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¿Adultos Adulterados?

Por Juan Miguel González-Feria,
Director del Colegio Mayor "El Salvador"

He visitado Fregenal de la Sierra, hermoso pueblo del sur extremeño (España), con una radiante estética y un valioso empeño de futuro. Me contaron que hacía poco había sido apedreada y maltratada la cabina telefónica pública de la plaza. Por unos jóvenes. Y no era la primera vez.

Creo que esos jóvenes se engañan. Seguramente estarán convencidos de que su incivil gesto es propio de seres bien-crecidos, libres, hombres con futuro. Creerán quizá, además, que su acción es signo de apertura y progresividad no dándose cuenta de que es índice de todo lo contrario: de caciquismo, de inmovilismo de quienes quieren conservar un ambiente ya conocido y que creen dominado, de rechazo y represión de la novedad que significará para ese pueblo la mayor comunicabilidad con otros lugares, de miedo a que se transforme y se acabe su pequeño mundo.

Esto me recuerda lo que se cuenta de los indios de América, de las posturas que adoptaron ante los primeros ferrocarrriles: unos huían espantados ante su enorme ruido y velocidad, otros, también temerosos, se aprestaban a asaltarlos. Sin duda que aquellos indios aguerridos y belicosos, tanto los de una postura, como los de otra, al llegar al campamento relataban sus hazañas como propias de adultos arrojados y valientes que habrían logrado no ser alcanzados por tan enorme peligro, o habrían logrado detenerlo y dejarlo inmóvil para siempre. Algunas décadas más tarde, quizás, sus hijos, viajeros ya del ferrocarril, recordarían con cariño las ingenuas justificaciones y vanaglorias de sus padres quienes, aferrados a los conocimientos y posturas adquiridos, rechazaban el cambio de vida a que el nuevo medio de transporte les llevaba ineludiblemente.

Los hombres y mujeres de hoy estamos en una etapa en que se necesita con urgencia y con serenidad soluciones a tantos callejones sin salida a los que nos hemos dirigido. El adulto actual, llamado a ser creador del próximo futuro, ha de plantearse si en muchos casos no toma también posturas de huída o evasión, o de represión y dominio, ante acontecimientos, descubrimientos y novedades que se nos presentan. Éstas, es cierto, nos obligarán muchas veces a modificar criterios y a cambiar de modos de vivir pero, a la vez, pueden aportarnos inesperadas soluciones.

Un adulto debe saber estar serenamente establecido, con actitud receptiva a la vez que crítica, ante la novedad y la sorpresa. La vida comporta renovación y cambio, y por lo tanto, una dosis abundante de riesgo y de inseguridad. Se deben saber afrontar y llegar a estar -como dicen algunos psicólogos hoy- "seguros en la inseguridad".

A los adultos actuales, cuando jóvenes, se les enseñó a ser realistas, a tocar con los pies en el suelo (y no descalzos, por cierto, sino bien calzados). Para muchos de ellos -subrayo un aspecto de su vida, tomado de su actividad física, para indicar mejor lo que quiero decir-, el ejercicio acostumbrado fue el andar por el campo o el deporte de montaña. En cambio, muchos de los jóvenes de hoy, próximos adultos, ven cómo se va preparando su futuro de otro modo, realista también, pero incluyendo nuestras variables. Habrán de confiar en que su vida se sostenga, digamos, no tanto en la ley de la gravitación en cuanto estática, sino confiando más bien en su sentido dinámico: han andado por la montaña, sí, pero además saben nadar, hacen piruetas subidos en los ágiles squattings, ruedan en motocros sobre circuitos casi impensables, o vuelan, ¡colgados en el aire!, en sus triangulares deltas. Estos ejercicios que la técnica les posibilita son un signo, y a la vez les conforman para ese discurrir dinámico y riesgoso de la vida. No tanto les valen hoy los excesivos pertrechos, sino el movimiento. No se sostienen tanto porque se sustenten sobre unos cimientos, sino por la estabilidad y el equilibrio de unas fuerzas en marcha. No descansan sólo en el apoyo sobre algo sólido, sino también sobre lo fluido. El flotar, el rodar establemente, el volar, son posibles precisamente porque hay desplazamiento, porque existe avance.

Esta perspectiva que ya se siente y que puede conducir en algunas ocasiones a situaciones desbocadas y de angustia, no ha sido sólo originada en las nuevas generaciones. Los niños y los jóvenes tienen una enorme capacidad para utilizar, incluso con ventaja, instrumentos fabricados por los adultos. Pero ellos no saben construirlos. Ni siquiera conservarlos o repararlos muchas veces. Esta otra concepción de la existencia la han percibido ya en los adultos actuales, lanzados a menudo a una dinámica con visos de imparable. Aquéllos estarán sin duda más preparados para vivirla y, puede ser, navegarán con más dominio sobre esas aguas.

Si grande es la sorpresa que nos pueden producir descubrimientos técnicos o hallazgos cósmicos inesperados, mayor es sin duda la que nos aportan las personas nuevas, los seres que nacen, los que aún no existen. ¡Y qué novedades traen en su interior las jóvenes generaciones! Ciertamente no son para quedarse marginadas sino para entrar en la sociedad; son parte de ella misma. Muchos sociólogos, incluso, anuncian ya inminente la irrupción social de la infancia. ¿Qué actitud se tomará? ¿Cuál es la postura adulta ante las nuevas generaciones?

Ni abandono ni represiones o sofocaciones. No es auténticamente adulta la actitud de los jóvenes de la cabina, ni tampoco las de los indios ante el tren. Más aún. La sorpresa, el impacto que produce en los adultos presentes el surgimiento de los adultos próximos, no es sólo causado por un fenómeno exterior, objetivo solamente, que "está ahí", sino que tiene un aliado en el interior de cada adulto: el niño que todo humano lleva dentro. Ante los otros niños, éste que estaba dormido o perdido, o marginado, despierta, retorna y emerge. No podemos evitarlo.

Se cuestiona, pues, hoy día, nuestra calidad de adultos que como otras tantas cosas, puede estar adulterada, aumentada artificialmente para dar la talla. Adulterar, dice el diccionario, es "desnaturalizar una cosa mezclándole una sustancia extraña".

No por el hecho de crecer, o de que discurran los años, se llega a adulto auténtico. Los adultos presentes somos, en multitud de facetas, adultos adulterados. Dos son las deformaciones más comunes contra la adultez auténtica: las fijaciones infantiles que impiden el desarrollo armónico y continuado del ser por un lado, y por otro, la concepción de la adultez como alternativa excluyente de la niñedad. Ambas se encuentran con harta frecuencia tanto en las mujeres como en los hombres. Proclamamos y vivimos como propios de plenitud y madurez, actitudes y criterios que son más bien justificaciones de posturas erróneas, inadultas.

Hay que desenmascarar los modelos falsos de adulto. Hay que vivir y ofrecer a las generaciones que nacen -¡nosotros les hacemos nacer!- el espectáculo de adultos crecidos armónicamente.

Podríamos iniciar la lista de algunos elementos que ineludiblemente patentizan la necesidad de esta psicoterapia de la adultez.

No podemos, por ejemplo, seguir constriñéndonos al lenguaje verbal, olvidando nuestras capacidades tan enriquecedoras de expresión corporal. Tampoco apartarnos de algunos seres humanos porque hagamos recaer en ellos las culpas de sus antepasados, perdiendo así posibles amigos. Ni tampoco podemos seguir apoyando un canon restringido de la belleza que, con grave injusticia, niega esta riqueza a tantas razas, edades, etc., que quedan fuera de ella con gran sufrimiento; los niños ven bello todo lo que existe por el hecho de ser, sólo rechazan la injusticia. No se debe proclamar como objetivo a alcanzar la autosuficiencia individualizadora, cuando es tan humano y enriquece la convivencia, el pedir y el confiar. (No en todos los ambientes puede vivirse esto, ciertamente, sino en los más amigos, donde más se respete a la persona humana. Es decir, donde los seres sean adultos).

Tampoco puede seguir imperando el criterio de que es más adulto aquél que más mando tenga sobre otros que quedasen obligados a él, olvidando que, por el contrario, crece en madurez el que sabe relacionarse con los demás sin dominarlos, sino respetando su libertad; el que logra vivir en equipo, en grupos libres, ni aislado ni dominador. No es la óptima madurez el saber pelear, sino el saber dialogar para construir la paz.

Muchos tebeos, cómics, relatos y películas de aventuras proponen soñadoramente ante la infancia al guerrero, como modelo de adulto ideal. ¡La misma enseñanza de la historia ha caído a veces en esta trampa cuando ha relatado el pasado destacando los episodios bélicos, las gestas y contiendas como lo más importante y sobresaliente acontecido!

El adulto que necesitamos debe ser, mucho más que en la actualidad, cercano y amigo de la naturaleza, incluso ha de aprender mirándose en los animales y no querer volar en un vano intento de angelismo.

Debemos proclamar que es infantil el querer mantener la libertad personal virgen e intacta, y que lo adulto es la capacidad de compromiso, en el que la libertad se realiza y produce gozo y bien. En fin, es hora de decir y vivir de una vez para siempre que cualquier persona humana vale más y está por encima que cualquier interés e ideología.

El adulto presente, incluso desde su "adulteración", tiene fuerzas para superar este panorama que sólo debería ser inquietante para quien rehusara contemplarlo.

El ser humano actual tiene urgencia de reforma, pero también tiene en sí, ya, capacidades de recuperación y reciclaje. Alberga energías aún inexplotadas que permiten vivir el hoy con alegría y esperanza.

Àmbit Maria Corral
Antropología > Juventud