Cuando la formación persigue una vida más plena
Cómo el ser humano puede alcanzar una más plena humanidad.
Comprendiendo quiénes somos y cuál es la finalidad de la vida humana.
Hacia la necesidad de una transformación interna profunda
La única transformación importante es la que pasa por la transformación de uno mismo (J. Sádaba).
En consonancia con la novedosa concepción del ser humano (con una dimensión trascendente o espiritual como primordial) se sugiere un cambio de rumbo en la Educación: hoy para encaminarse hacia una «vida más plena» no es suficiente con el conocimiento teórico o práctico, es necesario el adiestramiento y profundización en una cierta «sabiduría» en el arte de vivir.
Quien no permite que el espíritu trabaje dentro de sí, no deviene realmente un ser plenamente humano.
Nuestra época ha sufrido mucho los efectos reduccionistas y perniciosos de la ideología materialista. La mayoría de las cosmoviones están contaminadas por el sesgo materialista que las lleva a concluir que el cosmos físico es lo único real y que todo lo demás debe ser explicado con referencia al plano material. En el ser humano se acentúan sobre todo sus dimensiones materiales, y considerado fundamentalmente como trabajador, productor, consumidor... todo ello al servicio principalmente de los intereses de la economía y el mercado. En contraste, el nuevo paradigma post-materialista desafía esa visión primordialmente materialista. Según esta nueva prespectiva los seres humanos somos almas, espíritus divinos que encarnan en un cuerpo físico con el propósito de madurar, evolucionar espiritualmente. La visión resplandeciente del nuevo mapa de la realidad y del ser humano ofrece un nuevo amanecer de esperanza, significado, dirección y propósito. En nuestro presente modo de vida, tecnológico, consumista y materialista, hemos olvidado lo fundamental: cuál debe ser el norte en nuestro modo de vivir. Ello debe comportar un replanteamiento y cambio de rumbo en los fines educativos, con un educando que asume mayor protagonismo y responsabilidad en su auto-formación, dispuesto a cambiarse y transformarse a sí mismo.
Las sociedades bien estructuradas, avanzadas, con un alto nivel de conciencia, y que pretenden orientarse por la senda del «auténtico progreso» deberían articularse en torno al valor central de la «persona» y no sólo en torno a la «economía», el «trabajo» o la «política». En nuestra sociedad en general se actúa con una pobre, empequeñecida, reducida «concepción antropológica». El «sistema» está operando con una concepción reduccionista, deficiente, parcial, sesgada, incompleta del ser humano. El comunismo concibe al ser humano como poco más que pura «materia» y al capitalismo con su sistema de valores (mercantilismo, utilitarismo, consumismo, publicidad, relativismo, …) solamente le interesa destacar determinadas dimensiones del ser humano, aquellas que tienen que ver con sus intereses de fondo: la producción, la economía, la competitividad, la ganancia, la rentabilidad, la obtención del máximo beneficio, el consumismo…).
¿Qué idea de «ser humano», de «persona» estamos utilizando y transmitiendo a la sociedad desde el ámbito de la Educación, de la política o de las leyes de los parlamentos? El «ser humano» no sólo es trabajo, empleo, profesión, economía, «capital» humano; ni tampoco solamente: estudiante, ciudadano, cibernauta, productor o consumidor…
- ¿De qué sirve conocer la naturaleza y los instintos de los animales salvajes, si desconocemos la naturaleza del hombre y el objetivo de su existencia? (Petrarca)
- La felicidad no consiste en el ganado y ni siquiera en el oro: el alma es la morada de nuestra suerte. (Demócrito)
La rápida evolución que se está dando en la actualidad en todos los órdenes alcanza también a la ciencia: la ola del progreso de los conocimientos la lleva hacia horizontes completamente nuevos, inconcebibles hace apenas un siglo. En efecto, la perspectiva científica desde la que los investigadores de vanguardia presentan ahora lo que es el ser humano y el universo supone un absoluto desafío al entendimiento racional y echa por tierra muchas certezas materialistas. Y nos está llevando a contemplar la vida bajo un enfoque increíblemente diferente. Hasta el presente el predominio de una cosmovisión materialista de cariz utilitarista ha sido predominante entre nosotros. En ella el ser humano ha sido concebido fundamentalmente en su dimensión material, como «cuerpo» y asegurar su supervivencia la finalidad de la vida humana. Hoy está emergiendo una nueva concepción post-materialista del mundo, del ser humano y de la misma finalidad de la vida y la existencia. Y en esta nueva cosmovisión Incluso la reencarnación de las «almas» se contempla como una posibilidad real… A estas dos grandes concepciones cósmicas y antropológicas corresponde diferentes enfoques de la Educación con finalidades también distintas.
La formación nunca es neutra. Implica, siempre, una concepción de los valores y una determinada concepción del ser humano, de la vida y del mundo. Implica una toma de posición respecto a cómo concebimos al ser humano, en qué debe consistir su educación y hacia dónde orientar su desarrollo. Según cuál sea la idea de la condición humana que nos hagamos, así será el tipo de Educación que pongamos en marcha, en la que nos manejemos.
- El despotismo creciente de los valores estrictamente pragmáticos está provocando la anemia espiritual de nuestra sociedad.
- La tarea humana por excelencia: el conocimiento de uno mismo para llegar a ser lo que realmente por naturaleza ya somos.
- Nuestra sociedad occidental es una sociedad obsesionada con los logros, con el éxito material, con el tener más de todo… esa es la máxima aspiración que tienen los seres humanos en occidente.
- Sin embargo, el ser humano no solo es economía, política, consumo, sexo, relaciones laborales o diversión... es también anhelo, aspiración, horizontes, alma, espíritu…
- En una concepción materialista de corte utilitarista el ser humano es concebido básicamente como trabajador, productor, consumidor...
- Desde la nueva perspectiva post-materialista el ser humano es un ser espiritual, no físico, aunque posea componentes físicos. El ser humano no es un cuerpo y una mente que “tiene” un alma, sino un «alma» que “tiene” un cuerpo y una mente. El ser humano es fundamentalmente «alma» / «espíritu» y su principal finalidad en esta su existencia terrenal es la evolución de las almas…
- En la práctica podemos llegar a tener muchos conocimientos, a ser muy inteligentes en teoría, pero quizás ignorantes o ineptos para practicar una «vida buena».
- Para ello no es «pan y circo» lo que necesitamos, sino sobre todo «cultura», una cultura entendida como alimento para nuestro espíritu. Frente a concepciones antropológicas reduccionistas conviene no obviar el papel de la auténtica «cultura», aquélla que «bien integrada» sirve de alimento necesario para el ensanchamiento de nuestro espíritu, para que el «alma» no se nos muera.
- F. García Lorca: Bien está que todos los hombres coman, pero más que todos los hombres sepan. Que gocen todos de los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
- Un pueblo se recupera mucho antes de sus desastres materiales que de los derrumbes de su espíritu”.
- Existe unidad entre saber y ser. Entendemos «el saber» como un recurso para conducirnos y transformarnos. Todo conocimiento y comprensión profunda nos transforma. El que accede a una comprensión profunda (la que se realiza no sólo con la mente sino con todo el ser, con el corazón) de algún aspecto de la realidad, transita a un mundo distinto, se convierte en una persona diferente.
- La Educación, por muy tecnologizada que esté, no puede limitarse a ofrecer solamente un conjunto de conocimientos y herramientas de aprendizaje, sino que debe potenciar un proceso más ambicioso y complejo de desarrollo y crecimiento de la persona humana en su totalidad.
- Hoy una auténtica Educación y Formación deben velar por conformar individuos capaces de desarrollarse como seres humanos «completos», orientándose hacia la madurez humana y progresando en la liberación personal.
- La finalidad es «aprender a vivir». «Aprender a vivir» necesita no sólo de conocimientos sino de la asimilación, integración de los conocimientos adquiridos y la transformación del propio estado mental, de los conocimientos adquiridos en «sapiencia» y la incorporación de esa «sapiencia» para el desempeño de la propia vida.
- «Aprender a vivir», consiste en aprender a autovalorarse, a estar satisfecho con uno mismo, a no tener miedo, a ser libres, a tolerar la frustración y a superar los problemas, a perseguir metas humanamente ambiciosas. Aprender a vivir significa también aprender a convivir. Es aprender a respetar al otro, a respetar las normas, a saber comunicarse, a saber colaborar y a saber amar.
Introducción
¡Primero subsistir, sobrevivir, naturalmente! Pero también orientarse a vivir lo más «digna» y «plenamente» posible. Hoy una auténtica Educación y Formación no sólo deben formar ciudadanos competentes al mercado laboral, sino que deben velar por conformar individuos capaces de desarrollarse como seres humanos plenos, orientándose hacia la madurez humana y progresando en la liberación personal. Debemos superar el reduccionismo actual de la Educación, una Educación utilitarista, epidérmica, superficial, periférica (que no se focaliza en lo nuclear ni esencial del ser humano) y encaminarnos hacia una Educación transformadora, liberadora, orientada a modificar nuestra concepción sobre nosotros mismos y nuestra forma de ser y de estar en el mundo.
El aprender a «saber y a conocer», el aprender a «hacer» no puede obnubilar el aprender a «ser». Hoy para encaminarse hacia una vida más plena no es suficiente con el conocimiento teórico o práctico, es necesario el adiestramiento en una cierta «sabiduría» en el oficio de vivir.
Hoy la «Educación», la «Formación» y la «Cultura» deben plantearse como primera exigencia de que los ciudadanos sientan la necesidad de una vida más plena, más perfecta, más auténtica, porque así llegarán a ser más plenamente «humanos». Hoy una auténtica Educación y Formación deben velar por conformar individuos capaces de desarrollarse como seres humanos completos, orientándose hacia la plena madurez humana y progresando en la liberación personal.
Lo que de verdad conforma a los individuos, nos ayuda a configurarnos a nosotros mismos, es lo que nosotros mismos vamos construyendo en nuestro interior (auto-educación). Es el propio individuo quien debe hacerse a sí mismo, es quien se da forma a sí mismo, se "con-forma", se crea, se construye a sí mismo, aquél que dentro de sí elabora, asimila, integra las informaciones que le llegan. La verdadera educación consiste en una actividad de auto-construción encaminada al desarrollo o perfeccionamiento personal de uno mismo.
En busca de la «sabiduría» en el «arte de vivir»
Hoy tenemos que enfrentamos a los retos de un planeta en crisis y una humanidad cosificada, con grandes masas de población programadas para el consumismo; una sociedad desequilibrada económicamente y socialmente donde cada vez son más los seres humanos hundidos en la miseria económica, en la penuria cultural y en demasiadas áreas geográficas en la indigencia moral… En cada esquina de nuestras ciudades nos topamos con hombres y mujeres que corren cada uno a sus ocupaciones, convertidos en un saco de nervios, seres movidos por una irrefrenable agitación exterior, en demasiadas ocasiones denotando un cierto vacío interior, cansados ya de casi todo y sin apenas verdadera alegría interior. Solo transformando mantras al uso como “educación para la productividad”, “desarrollismo económico”, y todo aquello que ha subordinado la educación y el ser humano a los intereses de quienes detentan el poder, podremos retomar el rumbo que nos conduzca a una existencia más positiva y plena, mediante el desarrollo de todas las dimensiones humanas posibles.
Y para ello podemos empezar planteándonos: los seres humanos qué somos, quiénes somos… En primer lugar, se trata de ayudar a la persona que se está formando a descubrir quién es, de comprender qué somos los seres humanos. Se trata de volver la mirada sobre el sujeto que se está formando como ser individual y social, intentando que, en la medida que comprenda que su formación le está ayudando a desarrollarse y crecer, pueda tomar también conciencia de su cuota de responsabilidad en ayudar a mejorar la sociedad. La apuesta es entonces potenciar un tipo de educación que ayude al educando a descubrirse y a reconocerse en sus más amplias dimensiones.
Del «tener» al «ser», mediante la «sabiduría». Nuestra educación generalmente ha intentado preparar al estudiante para que tenga conocimientos, que por lo general se evalúan por la cantidad de riqueza material o prestigio social alcanzados. El mínimo que recibe el alumno es la cantidad que después necesitará para desempeñar adecuadamente su trabajo. Además, a cada uno le dan "un paquete de conocimientos de lujo" para aumentar su sentimiento de valor, y en vista a la consecución de un probable prestigio social futuro. Las escuelas son las fábricas que producen estos paquetes de conocimientos generales, aunque usualmente afirman que intentan poner a los estudiantes en contacto con los logros más elevados del pensamiento humano. Muchas universidades son especialmente hábiles para alimentar estas ilusiones. La sabiduría no hay que confundirla con el conocimiento intelectual. La sabiduría no tiene nada que ver con con saber muchas cosas. Es saber aprovechar las experiencias que la vida ofrece. La sabiduría es ver las cosas, las personas, la realidad de otra forma, desde otra prespectiva. La sabiduría es saber cómo aplicar el conocimiento de la inteligencia, dónde aplicarlo. Es la capacidad de adoptar un sentido crítico ante el tipo de vida que el «sistema» intenta inocularnos. En la nueva educación no se trata tanto de acrecentar el conocimiento intelectual como el único posible y la inteligencia racional como el camino exclusivo hacia dicho conocimiento. Se trata de posibilitar al educando el encuentro consigo mismo, con su ser interior y la conexión con su entorno, con su historia familiar, social, terrestre, cósmica. Que el sujeto sea capaz de superar la mentalidad materialista y utilitarista en el seno de la cual ha sido conformado y se descubra como parte del todo y protagonista responsable de su devenir individual y colectivo. Elevar sus niveles de consciencia, dándole más seguridad y confianza en la toma de decisiones en su día a día. Para ello proponemos una educación no solo para el moldeamiento adecuado de su personalidad sino para la promoción de su autonomía y responsabilidad personal que haga posible una ciudadanía capaz de reconocerse en relación con los otros y que contribuya consciente y responsablemente en el progreso de la humanidad (en términos de calidad personal y de civilidad y no solo en términos de progresismos tecnológicos o utilitarismos materiales).
Platón concebía la «sabiduría» no tanto como acumulación de conocimientos intelectuales, sino como la que se deriva de la experiencia acumulada en el «arte de vivir», resultado de haber experimentado a fondo en la propia vida la densidad de la existencia humana. El ideal antiguo de «sabio», no era tanto el hombre que había acumulado grandes conocimientos, sino el hombre experimentado sobre todo en el «arte de vivir». Por tanto, lo importante no es tanto el “saber” que uno va atesorando, la acumulación bancaria de conocimientos, de saberes…, sino la capacidad de convertir esos conocimientos en un “saber” que se transforma en vida, un “saber” productivo “humanamente”, en un saber capaz de transformar nuestras vidas, que se convierte en “sabiduría”, para una “vida buena” y más plena.
El cultivo del alma. El verdadero viaje del ser humano es el viaje a nuestro interior. La buena Educación se fundamenta en el cultivo de nuestro núcleo más profundo, íntimo, que es el que de verdad nos constituye, en el cuidado del alma, el cultivo del espíritu. Consiste en despertar a esa realidad última que nos constituye, despertar a la realidad de lo que en esencia somos. De todas las experiencias que vivimos seguramente la vivencia de nuestro yo interior es la más importante. Ese yo interior se encuentra en el silencio. Un silencio lleno de infinitas posibilidades, un silencio fértil. Cuando nos atrevemos a conectar con este silencio, permaneciendo en la escucha interior entramos en contacto con algo muy profundo, con una voz interna que nos susurra y que refleja la sabiduría interior de la que ya habían hablado los grandes sabios. Se trata de ayudar al que se está formando a entrar en contacto con una sabiduría que reposa en nuestro corazón, con una inteligencia interior. La Educación debe ser eficaz, pero esa eficacia debe perseguir no sólo el rendimiento académico, sino también la plenitud humana. El educando, el que se está formando, necesita orientación para que a través de una «sabiduría» no tanto intelectual, sino sobre todo experiencial, vital, a través de un saber y conocimiento experiencial, podamos adentrarnos en la «sabiduría» necesaria para profundizar en el «arte de vivir en plenitud», recuperando así el norte y la orientación perdida en nuestros días.
Una vida plena, lograda, no consiste simplemente en el disfrute de un videojuego, un partido de fútbol, un fin de semana en la playa, un viaje exótico; un negocio próspero, un concierto, una fiesta guay o una sexualidad floreciente, una competición deportiva o una pedalada matutina… La Vida Buena es un estilo de vida marcado por la sencillez, la honestidad, la frugalidad en el consumo, la solidaridad con los demás, con el medio ambiente... Es también una vida de dedicación al trabajo, al servicio a la sociedad, al cultivo de la propia interioridad y la alegría de vivir. Vivir de manera buena, bella y justa es una sola cosa.
Comprendiendo quiénes somos y cuál es la finalidad de la vida humana
La calidad de nuestra vida está fuertemente condicionada por la calidad de nuestros pensamientos. Al respecto, Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) venía afirmando que no somos seres humanos con una experiencia espiritual, sino somos seres espirituales con una experiencia humana.
Y actualmente desde la ciencia más avanzada, desde el nuevo paradigma «post-materialista», las indagaciones de la «ciencia de la conciencia» y la física cuántica (desmontando la «creencia» materialista tan arraigada entre nosotros en los últimos siglos) se viene afirmando algo sorprendente y "revolucionario" para el común de los mortales: que cada uno de nosotros más que un cuerpo físico que tiene alma, espíritu, conciencia… en realidad somos «seres espirituales» viviendo experiencias humanas encarnados en un cuerpo físico, «almas» encarnadas, y en el fondo «seres divinos» («conciencias divinas») viviendo una experiencia humana. Alma-conciencia-espíritu es lo que realmente en esencia somos… se afirma.
La cosmovisión emergente actual derivada de las más avanzadas investigaciones considera al ser humano como un ser espiritual. Un ser espiritual que viene a realizar una experiencia de aprendizaje en este mundo físico. La realidad más “real”, más significativa, del ser humano reside, pues, en el «alma», que tiene existencia eterna. El alma pasa por una experiencia evolutiva y temporal en un cuerpo físico y en una personalidad individual, con el fin de adquirir comprensiones alineadas con la Verdad universal y el propósito del plan evolutivo del Universo. Desde esta perspectiva el «alma» se entiende como un paquete individualizado de energía con información. El cuerpo y la mente no son la realidad humana última, son una herramienta para atender las necesidades de su verdadero Yo: el alma en evolución.
¿Cuál es, pues, el propósito de la vida humana? El propósito de la experiencia humana es evolucionar, es decir, vivir nuestro propio desarrollo de la conciencia para llenarnos de sabiduría y amor. El verdadero instinto básico del ser humano no es la supervivencia, es la expresión de nuestra auténtica identidad. Y esa identidad es divina. Somos expresiones individuales de la divinidad, somos manifestaciones únicas de Dios en forma humana. Cuando comprendamos eso, todo cambiará. Cambiará nuestra forma de vivir, de relacionarnos, de educar, de sanar. La experiencia colectiva de la humanidad se transformará porque comprenderemos que no estamos separados de Dios ni unos de otros. Todos somos uno. Somos seres espirituales encarnados en un cuerpo físico, que vienen a este mundo para vivir experiencias humanas con el único objetivo de desarrollarnos espiritualmente. El propósito fundamental de nuestra vida es pues desarrollarnos humana, espiritualmente… para eso es la vida humana y todo lo que en ella acontece.
¿Cuál es la finalidad de nuestra vida? ¿Para qué venimos aquí? Venimos aquí para descubrir nuestro «ser esencial», y no para el «tener» o el «hacer». El hacer o el tener son las ocupaciones propias de nuestro ego. La finalidad de nuestra vida es precisamente descubrir quiénes somos realmente, cuál es nuestra identidad auténtica, que está tapada, velada, ocultada por las máscaras creadas por nuestro ego… esta es nuestra finalidad. Para la nueva cosmovisión emergente la meta de la existencia en este plano terrenal consiste en construir un instrumento —la personalidad, el yo— a fin de que sea totalmente flexible y receptivo a la energía y la voluntad del alma, de modo que sea posible manifestar su perfección de manera directa y concreta en este mundo.
El ser humano es un ser en evolución. Somos un alma en evolución. Éste es el propósito de nuestra existencia, la transformación de uno mismo, La evolución del alma. Evolucionar supone el desarrollo de la conciencia a través de la experiencia de ese instrumento que como humanos estamos construyendo y que denominamos «personalidad». La «conciencia» evoluciona a través de la «comprensión profunda» de las experiencias vividas. Somos nosotros los que evolucionamos, los que cambiamos desde el interior. La evolución del alma / conciencia va desde los estados egoicos a la evolución transpersonal y unitiva. Dependiendo del nivel de evolución de cada persona, es posible encontrar a muchos seres humanos que todavía se identifican con el ego, mientras que otros pocos han logrado identificarse con el Ser/Yo en diversos grados. El sentido de nuestra vida consiste en desarrollar las capacidades que están en nuestro interior; desarrollarlas, consolidarlas y expandirlas para que podamos expresar lo mejor de nuestra alma. Según eso, la finalidad de la vida humana consiste en "Ser lo que somos y convertirnos en lo que somos capaces de ser, esa la verdadera finalidad de la vida" (R. L. Stevenson).
Seres humanos «completos»
¿Cómo el hombre evoluciona (o debería evolucionar) hasta convertirse en un ser humano «completo»? ¿Qué papel deben desempeñar el espíritu y el cerebro en esta transformación? A pesar de las afirmaciones de los materialistas de que el hombre no es más que el cuerpo, hay muchos indicios de que el hombre no es solo cuerpo, no es solo carne y hueso. El Yo profundo en el hombre es «espíritu». Mientras que los animales, incluso en su máximo desarrollo, llevan almas animales en su interior, el hombre lleva espíritu en su interior, incluso si este se encuentra en las primeras etapas de su desarrollo.
El surgimiento del ser humano completo en la Tierra requirió un desarrollo igual del cerebelo (el cerebro posterior) y del cerebro (el cerebro intelectual frontal), trabajando en una relación armoniosa, con el espíritu liderando y el intelecto ejecutando aquí en la Tierra. Sin embargo, ese desarrollo igualitario y armonioso cesó cuando el desarrollo del hombre se volvió unilateralmente intelectual, descuidando y perjudicando su desarrollo espiritual. Esto implica no someter el espíritu al intelecto. No significa que el intelecto no debiera desarrollarse. Más bien, significa que no debería haber sido desarrollado unilateralmente descuidando el espíritu. El espíritu siempre debería haber tenido la delantera, guiando y dirigiendo, mientras que el intelecto debía actuar aquí en la Tierra. Ello no significa que el intelecto no debiera desarrollarse, significa no dar la supremacía al intelecto. Significa no complacer al intelecto; no darle la supremacía. Significa no someter el espíritu al intelecto. Significa que no debería haber sido desarrollado unilateralmente descuidando el espíritu.
Con un mayor desarrollo, el espíritu en el hombre se haría sentir y, mediante su actividad y el continuo desarrollo de su naturaleza y capacidades innatas, lo transformaría en un ser humano completo, claramente distinguible de cualquier animal. El desarrollo del espíritu es necesario para que el hombre sea un ser humano. Esto se desprende del simple hecho de que el verdadero hombre (la esencia del hombre) es espíritu, y que es en el espíritu donde se encuentran las potencialidades de los atributos que nos hacen humanos. Estas potencialidades deben desarrollarse y los atributos deben activarse para que la criatura se convierta en un ser humano; ¡en un ser humano completo! El corolario de lo dicho anteriormente es que quien no permite que el espíritu trabaje dentro de él no deviene realmente un ser plenamente humano; ¡no puede ser un verdadero ser humano!
Proceso de «espiritualización»: el cuidado del «alma»
El desarrollo espiritual es un trabajo interno, absolutamente individual y personal; nadie puede hacerlo por otro. De acuerdo con los nuevos parámetros antropológicos quien no permite que el espíritu trabaje dentro de sí, no deviene realmente un ser plenamente humano. El desarrollo espiritual es un proceso gradual de alineación con una conciencia más elevada. Podemos percibir la evolución que tiene cada individuo dependiendo de su inclinación o interés por la información sobre el desarrollo espiritual. Según la perspectiva post-materialista los seres humanos somos fundamentalmente «alma», «espíritu», «conciencia». Para unos, el «alma» es el principio de la vida material orgánica no tiene existencia propia y cesa cuando la vida cesa. Así piensa el materialismo puro. Otros creen que el alma es el principio de la inteligencia, agente universal del que cada ser absorbe una parte. Según éstos, todo el universo no tiene más que una sola «Alma» que distribuye partículas a los diversos seres inteligentes, durante la vida, volviendo, después a la muerte, cada partícula al origen común de donde salió y donde se confunde con el todo, como los arroyos y ríos vuelven al mar de donde salieron. Existe en nosotros algo más que materia y las más recientes indagaciones nos ofrecen abundantes «evidencias» de que algo subsiste después de la muerte. - ver aquí -
El materialista no acepta la esencia del ser humano, niega que exista. Pero todas las tradiciones y la propia experiencia de la vida nos recuerdan que, aunque es evidente que tenemos cuerpo físico, emociones y pensamientos, también es evidente que somos algo muy distinto. Los nombres que se atribuyen a esa parte esencial del «ser» son tan diversos como las culturas. La nuestra, la judeocristiana, la denomina «alma». Otras utilizan el término «Ser», que es lo que somos en realidad. Llamamos «ego» al modo de percibir la realidad y reaccionar ante ella desde las dimensiones inferiores del ser humano —la física, la emocional y la mental-sentimental—, y llamamos «alma» al espíritu que informa el cuerpo y sobrevive a la muerte física.
El «alma», el núcleo que constituye nuestro centro. No hay nada más revolucionario que la vivencia del Alma, pues transforma radicalmente nuestro ser y nuestra forma de estar en el mundo. El cuidado del «alma» sólo lo puede hacer uno mismo. El «proceso de espiritualización» creciente al que estamos convocados se traduce en la capacidad de dotar de sentido a la existencia. La espiritualidad es un fino logro, primero, de la evolución biológica, y luego de la cultural, pues proporciona paz, nos aleja del desasosiego. La espiritualidad es el recorrido que nos lleva a las profundidades de nuestro ser. Al núcleo de nuestra esencia. La espiritualidad permite sentir unicidad, trascender el propio yo aislado para formar parte de un todo armonioso, alcanzar la convicción de que existe un significado para el Cosmos, con nosotros incardinados en él. La espiritualidad se relaciona con aquellas cualidades del espíritu humano, como el amor, la compasión, la capacidad de perdonar, la alegría, la paciencia o la tolerancia, que proporcionan felicidad tanto a la propia persona como a los demás.
Una educación orientada a la transformación personal
Atrapados en las garras del «sistema». Sometimiento vs. Liberación. Toda reflexión será poca para coger la distancia necesaria y tomar conciencia de lo atrapados que estamos en las garras del «sistema». No somos suficientemente conscientes de los condicionantes materiales y mentales a los que el sistema nos tiene sometidos. Mercantilismo, utilitarismo, productivismo, consumismo, hedonismo, primacía del materialismo, liberalismo salvaje, individualismo, progresismo materialista, desigualdad … son algunos de los ingredientes del actual «sistema» que nos han ido imponiendo. El «sistema» nos conduce al sometimiento, la alienación, dispersión, división, disgregación… la «sabiduría» a la iluminación, la lucidez, el despliegue de nuestro ser, el crecimiento personal, el gozo sereno, el equilibrio, la plenitud … Sometimiento vs. liberación, despliegue, crecimiento… El «sistema» nos dirige, conduce, arroja, aboca, arrastra, encamina, al sometimiento burdo y ramplón, puro y duro... a la alienación, dispersión, disgregación… la «sabiduría» a la iluminación, a la clarividencia, al desarrollo y el crecimiento personal, al despliegue de nuestro ser, al gozo sereno, al equilibrio personal, a la plenitud …
Todo ello nos permite replantearnos nuevamente la más o menos acertada pertinencia de nuestros actuales fines educativos de acuerdo con la nueva concepción antropológica y la consiguiente finalidad de la vida humana, comprendiendo que más allá del éxito «profesional» se encuentra el todavía más importante triunfo en la realización «personal», y el adiestramiento en ese tipo de saberes necesarios para asegurar ese ineludible triunfo personal como seres humanos plenamente realizados.
Una auténtica Educación permite al ser humano tomar conciencia de la existencia de otra realidad, más plena, a la que está llamado, de la que procede y hacia la que se dirige. La educación auténtica no es aquella que prepara para alcanzar el poder y el éxito en la sociedad en sentido utilitarista, sino la que conduce a la verdad y al bien, nos orienta hacia la posesión armónica de nosotros mismo, en pos de la «plenitud humana».
Para eso es necesario embarcarnos en un proceso de transformación personal y de cambio en nuestro nivel de conciencia. No hay cambio sin transformación y eso siempre se produce en nuestro interior, en nuestra esencia. En el ser. Ese cambio supone un trabajo muy profundo que busca la transformación de la persona. La dedicación de una persona a su transformación y la fuerza de su voluntad están directamente relacionadas con el nivel de evolución de esa persona. Ese cambio está encaminado hacia la transformación de la persona en plenitud. Nuestra especie tiene que transformarse para que podamos llegar a ser personas íntegras. La vida es camino, singladura, horizonte y meta. La trayectoria no siempre es recta, a veces nos despistamos, nos desorientamos, cogemos atajos inapropiados, nos desviamos… La vida no es sólo ajetreo, activismo, trajín, son también momentos de calma y sosiego, capacidad de reflexión, diálogo intimo con uno mismo, detección de errores, rectificación, reconfiguración de rumbo, cambio, transformación…
Los conocimientos, la inormación hay que verificarlas interna y externamente. Así se construye la sabiduría integral. No sirve de mucho en la evolución personal contar con información si el individuo no es capaz de “convertir” esa información en alimento para su alma. No es lo mismo saber acerca de algo que convertir eso en algo propio, en convertir esos conocimientos en nutrientes para nuestro espíritu. Hay personas que por sus “conocimientos” podrán llegar a impartir incluso clases en la universidad, pero si se quedan en eso humanamente pueden llegar a convertirse en “pobres” de la vida. Hay que procurar experimentar y verificar la información en la propia vida. El conocimiento adquirido permite avanzar, mientras que el conocimiento experimentado y vivenciado en uno mismo permite progresar y evolucionar.
La mayoría de la gente vive su vida en una tranquila desesperación… La única transformación importante es la que pasa por la transformación de uno mismo (J. Sádaba). En eso consiste la Educación, en aprender a querer cada una de las cosas tal y como son. Permanecer siempre abiertos, receptivos a una visión más amplia e integradora en todos los asuntos, solo es posible si estamos dispuestos a cuestionar lo que hemos pensado hasta el momento, a dejar a un lado nuestros intereses particulares, a ver las cosas tal como son sin maquillarlas a nuestra conveniencia, a abandonar ilusiones acerca de las cosas y de la imagen que nos hemos creado sobre quiénes somos –pretensiones, imposturas, engaños, máscaras, defensas…–, a alcanzar la máxima desnudez ante uno mismo, ante la vida y ante los demás para rescatar así nuestro «ser» de las brumas en medio de las que nos hallamos inmersos y recuperar así nuestro fondo más esencial.
Se trata, pues, de potenciar una Educación de altura orientada a profundizar en el conocimiento de uno mismo, en la convivencia cívica, en la búsqueda de la plenitud personal, la justicia global, el ensanchamiento de nuestra conciencia y nuestra relación con la realidad. Una educación que no se quede en una concepción reduccionista del ser humano y de sí misma, sino que fomente una formación integral, planetaria, terrícola, humana, relacional, en busca de un clima social de mayor igualdad y fraternidad.
En camino del cambio en nuestro nivel de conciencia y de nuestra transformación personal
Sólo el conocimiento profundo de uno mismo, arraigado en el conocimiento de nuestro lugar en el cosmos, puede ser fuente de plenitud y de verdadera transformación, posibilitando la ampliación de nuestro nivel de consciencia, la transformación de nuestro ser. (M. CAVALLÉ, filósofa)
Del «conocimiento» a la «sabiduría». La forma de aprender en nuestro tiempo, está totalmente desprovista de alma, y cuando el «conocimiento» está desprovisto de alma no puede nunca transformarse en «sabiduría». El saber de verdad no reside en el conocimiento, sino en la experiencia. A menos que realicemos un honesto trabajo interior de autoconocimiento, difícilmente reconectaremos de forma consciente con el ser esencial. Y por tanto, seguiremos identificados con el yo ilusorio y viviendo la vida desde la consciencia egoica. No es el «conocimiento» el que nos conducirá hasta nosotros mismos, sino la «sabiduría».
La «sabiduría» no tiene demasiado que ver con el «conocimiento». Pasar de tener o poseer conocimientos… a la asimilación e integración de los mismos en nuestra personalidad. Hay diferentes niveles de integración, asimilación del saber o conocimientos adquiridos: para avanzar por el camino del verdadero «conocimiento», no basta con saber o conocer. «Saber», «conocer» algo no es lo mismo que «vivirlo», «experimentarlo», «interiorizarlo», «nutrirse» con ello. Integración, incorporación, absorción, aprovechamiento, asimilación, nutrimiento, sustento para nuestro espíritu… No es necesario acumular conocimiento para convertirse en «sabio»; cualquier persona puede conseguirlo. Cualquiera. Cuando te haces «sabio», la vida se convierte en algo fácil, porque te transformas en quien realmente eres. Al convertirte en «sabio», no necesitas utilizar todas esas máscaras que creó tu ego, esas falsas imágenes de ti mismo; no necesitas fingir que eres diferente de lo que realmente eres. Te aceptas a ti mismo tal cual y esa aceptación completa se convierte en la aceptación completa de todos los demás. Ya no intentas cambiar a otras personas o imponer tu punto de vista. Respetas las creencias de los demás.
Para vivir en plenitud hay que vivir de un modo cumplido, pleno, las cosas de la vida; activamente, movilizando todo lo que está dentro. Y en la medida que movilicemos, que ejercitemos, que tomemos conciencia de estos contenidos, se produce automáticamente un equilibrio, una tranquilidad, una satisfacción, un bienestar, una plenitud interior (frente a la disgregación y fragmentación anterior te conviertes ahora en un ser «integrado»).
Algunas personas "logran" su vida y otras la "malogran", la pierden, fracasan en ella. No fracasan en este o en aquel aspecto, sino que fracasan en sí mismas, precisamente como personas. En un sentido muy radical, puedo "ganarme" o puedo "perderme". Una vida malograda es una existencia herida y dispersa, que ha perdido el norte y la esperanza de recuperarlo. (A. Llano)
¿Cuál, pues, nuesto horizonte? Cuando el estudiante se cuestiona permanentemente su percepción de las experiencias vitales, cuando vive en la indagación, cuando comprende que todo dolor, lejos de ser un engorro, es una oportunidad de cambiar, es cuando amplía, sin hacer nada, su conciencia. La Consciencia se abre paso como si hubiera sido liberada de un obstáculo y entra, iluminando la conciencia del estudiante, reforzándole, alimentándole, dando soporte y estructura a este nuevo nivel de apertura de conciencia, hasta la próxima apertura. (Enric Corbera, del prólogo a DAVID R. HAWKINS Trascender los niveles de conciencia)
Madura de una vez: tu pareja no puede hacerte feliz La gran mentira contemporánea es que el bienestar, la plenitud y la abundancia están fuera de ti. Y cuanto más te enmarañas en la farsa que promueve este sistema, más te vas desconectando de tu ser, el único lugar donde reside la verdadera felicidad. El hecho de que consumas mucho más de lo que necesitas pone de manifiesto tu vacío existencial. Al haberte perdido en el laberinto del materialismo, te has pasado parte de tu vida alienado y anestesiado, enajenado de tu bienestar interno. Irónicamente, la opulencia — tener en exceso y querer más— se ha convertido en una enfermedad contemporánea. Y es que, cuanto mayor es la desconexión de tu esencia, mayor es también la sensación de carencia, escasez, pobreza e incluso miseria. Esta es la razón por la que no importa cuán abundante sea el bien-tener que poseas. A menos que vivas en contacto con tu riqueza interna, seguirás echando de menos algo para sentirte completo. Tienes una fe ciega en que tu pareja va a proporcionarte la felicidad, la seguridad y el valor que no encuentras en tu interior. Buscas en tu compañero lo único que no puede darte. Me sabe mal ser yo quien te lo diga: nadie puede hacerte feliz. Del mismo modo, tú tampoco puedes hacer feliz a nadie. ¡Nunca lo has hecho! No tienes ese poder. Tu mentalidad está tiranizada por otra creencia tan irracional como falsa: «La causa de mi felicidad está fuera de mí». Por eso esperas que tu pareja satisfaga tus necesidades, sacie tus deseos y cumpla tus expectativas. ¿A eso llamas tu «amor»? Es como si renunciaras a sentir dicha por ti mismo y, en su lugar, pusieras tus esperanzas de bienestar en manos ajenas. (Clay NEWMAN: Ni felices ni para siempre)
Elaboración a partir de materiales diversos
Ver también:
Manifiesto por una Ciencia Postmaterialista
El «contenido» esencial de una auténtica Educación
La «cultura», algo más que un lujo cultural
Secció: QUÈ ÉS AIXÒ DE L'EDUCACIÓ
Secció: CAP A UNA NOVA EDUCACIÓ
Per a «construir» junts...
«És detestable aquest afany que tenen els qui, sabent alguna cosa, no procuren compartir aquests coneixements».
(Miguel d'Unamuno, escriptor i filosof espanyol)
Si el que aquí se t‘ofereix ho trobes interessant…
No t’ho guardis per a tu sol…
Les teves mans també són necessàries...
comparteix-ho, passa-ho...
Junts podem contribuir a ampliar la consciència «global»
Para «construir» juntos...
«Es detestable ese afán que tienen quienes, sabiendo algo, no procuran compartir esos conocimientos».
(Miguel de Unamuno, escritor y filósofo español)

