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Antiguos y nuevos sofistas

Con las palabras se puede embelesar y envenenar. Defendámonos de la fascinación de los «nuevos sofistas»

En nuestra geografía española existe una rica y variada fauna. No menos diversa es la variedad de especímenes que se presentan hoy en el ámbito humano. En nuestro panorama sociológico español y entre las filas de los más conspicuos paladines de la modernidad y de un cierto trasnochado progresismo podemos encontrarnos hoy con representantes de una enorme variedad “faunística”: aprendices de guías, principiantes de líderes, prestidigitadores de mentes frágiles, encantadores de serpientes, embaucadores e ilusionistas, creadores de ensueños, magos en el arte de sacar conejos de la chistera, engreídos líderes de opinión, charlatanes vacuos, vocingleros, bufones en los aledaños del poder algunos de ellos ciertamente con una muy larga lengua viperina,  profesionales en el arte de la persuasión… la fauna es muy amplia.

Maestros en el arte de la retórica, empeñados en convertir en sólidos los razonamientos más débiles, se dan a conocer en medios de comunicación, foros, tribunas, plataformas… Escriben en prensa y frecuentan platós de televisión, emisoras de radio, círculos y tertulias… pero su credibilidad no siempre está asegurada, sus mensajes muy elaborados aunque a veces vacuos y no siempre creíbles, más interesados en la “venta” y “colocación” de su “producto” que en la búsqueda resplandeciente de la “verdad”, de lo auténtico… son los nuevos maestros del progresismo, de la modernidad, de lo políticamente correcto, de lo que hoy se lleva, juglares itinerantes de la nueva religión, son los nuevos, los modernos “sofistas”.

Por Luis Ignacio Martínez Franco, Licenciado en CC. Políticas y Sociología

Los sofistas de la Grecia clásica eran una especie de maestros itinerantes que proporcionaban, a cambio de unos honorarios, instrucción en diversas ramas del conocimiento; pero, sobre todo, eran eficaces maestros en el arte de la retórica. En la sociedad actual no les hubiese faltado trabajo.

Sabían −o simulaban saber− de todo, pero su inquietud no se orientaba hacia la búsqueda de la Verdad o Bien Supremo, pues de cuestión tan “prosaica” se ocuparon filósofos como Sócrates, Platón o Aristóteles. Los sofistas se interesaban más bien en la “venta” de un “producto” nuevo: la apariencia de saber. Un conocimiento muy solicitado, bien retribuido y, según parece, necesario para estar a la altura de lo que las circunstancias sociales y políticas demandaban. Como ahora.

La cualidad principal para ejercer la profesión de sofista era el dominio de las palabras y de los argumentos, de manera tal que les hiciese capaces de persuadir a su “clientela”. Se trataba de poder convertir en sólidos los razonamientos más débiles, como afirmaba uno de los mejores sofistas de la Grecia clásica: Protágoras. Otro gran sofista, Gorgias, decía, con la misma intención, que con las palabras se puede embelesar y envenenar. Gran hallazgo éste para una sociedad, como la actual, mediática y en gran medida perversamente manipulada mediante la demagogia y la imagen.

El arte de la persuasión, practicado con habilidad por estos «maestros de la sabiduría», no estaba al servicio de la verdad sino de los intereses del que habla (el político, el educador, el científico, etc.). Llamaban a este arte «conducción de almas»; sin embargo, Platón, más honesto y perspicaz, dirá que en realidad se trataba de la «captura de almas». ¿No sucede ahora lo mismo?

No eran los sofistas propiamente filósofos, pero tenían en común una actitud filosófica, impregnada de escepticismo y relativismo. No creían que el ser humano fuese capaz de conocer una verdad universalmente válida. Paradójicamente, sin embargo, esta increencia en «lo absoluto» llevó a la proliferación de verdades particulares, subjetivas, meras opiniones que adquieren, en cierto sentido, la cualidad de dogmas. Algo similar a lo que sucede actualmente, donde muchos se construyen su pequeña verdad con la que navegar sin rumbo cierto ni horizonte. Al fin y al cabo como dijo otro gran escéptico, Pilato, en presencia de la Verdad misma: «¿Qué es la verdad?».

Los sofistas gozaron de gran popularidad durante algún tiempo, sobre todo en Atenas; sin embargo, su escepticismo suscitó fuertes críticas y terminaron siendo acusados por el Estado de carecer de moral. Como consecuencia de su descrédito, el término “sofista” adquirió un significado despectivo, al igual que el de “sofisma”, que puede ser definido como argumentación o razonamiento falso.

La sociedad contemporánea, más light, más confusa, por el contrario, no sólo no condena a los nuevos sofistas sino que más bien parece experimentar una gran fascinación con su “filosofía”. En efecto, qué duda cabe de que los sofistas de la Grecia clásica, con su relativismo y escepticismo, han causado furor en nuestros días. A título de ejemplo, y como fruto engañoso de la nueva corriente de pensamiento neosofista, me permito mostrar la siguiente perla retórica revestida de un cierto ropaje dogmático: «No es cierto que la verdad nos hace libres, sino que es la libertad la que nos hace verdaderos» (don José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno español, dirigiéndose a los jóvenes de su partido). Nos ofrece así este nuevo «capturador de almas» un “producto” ideológico que pretende socavar nada más y nada menos que el mensaje de Jesús: «La Verdad os hará libres».

Fuente: Análisis Digital

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