2005-15
10è ANIVERSARI

titol

Las leyes biosociales del amor

Leyes biosociales del amor heterosexual

El carácter automático, inconsciente y abúlico del mecanismo del enamoramiento

El amor hace y deshace, reina y gobierna siguiendo sus propias leyes y sus poderosos mecanismos

Abril, primavera, san Jordi fiesta tradicional catalana, fiesta de la rosa (amor) y del libro (cultura)… Atracción, enamoramiento, amor… Cómo funciona todo este mundo? El amor es libre? El amor es ciego? Determinismo en el amor…?  En el laboratorio, en el ensayo, en la  novela o en la ficción parece que todo transcurre siguiendo unas lógicas muy determinadas, unas leyes inexorables de las que no podemos escapar... No hay sujetos en el amor, sino objetos. En el amor no manda nadie. El amor se ríe tanto del que intenta atraparlo como del que intenta deshacerse de sus poderosas cadenas. El amor hace y deshace, reina y gobierna siguiendo sus propias leyes y sus poderosos mecanismos, se afirma… pero realmente eso es así en la vida cotidiana? Buena ocasión para contrastar estos asertos con la propia experiencia.

Cada uno podrá contrastarlo a partir de su propia experiencia y del conocimiento que cada uno tenga de su entorno, de sus amigos, familiares, conocidos y demás allegados… Otra historia distinta será la estabilidad, continuidad y permanencia en el tiempo de tan encendido y fogoso encuentro…

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Ley de los sujetos de signo opuesto

Ley de la atracción heterosexual.  Vamos a abordar  leyes y mecanismos cuya naturaleza, funcionamiento y función están diseñados con objeto de atraer entre sí al varón y a la hembra y empujarles a realizar una serie de actos programados con todo detalle en la computadora cerebral. Un varón y una hembra que se picotean en los labios están manipulados por los mecanismos del amor biosocial, como un juguete está movido por una cuerda. Si el varón no dispusiera de una cuerda biosocial que le empuja a ver, tocar, besar y copular con una hembra, no podría realizar ninguno de estos actos. Vamos a analizar diversas leyes con sus correspondientes mecanismos automáticos que forjan y forman el amor heterosexual.

En el mundo de la física y de la bioquímica nos encontramos con cuerpos que se atraen y cuerpos que se repelen. En la esfera de la biosociedad humana nos topamos asimismo con mecanismos que atraen y mecanismos que repelen, siguiendo un código preciso. Uno de los factores determinantes del amor heterosexual como energía biosocial específica y diversa de otras (v.g., amor bioétnico, amor filial y otros) procede de los sujetos que puedan atraerse y de los sujetos que están excluidos de esta corriente de atracción. Los átomos de signo positivo se repelen, mientras que los de signo positivo y negativo se atraen mutuamente. En la especie humana, la atracción erótica nunca ha lugar entre seres del mismo signo sexual. El mecanismo automático del amor solamente puede producirse entre seres humanos de distinto signo sexil. Nadie ha decidido decretar esta ley biosocial, ni ningún gobierno tiene ningún resorte para variar el cauce de esta ley: La ley se nos aparece ahí con sus poderosos mecanismos. En el amor bioétnico, materno, filial y otros el signo sexual es indiferente, aunque, como veremos, tiene también algunas repercusiones indirectas. En cambio las corrientes eróticas solamente circulan entre seres humanos de signo sexual diverso, opuesto, complementario y jerárquico.

Ley del enamoramiento

La naturaleza ha decretado que la madera puede arder, pero no la nieve. Ahora bien, ¿cuándo o en qué circunstancias este trozo de madera concreto será pasto de las llamas? La nieve no puede producir llamas ni la corriente erótica circular entre humanos de idéntico signo sexual, pero ¿cuándo, cómo o en qué circunstancias este varón concreto se encuentra irresistiblemente atraído y/o ligado con gruesas cadenas psíquicas con esta hembra concreta? Cuenta Unamuno como un sabio muy metódico y muy racionalista, según sus ingenuas y disparatadas creencias, dedica un tiempo al análisis frío y calculador de las cualidades somáticas y psíquicas que deben adornar a su futura esposa. Cuando ya tiene un esquema claro en la cabeza, decide salir a la calle en búsqueda de esta mujer o del modelo que más se le aproxime. Sale a la calle y se dirige a la parada del autobús donde está esperando una joven dama. Comienza a llover y se refugia en el paraguas que esta desconocida dama le ha ofrecido gentilmente. Sin darse cuenta, se encuentra locamente enamorado de esta mujer, que es el polo opuesto del tipo de mujer que él, tan racional y tan sabio, había decidido elegir.

En el proceso de conexión amorosa no hay sujetos que eligen, sino objetos que son manipulados como peleles por una corriente psíquica que se apodera bruscamente de ambos. No hay sabio, ni racionalista que valga. El amor no es fruto de elección alguna. Tan poco libre es el enamorado de sentirse súbita y poderosamente atraído hacia una mujer —o una mujer hacia un hombre—, como un trozo de madera de verse ardiendo o un juguete de andar, cuando le dan cuerda. El mito de Cupido parece científicamente atinado. El enamorado recibe un flechazo que ni solicitó, ni pudo preverlo o verlo hasta sentir su herida, y Cupido lanza sus flechas con los ojos vendados. Científicamente hablando, encontramos en este mito dos aspectos del funcionamiento del mecanismo del amor heterosexual: 1. El azar (que según la creencia «pagana» se desglosa en el Destino y la Suerte o según la creencia cristiana se convierte en la Divina Providencia o, tal vez, el Demonio) es el que decide que se junte ese señor racionalista en la parada del autobús, que llueva, que el señor no lleve paraguas. Cupido es ciego. No habían previsto ni solicitado estos enamorados que se dieran cita todas estas circunstancias para que, acurrucados bajo el paraguas común, brotara la llama del amor abrasándoles en un fuego común. 2. Sin que los enamorados lo sepan, o lo quieran, sin que tengan arte ni parte, pueden sentir el flechazo fuerte e inesperado. Nada hay menos libre que el amor. No hay sujetos en el amor,  sino objetos. En todos los idiomas, el pensamiento antropológico del pueblo ha acuñado en sus atinadas intuiciones metáforas precisas que delatan el carácter automático, inconsciente y abúlico del mecanismo del enamoramiento.  «To fall in love» se dice en inglés: «caer en el amor». Ésta expresión contiene los mismos elementos del mito de Cupido. Nadie prevé su caída. La caída no es nunca fruto de la programación consciente ni de la elección libre del individuo. Sin pensarlo, sin quererlo, cuando menos se piensa, se encuentra uno caído en el suelo. Ésta es la «caída del amor».

Y es que el amor es como el fuego, que cuando prende, ya no hay remedio...

...decía una tonadilla popular que se archivó en mi cerebro infantil en la España de los años cuarenta. Ya no hay remedio. Es decir no solamente, como bien se intuye en esta canción popular, el incendio se produce como la caída de forma ni prevista ni esperada, sino que una vez que se enciende el amor ya no hay bomberos, ni mangueras que valgan. Puede desear el enamorado, por razones éticas, religiosas u otras, deshacerse completamente del «invisible diente que le roe las entrañas» (frase utilizada por Pérez Galdós). No dispone de ningún poder que le permita suprimir una poderosa corriente de atracción erótica hacia una dama a la que por las razones que fueren, no puede, no debe o no quiere amar. El ser humano está condenado (quitándole a este término la carga negativa que pueda encerrar de carácter fatalista o religioso)  al mecanismo del amor en sus dos etapas: antes de ser inesperadamente atrapado en sus redes y una vez que se encuentra cogido como una trucha infeliz entre sus espesos entramados.

Fortunata, personaje de Benito Pérez Galdós, es una guapísima mujer que se ha enamorado de un casado (antes de su matrimonio) y que no logra enamorarse una pizca del marido con el que la han unido en santo matrimonio. Tenemos aquí un buen experimento de laboratorio, para analizar el poder, el automatismo y la total independencia del amor, como mecanismo psíquico que funciona al margen de la conciencia y libre volunntad del individuo. Fortunata intenta por todos los medios dejar de querer a Juanito Santa Cruz, que no solamente no se ha casado con ella después de dejarla encinta, sino que además le ha hecho otras jugarretas nada divertidas. Cuando razona con ella misma, entiende que tiene motivos más que sobrados para dejarle de querer, incluso para detestarle. Pero cuando vuelve a toparse con él, se arroja de nuevo en sus brazos. Quiere no quererle, pero no logra nunca avanzar en la ruta del olvido, pese a todos sus intentos. «No lo puedo remediar. Ello está entre mí y no puedo vencerlo», confiesa a un sacerdote que ha venido a «cantarle las cuarenta», en calidad de responsable de la ética cristiana, y sobre todo, como hermano de su marido, en quien recae la parte correspondiente de afrenta de «cuernos». «Ello está entre mí y no puedo vencerlo.» Esta analfabeta madrileña intuye con toda sabiduría que se trata de una fuerza psíquica interior que la domina completamente y que incluso está protegida por unas murallas que ella no puede destruir pese a su mejor voluntad.

Por otro lado, le han aconsejado casarse con un varón impotente, un dechado de bondad que se desvive por complacerla en todo (en todo lo que puede). Fortunata piensa que, ante tanta bondad y tal devoción hacia ella, comenzará a quererlo poco a poco. Hace esfuerzos infinitos por sentir alguna pizca de amor por él. Pero todos los esfuerzos resultan estériles. Al fin termina declarando: «A mi marido no le quiero, ni le querré nunca, aunque me lo manden todos los santos de la corte celestial.» En el amor no manda nadie. El amor se ríe del que intenta atraparlo como del que intenta deshacerse de sus poderosas cadenas. El amor hace y deshace, reina y gobierna siguiendo sus propias leyes y sus poderosos mecanismos. ¿Amor libre? ¡Qué disparate! Solamente en la tercera fase del amor, el ser humano, a diferencia del lobo o de otros animales, puede intentar con la fuerza de su conciencia y libre albedrío luchar contra el amor, intentando desobedecer sus poderosas órdenes. En vez de conceder el amor cuanto le pide (que hable con su amante, que le acaricie, que viva con él/ella, que «haga el amor» con él/ella) puede intentar entablar una pelea interior y exterior a muerte. En esta tercera fase puede el ser humano ganar el juego y en vez de entregarse a su amante escaparse a un lugar desconocido. Se dan casos en los que un ser humano, por ser fiel a un voto de celibato o por otras razones, decide luchar contra las fuertes corrientes del amor e incluso ganar la partida. En este terreno el ser humano goza de un margen de libertad que le es negado a otros animales. En este sentido, pero solo en éste, el amor es libre. Y aún en esta fase del amor puede el ser humano perder la baza. Lo que no puede es suprimir el mecanismo del enamoramiento que le sigue torturando por desobedecer sus ordenes de  dos formas: 1. Castigándole con una sensación de vivísimo dolor sui géneris, por estar ausente de la presencia y cariño de su amante. 2. Ofreciéndole con las imágenes que le proyecta en la pantalla de su fantasía los ricos premios de satisfacción y placer que serían suyos apenas decidiera ceder a las presiones y chantajes de este poderosísimo mecanismo biosocial.

Conviene asimismo observar que este mecanismo funciona siguiendo sus propias leyes, al margen de toda presión económica, militar, ética u otra. El dinero o el fusil pueden obligar a una mujer a vender sus besos, sus caricias, el alquiler de su cuerpo y de sus genitales. Pero esto no es sino amor-ficción. La mujer que vende sus besos o el alquiler de sus genitales puede odiar con toda su alma al que le ofrece unas piastras o dólares. La que se deja desnudar a punta de pistola puede sentir verdadera repugnancia hacia su violador. Todo el oro del mundo y todos los ejércitos de la tierra son totalmente impotentes ante el amor. «El dinero abre todas las puertas», se dice. No es cierto. «No logra abrir las puertas del corazón» (utilizando esta metáfora científicamente incorrecta). Puede abrir las puertas del amor-ficción (de la prostituta o de la cortesana que finge amor para hacerse con las acciones de su «cariñín»), pero no puede comprar amor.

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J. A. JAUREGUI: Las leyes biosociales del amor heteroxexual