevo, lo sorprendente, que encontramos en el Nuevo Testamento es que Dios se nos da a conocer en la humanidad de un hombre, Jesús de Nazaret. Eso es lo que se deduce, no de especulaciones nuestras, sino de los textos que, sobre este asunto capital, ofrecen las tradiciones del Nuevo Testamento. Dios se nos da a conocer de forma que lo más destacado, lo más característico y el distintivo por excelencia de Dios es precisamente una humanidad que trasciende, hasta el último límite, cualquier manifestación de inhumanidad. O dicho de otra forma, en Jesús descubrimos que la humanización de Dios trasciende lo humano porque supera y elimina cualquier signo o forma de deshumanización. La trascendencia de lo humano es, esencialmente y, ante todo, la superación de lo inhumano. Por otra parte, en la medida en que la superación total de cualquier expresión de inhumanidad no está al alcance de la condición humana, por eso mismo la limpia y perfecta humanización de Dios es la demostración más fuerte de su trascendencia. Así, de esta manera, tan simple como inesperada, la trascendencia divina se hace patente en la inmanencia humana. Dicho esto en un lenguaje más coloquial y asequible, se puede afirmar que Dios es tan entrañablemente humano porque es tan radicalmente divino.
Ahora bien, como ya quedó dicho, lo mínimamente humano, lo que es común a todos los seres humanos, incluye tres componentes indispensables: la condición de seres vivos de carne y hueso que, como ya he dicho, entraña la carnalidad específicamente humana; la condición de seres sociales, lo que conlleva la alteridad que consiste en la relación con los demás; y la condición de seres individuales, que por eso somos seres personales que realizamos nuestra vida desde la libertad. Todo esto nos viene a decir que son constitutivos de nuestra humanidad: 1) la vida, en nuestra condición de carne y hueso (carnalidad); 2) la sociabilidad, en nuestras relaciones humanas (alteridad); 3) la individualidad, en nuestra calidad de seres personales diferenciados y relacionados los unos con los otros (libertad).
Pues bien, si algo queda patente en los evangelios, es que Jesús centró su atención, su interés y sus preocupaciones en estas tres cosas: su cuidado por la vida en nuestra condición carnal humana; su insistencia en mejorar las relaciones humanas, es decir, las relaciones de alteridad con los otros; su respeto, tolerancia y estima hacia todos en la aceptación de la libertad de cada cual. Además, Jesús hizo esto de forma que, en la información que nos suministran los evangelios, aparece con toda claridad la preocupación de Jesús por el cuidado de la vida en nuestra condición carnal humana; su interés por mejorar las relaciones humanas; y su respeto a la libertad. Estas tres actitudes básicas aparecen en los relatos evangélicos con mucha más frecuencia e insistencia que otras cuestiones como la oración, el culto religioso, la organización de un sistema de gobierno bien estructurado de acuerdo con un poder sólido y otras cosas por el estilo.
Una cosa que llama la atención, leyendo los evangelios, es la frecuencia con que recurren los dos grandes temas que más interesan y preocupan al común de los mortales, la carnalidad, la alteridad y la libertad. El tema de la carnalidad es, ante todo, el tema de la salud y su amenaza fundamental, la enfermedad. Y es también el tema de la alimentación, ya que el que no come, enferma y muere. Por otra parte, los temas relativos a la alteridad y a la libertad entrañan todo el complejo mundo de las relaciones humanas y sus mil formas y posibilidades de degradación o agresión a las mismas. Por tanto, hablo aquí, por una parte y ante todo, de las curaciones de enfermos, es decir, del problema de la salud. Por otra parte, me refiero al problema de la alimentación (excesiva en los ricos, escasa en los pobres) y todo lo que eso lleva consigo concretamente en nuestro tiempo, con los problemas que hoy plantea el respeto a la naturaleza y a toda forma de vida. Y, por otra parte, me refiero también a que, si por algo mostró Jesús una constante preocupación, fue por el problema central de la vida, el problema de las relaciones humanas, el tema, por tanto, de nuestra condición de seres sociales, lo que he denominado la alteridad, vivida desde la condición personal y por eso en libertad.
El criterio de Jesús es que «la Ley y los Profetas», es decir, la Biblia entera, se resume en la famosa «regla de oro»: «Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos» (Mt 7, 12). Por todas partes en los evangelios aparecen los elementos indicados: la preocupación por la vida (salud y alimentación) y el interés por cuidar al máximo la sociabilidad (correctas relaciones humanas de respeto, tolerancia, estima y amor en libertad). De ahí, la sorprendente importancia que tienen las comidas y las curaciones en los cuatro evangelios. Lo mismo que la insistencia de Jesús en cuanto puede mejorar las relaciones sociales, es decir, la insistencia en todo cuanto puede fomentar y potenciar una forma de pensar y una forma de vivir centrada en el respeto a todos, en la dignidad de los peor tratados por la sociedad, en la acogida sin condiciones a cualquier clase de personas fuera cual fuera su origen social, su cultura, sus creencias o su conducta. Y haciendo esto siempre desde la defensa de la libertad de cada persona. Como es lógico, todo esto es señal inequívoca de que, si algo les impresionó a los primeros cristianos en la figura y en la vida de Jesús, fue su preocupación por todo lo relacionado con la carencia o exceso de alimentos y por la curación de enfermos. Lo mismo que su incesante interés en que las relaciones de unos con otros fueran lo más limpias, honestas y transparentes que pueden darse entre seres humanos. Queda claro, por tanto, que los hechos y los dichos de Jesús se centraron, antes que ninguna otra cosa, en lo más elementalmente humano. El Dios que presentó y representó Jesús es un Dios que se hace presente, ante todo, y sobre todo, en la humanidad, en lo humano de los seres humanos.
Sobre la «religiosidad de Jesús». Nadie va a poner en duda que Jesús fue un hombre profundamente religioso. Los evangelios, especialmente el de Lucas, nos informan de las numerosas ocasiones en las que Jesús oraba, especialmente nos dan detalles de la dramática oración de Jesús antes de la pasión y de su plegaria agónica al morir, al igual que de su entrega confiada en manos del Padre en el mismo momento de su muerte. Sabemos, además, que fue una característica de la piedad de Jesús el hecho de que oraba casi siempre en solitario, en montes o en lugares apartados. Pero tan cierto como todo lo anterior es que Jesús puso a sus oyentes en guardia ante los posibles «peligros» que puede entrañar la oración hecha para aparentar o el engaño que representa la oración de quienes van al Templo para recordar allí su satisfacción por los propios merecimientos, al tiempo que desprecian a quienes no viven como ellos piensan que hay que vivir. Es decir, Jesús practicó y recomendó la oración, pero también fue crítico con determinadas «piedades» o engañosas «espiritualidades». Y otra característica llamativa de la religiosidad de Jesús es que nunca los evangelios indican que Jesús acudiera a las ceremonias sagradas del Templo, que participara en el culto de los sacerdotes o que fuera experto en sus liturgias. En los evangelios no hay datos con los que se pueda demostrar que la religiosidad de Jesús tenía como centro el Templo. Es cierto que Jesús utilizaba el Templo como lugar de concentración de la gente, para explicar su mensaje. Pero eso no quiere decir que el Templo, que era el corazón de la vida de Israel, fuera el corazón de la vida de Jesús. La espiritualidad de Jesús se desarrolló al margen del Templo y terminó entrando en conflicto con el lugar sagrado, pues conflictiva fue la relación de Jesús con el lugar sagrado, más lo fue con los hombres consagrados, los sacerdotes. Los sumos sacerdotes aparecen en los evangelios como agentes de sufrimiento y de muerte. Cuando Jesús explica, en la parábola del buen samaritano, cómo debe ser el comportamiento más humano con el que sufre, pone como ejemplo de insolidaridad precisamente a un sacerdote.
La conclusión, que se deduce de cuanto acabo de explicar, es clara: lo que más distingue al Dios de Jesús es su humanidad. Con esto quiero decir que al Dios que se nos dio a conocer en Jesús, lo encontramos ante todo en lo humano, antes que, en lo sagrado, en lo religioso o en lo espiritual. En consecuencia, al Dios de Jesús se lo encuentra, ante todo, en lo laico, no es lo sagrado, en lo religioso, en lo espiritual. Por tanto, lo «sagrado», lo «religioso» y lo «espiritual» son auténticos, aceptables y medios para encontrar a Dios en la medida, y sólo en la medida, en que nos humanizan, nos hacen más básicamente humanos, es decir, nos hacen coincidir con aquello en lo que todos los seres humanos somos iguales y, por tanto, nos llevan a identificarnos con aquello en lo que todos coincidimos. Cuando Dios sirve para separar, dividir, enfrentar a los seres humanos, no es con Dios con quien nos relacionamos, sino con un ídolo que hacemos a nuestra medida y de acuerdo con nuestra estrechas, cortas y torpes conveniencias, no precisamente humanas, sino las más inhumanas, las más sofisticadas y disimuladamente destructivas de la humanidad.
La salud, la comida, las relaciones humanas y la libertad de las personas fueron los grandes temas de interés para Jesús. Esos temas fueron los argumentos fundamentales que Jesús utilizó para demostrar que Dios se identifica y se funde con lo humano. Más aún, lo que Jesús dejó claro es que a Dios lo encontramos primordialmente y ante todo, no por el camino de la «perfección», ni por el de la «santificación», ni tampoco por el de la «espiritualización», sino sobre todo por el camino de la «humanización». Que es el más costoso, el más duro y difícil, el más encrespado. Pero también el que más y mejor encaja con nuestra condición humana. Y, en definitiva, el que más y mejor encaja con Dios. Porque, de acuerdo con lo dicho, lo que en los evangelios queda patente es que lo decisivo para Jesús, y para el Dios que en Jesús se nos revela, no es la «religiosidad», sino la «humanidad».
Fuente: J.M. CASTILLO: La humanización de Dios
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Per a «construir» junts...
«És detestable aquest afany que tenen els qui, sabent alguna cosa, no procuren compartir aquests coneixements».
(Miguel d'Unamuno, escriptor i filosof espanyol)
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(Miguel de Unamuno, escritor y filósofo español)

