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Una espiritualidad adecuada para nuestro tiempo

Los seres humanos no estamos completos si no cultivamos, desarrollamos y dejamos expesar nuestro espíritu.

Las necesidades reales y esenciales del ser humano no han cambiado mucho a lo largo de los siglos. Hace ochocientos años, el teólogo y místico Abu Hamid al-Ghazali afirmó: «La perfección humana reside en esto, que el amor a Dios debe conquistar el corazón humano y habitarlo por completo, e incluso si no lo habita por completo, debería predominar en el corazón sobre el amor a todas las cosas». El amor a Dios es el amor a la Verdad más grande. El amor a Dios es nuestra relación esencial con lo que es más real. Lo que tal vez ha cambiado a lo largo de los siglos es la forma y los subterfugios que podrían reemplazar en el corazón humano el amor a lo Real, el amor a Dios.

Corren tiempos de incertidumbre espiritual y grandes contradicciones. Amplios sectores están al servicio de la evasión del yo, moldeando cada vez más nuestras vidas. El culto al yo se enmascara de muchas formas: moda, forma física, carrera profesional. La gran mayoría de los seres humanos viven distanciados, de la realidad espiritual y de su propia esencia. Estamos buscando una espiritualidad apropiada para los tiempos en que vivimos. El corazón, sede de nuestra visión más profunda. La espiritualidad sufí, un camino hacia Dios a través del cultivo de nuestro corazón. Un camino de integración de nuestro ser en el que las cualidades espirituales y la existencia material sean uno, en el que la coporeidad y nuestra personalidad no sean sinó el vehículo de expresión en el mundo de la materia de la nobleza de nuestra alma.

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Estamos buscando una espiritualidad apropiada para los tiempos en que vivimos. Necesitamos una perspectiva que no solo nos permita captar la realidad de nuestras vidas, sino que nos anime a expresar de forma más completa nuestra condición humana.

El desafío espiritual de nuestro tiempo es comprender nuestra sagrada calidad de humanos, que no tiene por qué existir un conflicto entre lo natural y lo sobrenatural, entre lo finito y lo infinito, entre tiempo y eternidad, entre practicidad y misticismo, entre justicia social y contemplación, entre sexualidad y espiritualidad, entre nuestra plenitud humana y nuestra realización espiritual, entre lo más humano y lo más llorado.

El ser humano es un umbral entre dos mundos, dos Realidades: la realidad de la existencia material, donde habita se el ego, y la realidad del Ser espiritual, donde el yo esencial se guarda y nutre en un abrazo con el Todo-Compasivo. Estas dos dimensiones se reúnen e integran en el corazón que sabe. Sin un corazón despierto y puro, el ego vive en el espejismo de sus propios temores, opiniones, alejamiento. Sin un corazón sabio no hay conexión entre el yo y el Ser. El corazón es el centro de nuestro ser y nuestra facultad cognitiva más completa. El ojo del corazón ve de forma más real que nuestro intelecto y nuestras emociones basadas en el ego. Con un corazón así, se vuelve posible la verdadera entrega y la auténtica felicidad y bienestar. Una cosa es pensar que la potencialidad humana más elevada reside en la entrega al Ser, y otra muy diferente saber en cualquier momento si la entrega radica en una manera de actuar en vez de otra, o tal vez en no elegir en absoluto.

En su angustia, el yo solitario y aislado llama a muchas puertas. Si podemos conducirlo a la puerta del corazón, cuando esta se abra, el yo sabrá que ha estado dentro todo el tiempo. Dentro y fuera serán uno. Se considerará al corazón propiamente dicho como el acceso a la inteligencia y a la vida infinitas.

No podemos permitirnos vivir mucho más tiempo negando los hechos: que somos destructivos para el planeta y para nosotros mismos. Tampoco podemos darnos el lujo de perder nuestra conciencia de la energía como elemento esencial de la naturaleza, el poder de la unidad espiritual incondicional, que el corazón sabio experimenta como amor.

El amor es la fuerza que nos curará de nuestra culpa existencial y nos elevará a un nuevo nivel de belleza y significado. Todo logro humano está relacionado con el amor, y todos los problemas humanos son señales de la negación de la importancia fundamental del amor. En otras palabras, el amor es el poder transformador y sanador esencial.

Debemos conocer y aplicar los principios por medio de los cuales podemos cooperar con este poder del amor. Es posible abrirse a la experiencia del amor a través de una educación práctica del corazón. El corazón sabio es receptivo a la inteligencia del Ser y es guiado por el Ser. Cuando el corazón se despierta y se purifica, establece una conexión con el Espíritu; nuestras mejores y más nobles capacidades se desbloquean, nuestra humanidad sagrada se pone de manifiesto. La síntesis de todas las sabidurías se reduce a esto: podemos unir nuestras voluntades aisladas con la Voluntad del Amor a través del conocimiento del corazón.

«Si el corazón se ha sanado
y purgado de sensualidad,
entonces Dios Misericordioso está sentado en el Trono.
Después de esto, El controla el corazón sin intermediario.
Puesto que el corazón está con Él».
Rumi

El Ser Divino creó la naturaleza humana dándole bellas proporciones y sopló su Espíritu en nosotros. Al habernos distanciado del Ser, nos hemos hinchado con falso orgullo y hemos desequilibrado el mundo: nuestros cuerpos y mentes, nuestras relaciones y todo nuestro medio ambiente están sufriendo las consecuencias del rechazo de nuestra propia naturaleza esencial. Quizás necesitemos experimentar este alejamiento para percibir finalmente nuestra relación íntima con esta Fuente. El ser humano dispone de capacidades que ni imaginamos hoy en día; se pueden llegar a conocer a través de la entrega al Ser y la simultánea activación energética de todas nuestras facultades humanas.

Los sufíes han sido los pedagogos de los corazones durante al menos catorce siglos. Sus enseñanzas y métodos no se basan en dogmas ni conjeturas, sino en un fundamento divino y objetivo que es la «religión» primigenia de la humanidad. El sufismo no ofrece «salvación» en el sentido de garantizar el cielo en la otra vida. Ofrece un camino para consumar la calidad humana, un estado en el que lo espiritual y lo humano se unifiquen, en el que el mundo de las cualidades espirituales y la existencia material sean uno. Esta enseñanza es un todo unificado, pero abarca muchas áreas de experiencia: psicología individual, relaciones, matrimonio, familia, comunidad, subsistencia, creatividad y oración. Es empírica, práctica y está integrada en la vida diaria. Al mismo tiempo está en sintonía con la Verdad más trascendente. Esta es una enseñanza que restaura la unidad entre sustancia y forma, entre las dimensiones espiritual y humana. El objetivo de esta enseñanza es la comprensión vital de una conexión íntima entre nosotros y lo Divino.

«Somos el espejo y el rostro en él. Estamos en estado de ebriedad en esta vida de Dios. Somos tanto el dolor como su cura. Somos el agua fresca y la jarra que la vierte». Rumi, D 1652

Fuente: H. HELMINSKI: El corazón sabe



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